Desde la península de Istria a los lagos de Plitvice

El recorrido recala en playas de aguas claras, lagos idílicos y ciudades venecianas

21 de mayo de 2015

La península croata de Istria atesora lo mejor de dos mundos. Con su forma de cuña se inserta entre el exotismo balcánico y el espíritu mediterráneo. La república marinera de Venecia ejerció su poder en la región durante cinco siglos y hoy su huella es evidente en la arquitectura, en la cocina e incluso en la lengua.

La ciudad de Pula, casi en el vértice de la península, exhibe esas raíces italianas. Fundada en el siglo I a.C. por los romanos, dispone de un gran anfiteatro que es contemporáneo del Coliseo de Roma. Los venecianos quisieron llevárselo, pero los continuos ataques que sufrió Pula por apoyar a la República lo impidieron: en las murallas adyacentes hay fragmentos de esculturas y columnas intercalados, prueba de que las reconstruyeron deprisa con el material disponible. También abundan los túneles en la base, reconvertidos en cafés y galerías comerciales. Muy cerca, un gran arco romano da paso a la Vía Sergio y al casco antiguo, que sigue un trazado de círculos concéntricos. El foro es ahora la plaza del Ayuntamiento, que mezcla el estilo románico con el renacentista. Enfrente, el Templo de Augusto se alza como una rareza milenaria que sirvió como iglesia y granero en épocas pasadas.

Porec, distinguida como la ciudad más limpia de Croacia y dueña del único edificio de Istria declarado Patrimonio de la Humanidad.

Desde el muelle de Fazana, a quince minutos en coche, zarpa el barco a las islas Brijuni. Josip Broz Tito, líder de la Yugoslavia comunista hasta 1980, tenía su residencia oficial en la mayor de ellas. Por los jardines de aquella finca corrían antílopes, cebras y jirafas e incluso elefantes. Pero la isla estuvo habitada por otros animales en otras eras: en el extremo oeste, una roca frente al mar muestra huellas de dinosaurios petrificadas. Completan el paseo la visita a varias ruinas romanas y bizantinas, así como a un olivo de 1.600 años.

De nuevo en tierra firme, conducimos 30 kilómetros hasta Rovinj, la más veneciana de las ciudades de Istria. De calles empinadas, es uno de los puertos pesqueros más auténticos del Mediterráneo, donde las capturas aún se venden en el punto de amarre. Santa Eufemia protege a los pescadores desde lo alto de una colina. A sus pies, las casas de color pastel ceden paso a pinares en los que se esconden hoteles de ambiente familiar.

Las mejores playas están más al norte, en Porec, distinguida como la ciudad más limpia de Croacia y dueña del único edificio de Istria declarado Patrimonio de la Humanidad: la basílica bizantina de Eufrasio, cuyos mosaicos del ábside datan del siglo VI.


La vista desde lo alto del campanario exento abarca todo el centro, atravesado por la calle Decumanus, que lleva hasta la plaza Mayor y a la Torre Pentagonal, parte de las puertas medievales. Al fondo se divisa la isla de San Nicolás y, alejándose mar adentro, las barcas que llevan submarinistas hasta alguno de los 500 barcos hundidos que reposan en estas aguas.

Es el momento de descubrir el interior de la península, tapizada de viñedos que le han dado el sobrenombre de «la nueva Toscana», olivares y bosques donde crecen trufas. Las bodegas de vino de malvasía abundan en Kaldir, cuyo microclima permite que maduren las naranjas en invierno. Para el aceite hay que acercarse a Varedin y, en cuanto a la trufa, los bosques de Motovun son el mejor lugar.

La siguiente etapa son las islas del golfo de Kvarner: Krk, Cres y Lovijn. La primera tuvo la suerte de escapar de las últimas guerras y ahora es un famoso destino turístico. La costa norte, azotada en invierno por el viento bura, es más abrupta y erosionada, mientras que el sur es más verde y con calas protegidas.

La ciudad amurallada de Krk es ideal para alcanzar las islas de Cres y Lovijn, unidas entre ellas por un puente. Ambas poseen puertos encantadores, con palacios e iglesias del siglo XV asomados al mar, pero Cres es más tranquila y salvaje, una pequeña joya para observar fauna que ha desaparecido en otros puntos del Mediterráneo, como la foca monje y el buitre leonado. Algo más al sur y también accesible desde Krk se halla la isla de Rab, cuyo núcleo principal merece una visita detenida por sus palacetes gótico-renacentistas de piedra blanca y sus cuatro campanarios.

De regreso a tierra firme tenemos otra cita con la naturaleza en el Parque Nacional de Risnjak, cubierto de coníferas y surcado por desfiladeros. Aunque ris significa lince en croata, es más fácil avistar jabalíes, ciervos u osos durante la travesía por ejemplo, que sigue el sendero de Leska. El parque forma parte de los Alpes Dináricos, populares en invierno entre los esquiadores, pero solitarios en otras épocas del año.

El Parque Nacional de los lagos de Plitvice, a dos horas de Risnjak, es la atracción natural más visitada de Croacia. En su parte alta abundan los hayedos, mientras que en la inferior dominan los cañones cársticos. Sus 16 lagos están conectados por saltos de agua y arroyos que han labrado la roca. Cerca de 18 kilómetros de sendas de madera y puentes permiten recorrer el parque, además de las embarcaciones eléctricas de los lagos Proscanski y Sastavci. El fragor del agua al precipitarse al río Korana será uno de los recuerdos más perdurables de este viaje a Croacia.

MÁS INFORMACIÓN
Documentos: DNI.
Idioma: croata.
Moneda: kuna.

Cómo llegar y moverse: En avión hasta Zagreb, la capital croata –hay vuelos directos desde Barcelona en verano–, y después vuelo doméstico a Pula. En coche, la ciudad italiana de Trieste es la puerta de entrada a Istria. Alquilar un coche es la forma más cómoda de recorrer la península de Istria. El autobús entre ciudades es una buena alternativa.

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