Tortugas laúd

Tortugas laúd, antiguas navegantes

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Es la más grande, se sumerge a mayores profundidades y cubre distancias superiores a las demás. Es la tortuga laúd, y ha resistido durante 100 millones de años.

Un día de finales de verano de 1961, el biólogo Sherman Bleakney recibió una llamada telefónica. Unos pescadores acababan de descargar una extraña criatura marina en un muelle de Halifax, en la provincia canadiense de Nueva Escocia. Bleakney, que vivía cerca, quedó fascinado por lo que encontró.

Tumbada patas arriba en medio de un enjambre de curiosos había una inmensa tortuga negra de 400 kilos de peso, con un suave caparazón que parecía de caucho, aletas frontales semejantes a alas y una gigantesca cabeza cónica que recordaba un proyectil de artillería. Bleakney la reconoció como una tortuga laúd, la mayor de las tortugas marinas. Pero, por lo que recordaba el biólogo, las laúd eran criaturas tropicales. ¿Qué hacía, pues, en las grises aguas canadienses?

Sin embargo, cuando empezó a preguntar, se enteró de que los pescadores las veían con regularidad en el Atlántico canadiense. La conclusión, escribió el biólogo en 1965, era inequívoca: «Evidentemente, hay una invasión anual de tortugas de origen tropical en nuestras frías aguas costeras del Atlántico». El examen de algunos ejemplares muertos confirmó su procedencia meridional: uno tenía una ramita de mangle tropical clavada en un ojo; otros llevaban adheridas al cuerpo bellotas de mar típicas de aguas cálidas. Pero las laúd estaban sobreviviendo, incluso prosperando, a temperaturas que otras tortugas marinas no hubieran podido soportar. Aún más extraño fue que en sus estómagos había masas de medusas masticadas, con sus tentáculos urticantes. Los esófagos estaban tapizados de papilas córneas de siete centímetros de largo, inclinadas hacia dentro para retener todas esas presas resbaladizas.

Con el tiempo, Bleakney abordó otros temas de estudio (sentía especial pasión por los nudibranquios), pero nunca dejó de sentirse fascina­do por el en­­cuentro con aquellas enormes criaturas en los puertos pesqueros de Nueva Escocia. «Fue in­creíble –recordó en una entrevista reciente con conservacionistas canadienses–. ¡Un reptil de ese tamaño viviendo en aguas gélidas y subsistiendo a base de medusas!» Hoy, casi 50 años después, la resistencia física de la tortuga laúd sigue asombrando a los científicos, aunque su asombro se mezcla ahora con el temor de que, antes de que podamos conocerla a fondo, nuestras actividades acaben empujándola a la extinción.

A lo largo de los últimos 25 años los investigadores han dado la voz de alarma al ver que el número de tortugas laúd que acudían a desovar a las playas tropicales y subtropicales caía en picado: en las playas mexicanas y centroamericanas del Pacífico su número se ha reducido de decenas e incluso cientos de miles a unos centenares de individuos en la actualidad; en Malaysia, donde se contaban por millares, a un puñado. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza la ha clasificado como especie en peligro crítico. Las tortugas laúd mueren ahogadas tras enredarse en artes de pesca, asfixiadas por bolsas de plástico a la deriva, golpeadas por embarcaciones, cazadas por su carne o condenadas, antes de salir del cascarón, por los que recogen los huevos para venderlos como alimento o como afrodisíaco. Sus orígenes se remontan cien millones de años atrás. «Ya estaba en las playas cuando T. rex era el máximo depredador», dice Scott Eckert, de la Red de Conservación de Tortugas Marinas del Gran Caribe, de la Universidad Duke.

