La primera vez

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10 de marzo de 2015

Para los seres humanos, la iniciación sexual no es una cuestión baladí. Fuente de obsesiones e idealizaciones románticas, la pérdida de la virginidad, dicen, te cambia para siempre.
«A mí me lo vas a contar», añaden los grillos norteamericanos machos. La primera hembra con la que se aparean no solo los despoja de su inocencia, sino también de partes del cuerpo que les arranca a bocados. Para estos grillos, el celo anual supone lo que el ecólogo Scott Sakaluk denomina «una forma poco común de canibalismo sexual». Para atraer a la hembra, el macho emite un sonido frotándose las extremidades anteriores, la llamada estridulación. Después cierra el trato con ella permitiéndole que se coma sus alas posteriores durante la cópula y se beba su hemolinfa (el líquido circulatorio de los artrópodos, análogo
a la sangre de los vertebrados).
¿Por qué algunos machos disfrutan de varios encuentros tan amorosos como cruentos (aunque rara vez, por no decir nunca, fatales) mientras que otros no tienen ninguna oportunidad? La clave está en el reclamo. Al comparar la llamada de distintos insectos, Geoff Ower, colega de Sakaluk, halló «diferencias fundamentales» entre el sonido emitido por los machos que habían consumado el apareamiento y los que no.
Convertirse en merienda sexual puede minar las fuerzas necesarias para estridular, dice Sakaluk. Al término de la época de apareamiento «casi no se oyen reclamos. Los que siguen emitiéndolos son machos que acaban la temporada con una larga lista de conquistas… y sin alas traseras».