Príncipe del amor

rana

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Construye un nidito de amor. Conquista a su media naranja con largas serenatas. Cuando forma una familia, se ocupa de los hijos. Es tan buen partido que las hembras hacen cola para entrar en el nido con él.
Y bien está, porque cuanto más procree la rana Corroboree meridional (Pseudophryne corroboree), más posibilidades habrá de salvar uno de los anfibios más representativos y amenazados de Australia.
Al inicio de la temporada de cría, el macho –del tamaño aproximado de una moneda de 20 céntimos de euro– excava con las extremidades posteriores una cámara en el musgo cerca de una fuente de agua.
Emite un reclamo hasta que entra en el nido una hembra para poner entre 15 y 38 huevos, sobre los que el macho deposita su esperma. Ella se va; él se queda. En toda la temporada no deja de emitir su reclamo. Recibe hasta 10 hembras, fertiliza sus puestas y hasta construye una segunda cámara si hay demasiados huevos. A continuación permanece en el nido entre seis y ocho semanas, hasta que lo inundan las lluvias otoñales e invernales, durante las cuales eclosionan los renacuajos.
Pero a veces, cuando hay sequía, los charcos de cría se secan antes de que se produzca la metamorfosis. Si hay un incendio o una pérdida de hábitat, o bien la rana contrae la quitridiomicosis, puede morir antes de alcanzar la edad reproductora. Se calcula que quedan unos 50 individuos en libertad, pero este año los programas de cría del zoo de Melbourne y del zoo Taronga de Sydney han depositado cientos de huevos en las zonas de puesta con la esperanza de que los pretendientes no cesen en sus largas serenatas.