Florida

Desde Miami a los arrecifes

Desde las cosmopolitas Miami y Orlando a los parques naturales de este estado norteamericano

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Miami

Miami

Desde el aire, la gran ciudad de Florida es como un jardín de rascacielos al borde de aguas turquesas.

Foto: Edin Chavez

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Ocean Drive

Ocean Drive

Foto: Mitchell Funk / Getty Images

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Miami Beach

Miami Beach

Foto: Jane Sweeney / AWL Images

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Los Everglades. Un mar verde

Un mar verde

Los Everglades son un inmenso laberinto de bosques inundados que abarcan todo el cono sur de la península de Florida.

Foto: Juan Carlos Muñoz / Age Fotostock

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Isla Gasparilla

Isla Gasparilla

El faro de Port Boca Grande, de 1890, es el punto de partida de salidas a pie por la reserva natural de Gasparilla Island.

Foto: Brian Stirling

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Suwannee

Suwannee

En esta inmensa reserva natural, el río Suwannee ha creado un mundo acuático donde predomina el ciprés de los pantanos.

Foto: Paul Marcellini

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Cayo Hueso

Cayo Hueso

La única localidad de este islote, más conocido como Key West, cuenta con playas muy populares. En la fotografía, Smather’s Beach.

Foto: Susanne Kremer Photo

Desde las cosmopolitas Miami y Orlando a los parques naturales de este estado norteamericano

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Cayos de Florida

Cayos de Florida

En Miami, la combinación de playa, vida nocturna y arte alcanza su mejor momento a partir de otoño, cuando las temperaturas son más suaves y en las calles de South Beach empieza Art Basel, una de las ferias de arte moderno más célebres del mundo. Es entonces cuando la ciudad más poblada del estado de Florida (5,3 millones de habitantes) demuestra que no deja de renovarse, como dándole la razón a Juan Ponce de León, el explorador español que llegó en 1513 en busca de la fuente de la Eterna Juventud porque un náufrago le había hablado de unas aguas que rejuvenecían al instante.

Ponce de León no encontró la maravillosa fuente, pero Miami sí parece conocerla porque de cada época y de cada cultura ha extraído lo más vital: edificios de estilo art déco en Miami Beach, gastronomía y música cubana en el barrio de Little Havana, arte callejero en Wynwood (más de 200 murales) y arte contemporáneo en el distrito del Diseño, los rascacielos de la avenida Brickell, en el centro financiero, vudú en el barrio de Little Haití... Por no hablar de sus playas, siempre animadas, y de los paseos marítimos que se asoman a arenas blancas y aguas de luminoso azul.

Zambullirse en esta metrópoli es el mejor inicio a un viaje por algunos de los tesoros naturales de Florida. Esta península, que apunta hacia Cuba y que se sitúa entre el golfo de México y el océano Atlántico, alberga en su extremo sur uno de los parques nacionales más sorprendentes de Estados Unidos: los Everglades, 3.800 kilómetros cuadrados de bosque subtropical y terreno pantanoso que fue declarado Patrimonio de la Humanidad y Reserva Internacional de la Biosfera y Tierras Pantanosas de Importancia Internacional.

Los Cayos son un archipiélago de pequeñas islas rodeadas por arrecifes de coral

Las barcas de hélice gigante deparan la primera emoción del viaje navegando a una velocidad vertiginosa. Los pilotos suelen ser descendientes de los indios miccosukees, primeros habitantes de este territorio fluvial, que parecen conocer los cientos de caminos secretos entre los manglares. Mientras navegamos, nuestro guía nos explica que hemos llegado en el mejor momento para visitar los Everglades. De diciembre a abril es la época con menos mosquitos y también una de las mejores para observar pelícanos, milanos, águilas, serpientes pitón y caimanes, los cocodrilos americanos, una especie que alcanza los 4,5 metros de largo y cuyo rugido de baja frecuencia, convenientemente mezclado, se convirtió en el alarido del Tiranosaurio rex de la saga cinematográfica Jurassic Park. Pero la amenaza de los Everglades en las próximas décadas no son los caimanes, sino la invasión urbanística. De hecho hasta el siglo XIX el pantano original abarcaba desde el mismo centro de la península de Florida. El reconocimiento internacional de su valor ecológico es hoy su principal salvaguarda.

Una vez que alcanzamos la costa del golfo de México, tomamos rumbo norte en busca de las playas de Gasparilla Island, una de las islas coralinas que se estiran frente al litoral. Se accede a ella cruzando el puente de Boca Grande. Es un parque natural protegido, formado por largos arenales en los que es un placer caminar, nadar, bucear, pescar o salir en barca a observar manatíes y tortugas marinas, mientras en el cielo vuelan el águila calva y el pequeño charrán real. Quizá uno de los momentos más especiales del día llegará con la puesta del sol, tras la visita al edificio más antiguo de la isla, el Port Boca Grande Lighthouse & Museum. Este faro de 1890 se eleva sobre una casa de madera, con verandas blancas y sostenida por pilotes, que ahora se ha reconvertido en un museo que huele a mar.

