Ártico ignoto

Tierra de Francisco José, el significado del Norte

Una expedición multidisciplinar se desplaza al archipiélago más septentrional del planeta para medir y estudiar las consecuencias del deshielo.

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El significado del Norte

Un oso polar monta guardia en la isla del Príncipe Rodolfo, parte del archipiélago ruso de la Tierra de Francisco José, donde el verano de 2013 recaló una expedición científica multidisciplinar.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Un grupo de morsas se acerca a uno de los botes de la expedición cerca de la isla Hooker. En verano, cuando el hielo marino se reduce, estos mamíferos se congregan en la costa, donde el alimento escasea  y las crías corren el riesgo de morir aplastadas.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

La escarpa vertical de la Roca Rubini, una formación rocosa de la isla Hooker, acoge a miles de parejas de aves marinas nidificadoras. Gaviotas tridáctilas, mérgulos atlánticos, gaviones hiperbóreos, araos de Brünnich y fulmares boreales llegan todos los veranos para criar.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los restos de un avión de carga Iliushin-14T dan fe de que son malos tiempos para la isla Hayes, habitada en su día por cientos de soviéticos destacados en la Estación Krenkel un puesto avanzado de meteorología. Hoy solamente queda una plantilla testimonial.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Daria Martínova, de la Academia de Ciencias Rusa, toma muestras de la columna de agua para monitorizar la diversidad de los copépodos, minúsculos crustáceos fundamentales en las redes tróficas del Ártico.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los edificios en ruinas de la Estación Krenkel conservan rastros conmovedores de sus antiguos ocupantes. Miembros de la expedición y un guarda ruso exploran las gélidas viviendas, las oficinas y la filmoteca de la comunidad.
 

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los edificios en ruinas de la Estación Krenkel conservan rastros conmovedores de sus antiguos ocupantes. Miembros de la expedición y un guarda ruso exploran las gélidas viviendas, las oficinas y la filmoteca de la comunidad.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los edificios en ruinas de la Estación Krenkel conservan rastros conmovedores de sus antiguos ocupantes. Miembros de la expedición y un guarda ruso exploran las gélidas viviendas, las oficinas y la filmoteca de la comunidad.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los edificios en ruinas de la Estación Krenkel conservan rastros conmovedores de sus antiguos ocupantes. Miembros de la expedición y un guarda ruso exploran las gélidas viviendas, las oficinas y la filmoteca de la comunidad.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los mérgulos atlánticos anidan en acantilados o entre las rocas de laderas pedregosas. Los de esta imagen, que sobrevuelan la parte de atrás de la Roca Rubini, describen a veces vuelos elípticos sobre sus colonias. Se ignora el motivo de este comportamiento.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

La Estación Polar de la Bahía Tijaya, otro fantasmal puesto de avanzada, fue fundada en 1929 como la primera estación científica soviética en el alto Ártico. El teniente Georgiy Yakovlevich Sedov, quien murió en 1914 durante un intento de alcanzar el polo Norte en trineo de perros, dio nombre a la ensenada, que en ruso significa «bahía calma».

Foto: Andy Mann

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El significado del Norte

Ni siquiera en las ruinas de la Estación Krenkel este guarda ruso que acompaña a la Expedición Mares Prístinos deja el arma. El peligro es real: en 2001 un oso mató a un residente.

Foto: Cory Richards

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El significado del Norte

Los osos polares se alimentan sobre todo de focas anilladas y barbadas, que cazan en el hielo marino. En tierra firme gorronean aves marinas, huevos y hierba. Este estuvo varios días pastando al pie de la Roca Rubini… y mordisqueó la cámara con control remoto.

