San Petersburgo, el esplendor de los zares

La ciudad maravilla con sus iglesias y palacios barrocos asomados al río Neva

9 de septiembre de 2013

El mejor momento para visitar San Petersburgo es la época de las «noches blancas», entre finales de mayo y agosto, cuando el atardecer no acaba de convertirse en noche y el alba nace de la luz tenue del crepúsculo. Durante los meses estivales, además, la antigua capital del imperio ruso ofrece su cara más alegre. Las cálidas temperaturas invitan a caminar junto a la cincuentena de canales y ríos que surcan el casco histórico, a embobarse ante el espectáculo de los puentes abiertos y a detenerse frente a palacios colosales que remiten al tiempo de los zares.

La denominada Venecia del Norte comenzó siendo el arcano sueño occidental del joven zar Pedro I el Grande (1672-1725) quien, tras un viaje por el continente, regresó lleno de impresiones e ideas reformistas. Tal vez su creación más bella y perdurable sea esta ciudad. San Petersburgo nació literalmente de la nada en 1703, en los territorios recién arrebatados a Suecia durante la Gran Guerra del Norte. Sobre un área pantanosa en la desembocadura del río Neva, Pedro I ordenó erigir una ciudadela, la futura fortaleza de Pedro y Pablo. Pensada como un formidable baluarte defensivo, desde el principio se utilizó como la mayor prisión política de Rusia. Su primer preso fue el hijo mayor de Pedro I, el zarevich Alexis (1690-1718), castigado por disentir de su padre.

Desde 1730 un disparo de fogueo del cañón emplazado en el bastión Narishkin saluda sin falta al mediodía. Dentro del recinto de la fortaleza, en la Catedral de San Pedro y San Pablo descansan los restos de la mayoría de los emperadores y emperatrices rusos, desde Pedro el Grande hasta el último zar, Nicolás II (1862-1918), y su familia. En la parte de la fortaleza que da al río, sombríos y severos muros conviven con la principal playa urbana de la ciudad, repleta de bañistas los días más calurosos del verano.

San Petersburgo nació literalmente de la nada en 1703, en los territorios recién arrebatados a Suecia durante la Gran Guerra del Norte

Al otro lado del Neva, en el Muelle del Palacio, se yergue el complejo arquitectónico del Museo del Ermitage. El edificio principal, el Palacio de Invierno en su quinta versión, lo diseñó el italiano Bartolomeo Rastrelli, arquitecto de la corte de Isabel I de Rusia (1709-1762). Es imposible pensar en San Petersburgo sin que acuda a la mente la imagen de este magnífico palacio barroco.

El Museo del Ermitage, la gran pinacoteca rusa, nació de la iniciativa de Catalina la Grande (1729-1796) para alojar su extensa colección de arte. Abierto al público en 1852, contiene más de dos millones y medio de objetos artísticos procedentes de Europa y Oriente, desde los tiempos remotos hasta el siglo XXI. Como curiosidad, en sus sótanos y salas prestan servicio oficial una cincuentena de gatos: son los sucesores del gato que Pedro el Grande trajo de su viaje a Holanda y de los treinta felinos que, años después, Isabel I reclamó por escrito a la ciudad de Kazán para que acabaran con los ratones que infestaban el palacio.

Una fachada de este inmenso conjunto mira al río Neva mientras que la otra se abre a la monumental plaza del Palacio. Durante siglos este espacio fue no solo el corazón de la ciudad, sino de todo el Imperio ruso. En su centro se alza la Columna de Alejandro, diseñada en 1834 por Auguste de Montferrand en memoria de la victoria rusa sobre Napoleón Bonaparte. En la cúspide, la estatua de un ángel que sostiene una cruz reproduce los rasgos de Alejandro I (1777-1825). En la actualidad la plaza del Palacio es el escenario de conciertos de figuras internacionales de la música clásica y del rock.

La calle de los poetas

El arco del Estado Mayor, el majestuoso edificio que abraza la plaza por el lado opuesto, invita a continuar el paseo por la ciudad imperial y conecta con la calle Bolshaia Morskaia, una de las más aristocráticas de San Petersburgo. Esta calle y la paralela Málaia Morskaia reúnen numerosas referencias a los grandes escritores rusos del siglo XIX. El número 47 de Bolshaia Morskaia pertenecía, antes de la Revolución de Octubre, a la familia del escritor Vladimír Nabókov y, en la actualidad, acoge el museo dedicado al autor de Lolita; en Málaia Morskaia vivieron los escritores Nikolái Gógol e Iván Turguénev; y en el Grand Hotel, ubicado en el número 18 de la misma calle, vivió el compositor Piotr Chaikovski, que falleció repentinamente el 6 de noviembre de 1893 en el apartamento de su hermano, en el número 13 también de Málaia Morskaia.

En San Petersburgo todos los itinerarios urbanos, sean a pie o a bordo de alguno de los cruceros que recorren los canales, coinciden en la avenida Nevski

La calle Bolshaia Morskaia concluye frente a la catedral de San Isaac (siglo XIX). Al ser el segundo edificio más alto del centro histórico, desde sus galerías superiores se abre una vista magnífica, con el río Moika y el canal Griboedova surcando el corazón de la ciudad. A ambos lados de este templo de cúpula dorada se ubican dos estatuas ecuestres. La llamada «el Jinete de Bronce» es el símbolo por excelencia de San Petersburgo, su amuleto protector; está dedicada a Pedro el Grande y debe su nombre al poema de Alexander Pushkin (1799-1837). En el otro lado, la estatua de Nicolás I de Rusia se aguanta sobre las patas traseras de su caballo.

