Gran Angular

Viaje a Socotora I

socotora

socotora

A medio camino entre África y Asia, cerca de la boca del golfo de Adén, emerge la isla de Socotora, la más importante del archipiélago al que da nombre. En esta primera entrega nos acercamos por mar al litoral de este enclave natural yemení donde habita un gran número de endemismos.

Si no fuera por la infatigable dinámica de las placas tectónicas, Socotora estaría hoy encajada entre Somalia, a la que está unida bajo el agua a través de la plataforma continental, y la República del Yemen, país al que pertenece. Sin embargo, los designios geológicos quisieron que se independizara de África y de Asia, emprendiendo así un aislamiento geográfico milenario que ha generado uno de los lugares con más endemismos del planeta. Por este motivo, en 2003 la Unesco declaró el archipiélago Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad cinco años después, y la laguna Ditwah, en el noroeste de la isla de Socotora, está considerada un humedal de importancia internacional según el Convenio de Ramsar. Su excepcional biodiversidad es comparable a la de las islas Galápagos o Mauricio, por citar dos lugares célebres por su riqueza biológica. Que la de aquí sea mucho menos conocida es comprensible: en 1967, tras obtener su soberanía después de 80 años de protectorado británico, Socotora fue declarada zona militar, estuvo cerrada al mundo hasta 1994 y no tuvo aeropuerto internacional hasta cinco años después. Si añadimos los fuertes monzones que la azotan, impidiendo durante cuatro meses al año el acceso a la isla por aire y por mar, no es de extrañar que sus habitantes constituyan una sociedad que ha podido desarrollarse muy poco desde que los primeros moradores se asentaran en ella en el siglo IV a.C. «Hoy, en todo el archipiélago, formado por cuatro islas y dos islotes, viven unas 44.000 personas, casi todas en Socotora. Sólo dos de las otras tres islas, Abd al-Kuri, Samha y Darsa, están habitadas por unos pocos centenares de habitantes», explica el fotógrafo y naturalista Oriol Alamany, autor de las imágenes de este reportaje.

Y eso que desde el año 100 a.C., Socotora ha sido un importante escala para los comerciantes entre Europa y Asia, Arabia, India y África. Durante siglos, los lugareños han comerciado con las resinas de incienso, de mirra y de sangre de dragón, un drago muy preciado a cuyo látex se atribuyen propiedades curativas. «Sin embargo, no hay industria ni prácticamente agricultura. Sus habitantes se dedican a la pesca artesanal, a la ganadería de cabras y ovejas y al cultivo de dátiles –añade Alamany–. Una precaria economía de subsistencia que provoca que la mayor parte de la población viva por debajo del umbral de la pobreza y dependa,para sobrevivir, de las ayudas del gobierno de Yemen, de las ONG y de Naciones Unidas.»

Socotora, donde la mayoría de la población vive sin electricidad ni agua corriente, necesita importar la mayor parte de los alimentos que consume. Su única exportación es el pescado, en especial atunes, pepinos de mar y tiburones. Alamany visitó Ras Di Irissyel, una península situada en el este de la isla donde vive una comunidad de pescadores especializados únicamente en la pesca del tiburón. «Pequeños barcos anclados frente a la costa recolectan los ejemplares capturados, que luego trasladan al Yemen continental –explica–. Desde allí, la mayor parte de las capturas, en especial las aletas, se exporta a países como China.»

Alamany no tuvo posibilidad de visitar ninguna otra isla del archipiélago: no hay medio de transporte y, además, abundan los piratas. «Nos sorprendió lo contentos que estaban los pescadores locales con la presencia de piratas cerca del archipiélago», comenta. Pero la razón es comprensible. Su sustento, escaso ya de por sí, estaba siendo expoliado de forma despiadada por pesqueros industriales procedentes de diversos lugares del mundo, a veces bajo bandera de conveniencia. «Algunos de esos barcos llegan a descartar hasta el 90 % de las capturas realizadas, que acaban tiradas por la borda. Los piratas han provocado la retirada de parte de estos navíos, y en consecuencia las poblaciones de peces se han recuperado, para alivio de los pescadores del lugar», puntualiza el fotógrafo.

Los habitantes de Socotora, añade, tienen voluntad conservacionista. «Debido a la pobreza de su territorio, los isleños han desarrollado normas tradicionales para favorecer la protección de sus recursos naturales, tales como la prohibición de talar árboles sin el permiso del consejo del poblado, responsable de la toma de decisiones, o la imposición de períodos de veda en las zonas de pesca.»

Aquí el reino marino, excepcionalmente bien conservado, está constituido por cinco tipos de hábitats muy diferenciados: las marismas y lagunas de aguas poco profundas, como la de Ditwah, donde proliferan las praderas de fanerógamas de las que dependen numerosas especies; las playas de arena, donde habitan los pepinos de mar y holoturias y nidifican las tortugas marinas, y las de guijarros, hogar de caracolas, bivalvos y gran diversidad de crustáceos; las costas rocosas, formadas por arrecifes fósiles, terrazas y grandes rocas, donde anidan importantes colonias de aves marinas; las comunidades de coral, formadas por unas 250 especies, y el mar abierto, donde el suelo marino alcanza profundidades que superan los 3.000 metros.

Las aguas de Socotora, que ya fueron observadas por Darwin desde el Beagle, el famoso barco desde el que gestó su famosa teoría sobre el origen de las especies, se cuentan entre las más ricas del Índico occidental. Dos regímenes de monzones, el del nordeste y el del sudoeste, mucho más potente, azotan la isla e influyen en las corrientes, generando variaciones en la temperatura del mar y ricos afloramientos de nutrientes. En esas aguas tropicales viven unas 300 especies de crustáceos y hasta 730 de peces, desde pequeños gobios y peces damisela hasta peces luna, mantas, meros o tiburones. Cuentan además con una población de mamíferos marinos que incluye 25 cetáceos distintos. En la superficie, las aves marinas sobrevuelan las aguas en busca de sustento. Hay 10 especies nidificantes, entre ellas el piquero enmascarado (Sula dactylatra), el alcatraz pardo (Sula leucogaster), el rabijunco de pico rojo (Phaeton aethereus), el cormorán de Socotora (Phalacrocorax nigrogularis) y el amenazado petrel de Jouanin (Bulweria fallax).

Esta isla, accesible desde hace tan poco tiempo y con una biodiversidad que todavía no ha sido estudiada en profundidad, afronta ahora la eterna disyuntiva entre progreso y conservación. Inversores de todo tipo, en especial del sector turístico, ya le están echando el ojo.

Habrá que ver si sus habitantes pueden alcanzar un nivel de bie­nestar razonable sin poner en jaque la naturaleza virgen que los rodea, donde las especies introducidas y las enfermedades foráneas, entre otras muchas cosas, podrían causar estragos. Desde luego, precedentes en diversos lugares del mundo de los que extraer conclusiones no les faltan.