Descubre las Islas Sociedad

Moorea

Moorea

La vegetación desciende por las laderas de los montes hasta tocar la laguna, un remanso de aguas transparentes que el arrecife ha creado en torno a la isla.

Un viaje entre atolones y aguas coralinas

«Hola, bienvenidos a Tahití» (iorana e maeva). Una muchacha regala guirnaldas de flores de tiaré a los viajeros que arriban al aeropuerto de Papeete, la capital de Tahití y sus Islas, mientras recita esta frase que luego oirán mil veces. El aroma perfumado del aire, la humedad del trópico, las montañas volcánicas comidas por una vegetación lujuriosa y las lagunas coralinas certifican que éstas son las islas que alabó el pintor Paul Gauguin y también los escritores Herman Melville, Pierre Lotti, Robert L. Stevenson y Somerset Maughan, y que Marlon Brandon terminó de encumbrar en el imaginario colectivo con la película El motín de la Bounty, basada en una revuelta ocurrida el 28 de abril de 1789 frente a las playas de Tahití.

Tahití es la isla más grande de este territorio de ultramar francés (desde 1842), que está integrado por 118 islas distribuidas en cinco archipiélagos, repartidos por una superficie de agua casi tan grande como Europa. Los primeros pobladores de estas islas llegaron en canoa desde Samoa, Tonga y Fiji, al oeste, varios siglos antes de nuestra era. Sin embargo, el primer encuentro entre polinesios y europeos no tendría lugar hasta 1521, cuando Fernando de Magallanes en su circunnavegación del globo, tocó tierra en las islas Tuamotu. Casi dos siglos después, en1767, el galeón del británico Samuel Wallis tropezó por casualidad con la isla de Tahití.

Con apenas mil kilómetros cuadrados de superficie, Tahití acoge a 170.000 de los 270.000 habitantes del país, la mayoría en Papeete. Con buenos servicios pero poco encanto arquitectónico, la capital vive su mejor momento en julio, durante el festival de danzas Heiva i Tahití, el mayor acontecimiento cultural del año en la Polinesia. Además de sus playas, la isla de Tahití ofrece excelentes excursiones por el interior, como la que remonta el río Papenoo por una pista que, tras salvar la empinada ladera, entra en el cráter de un volcán inactivo desde hace 800.000 años. A causa de los diez metros cúbicos de lluvia anual que caen sobre Tahití, la vieja caldera está cubierta por una jungla espesa que coloniza incluso las paredes más verticales. Una visión subyugante y diferente de la que muestra el Tahití costero.

La casa de Los dioses

En la isla abundan los maraes, lugares sagrados de los antiguos ma’ohi (gente de la tierra, en tahitiano) y de sus atua o dioses. En estas construcciones megalíticas de forma rectangular y pavimentadas con losas volcánicas se celebraban ceremonias religiosas, reuniones tribales, coronaciones y hasta sacrificios humanos. El mejor reconstruido de la isla de Tahití es el marae Arahurahu, 23 kilómetros al sur de Papetee. Desde la ventana de los hoteles de la costa oeste casi se toca Moorea, separada de Tahití por un canal de 25 kilómetros de anchura. Los aviones de hélice de Air Tahití casi no tienen tiempo de elevarse desde el aeropuerto de Papeete cuando ya están aterrizando, siete minutos después, en la pequeña pista de Moorea. Con un servicio continuo de ferris y catamaranes entre ambas islas, Moorea se ha convertido casi en una extensión de Tahití, pero más natural y tranquila. Para comprobarlo basta con seguir la carretera que rodea la isla y detenerse en la bahía de Cook y en la vecina bahía Opunohu, escenario de muchos rodajes cinematográficos.

Para alcanzar Raiatea, la segunda isla mayor del archipiélago, se tardan 10 horas en barco o 45 minutos en avión, siempre haciendo escala primero en la isla de Huahine. Huahine se ha conservado como una de las islas más bellas y naturales gracias a su escasa población.