Foto: Cory Richards

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BO8A4287. La vida bajo el Ártico

La vida bajo el Ártico

Cápsulas ovígeras de una caracola

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Gusano poliqueto polinoide

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Estrella de mar

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Medusa

Foto: Andrey Kamenev

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Ángel de mar

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Gusano poliqueto verde

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Caracola rosada boreal

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Cnidario hidroide en fase de pólipo

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Erizo de mar

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Berberecho de Groenlandia

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Camarón de dientes de sierra

Foto: Andrey Kamenev

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La vida bajo el Ártico

Colonia de briozoos

Foto: Andrey Kamenev

25 de diciembre de 2014

Feodor Romanenko alza los brazos. «Queridos colegas», anuncia en inglés con su habitual sonrisa pí­­cara, y a continuación se pasa al francés, que habla con acento ru­­so. «Queridos colegas» no son las únicas palabras que sabe decir en inglés, pero a todas luces sí sus favoritas, útiles para granjearse la atención de un grupo internacional tan variopinto como el nuestro. Queridos colegas, propongo que ahora subamos por ahí, dice, señalando hacia un pedregal empinado e inestable. Queridos colegas, ¡a comer! Disfrutemos del almuerzo en lo alto de este cerro antes de que empiece el vendaval y llegue la próxima ventisca. Queridos colegas, se pavonea con entusiasmo cuando nos reunimos al anochecer, hoy mi grupo ha hecho cinco hallazgos asombrosos, ¡entre ellos dos tipos de basalto! ¡Y unos sedimentos mesozoicos! ¡Y pruebas de una desglaciación reciente! Romanenko es un geomorfólogo de la Universidad Estatal de Moscú, y pese a tener a sus espaldas 28 campañas en las costas e islas del océano Ártico, sigue haciendo gala de un entusiasmo adolescente. Mientras avanza por el duro paisaje del norte, irradia la alegría contagiosa que le inspira el trabajo de campo: observar de cerca, identificar patrones, recopilar datos que ayuden a aclarar, entre otros misterios, la cuestión del hielo.

Con él nos hemos adentrado en el alto Ártico ruso hasta llegar a un archipiélago conocido como la Tierra de Francisco José, y aunque este no es nuestro objetivo principal, la cuestión del hielo subyace a gran parte de la misión que nos ha traído hasta aquí. En realidad las cuestiones son tres: ¿por qué se está derritiendo el hielo permanente? ¿Hasta dónde llegará ese deshielo? ¿Y cuáles serán las consecuencias ecológicas? Cuando se organiza una expedición biológica a las altas regiones polares –árticas o antárticas– en estos tiempos de cambio climático, la cuestión del hielo siempre es importante, ya sea objeto de estudio directo o indirecto.

El deshielo, las nuevas rutas marítimas y el factor económico están po­niendo de nuevo el archipiélago en el punto de mira del Gobierno ruso

Nuestro enfoque es indirecto. Después de zarpar de Múrmansk y cruzar el mar de Barents, los casi 40 integrantes de la Expedición Mares Prístinos 2013 a la Tierra de Francisco José he­­mos llegado a este archipiélago remoto con el propósito de estudiarlo desde diversos prismas: el de la botánica, la microbiología, la ictiología y la ornitología, entre otros.

La Tierra de Francisco José comprende 192 islas, la mayoría de ellas formadas por sedimentos mesozoicos cubiertos de basalto columnar, y su superficie es tan plana que, vistas sin hielo (algo cada vez más frecuente), recuerdan a las mesas o cerros testigo de Arizona. No tuvieron población humana permanente hasta que los soviéticos instalaron estaciones de investigación y bases militares en unas cuantas islas. Esa presencia quedó reducida a un remanente testimonial en la década de 1990, pero en la actualidad el aumento del deshielo, las nuevas rutas marítimas y el factor económico están po­niendo de nuevo el archipiélago en el punto de mira del Gobierno ruso.

Durante un mes zigzagueamos de isla en isla, recalando aquí y allá atraídos por las oportunida­des que nos brinda cada lugar y condicionados por la meteorología, huyendo de los vientos que empujan los fragmentos de hielo flotante y los témpanos, desembarcando cuando los osos polares nos lo permiten, admirando morsas, gaviotas marfileñas y ballenas de Groenlandia, recopilando datos en lugares de los que apenas se sabe nada.