Si todos los caminos de Europa conducen a Roma, en San Petersburgo todos los itinerarios urbanos, sean a pie o a bordo de alguno de los cruceros que recorren los canales, coinciden en la avenida Nevski. Los 4,5 kilómetros de esta lujosa calle parten de la sede del Almirantazgo y encadenan tantos edificios históricos, palacios, tiendas de lujo y galerías de arte como en el siglo XIX.

Diez minutos de tranquilo paseo y se alcanza la amplia plaza que alberga la Catedral de Kazán (1811). Como el emperador Pablo I quería reproducir la forma de la Basílica de San Pedro en Roma, estaba previsto levantar dos columnatas, pero los recursos económicos únicamente llegaron para la que da a la avenida Nevski.

Al otro lado de la avenida, en la orilla del canal Griboedova, se ven las cúpulas multicolores de la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, erigida en el lugar exacto del atentado contra el emperador Alejandro II en 1881. El templo fue inaugurado en 1907, tras 24 años de obras, y fue financiado mediante las donaciones aportadas por creyentes de todo el país en memoria del zar asesinado. Las paredes interiores de la iglesia están cubiertas por frescos, iconos dentro de hornacinas exquisitas y mosaicos multicolores.

La avenida Nevski conduce hasta el puente Ánichkov sobre el río Fontanka, cuyo curso abraza el centro de la ciudad antes de desembocar en el Neva. Cerca está la parada de barcos que en verano ofrecen paseos tanto diurnos como nocturnos; las excursiones de noche, sobre todo cuando los puentes están abiertos, son un espectáculo único.

Casi todas las rutas fluviales incluyen la perspectiva de la imponente fortaleza de Pedro y Pablo, del Ermitage y de la bella catedral de San Nicolás de los Marinos, una joya azul y dorada del barroco ruso. Alejada de los itinerarios más típicos, es la catedral a la que los habitantes de San Petersburgo dispensan más cariño ya que, entre otras cosas, siempre ha sido un lugar de acogida para los más desamparados.

El Versalles ruso

Del muelle que queda frente al Ermitage salen las lanchas que cruzan el Golfo de Finlandia para visitar el Palacio de Peterhof. Esta lujosa residencia de verano de los zares recibe el sobrenombre de «capital mundial de las fuentes» porque supera en número las del palacio de Versalles. La zarina Isabel encargó a su arquitecto de confianza, Bartolomeo Rastrelli, que remodelara el conjunto de 1721. Como resultado, los interiores están cargados de dorados y molduras, la escalera tiene tallas y frescos en el techo, y las salas están repletas de detalles artísticos. Sin embargo, lo más deslumbrante de Peterhof son los jardines. La Gran Cascada, con 37 esculturas y 64 fuentes, el canal que conectaba con el mar y los numerosos estanques ornamentales rodeados de parterres son un fiel reflejo de la placentera y lujosa vida que llevaban los zares.

Unos 30 kilómetros al sur de San Petersburgo hay dos palacios que parecen competir con Peterhof en grandiosidad: Pavlovsk y, sobre todo, Tsárskoye Seló. El primero perteneció a Pablo I, cuya inclinación hacia lo militar se advierte en la sencillez de la arquitectura, en contraposición a los gustos afrancesados de su madre, Catalina la Grande. Lo más bonito de esta residencia veraniega es, sin lugar a dudas, el parque, diseñado al mejor estilo inglés.

La villa de Catalina

Para constatar la gran diferencia entre el hijo y la madre tan solo hace falta contemplar la vecina residencia de la familia imperial, la Villa de los Zares o Tsárskoye Seló. El parque francés, las salas barrocas y los decorados rococós reflejan la coquetería de la emperatriz Catalina la Grande, protectora de artistas e intelectuales y amiga, entre otros, de Voltaire y de Diderot. El proyecto barroco de Rastrelli fue más tarde matizado por el arquitecto escocés Charles Cameron, quien incorporó unos baños rusos y salas con una decoración menos recargada, como el Comedor Verde. En los jardines, de 567 hectáreas, hay un lago, varios pabellones –el Crujiente y el Ermitage son los más sorprendentes–, una gruta y diversos estanques.

La vecina ciudad de Pushkin ofrece un final de lo más poético a este viaje: la dacha de Pushkin, la casa en la que el famoso poeta, dramaturgo y novelista ruso pasó el verano de 1831 en compañía de su prometida.

PARA SABER MÁS

Documentación: pasaporte y un visado que tramitan en la embajada.

Idioma: ruso.

Moneda: rublo.

Diferencia horaria: 3 horas más.

Llegar y moverse: Hay vuelos directos hasta San Petersburgo. Un servicio de autobús conecta con el centro de la ciudad. Metro, autobús, tranvía, minibuses, autobuses fluviales y barcos turísticos componen una red de transporte muy completa. Hay tarjetas de viaje para varios días. La Spb Guest Card ofrece descuentos en museos, restaurantes, monumentos y transportes.

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