Atenas, historia, mitos y naturaleza

Desde el Partenón hasta el cabo Sunión y desde el Templo de Zeus hasta la isla de Égina, aquí se entrecruzan los aromas y sabores del Mediterráneo y las voces de Homero y de Antígona

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qpx-116433933. La cuna de la democracia

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La cuna de la democracia

Desde el monte Licabeto se divisa el Partenón iluminado, la gran ciudad y, a lo lejos, la silueta de la isla Egina.

Foto: Abhijit Patil / Age fotostock

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Más que un centro cultural

El Centro Cultural de la Fundación Niarchos incluye la Ópera Nacional de Atenas y la Biblioteca Nacional de Grecia. 

Foto: Kotsovolos Panagiotis / Shutterstock

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Templo de Hefestón

Del año 440 a.C., es el mejor conservado del ágora, centro de la vida social, religiosa y política de la Atenas Clásica.

Foto: Jane Sweeney / Awl Images

FCR-463602. El gran bazar ateniense

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El gran bazar ateniense

La atmósfera oriental que envuelve el Mercado Central y el dédalo de calles que lo rodean, en pleno casco antiguo de Atenas, cautivan de inmediato. Hasta 150 puestos de marisco y pescado fresco, 100 carnicerías y 80 que venden frutas y verduras se reparten el edificio del mercado, una construcción de 1875 con techo de vidrio y grandes arcos. Perderse en su interior y orientarse solo por las voces de los vendedores y los olores supone un reto de lo más estimulante.

Foto: Fototeca 9x12

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Más allá del mercado

Una vez fuera, la sensación de hallarse en un bazar turco o egipcio se intensifica. En la calle Evripídou, las tiendas de especias, frutos secos, queso feta, aceitunas y ouzo seducen con sus cientos de variedades; y al girar la esquina, los orfebres llaman la atención del cliente con sus creaciones de cobre, plata y latón. La mejor manera de llegar a él es desde la plaza Omonia por la calle Athinas. 

Foto: Gtres

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legado romano y turco

El emperador Adriano rodeó el ágora de columnas y porches para las mercancías. A la derecha se ve la mezquita de Fethiye, construida por los turcos en el siglo XV.

Foto: Inu / Shutterstock

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Monastiraki

La iglesia Pantanassa (siglo X) formaba parte del monasterio que da nombre al barrio situado entre la Acrópolis y el ágora romana.

Foto: César Asensio / Age fotostock

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Odeón de Herodes Ático

Fue construido por el cónsul romano en el siglo II d.C. al pie de la Acrópolis. Tenía muros revestidos de mármol, asientos para 5.000 espectadores, suelo de mosaicos y techo de madera.

Foto: S-F / Shutterstock

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Plaka

El camino hacia la Acrópolis discurre por calles encantadoras, con tabernas típicas, iglesias y edificios de la época otomana.

Foto: Anastasios71 / Shutterstock

shutterstock 350088140. Al pie del monte de los dioses

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Al pie del monte de los dioses

Los barrios de Plaka y Monastiraki reúnen una gran actividad comercial. Son las zonas pobladas más antiguas de la ciudad.

Foto: Kotsovolos Panagiotis / Shutterstock

X7T-1336618. Un tesoro dispuesto para ser admirado

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Un tesoro dispuesto para ser admirado

Atenas es una de las ciudades más generosas a la hora de compartir su patrimonio arqueológico con el público. No solo porque es posible contemplar templos en el mismo lugar donde fueron erigidos hace más de dos mil años, sino porque posee los dos museos de arte clásico más interesantes del planeta: el Museo Arqueológico Nacional y el Museo de la Acrópolis. El Arqueológico Nacional exhibe por orden cronológico objetos hallados en Grecia, objetos de la Edad de Bronce, escultura helenística y piezas halladas en Micenas. El Museo de la Acrópolis se ha convertido en una visita indispensable. Casi en la entrada, un suelo de vidrio muestra los restos de un sector de la ciudad antigua de Atenas. Conserva numerosas esculturas y piezas de los edificios de la Acrópolis, como son los Propileos, el templo de Atenea Niké, el Erecteion y el Partenón, además de la Sala de las Cariátides.

Foto: Peter Eastland / Age fotostock

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Cabo Sunión

El templo de Poseidón recuerda la importancia de este enclave para los antiguos griegos.

Foto: WitR / Getty images

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Mapa del centro de la ciudad de Atenas

De cara al mar Egeo, la capital griega se halla en la costa suroeste de la península de Ática.

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Atenas, historia, mitos y naturaleza

Precisamente porque Atenas es el emblema universal del mundo clásico y porque concentra una abrumadora cantidad de monumentos arqueológicos, entre los que destaca el recinto de la Acrópolis, quizá lo mejor sea comenzar por lo más reciente: el nuevo polo cultural diseñado por Renzo Piano para la Fundación Niarchos, donde la Ópera Nacional de Grecia y la Biblioteca Nacional vertebran un espacio único en el mundo.