Estamos a 800 millas náuticas (1.481 kilómetros) al norte del círculo polar Ártico a bordo del Polaris, un barco turístico reconvertido: armarios transformados en laboratorios, microscopios instalados sobre las mesas de la cafetería y un salón entero abarrotado de material de buceo, que incluye trajes secos para proteger a nuestros buzos de unas aguas que rondan un grado bajo cero. Integran el equipo rusos, estadounidenses, españoles, británicos, un australiano y un par de franceses. Todos los días unos cuantos expedicionarios desembarcamos en la isla frente a la cual hemos echado el ancla y nos dedicamos a hacer transectos, anillar aves, cuantificar morsas o recoger plantas, mientras los demás se sumergen en las aguas gélidas para inventariar algas, mi­crobios, invertebrados y peces marinos. A veces los días de trabajo en tierra se hacen largos, pero siempre regresamos a bordo antes de que se haga de noche, porque aquí nunca anoche­ce. El sol no se pone; gira y gira sin decidirse en el cielo boreal. Las inmersiones son breves, pero helado­ras. La actitud de Romanenko es importante para el resto del grupo, no solo por lo que aporta a la ciencia sino también porque, con su combinación de geología y brío, levanta la moral.

El atuendo de Feodor no es tan futurista como el de los buzos. Con su gorra de orejeras, chaleco naranja iridiscente, pantalones de goma y escopeta en mano, tiene la pinta de un afable cazador de patos de algún pueblo de Minnesota. La otra pieza fundamental de su equipación es una pala de jardinero. Katerina Garánkina, una de sus doctorandas en la Universidad Estatal de Moscú, pelirroja y curtida en el trabajo de campo, lo ayuda a trazar cortes geomorfológicos de las islas. Michael Fay, encargado de la botánica, es presencia habitual en los desembarcos diarios porque, al igual que Romanenko, es un caminan­te insaciable. Su épica caminata por los bosques de África central («Megatransect», octubre de 2000, y otros dos reportajes posteriores) no fue ni la primera ni la última de sus expediciones a pie, y ahora, a sus 58 años, con una vida a caballo entre una cabaña en Alaska y un trabajo de conservación para el Gobierno de Gabón, sigue anhelando con la impaciencia de siempre recorrer a pie los lugares más salvajes.

Apenas tiene experiencia con la flora ártica, pero la primera tarde que desembarcamos en la Tierra de Francisco José fui testigo de cómo identificaba el género de una docena de angiospermas, y eso que los especímenes no eran más que una delicada mata de hojas que asomaban entre las rocas y los musgos, con unos tallos rematados por minúsculas flores amarillas o rojas. Ahora, nueve días más tarde, Fay vuelve a estar de cuatro patas en el suelo de una isla llamada Payer, escudriñando, contando pétalos y carpelos, tomando fotos. Para cuando Romanenko y Garánkina terminan de medir las antiguas terrazas marinas que ascienden desde la playa, él tiene ya 12 especies en el cuaderno.

Esas antiguas terrazas marinas se encuentran en Payer y en todo el archipiélago porque la Tierra de Francisco José experimentó a finales del pleistoceno y en milenios recientes una serie de episodios de levantamiento tectónico que en algunas zonas supusieron más de 90 metros de elevación. Las islas, situadas en la cuña más septentrional de la placa Euroasiática, están ahora a mayor altura respecto al nivel del mar. Esos levantamientos son consecuencia de las fuerzas tectónicas y, en cierta medida, del deshielo. A medida que los glaciares se funden y van perdiendo masa y peso, el terreno sobre el que se asientan tiende a elevarse, como cuando nos levantamos del sofá y el hueco que dejamos vuelve a rellenarse. En otras palabras, la propia morfología del paisaje –por no hablar del ecosistema al que da soporte– queda determinada en parte por la presencia o la ausencia de hielo.

Desde que desembarcamos en Payer he estado deleitándome con las flores y las anotaciones de Fay, hasta que de pronto Romanenko llama nuestra atención: la silueta, enorme y hermosa, de un oso polar se recorta sobre una cresta hacia el oeste. Parece que no ha reparado en nosotros, pero sabemos que no nos conviene correr riesgos. Mientras camina, la pequeña cabeza se adelanta sobre los músculos ondulantes de su largo cuello. Nuestro guarda, un joven llamado Denis Mennikov, lleva una escopeta automática Saiga-12 con el cargador bien surtido, pero por nada del mundo querríamos recurrir a ella. El deshie­lo también dificulta la existencia de los osos, quizás hasta el punto de desquiciarlos. Queridos colegas, les ruego que estén alerta.