Pero basta pasar cierto tiempo con investigadores como Eckert para empezar a ver a esta tortuga como una superviviente. La laúd es capaz de sumergirse a más de mil metros de profundidad, atravesar a nado los océanos y conservar el calor en aguas próximas al punto de congelación. Sobrevive con una dieta que pocos animales soportarían. Y, lo que es más importante, es muy adaptable. Otras tortugas marinas son fieles a determinadas playas para el desove y a lugares concretos para alimentarse, lo que las hace especialmente vulnerables a la presión humana. La laúd, en cambio, es más oportunista y sabe aprovechar las condiciones favorables (ya sean playas solitarias o una proliferación inusual de medusas) cuando se presentan. «Tratan todo el océano como si fuera su estanque», dice Jeanette Wyneken, bióloga de la Universidad Atlántica de Florida. El resultado es que en algunas regiones su número va en aumento.

Es primavera en la playa de Matura, diez kilómetros de arenas bordeadas de palmeras y batidas por las olas en la costa oriental de Trinidad. De día es como si la playa hubiera sido atravesada por gigantescos buggies. Rodadas de metro y medio de ancho trazan sobre la arena sinuosos recorridos, interrumpidos por pozos poco profundos del tamaño de un coche. Por la noche llegan las verdaderas excavadoras. No avanzan con el rugir de los motores, sino con el ruido sordo de los cuerpos que se arrastran con fatiga, centímetro a centímetro, y con una respiración pesada por el esfuerzo extremo: son las tortugas laúd, que han salido del mar para desovar.

Las hembras emergen de las olas y avanzan, abriendo muescas en la arena con las aletas anteriores, hasta que encuentran un lugar donde ex­­cavar. Usando las aletas posteriores a modo de palas, cada una de ellas cava un pozo en la arena, y cuando ya no puede tocar el fondo empieza a poner los huevos: una reluciente bola de billar cada pocos segundos. Cuando tiene unos 80, vuelve a llenar el nido de arena y alisa el terreno con las aletas anteriores. Luego se aleja uno o dos metros y deja otras huellas similares en la arena: un nido falso que confunda a los depredadores. A las dos o tres horas, con la garganta enrojecida por el esfuerzo, regresa al mar.

Las laúd desovan en la playa de Matura desde tiempo inmemorial; siguieron haciéndolo incluso en las décadas de 1970 y 1980, cuando la playa hedía a cadáver de tortuga pudriéndose al sol y la arena estaba acribillada de pozos cavados por los recolectores de huevos. Ahora, bajo la vigilancia de guardias de Nature Seekers, un grupo conservacionista local que vigila sus dominios, nadie las molesta, y en los últimos diez años el número de nidificaciones se ha disparado de unos pocos cientos a unas 3.000.

De hecho, las tortugas están tomando por asalto las playas de Trinidad. El año pasado, en Grande Rivière, una playa de apenas un kilómetro de largo, cerca de 500 tortugas laúd se disputaban cada noche el espacio. Era tan densa la marea de quelonios que unas a otras se desenterraban los nidos, dejando a la vista un banquete para buitres y perros vagabundos. En otros puntos de la isla han empezado a colonizar playas antes vacías. Eckert calcula que el año pasado 8.000 ejemplares fueron a desovar a Trinidad.

Las cifras resultan particularmente asombrosas si se tiene en cuenta los innumerables pe­ligros que acechan a estos animales en el mar. La época del desove coincide con la temporada en que cientos de pescadores del nordeste de Trinidad tienden vastas cortinas de redes a pocos kilómetros de la costa para capturar caballa y otros escómbridos; pero cada vez con más frecuencia lo que capturan es tortugas de media tonelada.

En el muelle del pequeño puerto de Toco, Shazam Mohammed está furioso. Me señala un revoltijo de redes de pesca, cortadas para liberar a las tortugas que se han quedado enredadas la noche anterior. «Están hechas jirones –dice–. Si ganamos 200 dólares trinitenses [unos 25 euros], tenemos que gastar 500 en reparar las redes. ¡Malditas laúd! Si atrapo una, la mato.»