La Acrópolis de Atenas

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La Acrópolis de Atenas

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Desde el punto de vista constructivo, urbanístico y también funcional, la apuesta de Piano por un pulmón verde que una mar y ciudad, reinterpretando los conceptos de la arquitectura clásica, ha supuesto un revulsivo para la capital griega. Desde el litoral hasta la Acrópolis la memoria de la democracia subraya el pasado de Atenas. Con su recuperación del concepto del ágora como lugar de encuentro, el arquitecto italiano hace dialogar a unos metros del Egeo el mito de la Odisea con la silueta de la Acrópolis recortada en el perfil de la ciudad.

Espacios exteriores e interiores combinan el goce de las artes (dos escenarios) con la serena alegría de convivir en la polis, entre plantas autóctonas, áreas para el descanso y una biblioteca con dos millones de volúmenes. La armonía visual del conjunto honra el nombre del barrio, Kalithea, literalmente "bellavista" o "vistahermosa".

La Atenas de hoy

La anterior sede de la Biblioteca Nacional, de 1832, continuará albergando algunas de sus funciones originales. Situada casi al lado de la plaza Syntagma, forma parte de la tríada de edificios neoclásicos –junto al antiguo Paraninfo de la Universidad y la Academia de Atenas– pensada por el danés Von Hansen a principios del siglo XIX, cuando nace la moderna nación griega. Tiene un jardín privado con uno de los cafés más agradables de la ciudad.

Apenas 300 metros separan este lugar de la plaza de Syntagma, centro geográfico de la capital. En homenaje a las constituciones inspiradas en el siglo de Pericles, hace 2.500 años, el centro vital de Atenas se llama Syntagma. Ahí se encuentra el Parlamento, instalado en el antiguo Palacio Real, que fue residencia de los reyes griegos hasta 1935. El edificio muestra sus líneas clásicas ante la Tumba del Soldado Desconocido, custodiado noche y día por la guardia de evzones. Su gran escalera de mármol sirve hoy de punto de encuentro a los atenienses. Metro, autobuses, coches y peatones se reparten este espacio colorido al que asoman hoteles, ministerios y negocios tradicionales.

El fin de Pericles

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Los contiguos Jardines Nacionales combinan una belleza retro con una paz casi inexplicable a tan poca distancia de las grandes avenidas que articulan el tráfico. En las inmediaciones, el estadio Panathinaiko, popularmente llamado Kalimármaro por su deslumbrante mármol, las olímpicas columnas de Zeus y la puerta del emperador Adriano invitan a continuar, según la hora del día, hacia un costado o hacia otro. Rumbo oeste se sigue el paseo peatonal de Dionisio Areopagita. En sentido contrario, se descubre la casi secreta arquitectura –rural y vanguardista– del barrio de Metz, el Primer Cementerio y las noches de jazz en el Half Note o de música rebética en los muchos locales que mantienen la tradición, entre marginal y nostálgica, de los griegos expulsados de Turquía en los años 1920.

Los barrios de Plaka y Monastiraki, llenos de agradables tabernas y cafés con espectaculares vistas, resumen la historia de la Grecia clásica. El recinto de la Acrópolis, con el ágora y el areópago, son la cumbre no solo de un terreno elevado que ilumina la cultura occidental desde hace 25 siglos sino el promontorio ideal para contemplar la vasta ciudad que Theo Angelópoulos (1935-2012) inmortalizó en el cine.

Una entrada combinada permite acceder al recinto y a otros monumentos esenciales, como la Biblioteca de Adriano, el Templo de Zeus o el Museo de la Stoa, modélico ejemplo de la restauración arqueológica de mediados del siglo XX. En el ascenso hacia el Partenón se disfruta de la incomparable suma de arqueología, arte y cultura que son los teatros de Herodes Ático y de Dionisos, los propileos, el templo de Atenea Niké y el Erecteion, donde una reproducción de las Cariátides subraya, junto a un modesto olivo arbequino, la grandeza de esta cultura milenaria, inseparable de la tierra y el mar que la baña.

El Partenón

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El Partenón

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Las auténticas Cariátides esperan al viajero, recién restauradas, a solo 500 metros en el maravilloso Museo de la Acrópolis. Diseñado por Bernard Tschumi, expone una de las mejores colecciones de arte clásico del mundo y algo aún más valioso: la vista del Partenón enmarcado por unos ventanales diáfanos que protegen los frisos originales. Entre ellos hay espacios vacíos reservados a los que Thomas Bruce Elgin se llevó a Inglaterra entre 1801 y 1805 y que hoy se exhiben en el Museo Británico de Londres. Su devolución se ha convertido en uno de los caballos de batalla identitarios de la Grecia contemporánea desde que la gran actriz y ministra de cultura Melina Merkouri tomara la iniciativa en los años 80.