La naturaleza dinámica del hielo es uno de los factores que en su día hicieron del Ártico, y concretamente de la Tierra de Francisco José, un lugar tan difícil de explorar y a la vez tan tentador. Fridtjof Nansen es el más famoso de una larga nómina de exploradores que pisaron el archipiélago en el transcurso de alguna expe­dición polar tan sobrada de audacia como de penurias. Hoy las cosas son un poco más llevaderas –aunque para nada fáciles– que cuando Nansen vivaqueó a la desesperada en el invierno de 1895-1896.

En la expedición de Mares Prístinos llevamos mejores mapas, ambiciones más modestas, tecnología GPS y un barco mucho más cómodo. También tenemos un líder dotado de más aplomo que algunos de los tozudos jefes de otrora: Enric Sala, Explorador Residente de National Geographic, el ecólogo marino que con inteligencia ha concitado esta compleja iniciativa internacional –una de las últimas de sus Expediciones Mares Prístinos– con el apoyo de la Sociedad y otros patrocinadores.

No hace muchos años Sala era profesor del Instituto Scripps de Oceanografía, donde impartía asignaturas de posgrado sobre redes tróficas y conservación marina, pero no estaba satisfecho con su contribución al mundo. «Tenía la sensación de estar perfeccionando la necrológica de la naturaleza con una precisión cada vez mayor», me cuenta mientras charlamos a bordo del Polaris. Consternado por las tendencias imparables de degradación de los ecosistemas y extinción de especies, tanto en el reino marino como en el te­­rrestre, decidió abandonar el mundo académico. «Quería intentar solucionar el problema», dice. Por eso, en 2005 reunió un equipo multidisciplinar de científicos de élite (expertos en microbiología marina, algas, invertebrados y peces) y juntos pusieron rumbo a las Espóradas Ecuatoriales del Sur, un rosario de afloramientos coralinos en el Pacífico situado a unas 1.000 millas náuticas (1.850 kilómetros) al sur de Hawai.

Islas Espóradas Ecuatoriales del Sur

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Islas Espóradas Ecuatoriales del Sur

Al bucear por los arrecifes y estudiarlos, hicieron como mínimo un descubrimiento importante: los depredadores, sobre todo tiburones, constituían en torno al 85 % de la biomasa local. Aquello no tenía sentido: la ciencia ecológica convencional postulaba una ratio de unas diez presas por cada depredador en cada eslabón de una cadena trófica. En consecuencia, el equipo de Enric Sala etiquetó aquella situación de pirámide de biomasa invertida. En aparente ausencia de masas de presas, ¿de qué se alimentaría una población tan numerosa de tiburones? La respuesta era que en realidad sí había masas de presas: se producían continuamente y en gran número, en forma de peces pequeños con eleva­das tasas de reproducción, crecimiento, maduración sexual y relevo, pero los depredadores daban cuenta de ellas a tal velocidad que casi no se apreciaba su presencia. Es lo que los ecólogos llaman regulación de arriba abajo, un dato crucial a la hora de describir un ecosistema dado. Cuatro años después Enric Sala estuvo presente cuando el presidente saliente George W. Bush firmó la ley por la cual se establecía el Monumento Nacional Marino de las Islas Remotas del Pacífico, una ley que incluía el mandato de preservar la pirámide invertida de biomasa.

Con el apoyo continuado de National Geogra­phic Society, Sala trasladó su modelo del proyec­to Mares Prístinos a otros ecosistemas oceánicos remotos, todos ellos tropicales, donde las aguas son cálidas, fecundas, biodiversas y cristalinas. Después desvió su atención hacia el archipiélago más septentrional del mundo, la Tierra de Francisco José.