Con la esperanza de hallar un modo para que las laúd que están en época de desove puedan convivir con los pescadores de bajura de Trinidad, Eckert y sus colegas del Servicio de Pesquerías de la NOAA han probado, en colaboración con la población local, unas redes modificadas que atrapan menos tortugas. Mientras tanto, cada vez son más los pescadores que durante la temporada de las tortugas buscan otros medios de ganarse la vida. No obstante, Eckert y otros investigadores calculan que cada año mueren más de un millar de tortugas laúd en aguas de Trinidad, ahogadas en las redes o mutiladas al ser desenredadas por pescadores desesperados.

Sin embargo, la marea de tortugas laúd que llega a las playas para desovar sigue creciendo, no sólo en Trinidad, sino en todo el Caribe: en Saint Croix (islas Vírgenes), en la costa septentrional de América del Sur e incluso en Florida.

Detener la matanza en las playas donde nidifican, como han hecho Nature Seekers y otras organizaciones, puede haber ayudado, supone Eckert. «Pero no me atrevería a afirmar que existe una relación directa entre la actividad conservacionista y el incremento que estamos viendo.» Es muy pronto, dice el investigador, para ver los resultados del trabajo de las patrullas en las playas, que impiden la recolección y venta de huevos. No se sabe cuánto tardan las tortugas laúd en llegar a la madurez, pero investigaciones recientes basadas en las capas de crecimiento de los di­­minutos huesos que rodean sus pupilas sugieren que podrían ser unos 30 años, lo que significa que las tortugas recién salidas del cascarón que han sido salvadas en el transcurso de los últimos años no pueden haber contribuido al incremento de ejemplares que llegan a las playas para nidificar. A miles de kilómetros de las cálidas playas de Trinidad, debe de haber alguna otra cosa que está beneficiando a las laúd del océano Atlántico.

Las tortugas laúd están hechas para viajar. Sobre la arena parecen tan fuera de lugar como un submarino en dique seco, pero en el agua «son las criaturas más gráciles que se pueda ver –dice Eckert–. Su diseño hidrodinámico es uno de los más eficientes del reino animal; probablemente les resulta tan fácil nadar como descansar».

A diferencia del caparazón voluminoso de otras tortugas marinas, el de la laúd, flexible y adaptado a la morfología de su cuerpo, se funde casi uniformemente con el robusto cuello y la musculosa área escapular (los «hombros») del animal. Las siete crestas lo­n­­gitudinales son quizás adaptaciones destinadas a suavizar y dirigir el flujo del agua. La cabeza es como la proa de un barco, y en la parte posterior el caparazón se afina en forma de lágrima.

Hoy, las pruebas de las migraciones de las tortugas laúd no son las ramitas de mangle ni las bellotas de mar de hace casi medio siglo, sino los transmisores por satélite acoplados a los animales en las playas de nidificación o en mar abierto. Los satélites las han seguido en sus viajes a lo largo y ancho del Atlántico Norte, desde el Caribe hasta Canadá y, al otro lado del océano, hasta las Canarias y el mar de Irlanda. Pero es en el Pacífico donde se ha registrado la travesía más larga: 10.500 kilómetros desde Nueva Guinea hasta las costas de Oregón y California.

En sus viajes se adentran a menudo en aguas que no llegan a los 15 ºC, más adecuadas para ballenas y focas que para tortugas marinas. Pero para estos reptiles el frío no es un problema. Si apoyamos la mano sobre el hombro carnoso de una tortuga laúd, sentiremos una ligera tibieza muy poco reptiliana, producto de la llamada gigantotermia, un conjunto de rasgos que permi­te a estos quelonios mantener una temperatu­ra más alta que la del agua en la que se encuentran. Como la palabra indica, parte de este fenómeno es cuestión de peso: los animales grandes retienen naturalmente el calor. Unos investigadores pusieron tortugas de 450 kilos en una masa de hielo equivalente a su peso (los animales se recuperaron enseguida tras el experimento), y descu­brieron que el riego sanguíneo hacia y desde la superficie de las aletas se interrumpe de manera intermitente, lo que retiene el calor en la parte cen­­tral del cuerpo. La capa de grasa también ayuda.

