Los osos de los Pirineos, fotografiados

Apenas hay unos veinticinco osos pardos en los Pirineos, y fotografiarlos es una empresa harto difícil en un área tan vasta. El fotógrafo Oriol Alamany ha logrado retratar a dos ejemplares jóvenes en el corazón del valle de Arán.

9 de agosto de 2010

El fotógrafo Oriol Alamany estuvo en el lugar idóneo, en el momento justo y en compañía de la persona adecuada cuando, a finales del pasado mes de mayo, viajó a la comarca de la Val d’Aran, en el Pirineo leridano, para realizar un reportaje. Allí se encontró con Marc Alonso, quien desde Salardú coordina el seguimiento sobre el terreno de la exigua población de osos pardos de los Pirineos para la organización conservacionista DEPANA (Defensa del Patrimoni Natural). El biólogo le comentó que había localizado un ejemplar en esa zona, y Alamany decidió cambiar de planes e intentar fotografiarlo. ¿El resultado? Numerosos avistamientos de dos ejemplares de osos jóvenes, casi siempre por separado, durante el tiempo suficiente para obtener extraordinarias imágenes de los plantígrados, lo que constituye un hecho excepcional.

Aunque están pendientes las pruebas de ADN (que se harán con muestras de excrementos y pelos), todo indica que se trata de dos hermanos, un macho y una hembra, que nacieron en enero de 2009 en las montañas de Bossòst. Se llaman Nhèu («nieve» en aranés) y Noisette («avellana» en francés) y son hijos de Hvala, una osa eslovena reintroducida en los Pirineos en mayo de 2006 por el Gobierno francés.

«En los Pirineos viven unos 25 osos pardos, repartidos en tres núcleos prácticamente incomunicados entre sí –explica Alonso–. En el Pirineo occidental, que comprende desde el valle de Roncal (en Navarra) y Sainte-Engrace (en el departamento francés de Béarn) hasta la vertical formada por el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y la localidad francesa de Tarbes, viven tres o cuatro machos, por lo que es un grupo biológicamente inviable. Lo mismo sucede con los dos o tres machos que habitan en el área oriental, desde Andorra hasta el macizo del Puigmal, en Girona, y el Canigó, en Francia. Por lo tanto, el único grupo con posibilidades de prosperar es el situado en la parte central de la cordillera, básicamente en el valle de Arán y el Pallars Sobirà, en Lérida, y en el Pirineo central francés, donde cuenta con las mejores condiciones para sobrevivir.»

Es muy difícil obtener imágenes de estos osos, dispersos en un área tan vasta. Alonso advirtió a Alamany que sería complicado y que jamás, en caso de avistar algún ejemplar, debía hacer nada que pudiera interferir en su comportamiento natural. Y es que los osos estaban en una época crucial. Habían finalizado el período de hibernación a principios de primavera, y la meteorología no les había sido favorable. El frío y la nieve habían redundado en una gran escasez de alimento, por lo que seguramente se encontraban débiles. Jóvenes e inexpertos, afrontaban además su primera temporada tras independizarse de la madre. En junio el paisaje había retomado el verdor propio de la época, y los osos se hallaban concentrados en recuperar las energías perdidas. Tras la hibernación, un oso suele perder hasta el 30% de su peso. Si algo los asustaba, recalcó Alonso, abandonarían la zona y, estresados, destinarían más fuerzas a guarecerse que a proveerse del sustento vital en un momento tan delicado.

«Me pareció perfecto –asegura Alamany–. Procedo del mundo de la conservación, y para mí el respeto hacia el animal es prioritario.» El fotógrafo, quien durante la década de 1980 trabajó como técnico en biología para la Generalitat de Cataluña recopilando datos de los últimos osos salvajes oriundos del territorio catalán, nunca había logrado ver ninguno en libertad. «Posteriormente he podido observar osos en Alaska y en Canadá, pero nunca hasta ahora he conseguido ver plantígrados en los Pirineos. Ha sido muy emocionante.»

Durante diez días, Alamany y su mujer, Eulàlia Vicens, se instalaron en su autocaravana en el lugar que Alonso les indicó, un frondoso bosque de abetos y hayas, y cada día se levantaban a las 5.30 de la mañana para sumarse al equipo del naturalista. La suerte se puso de su lado y obtuvieron las imágenes de osos pardos de los Pirineos de mayor calidad logradas hasta el momento.

«Fue agotador, pero excitante. Aquí, en los Pirineos, es inusual poder verlos, y cuando sucede, el avistamiento dura segundos o unos pocos minutos a lo sumo. Nosotros, en diez días, los vimos en nueve ocasiones, y en alguna de ellas pudimos observarlos hasta cinco horas seguidas. Incluso alguna vez fueron los osos los que se acercaron al lugar donde estábamos apostados», recuerda el fotógrafo.

Sin duda, fueron días fructíferos en esta zona de los Pirineos donde parece que los osos pardos se recuperan lentamente. Por el momento, todo indica que Nhèu y Noisette siguen en plena forma, y si todo va bien, seguramente dentro de dos primaveras estarán ya en disposición de tener descendencia. Buena suerte.

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