La Tierra de Francisco José es un zakáznik (un área natural protegida) administrado como parte del Parque Nacional del Ártico Ruso, de modo que Enric Sala firmó un proyecto de colaboración con el parque y con la Sociedad Geográfica Rusa. Para coliderar la expedición reclutó a la subdirectora científica del parque, la bióloga es­­pecializada en aves marinas árticas María Gavrilo. Volvió a convocar a algunos de los avezados investigadores que lo acompañaron en anteriores iniciativas (como el ecólogo experto en virus Forest Rohwer, el ecólogo especializado en pesquerías Alan Friedlander, el experto en algas Kike Ballesteros, y Mike Fay) y volvió a confiar en los submarinistas profesionales de anteriores proyectos. También dio la bienvenida a una docena de colegas rusos además de a Gavrilo. Y reclutó a Paul Rose, de la Royal Geographical Society de Londres, por su experiencia en escalada y buceo en regiones polares, su capacidad de resolución de problemas y su inquebrantable buen humor.

A tan distinguido grupo nos sumamos unos cuantos profesionales de los medios de comunicación. A finales de julio de 2013 zar­pamos todos juntos hacia la Tierra de Francisco José, cuyas aguas tienen tan poco de cálidas como de cristalinas y donde el mar se ha mantenido casi prístino porque durante la mayor parte del año permanece –o permanecía hasta hace bien poco tiempo– congelado.
Los dos franceses del grupo, David Grémillet y Jérôme Fort, tienen la misión de estudiar el mérgulo atlántico (Alle alle), un ave blanquinegra que anida en acantilados y pedregales, desde donde se lanza en picado hacia las aguas gélidas en busca de alimento. El mérgulo sigue abundando en todo el Ártico, con una población estimada de más de 40 millones de ejemplares, lo que lo convierte en una de las aves marinas más numerosas del mundo. Sin embargo, su parentesco con el alca gigante, una especie emblemática de las extinciones causadas por el hombre (la última pareja fue abatida en 1844 en la costa de Islandia para obsequiar a un coleccionista), nos recuerda que no hay especie inmune al atropello de los humanos.

Un estudio de las tendencias árticas prevé incrementos de hasta 7,7 °C para fines del siglo XX

Grémillet y Fort se centran en el mérgulo también por otro motivo: es un ave minúscula para lo que suele ser habitual entre las marinas (la penúltima en menor tamaño de la familia de los álcidos), con unas alas diminutas que le permiten nadar bajo el agua además de volar. Presenta una tasa metabólica y un gasto energético elevados. Esto significa, me explica Grémillet, que ante cualquier modificación del entorno, el mérgulo atlántico quizá sufra más que otras especies. Y esa transformación medioambiental ya es un hecho: las temperaturas medias más recientes del Ártico son las más altas de los últimos 2.000 años. Un estudio de las tendencias árticas prevé incrementos de hasta 7,7 °C para fines del siglo XXI.

El mérgulo atlántico se alimenta sobre todo de copépodos, unos crustáceos minúsculos que constituyen el componente principal del zooplancton ártico. Cada ave necesita ingerir miles de ellos para alimentarse en condiciones. «Y los copépodos tienen unas preferencias muy específicas en lo que a temperatura se refiere –dice Grémillet–. Por eso podemos predecir que si las comunidades de copépodos varían como conse­cuencia del cambio climático en el Ártico, los efectos sobre el mérgulo serán muy significativos.»

¿Cómo pueden cambiar las comunidades de copépodos? Una de las especies más grandes y más ricas en lípidos, Calanus glacialis, depende de aguas muy frías y del hielo marino, debajo del cual crecen las algas de las que se alimenta. Otra especie más pequeña y magra, Calanus finmarchicus, es común en el Atlántico Norte y a menudo llega al Ártico arrastrada por las co­­rrientes, pero allí no prospera. Sin embargo, en cuanto el océano Ártico se caliente unos pocos grados, el equilibrio competitivo podría alterarse. Una mayor temperatura y una disminución del hielo marino podrían propiciar que los co­­pépodos pequeños y poco nutritivos reemplaza­sen a los grandes y más nutritivos, en perjuicio de los mér­gulos atlánticos y de otras criaturas. El bacalao ártico, el arenque y diversas aves marinas se alimentan de copépodos, e incluso mamíferos como la foca anillada y la beluga dependen de los peces que a su vez dependen de los copépodos. Por todo ello la ciencia considera a Calanus glacialis una especie clave para el Ártico.