Decenios después de que Sherman Bleakney abandonara a las tortugas laúd para dedicarse a los nudibranquios, su trabajo fue reanudado por Mike James. El joven científico fue por los pueblos pesqueros más apartados de Nueva Escocia colgando carteles con el texto «¿Ha visto esta tortuga?», la foto de una tortuga laúd y un número de teléfono gratuito. Durante el primer año, 1998, los pescadores de la provincia informaron de 200 avistamientos.

Al verano siguiente, James se acercó al pe­­queño puerto de Neil’s Harbour, en la isla Cabo Bretón, en el extremo septentrional de Nueva Escocia, y llamó a la puerta de Bert Fricker. Bert pertenecía a una familia de pescadores, pero los stocks de bacalao prácticamente se habían agotado desde principios de la década de 1990 y no había trabajo. Solía pescar pez espada al final del verano, pero también esos peces estaban desapareciendo. Así pues, Bert y su hermano Blair tenían tiempo para dedicar a aquel joven entusiasta que se había presentado en su casa con una gigantesca red de cerco casera atada a la baca del coche y una petición: que lo llevaran en barco a atrapar una tortuga laúd viva. «Pensamos que sería una broma –recuerda Bert–, pero nos pareció divertido.»

Desde entonces, trabajando todos los veranos hasta principios de otoño con Bert y Blair en sus dos embarcaciones, James y sus colegas de la Red Canadiense de Tortugas Marinas, con sede en Halifax, han capturado y liberado cientos de tortugas laúd. Cuando atrapan un animal, una de las primeras cosas que hacen es comprobar si está marcado, ya sea con una banda metálica colocada a modo de brazalete en una de las aletas traseras o con un microchip inyectado en el hombro por algún investigador en una lejana playa de nidificación. A lo largo de los años han censado ejemplares procedentes de los lugares más dispares: la costa septentrional de América del Sur, América Central, las islas del Caribe y Flori­­da. «Somos un centro de reunión de las tortugas de todo el Atlántico occidental», afirma James.

Las laúd hacen viajes tan largos soportando aguas tan frías por una única razón: atiborrarse. Incluso desde el barco, resulta evidente que las tortugas de la zona están absortas en la tarea de comer. Cuando Bert o Blair avistan una, a menudo lleva colgando de la boca la maraña rosa de unos tentáculos de medusa y tiene la cabeza echada hacia atrás para tragar. Cuando la barca se acerca, los investigadores se inclinan por la borda para colocarle en el caparazón, con ayuda de una ventosa, un pequeño paquete de instrumentos. Durante unas horas, el dispositivo permite seguir los movimientos de la tortuga, que recorre las colonias de medusas bajo la superficie.

Las medusas no son particularmente ricas en nutrientes; se calcula que poseen menos del 2 % de las calorías que contiene el pescado. No obstante, pese a tener un metabolismo lento y a la eficiencia de su técnica natatoria, las laúd tienen que comer cantidades enormes. El año pasado, gracias a una cámara de vídeo incorporada al paquete de instrumentos, James se hizo una idea de la magnitud de su voracidad. En la película, registrada a unos 18 metros de profundidad, las tortugas devoran una medusa tras otra, convirtiendo en un instante cada masa flotante en una nube de desechos. En tres horas, una tortuga devoró 69 medusas de una especie llamada crin de león, grande como la tapa de un cubo de basura y que puede pesar 4,50 kilos.

