La Gomera, un vergel en el Atlántico

Recorremos la isla en busca de bosques de laurisilva, roques volcánicos y aldeas tradicionales. ¿Te vienes?

30 de enero de 2018

Pequeña, tranquila y abrupta; así es La Gomera. Aunque sus montañas no sean muy altas, cuesta encontrar una superficie llana en una isla que no contó con aeropuerto hasta 1999. Coger uno de los tres barcos diarios desde Los Cristianos, en el sur de Tenerife, sigue siendo la forma tradicional de llegar a San Sebastián de La Gomera. La capital de la isla, conocida popularmente como La Villa, ha crecido en las últimas décadas. En ella es recomendable pasear desde el puerto hasta la zona alta para apreciar los cambios de la arquitectura vernácula, antes de adentrarse en un entorno cada vez más bucólico.

Quien acude a La Gomera suele encaminarse hacia el interior, donde mejor se manifiesta la singularidad de la isla. En cuanto emprendo la ruta hacia el Parque Natural de Garajonay me sumerjo en otro mundo. La carretera avanza por el barranco de La Laja y pasa por el Monumento Natural de Los Roques. Entre estas formaciones basálticas, antiguas chimeneas volcánicas realzadas por la erosión, destaca el Roque de Agando, un imponente pitón de lava cuya cima se pierde en el mar de nubes de la mañana. Cerca se encuentra el mirador El Bailadero, uno de los 27 existentes en la isla, que ofrece unas panorámicas espectaculares de la cara norte del lugar.

La capital de la isla, conocida popularmente como La Villa, ha crecido en las últimas décadas. En ella es recomendable pasear desde el puerto hasta la zona alta.

Tras una hora andando entre brumas alcanzo la cima de Garajonay (1.487 metros). Las nubes quedan ahora bajo mis pies, formando un esponjoso manto que brilla bajo la luz del sol y se extiende hasta el mar. Cuando a media mañana despeja el día, se disfruta de una vista espléndida de todos los barrancos que parten de Garajonay como los radios de una bicicleta. Hacia levante se alza majestuoso el Teide, por si hubiese dudas de que las mejores vistas del pico más alto de España las tienen los gomeros.

Brezos, tilos, madroños, helechos, musgos y líquenes se agolpan hacia el cielo luchando por hallar la luz solar. En conjunto forman la laurisilva, un bosque perenne que actualmente solo se encuentra en la Macaronesia. Paseando entre sus árboles y riachuelos parece que me adentro en una leyenda, donde detrás de cada rama puede esconderse una criatura mágica.

La infinita laurisilva

Con una superficie de 4.000 ha, La Gomera acoge la mayor muestra mundial de este ecosistema y es un arca de la biodiversidad, pues el 25% de las plantas son endémicas. La ilusión de un paraje de fábula se acrecienta por la llamada lluvia horizontal, un fenómeno propiciado por los vientos alisios. En realidad no llueve, pero las superficies del bosque están húmedas o son resbaladizas. De repente se filtra un rayo de luz entre las copas de los árboles y el paisaje se reviste de brillos diamantinos. No hay cámara que capte la belleza de ese instante.

Para conocer a fondo Garajonay hay que caminar, y el paseo de 6 kilómetros que conduce a El Cedro es el más emblemático de la isla. Esta secular aldea en el corazón del bosque permite visitar además la ermita de Lourdes y disfrutar del salto de agua más alto de Canarias (200 metros). Con un poco de suerte es también un buen lugar para escuchar a los cabreros comunicarse mediante el silbo gomero, un lenguaje a base de "chiflidos" propio de los guanches.

La cultura y la sociedad de la Gomera

Desde El Cedro se aprecia también el fértil valle de Hermigua, donde finalizo la tarde disfrutando de los vertiginosos bancales creados en los barrancos para ganar tierras de cultivo. Pernocto en Hermigua y dejo para mañana el museo etnográfico de La Gomera, visita clave para entender la cultura y la realidad social.

A media hora en coche por sinuosas carreteras se encuentra Vallehermoso, en cuyo barranco crece el mayor palmeral de la isla. Subiéndose a las copas de las palmeras y raspando el cogollo central los agricultores recolectan su savia, con la que elaboran el guarapo o miel de palma, producto exclusivo de la gastronomía gomera. Nada hay mejor para acompañar una deliciosa tapa de queso de cabra frito.

La Gomera es una zona de paso habitual para cetáceos y para los cachalotes, los calderones tropicales y hasta cinco especies de delfines.

La posición resguardada entre las demás islas Canarias, pero al mismo tiempo adentrada en el océano Atlántico, convierte a La Gomera en una zona de paso habitual para cetáceos como los cachalotes, los calderones tropicales y hasta cinco especies de delfines. Del puerto de Valle Gran Rey, el segundo más importante, parten la mayoría de las embarcaciones para avistar cetáceos. Esta ciudad, ubicada en el oeste de la isla, posee un clima más soleado que San Sebastián y sus viviendas tradicionales, encajadas entre palmeras y peñascos, constituyen un lugar encantador para hospedarse.

Como colofón al viaje, si el mar está en calma se puede realizar una excursión de cuatro horas en barco alrededor de la isla y disfrutar así de Los Órganos, una muralla de 200 metros de columnas basálticas que salen de las profundidades del mar hasta alcanzar 80 metros de altura en un acantilado. La visión de estas formaciones es la despedida perfecta, pues destilan la fuerza agreste, salvaje y mística que está latente en toda la isla.

Outbrain