Para capturar mérgulos, Grémillet y Fort tienden una trampa de lazo múltiple en la que las aves quedan atrapadas por las patas. Acto seguido pesan, tallan y anillan cada individuo, y en algunos casos también le colocan un registrador de profundidad y tiempo (TDR) o un geolocalizador, dispositivos miniaturizados que se fijan en la pata o en las plumas del pecho para recabar datos. Los geolocalizadores registrarán las rutas migratorias hacia el sur después de que las aves hayan criado. Los TDR revelarán la profundidad a la que se ha sumergido el ejemplar, cuánto tiempo ha durado cada inmersión y cuántas horas al día ha dedicado a tan laboriosa obtención de alimen­to. A partir de trabajos previos en Groenlandia y Spitsbergen, Grémillet y Fort saben que durante el invierno los mérgulos que solo disponen de Calanus finmarchicus pasan hasta diez horas al día buscando comida para cubrir sus necesidades energéticas. ¿Cuánto peor será si en verano, ya con polluelos que alimentar e incubar, solo tienen esa trabajosa fuente de alimento? Hasta ahora los mérgulos han demostrado una flexibilidad admirable frente a los cambios crecientes, pero la cuestión es, según Fort, si esa flexibilidad tiene mucho más recorrido.

Un lunes de finales de agosto, después de dos intentos fallidos, logramos alcanzar el cabo de Fligely, en la costa norte de la isla del Príncipe Rodolfo, la más septentrional del archipiélago. Mientras los demás están a lo suyo, Paul Rose y yo nos escapamos a tierra para ascender a lo más alto del glaciar.

Subimos desde la playa con mucha cautela porque anoche se dejaron ver por aquí dos osos polares, y esta mañana, uno. Pero parece que no hay moros en la costa. Como siempre, nos acompaña un agente de seguridad: otro joven ruso, Alexei Kabanihin, equipado con bengalas, radio y una Saiga-12 con las primeras rondas del cargador vacías. Hace un sol espléndido. Desde el cabo occidental en el que hemos desembarcado, un grandioso domo de hielo asciende y se interna lentamente. Más abajo, flotando en el agua azul acero, aguarda el Polaris. Con crampo­nes y piolets, Paul y yo empezamos a subir por la pendiente, que cruje a cada paso; Kabanihin nos sigue, algo retrasado. El hielo es blando en la superficie y firme por abajo; el pie se afianza bien. Después de haber pasado la víspera encerrados a bordo, Paul y yo estamos exultantes con esta escapada. Pero cuando nos aproximamos a la cima, en la radio de Kabanihin se oye una voz que nos cambia el ánimo. Es María Gavrilo: «Paul, el oso polar os está oliendo. Y va hacia vosotros. Glaciar arriba. Yo de vosotros bajaría».

Nos miramos. «Recibido, María –dice Paul–. Entendido.» Apaga la radio. Ignoramos que nuestra interlocutora tiene una situación complicada entre manos: hemos desembarcado demasiadas personas a la vez, nos hemos dispersado, no hacemos caso de las advertencias y hay osos campando por la isla. ¿Podemos seguir aunque sea un poquito?, pregunta Paul a Kabanihin, quien niega con la cabeza y hace un gesto con los brazos cruzados: absolutamente niet. Pero nosotros somos más partidarios del da. «Solo un minuto, anda», insiste mi compañero. Cuando el pobre muchacho empieza a sucumbir a la duda, Paul y yo salimos corriendo. Con una edad que entre los dos suma 126 años pero con un corazón adolescente, nos alejamos, imparables, de la autoridad y el sentido común hacia el que casi es –o quizá sin casi– el punto más elevado de la tierra más septentrional de Eurasia.

Paul canta la lectura del GPS: 81 grados, 50,428 minutos Norte. Altitud: 174 metros. Lo anoto en el cuaderno. Datos. Luego volvemos corriendo hasta Kabanihin, que parece descontento, aunque no tanto como lo estará enseguida.