Las medusas seguramente ya estaban en la zona en la época de Sherman Bleakney, pero los científicos que hoy se preguntan por qué prosperan las laúd del Atlántico pese a las condiciones adversas piensan que quizá sean mucho más abundantes ahora. Tal vez el cambio climático ha modificado la dinámica del Atlántico Norte, aportando más nutrientes que favorecen la proliferación de las medusas. O quizá la sobrepesca ha alterado el ecosistema: los veteranos del lugar dicen que las laúd empezaron a llegar en grandes cantidades hace 20 años, cuando los caladeros de Neil’s Harbour se agotaron. A medida que el bacalao, el eglefino y el pez espada retrocedían, el cangrejo de la nieve y la langosta prosperaban, lo que proporcionó al puerto una nueva fuente de ingresos. No se ha hecho ningún seguimiento de la población de medusas, pero James cree que deben de haberse multiplicado lo mismo que los crustáceos. «De repente aparece en escena un ecosistema dominado por las medusas. Y las tortugas no son tontas. Por eso hay muchas más que antes.» Las dos explicaciones posibles encierran la misma ironía. La actividad humana (tan dañina para el océano y la mayoría de sus habitantes) puede haber resultado beneficiosa para las tortugas laúd del Atlántico.

Pero antes de que nadie se ponga a celebrar la resistencia de la naturaleza, conviene recordar lo que sucede en el Pacífico oriental. Allí todos los factores parecen combinarse en contra de las tortugas: los recolectores de huevos y promotores inmobiliarios en las playas, las redes de deriva y los palangres en el mar, e incluso el propio océano. Las laúd del Pacífico oriental, que nidifican en la costa oeste de México y América Central, migran al sur, atravesando el ecuador, para alimentarse en las aguas ricas en nutrientes que afloran de las profundidades marinas de Chile y Perú. Pero cuando, periódicamente, se produce el fenómeno de El Niño, las corrientes cambian, el afloramiento se interrumpe, y el Pacífico ecuatorial se convierte en un desierto. Los investigadores han observado que cada año de escasez en el litoral de América del Sur trae consigo una mala temporada de nidificación al invierno siguiente, con unas pocas hembras en playas que normalmente reciben más de un centenar. Incluso en años buenos se notan los efectos de la escasez en las tortugas laúd del Pacífico: el promedio de su longitud es varios centímetros menor respecto a las de otros océanos, desovan con menos frecuencia y ponen menos huevos.

Últimamente los episodios de El Niño han sido más intensos, quizá por efecto del calentamiento planetario, aunque también interviene la Oscilación Decenal del Pacífico, un ciclo na­­tural que dura varios decenios. Sea cual fuere la causa, la escasez de alimentos ha vuelto a la población de tortugas laúd del Pacífico oriental particularmente vulnerable a la presión ejercida por los recolectores de huevos y los pescadores, tanto, que la especie está a un paso de la extinción.

Hace 25 años, la población del Pacífico oriental era quizá la más numerosa del planeta. Sólo en México, algunas playas hoy casi desiertas llegaban a recibir hasta 75.000 hembras al año. La brusca caída demuestra la rapidez con que pueden manifestarse los efectos de la actividad humana sobre el ecosistema marino, y su impredecible combinación con los factores naturales.

En las playas de nidificación más concurridas a veces puede verse a dos hembras de tortuga laúd que chocan: una decidida a cavar su nido, la otra de regreso al mar tras cumplir su tarea. Ninguna de las dos cede el paso. Se empujan, impulsadas por su instinto primordial, hasta que la fuerza muscular vence a la fricción y las dos pasan rozándose. Asistir a este encuentro es percibir la fuerza vital que durante cien millones de años ha permitido a las tortugas laúd superar todos los obstáculos. En todo ese tiempo un asteroide gigante ha caído del cielo, los hielos han avanzado y retrocedido e infinidad de criaturas han prosperado y se han extinguido. Pero las tortugas laúd han continuado surcando los océanos y arribando a las playas para desovar. A largo plazo (el único que importa para una criatura tan antigua), puede que los humanos sólo sean un obstáculo más en su camino.