Diversas hipótesis afirman que en Raiatea se establecieron los primeros pobladores de las islas, y también que desde aquí partieron las canoas que siglos más tarde colonizarían Hawai, Isla de Pascua, las Marquesas y el resto del archipiélago. Uturoa, su capital, es una localidad de dimensiones muy modestas. Hay una galería comercial junto al puerto con recuerdos turísticos, un mercado donde se vende todo tipo de verduras y frutas, una iglesia protestante con un puntiagudo tejado rojo, un puesto médico y algunos comercios. Los coloridos autobuses –en realidad, camiones que llevan detrás una caja de madera con asientos y ventanillas sin cristales– aguardan en la puerta del mercado a que los parroquianos cargados de bultos regresen a sus aldeas tras la compra semanal. En cuanto uno se aleja de Uturoa, aparece la naturaleza más radiante tahitiana. Hay bahías en las que, si se exceptúan un par de cabañas entre cocoteros y dos catamaranes fondeados, podría ser el mismo escenario que vieron el capitán James Cook y su tripulación cuando llegaron aquí en 1769.

La Polinesia más genuina

La vecina isla de Tahaa pertenece geológicamente al mismo trozo de tierra volcánica que Raiatea, pero la erosión las separó por un canal de agua que se recorre en veinte minutos de barco. De hecho ambas comparten la misma laguna y el mismo anillo de arrecife coralino. Tahaa es un buen lugar para conocer la vida polinesia. En estas islas pequeñas abundan las casas sencillas, en torno a las cuales sus moradores atesoran todo tipo de cachivaches, cocos, ropa tendida... Para la numerosa comunidad francesa llegada del continente la vida de los locales se reduce a levantase, salir con la barca, pescar un pez, comérselo con una cerveza, charlar por la tarde y acostarse en cuanto anochece. Los polinesios, por su parte, se quejan de las prisas de sus paisanos llegados de Europa. Un choque de culturas que ya impactó a Paul Gaugin, el genio atormentado –pintor, escritor, escultor– que acabó sus días en estas islas. La pesca sigue siendo la principal fuente de recursos, sobre todo en islas pequeñas. En la desembocadura de los arroyos y en los pasos oceánicos entre motus (islotes que forman el anillo de coral que cierra la laguna) se practica aún un ancestral sistema de pesca mediante laberintos de piedras y cañas.

En el otro extremo del archipiélago de la Sociedad –50 minutos en avión desde Papeete– aparece la isla más famosa: Bora Bora, un topónimo que equivale a misterio y sensualidad. Para conocerla entera basta con alquilar en Vaitape una bicicleta o una moto y seguir la carretera de la costa. Bora Bora es un viejo volcán, casi vencido por la erosión, que se eleva como una aguja afilada sobre el Pacífico. Alrededor hay un anillo de arrecifes de coral y, entre el arrecife y la montaña, una laguna de aguas azul turquesa y verde esmeralda, punteada por motus de arenas blancas. Bora Bora podría ser «la isla del tesoro» inventada por Stevenson, aunque jalonada hoy por resorts cuya máxima es hacerle sentir a uno en el paraíso.

Para saber más

Documentación: pasaporte electrónico con vigencia de 6 meses.

Idioma: francés y tahitiano.

Moneda: franco de la Polinesia y euro.

Diferencia horaria: 11 horas menos.

Salud: no hay vacunas obligatorias.

Cómo llegar: La ruta más habitual desde España es vía París y después Los Ángeles, pero también hay vuelos que realizan escala en Londres y después en Nueva York. Viajar vía Santiago de Chile es otra buena opción. El aeropuerto internacional de Faa’a se halla a 5 km de Papeete, la capital.

Cómo moverse: Las islas de la Sociedad están conectadas por un servicio regular de transbordadores (poca frecuencia) y de aviones. Una vez en las islas, se pueden contratar coches, motocicletas y bicicletas, además de canoas y barcas para recorrer las lagunas coralinas o alcanzar algún motu o islote.

Compras: Tallas, perlas negras, pareos, monoï (aceite de coco y flor de tiaré), cestos y tapa, un papel especial sobre el que se dibujan diseños similares a los tatuajes.

Oficina de Turismo de Tahití

Libro recomendado: Tahiti & French Polynesia. Lonely Planet, 2009. En inglés.