Cuando descendemos, vemos un oso polar que se interpone entre nosotros y el barco, y otro a nuestra izquierda. El que tenemos en frente sube hacia nosotros. El otro está sentado, pero gira la cabeza siguiendo nuestros movimientos. Comprendo que la situación es muy peliaguda cuando Kabanihin me tiende una bengala. Seguimos avanzando, arrastrando los pies sobre el hielo. Silencio, indica Kabanihin con un gesto. No nos separemos. Parece muy nervioso. El glaciar es grande, una superficie abierta, y es territorio de osos. Intentamos colarnos entre los dos animales, pero el que tenemos delante nos cierra el paso cuando echa a andar hacia nosotros con decisión. De pronto tengo la sensación de que no somos más que tres trozos de carne oscura en un plato blanquísimo.

Morir sobre el terreno, o tener que matar un oso, nos recuerda Sala a nuestro regreso, habría arruinado la expedición

Kabanihin deja la escopeta en el hielo. Coge la bengala que me había dado, desenrosca la tapa y la dispara hacia –que no contra– el oso que te­­nemos delante. Una luz roja se desliza sobre el hielo. Cuando el animal se aleja unos pasos a la izquierda, se abre ante nosotros una vía de escape. Hemos tenido suerte. Morir sobre el terreno, o tener que matar un oso, nos recuerda Sala a nuestro regreso, habría arruinado la expedición.

En la costa nororiental de la isla Hayes, casi en el centro del archipiélago, se yergue lo que queda de un puesto meteorológico conocido como Estación Krenkel, que en la época soviética era un hervidero de actividad. Abierta en 1957, llegó a contar con varias antenas sujetas con cables, una plataforma de lanzamiento para pequeños cohetes de investigación, una vía férrea en miniatura para trasladar suministros y equipos, y decenas de edificaciones. En su mejor momento vivían y trabajaban en Krenkel 200 personas. Ahora no pasan de media docena, acompañados de dos perros que nos saludan con curiosidad en la playa cuando Romanenko, Garánkina, Fay y yo desembarcamos de un salto.

Nuestra presencia ha sido autorizada por el director de la estación, quien nos permite recorrer a placer su pequeño feudo de ruinas y escombros. La estación funcionó a pleno rendimiento entre 1967 y 1987, aproximadamente. En otras partes de la Tierra de Francisco José, una base aérea soviética daba apoyo a los bombarderos de largo alcance que sobrevolaban el Ártico, siempre listos para entrar en acción, igual que los de las bases estadounidenses. Pero la Estación Krenkel no formaba parte de aquella estrategia: sus objetivos eran científicos y, hasta cierto punto, internacionalistas, a través de un acuerdo de colaboración con meteorólogos franceses que lanzaban cohetes de investigación similares desde otros puntos. Entonces llegaron los grandes cambios de principios de la década de 1990, cuando comenzó la disolución de la Unión Soviética.

Quienes no vivimos aquello a duras penas podemos imaginar lo que fue: años de estrés, confusión y preocupación –así como de gran ilusión para muchos ciudadanos soviéticos–, y sin duda especialmente difíciles para quienes vivían en los confines de la URSS y asistían desde la distancia a la radical metamorfosis del Gobierno central. Y la Tierra de Francisco José es, literalmente, el confín más remoto. Para agravar la situación, un incendio arrasó en 2001 la Estación Krenkel. El personal fue evacuado, y nunca reemplazado. Abandonaron las casas, el centro recreativo y la biblioteca y se subieron a barcos y a helicópteros que los devolvieron al continente. Se diría que Romanenko repasa toda esa historia en su mente mientras recorremos las ruinas de esta pequeña estación polar.

«C’est la fin de l’empire», comenta, absteniéndose de complicarse con el pretérito francés. El fin del imperio. Él tiene edad para recordarlo.

Desde que en 1873 arribara a las islas una expedición austrohúngara, más de un imperio ha caído. Más de una bandera ha ondeado aquí y ha sido arriada. Más de una suposición geofísica, como la existencia de un continente ártico, ha sido refutada. El polo Norte es real, como punto determinable, si bien invisible, pero los primeros exploradores, como Nansen, que llegaron y partieron a través de este archipiélago con sus trineos de perros y sus embarcaciones capaces de navegar por el hielo, no llegaron a alcanzarlo. La Tierra de Francisco José ha sido un hito memorable en la gloriosa ruta polar hacia la frustración y la desilusión. Sus solitarias islas dan fe de que por obstinado, competente e intrépido que pueda ser el hombre, la naturaleza es mucho más compleja y poderosa.