Una ciudad a través de sus barrios

La riqueza arqueológica de Atenas se derrama hacia el mar y deja en el distrito de Kiramerikos uno de sus momentos más luminosos. Paseando desde el barrio de Thisío por la calle peatonal Ermou nos desviamos hasta Psirí, una zona de casitas bajas ahora reconvertida para la diversión, el artisteo y la noche. Viejas ferreterías y talleres conviven con lofts de diseño, hubs de coworkers –en Atenas casi todo el mundo habla inglés– y bares a la última.

El bullicio y la fiesta continúan en el barrio de Gazi. Esta antigua área de fábricas, desde gas y electricidad hasta el mítico chocolate Pavlidis, cuyo aroma impregna el aire, alberga ahora algunos de los mejores teatros, clubs, restaurantes, modernos museos como el nuevo Benaki y espacios polivalentes como Technópolis. La sala Gazarte, por ejemplo, programa espectáculos de fama mundial y en sus barras se deja ver toda figura nacional e internacional que se precie.

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La pujante modernidad y el cosmopolitismo no debe distraernos de atractivos tradicionales como la calle Athinás y el viejo Mercado Central. Desde la madrugada hasta bien entrada la tarde es posible pulsar aquí la vida real de la ciudad con sus ofertas de carne y pescado fresco y, a su alrededor, los centenares de pequeños comercios donde comprar especias, embutidos de Asia Menor o cachivaches olvidados ya en otros lugares. Entre las calles de Eurípides, Sócrates y Eolo se pueden pasar horas enteras de compras, asombros, cafés y copas. Y por supuesto souvlakis, imprescindible aportación de los griegos al arte de asar cualquier tipo de carne al carbón.

El mapa de los aromas de Atenas alcanza una riqueza y una intensidad solo comparable a las leyendas de la tradición oriental. Según reza una broma el café es la base de la alimentación de los griegos; sería un pecado no disfrutar de sus infinitas variedades, incluido el griego (helenikó), que se prepara sin filtro en un cacillo de cobre o latón y que bajo ningún concepto debe ser llamado café turco, salvo que se quiera iniciar una larga y acalorada discusión sobre la paternidad del invento.

Otra de las sorpresas de Atenas es la portentosa cantidad de librerías –muchas de ellas internacionales– y la placentera forma en que se combinan con cafeterías, galerías y lugares de encuentro en los que conectarse gratuitamente a internet, estudiar o simplemente descansar de las largas caminatas.

Porque la mezcla de estilos arquitectónicos es otro de los motivos por los que nunca se desaprovecha el tiempo en Atenas. Cada siglo parece haber dejado un testimonio en este gran milhojas donde se superponen las columnas de la Antigüedad y el experimentalismo del siglo XX con horrores de cemento, elegantes villas con jardín del XIX, destellos de la innovadora arquitectura industrial y un ingenioso aprovechamiento de los accidentes del terreno.

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Un moderno teleférico sube desde el corazón del elegante barrio de Kolonaki al monte Licabeto, otra elevación perfecta para observar la vasta extensión de Atenas. En pocos minutos se alcanza la cima (277 metros), desde donde se contempla el golfo Sarónico dominado por la silueta de la isla de Égina, capital del pistacho griego y sede del santuario de Afaya. Esta joya del estilo dórico fue, junto al Partenón y al templo de Poseidón, uno de los enclaves griegos de más relevancia en los siglos IV y V a.C. Viajar a Égina, tanto en los clásicos ferries con cubiertas a cielo abierto como en los rápidos flying dolphins, es una deliciosa aventura que nos adentra en el mundo insular y en la cultura de la navegación, inseparable de la vida griega.

Por carretera, la riviera ateniense serpentea hasta el cabo Sunión regalando inmejorables estampas del azul sobre playas salpicadas de buenas tabernas. Siempre frente a maravillosas vistas del horizonte, estos locales permiten degustar ricos pescados, verduras de temporada y frituras exquisitas. Apenas una hora al sur de la ciudad de Atenas, el templo de Poseidón se alza con la misma elegante entereza con que vio al dios Egeo lanzarse al mar creyendo que su hijo Teseo había muerto en combate con el Minotauro. Y cada día aguarda la puesta de sol –para muchos la más bella del mundo– sobre sus columnas de mármol de Agrileza, en las que Lord Byron dejó su firma y donde hoy se miran y fotografían los enamorados y los que esperan que el dios de los mares cumpla los deseos que la vida, a veces, tarda en conceder.

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