Tormentas épicas: enormes tempestades sacuden las Grandes Llanuras

El fotógrafo Mitch Dobrowner y el famoso cazatormentas Roger Hill recorren las Grandes Llanuras de Estados Unidos para fotografiar espectaculares tormentas

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Tormentas épicas. Lordsburg, Nuevo México

Lordsburg, Nuevo México

Semejante a la nube en forma de hongo de una explosión nuclear, una tormenta descarga un diluvio sobre el desierto. La base de la nube podría estar a unos 3.000 metros de altura.

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Foto: Mitch Dobrowner

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Regan, Dakota del Norte

Los tornados adoptan la forma de una cuerda cuando están a punto de disiparse.

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Foto: Mitch Dobrowner

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Cerca de Gyumon, Oklahoma

La mayoría de las tormentas se desplazan con rapidez. Esta se mantuvo casi inmóvil sobre una explotación agrícola durante más de una hora, descargando rayos. «No hay dos tormentas iguales –afirma James LaDue, meteorólogo del Servicio Nacional de Meteorología de Estados Unidos–, como tampoco hay dos cielos iguales.» 

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Foto: Mitch Dobrowner

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Cerca de Clayton, Nuevo México

No es una nave espacial suspendida en el aire, sino una supercélula de baja precipitación, «uno de los espectáculos más hermosos en el mundo de la meteorología severa», asegura el cazatormentas Roger Hill. El fotógrafo Mitch Dobrowner dice que persiguieron esta supercélula a lo largo de 500 kilómetros, desde el extremo noroccidental de Texas. 

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Foto: Mitch Dobrowner

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Northfield, Minnesota

Un pequeño tornado producido por una supercélula se cierne sobre un maizal. 

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Foto: Mitch Dobrowner

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06-bears-claw. Moorcroft, Wyoming

Moorcroft, Wyoming

«Jamás olvidaré la imagen de esta monstruosa tormenta de granizo atravesando las colinas que teníamos enfrente –dice Dobrowner–. Se acercaba a nosotros a una velocidad de 64 kilómetros por hora, arrojando granizo del tamaño de pelotas de golf.» Después de disparar seis fotos, Dobrowner y el cazatormentas Roger Hill salieron disparados hacia la furgoneta cuando «quedó claro que no era una tormenta normal». El meteorólogo James LaDue, del Servicio Nacional de Meteorología de Estados Unidos, confirma que se trataba de una supercélula.

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Foto: Mitch Dobrowner

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07-jupiter. Mobridge, Dakota del Sur

Mobridge, Dakota del Sur

Las capas estriadas de las nubes en rotación que rodean una corriente ascendente son la señal inequívoca de una supercélula. Pero lo que cautivó a Dobrowner fue algo más primario y figurativo. «Era como observar a un monstruo en la oscuridad –recuerda–. No podíamos verlo hasta que empezó a descargar una serie de rayos. Después fue como contemplar a un dragón en el cielo nocturno.»

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Foto: Mitch Dobrowner

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08-storm-over-field. Lago Poinsett, Dakota del Sur

Lago Poinsett, Dakota del Sur

Dobrowner y Hill estaban a punto de abandonar esta supercélula al ver que se debilitaba. Pero después «cogió fuerza y empezó a mostrar signos de regeneración», dice Dobrowner, por lo que se acercaron a estos campos, donde acabaron a menos de 100 metros de una nube baja en rotación. La tormenta se acabó disipando. «No llegó a  producir un tornado –dice Hill–, pero sin duda lo intentó.»

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Foto: Mitch Dobrowner

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09-veil-cloud. Buffalo, Dakota del Sur

Buffalo, Dakota del Sur

Esta tormenta, una violenta supercélula que había empezado a disiparse, cambió de forma y cobró nueva vida. Hill recuerda que arrojó un montón de granizo y de rayos hasta bien entrada la noche. LaDue apunta que desde este lugar de observación –una oportunidad poco frecuente de observar una supercélula de costado, en lugar de desde abajo– buena parte de la anatomía de la tormenta resulta visible.

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Foto: Mitch Dobrowner

16 de noviembre de 2012

«Algunas cosas se aprenden mejor en calma–escribió Willa Cather–, y otras, en medio de la tormenta.» Nadie mejor que ella ha descrito la región de las Grandes Llanuras de Estados Unidos. Con esas palabras no se estaba refiriendo a la meteorología, pero bien podía haberlo hecho. Todos los años, el corazón de América del Norte imparte un curso avanzado de turbulencias naturales. Desde marzo hasta octubre estas planicies son el escenario de miles de tormentas de una violencia visible. La meteorología y la topografía se conjuran para pintar en el cielo murales tempestuosos y lienzos apocalípticos.

A la caza del rayo

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A la caza del rayo

Cuando el aire seco de las Montañas Rocosas se desliza sobre el aire húmedo del golfo de México, la tormenta está servida. Al estallar puede producir lluvia y granizo, truenos y relámpagos, viento y torbellinos. Puede matar a personas y animales, destruir cosechas y viviendas, inundar pueblos y carreteras. El Servicio Nacional de Me­­teorología de Estados Unidos registra cada año decenas de muertes relacionadas con tormentas. Según las aseguradoras, en 2011 causaron pérdidas por valor de 26.000 millones de dólares. Pero las tormentas también llevan lluvia a los campos resecos, viento a las turbinas y nitrógeno pro­­ducido por los rayos a los suelos empobrecidos.

Para documentar esas tempestades impresionantes, el fotógrafo Mitch Dobrowner se ha aso­ciado con el famoso cazatormentas Roger Hill. Con satélites meteorológicos, imágenes de radar y otros instrumentos, en los últimos tres años han perseguido unas 45 tormentas en 16 estados y a lo largo de 65.000 kilómetros, conduciendo a veces 1.500 kilómetros en un día para captar un instante. «Con las tormentas pasa como con las competiciones deportivas –dice Dobrowner–. Todo pasa muy rápido y hay que adaptarse.»

Trabaja en blanco y negro («El color me parece demasiado cotidiano») y busca sobre todo supercélulas, las tormentas más raras y potentes. Una supercélula clásica, dice Hill, «es la máquina productora de tornados más violenta y prolífica que existe», y para que se forme son necesarios cuatro ingredientes: humedad, inestabilidad atmosférica, aire en ascenso y cizalladura vertical del viento que haga girar la tormenta. Una supercélula alimentada por una fuerte corriente rotatoria en ascenso puede desviarse de los vientos dominantes, devorar o desintegrar otros frentes tormentosos a su paso y eludir sus propias precipitaciones, que pondrían fin a la tormenta. Por eso llega a mantenerse viva hasta 12 horas.

La última batida

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De hecho, Dobrowner y Hill las consideran como seres vivos: nacen en las condiciones adecuadas, adquieren fuerza mientras crecen, cambian de forma y tamaño y al final mueren. Pero el hecho de verlas como seres animados no les resta peligro. Según Hill, en el Oeste aún salvaje las tormentas inspiran admiración y respeto. «Es un honor para mí fotografiarlas –declara Dobrowner–. Si he de dejar este mundo, no me importa­ría que fuera haciendo esto.»