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Zambeze abajo

Zambeze abajo

Zambeze abajo

La vida fluye a paso de canoa a lo largo de este gran río del corazón de África, bendecido con fértiles tierras, abundante vida salvaje y las majestuosas cataratas Victoria.

En la exuberante puesta de sol africana, el río Zambeze aparecía de un rojo intenso, reflejo del cielo carmesí, mientras serpenteaba a través del paisaje negro y tenebroso de la llanura aluvial, como una arteria rebosante de sangre. Esta vívida imagen arterial me parecía apropiada para el río Zambeze, donde abunda todo tipo de vida a lo largo de su cauce, de más de 2.600 kilómetros. “¡Qué magnífica corriente!”, exclamó David Livingstone, el célebre explorador, en su primer viaje por el río, en 1853. Aún más significativa resulta su descripción del mismo como “la autopista de Dios”, un acceso al interior de África por el que el explorador imaginaba que llegarían el cristianismo y el comercio. Pero desde el cielo, sobre el alto Zambeze, en el oeste de Zambia, yo veía un lugar poco cambiado desde los tiempos de Livingstone: racimos de chozas de barro y pescadores en canoas. Lo que parecían grupos de pedruscos desperdigados por todo el río eran, en realidad, manadas de hipopótamos que se disponían a subir a la orilla para empezar su pasto nocturno. Y las pequeñas aldeas de chozas con techo de paja parpadeaban a la luz de las hogueras y las candelas. Lea el artículo completo en la revista.