Una extraña criatura llamada morsa

Es lista y peligrosa, y está dotada de un peculiar sentido musical

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Unas morsas del Atlántico nadan entre los témpanos de hielo frente a la costa de Groenlandia.

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Foto: Paul Nicklen

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Un macho se yergue sobre la capa de hielo marino en Svalbard, Noruega,  donde la caza de este mamífero es ilegal desde 1952. «Por eso tiene los colmillos tan grandes –dice el fotógrafo Paul Nicklen–. Se puede saber  qué poblaciones han estado protegidas por el tamaño de los colmillos.»

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Foto: Paul Nicklen

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En el hielo a la deriva de la cuenca de Foxe, Canadá, una hembra reconoce a su cría usando los bigotes y el olfato más que la vista, que es bastante pobre. La amamantará durante dos años.

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Foto: Paul Nicklen

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Una manada de machos dormita en el archipiélago de Svalbard. 

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Foto: Paul Nicklen

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Un grupo de machos, hembras y crías descansa sobre un témpano en la cuenca de Foxe. «Si una morsa eructa de forma inadecuada, seguramente recibirá un toque de su vecina –explica el investigador Robert Stewart–. Pero las crías tienen inmunidad; a ellas se les permiten ciertas indiscreciones.»

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Foto: Paul Nicklen

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Dentro del agua las morsas son peligrosamente impredecibles, sobre todo cuando van en grupo. Nicklen fotografió este macho cerca de la costa de Groenlandia siguiendo el consejo del buzo Göran Ehlmé: «Busca una ensenada protegida y sigue a las morsas de una en una».

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Foto: Paul Nicklen

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Para alimentarse, las morsas del Atlántico bucean a profundidades de hasta 90 metros en inmersiones de seis minutos. Para obtener estas insólitas imágenes, Paul Nicklen y Göran Ehlmé descendieron al fondo de un fiordo de Groenlandia. Allí los machos removían el sedimento mientras usaban las vibrisas para detectar almejas enterradas. Para apartar el cieno, algunos expelían chorros de agua y otros abanicaban con la aleta. «Pueden comer hasta 48 horas seguidas –dice Ehlmé–. Suben y bajan sin parar.»

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Foto: Paul Nicklen

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Para alimentarse, las morsas del Atlántico bucean a profundidades de hasta 90 metros en inmersiones de seis minutos. Para obtener estas insólitas imágenes, Paul Nicklen y Göran Ehlmé descendieron al fondo de un fiordo de Groenlandia. Allí los machos removían el sedimento mientras usaban las vibrisas para detectar almejas enterradas. Para apartar el cieno, algunos expelían chorros de agua y otros abanicaban con la aleta. «Pueden comer hasta 48 horas seguidas –dice Ehlmé–. Suben y bajan sin parar.»

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Foto: Paul Nicklen

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Para alimentarse, las morsas del Atlántico bucean a profundidades de hasta 90 metros en inmersiones de seis minutos. Para obtener estas insólitas imágenes, Paul Nicklen y Göran Ehlmé descendieron al fondo de un fiordo de Groenlandia. Allí los machos removían el sedimento mientras usaban las vibrisas para detectar almejas enterradas. Para apartar el cieno, algunos expelían chorros de agua y otros abanicaban con la aleta. «Pueden comer hasta 48 horas seguidas –dice Ehlmé–. Suben y bajan sin parar.»

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Para alimentarse, las morsas del Atlántico bucean a profundidades de hasta 90 metros en inmersiones de seis minutos. Para obtener estas insólitas imágenes, Paul Nicklen y Göran Ehlmé descendieron al fondo de un fiordo de Groenlandia. Allí los machos removían el sedimento mientras usaban las vibrisas para detectar almejas enterradas. Para apartar el cieno, algunos expelían chorros de agua y otros abanicaban con la aleta. «Pueden comer hasta 48 horas seguidas –dice Ehlmé–. Suben y bajan sin parar.»

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Foto: Paul Nicklen

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Para alimentarse, las morsas del Atlántico bucean a profundidades de hasta 90 metros en inmersiones de seis minutos. Para obtener estas insólitas imágenes, Paul Nicklen y Göran Ehlmé descendieron al fondo de un fiordo de Groenlandia. Allí los machos removían el sedimento mientras usaban las vibrisas para detectar almejas enterradas. Para apartar el cieno, algunos expelían chorros de agua y otros abanicaban con la aleta. «Pueden comer hasta 48 horas seguidas –dice Ehlmé–. Suben y bajan sin parar.»

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Foto: Paul Nicklen

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Con la piel salpicada de manchas blancas y unas almejas pegadas a los bigotes, una morsa de las Svalbard, en Noruega, se relaja después de una inmersión para buscar comida. Aunque tienen una capa de grasa de 10 centímetros de grosor que les mantiene la temperatura corporal en 36,6 ºC, los vasos sanguíneos se contraen bajo el agua, blanqueando temporalmente su piel.