El paisaje apenas cambia mientras nos dirigimos hacia Anna Maria Island, 115 kilómetros al norte, en la costa del condado de Manatee. Esta pequeña e idílica isla de unos 11 kilómetros de largo es uno de los tesoros naturales de Florida por sus playas de arena fina y extremadamente blanca. Este lienzo de suave arena es uno de los lugares de desove preferido por las tortugas del golfo de México, así como un lugar de cría para miles de aves migratorias y residentes, como el curioso picotijeras, el correlimos, los pelícanos y las águilas pescadoras. Anna Maria Island ofrece también la posibilidad de ver delfines cerca de la costa, especialmente en la hermosa playa de Bean Point.

Isla Gasparilla

Las ciudades de Tampa y Orlando constituyen todo un contraste en la ruta. La primera seduce con su amplia bahía bordeada de rascacielos, marinas con cientos de veleros y yates de todas las medidas. Orlando, en cambio, es el gran reclamo para el público familiar por su oferta de parques de atracciones. Pero la ciudad interior más grande de Florida fue en algún momento una urbe tranquila a orillas del lago Eola, con bonitos parques naturales que sorprenden con agradables paseos. Hoy casi nadie se acuerda de eso, porque en Orlando se encuentran los parques temáticos más grandes del mundo. Desde el Magic Kingdom en Walt Disney World Resort, hasta el Wizarding World of Harry Potter en el Universal Orlando Resort.

El Suwannee River State Park, otro mundo fantástico, nos espera 302 kilómetros al norte, pero esta vez se trata de un lugar creado por la naturaleza y no por el hombre. El corazón de este parque lo riega el río Suwannee. De aguas negras y hasta 428 kilómetros de largo, está considerado el último río salvaje de Florida y únicamente se puede explorar a pie o a bordo de pequeñas embarcaciones. Durante las salidas los guías aprovechan no solo para mostrar el valor ecológico de la zona, sino también su importancia histórica a través de itinerarios que visitan los terraplenes construidos durante la Guerra de Secesión (1861-1865), antiguos cementerios y los restos de un barco de vapor del siglo XIX.

A la primera de esta cadena de islas los españoles la bautizaron Cayo Largo y hoy es famosa por albergar la reserva marina John Pennekamp Coral Reef

A ritmo de remo o de motor, navegando entre árboles de troncos sumergidos que se elevan como columnas, descubrimos caimanes, manatíes, esturiones de hasta cien kilos de peso, varias especies de ibis y garzas, así como animales llegados de otros puntos de América del Norte y Central, por ejemplo, los armadillos y las capibaras.

Para regresar a Miami y disfrutar de los últimos días del viaje en los Cayos, una buena opción consiste en realizar el trayecto en avión desde Jacksonville. Dedicar un día entero a visitar esta gran ciudad resulta de lo más entretenido pues, además de un largo paseo marítimo asomado al Atlántico, posee un interesante museo dedicado a la guerra civil y una increíble oferta de ocio y cultura. Los Cayos son un archipiélago de pequeñas islas rodeadas por arrecifes de coral. Si se desea de verdad conocerlas no hay más que conducir por la carretera US1, la Overseas Highway, que une la ciudad de Miami con los Cayos en dirección sur. Esta cinta de asfalto constituye un atractivo en sí misma, ya que se adentra más de 200 kilómetros en el océano, saltando de isla en isla a través de 42 puentes, rodeada por un mar silencioso y de un turquesa intenso.

A la primera de esta cadena de islas los españoles la bautizaron Cayo Largo y hoy es famosa por albergar la reserva marina John Pennekamp Coral Reef. Hacia el sur, la carretera llega a Islamorada, llamada así por el color de las caracolas que se acumulaban en sus orillas. En Islamorada es posible nadar entre arrecifes y ver los restos del galeón San Pedro, que naufragó en 1773 cuando navegaba rumbo a España.

En la carretera de los Cayos no se puede circular a más de 72 km/h, una velocidad perfecta para contemplar las palmeras que bordean los arenales mientras se cruzan los puentes elevados sobre el mar. El más conocido es el Puente de las Siete Millas, famoso porque en él se han rodado numerosas escenas de acción.

El final de la ruta es Key West o Cayo Hueso, una ciudad tranquila en la que Ernest Hemingway tuvo una casa de estilo colonial. Cayo Hueso nunca pierde la calma, únicamente acelera su pulso al atardecer, cuando la gente se reúne en Mallory Square a la espera de la caída del sol. Y entonces sucede: una luz naranja tiñe el cielo y se extiende sobre las aguas del golfo de México.