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Un macho emerge del agua en Svalbard. Nadar junto a las morsas dio  que pensar a Nicklen. «El instinto te dice que estás tomando la decisión equivocada. Es como decir: “Me voy a acercar a un león en el Serengeti”. Estuve todo el tiempo con los nervios a flor de piel.»

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Foto: Paul Nicklen

Es lista y peligrosa, y está dotada de un peculiar sentido musical

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Delfines del río Amazonas

Delfines del río Amazonas

Sobre los témpanos de hielo y en las playas rocosas de las regiones más septentrionales del Atlántico Norte se amontonan unas masas informes de color canela, formando una suerte de montículos vivientes. Algunas pesan más de una tonelada; otras miden más de tres metros de largo. Cada una de ellas es una figura arrugada de dientes enormes y bigotes, profundas cicatrices y ojos sanguinolentos. Duermen, eructan, se pelean y braman.

Es posible que la vieja canción de los Beatles I am the walrus («Yo soy la morsa») hiciera algo más populares a estos extraños animales, pero lo cierto es que la mayoría de nosotros jamás ha visto ni verá una manada en estado salvaje. Y muy pocos fotógrafos han documentado a estos pinnípedos peligrosos, musicales y extremadamente sociales, parientes de las focas y los leones y elefantes marinos. «Yo mismo hacía de cebo –dice Paul Nicklen, quien pasó tres semanas fotografiando morsas del Atlántico con la ayuda del buzo sueco Göran Ehlmé–. Me sentaba en la orilla y las morsas se me acercaban. Les despertaba la curiosidad. Pero para averiguar lo que eres, tienen que darte golpes con los colmillos. Y para un humano, el golpe de una morsa puede ser mortal.»

Sus colmillos de marfil pueden medir más de medio metro. Los hincan en el hielo como un hacha para ayudarse a salir del agua. También los usan para atravesar a sus rivales y ahuyentar a los depredadores. Se han visto osos polares con perforaciones, flotando muertos en el océano.

Los bigotes son su otro rasgo emblemático: cientos de cerdas rígidas de color pajizo se erizan sobre sus labios, gruesas como una pluma de ave y sensibles como un dedo. Con estas vibrisas las morsas localizan almejas enterradas en el fondo marino. Después, para extraer la carne, utilizan la enorme fuerza succionadora de su boca, capaz de arrancarle la piel a una foca.

Estas potentes criaturas son también muy me­­lodiosas. Durante la época de apareamiento, de enero a abril, «los machos adultos estallan en cantos y toda clase de sonidos extraños, como los que producen las castañuelas, las campanas, los rasgueos de guitarra y los redobles de tambor –explica el científico del Instituto de Recursos Naturales de Groenlandia, Erik W. Born–. El mejor cantante espera que su canción atraiga a la hembra más hermosa.»

Quince meses después del apareamiento nace una cría de 45 kilos. Durante dos años la afectuosa madre cuidará del retoño, lo cargará sobre el lomo y lo engordará con su nutritiva leche. Si todo va bien, podrá vivir 40 años. Antes tenía menos probabilidades. En el siglo IX los vikingos masacraban manadas enteras para hacerse con sus pieles y su grasa. Durante la Edad Media los europeos usaban los colmillos para tallar figuras de ajedrez. Desde el siglo XVI hasta el XX, los balleneros comerciales explotaron la población de morsas y redujeron su área de distribución, que antaño llegaba hasta Nueva Escocia.

Hoy la caza está restringida sobre todo a la población inuit, que obtiene de estos animales comida, prendas de vestir, herramientas, objetos de marfil y combustible. Es imposible saber cuántas morsas hubo en el Atlántico, quizá cientos de miles. En la actualidad puede haber entre 20.000 y 25.000. Pero incluso con los reconocimientos aéreos y los sistemas de seguimiento por satélite, las cifras son imprecisas.

«No es fácil pesar a las morsas, como tampoco lo es hacer un recuento de sus poblaciones –dice el investigador canadiense Robert Stewart–. Ocupan un área extensa y viven en colonias. Carecemos de datos de hace 50 años, por lo que no hay evidencias para determinar si su población ha crecido o menguado.»
La disminución del hielo marino parece que puede suponer un obstáculo para la especie, ya que las morsas utilizan los témpanos para alimentarse, parir y salir del agua. Si se ven forzadas a ir a la orilla, son más vulnerables a los ataques de los osos polares. Algunos testimonios sugieren que algunas poblaciones ya están afectadas.

Born está de acuerdo en que hay motivos para preocuparse, aunque por otro lado ofrece un panorama más optimista. Por ejemplo, las zonas donde las morsas del Atlántico buscan almejas «estaban antes cubiertas de hielo –dice–, y no tenían acceso a su fuente de alimento hasta que el hielo se desintegraba. Ahora pueden alimentarse durante más tiempo. Por lo tanto, el retroceso del hielo les podría ser favorable».

Puede llegar un momento en que nuevos problemas perturben la vida de las morsas: los furtivos, la caza abusiva, la navegación marítima a gran escala y la exploración de petróleo encabezan la lista. Pero, al menos por ahora, la morsa del Atlántico aún puede disfrutar de las almejas y de su espléndido aislamiento.