Las ruinas de la antigua Estación Krenkel atemperan ese testimonio de la primacía de la naturaleza de una forma ambivalente, y muy suya: con cientos de toneladas de basura industrial y tenues vestigios de las personas que lucharon por sobrevivir aquí.

Como la estación está en la Tierra de Francis­co José, que forma parte del ámbito administrativo del Parque Nacional del Ártico Ruso (aunque aún no goza de protección integral), la dirección del parque ha emprendido unas operaciones de limpieza en Krenkel. Proyectan integrar la estación en un muzei pod otkrtm nebom, o gran museo al aire libre. Pero se enfrentarán a cuestiones delicadas a la hora de decidir dónde termina la labor de restauración y dónde empieza la de preservación. Cuando un lugar acaba en el vertedero de basuras de la historia, ¿cómo sabemos qué parte es historia y qué parte es basura?

Más delicadas aún, y de consecuencias mucho más trascendentales, serán las decisiones de Moscú acerca del papel del Ártico en los nuevos planes del ejército ruso. A principios de noviembre de 2013, apenas dos meses después del final de nuestra expedición, el ministro de Defensa Serguéi Shoigú anunció el destacamento de un escuadrón de buques de guerra con capacidad de rompehielos para proteger las nuevas rutas marítimas transárticas y los posibles depósitos de petróleo y gas. Según la agencia de noticias rusa Novosti, desde 2011 el 95 % de las reservas de gas natural y el 60 % de las de crudo se hallan en la región ártica, aunque la mayoría están bajo los mares de Barents y Kara, más cerca de la masa continental. El descubrimiento de esos depósitos sumado al calentamiento climático hacen que Rusia ponga sus miras más al norte. El anuncio de Shoigú hablaba incluso de reabrir la base aé­­rea de la Tierra de Francisco José. Si este afán de recuperación territorial cristaliza, ¿será compatible con la protección de los ecosistemas árticos? Enric Sala cree que sí. Al fin y al cabo, se dice que el propio Vladímir Putin simpatiza con el conservacionismo. ¿Pero quién sabe, tratándose de Putin? Sala confía en que la Tierra de Francisco José pronto reciba protección integral como parque nacional y cree que el fortalecimiento de la presencia militar «incluso puede contribuir a que se respete ese estatus».

La cuestión del hielo que subyace a todos estos asuntos no se aclarará en una sola expedición. Podemos hacer mediciones, tomar fotografías, establecer comparaciones entre la capa de hielo actual y la que vieron los primeros explora­dores, pero las relaciones causa efecto son ingentes y complejas. Los científicos de este equipo hacen lo que siempre hace un buen científico de campo: recopilar observaciones cuantitativas de aspectos concretos. Encadenando una inmersión tras otra en las aguas heladas, Alan Friedlander identifica 16 especies de peces árticos de aguas someras y empieza a preguntarse la razón de que la diversidad parezca ser tan reducida. Kike Ballesteros, que también se pasa el día en traje de buzo, con los dedos entumecidos y las mejillas enrojecidas, hace un inventario exhaustivo y una evaluación de la biomasa de algas ma­­rinas, una tarea sin precedentes. María Gavrilo y su equipo crean un censo de gaviotas marfileñas, gaviotas tridáctilas, araos de Brünnich, mérgulos atlánticos, eíderes comunes y gaviones hiperbóreos; los miden, pesan, anillan y ponen geolocalizadores a algunos. Forest Rohwer y su doctorando Steven Quistad capturan miles de millones de virus de diversos medios propicios a estos organismos, como cieno de playa y guano, para, a su regreso al laboratorio de Estados Unidos, secuenciar el ADN y extraer conclusiones. Mike Fay identifica y recoge más de 30 especies de angiospermas. Daria Martínova toma muestras de la columna de agua en busca de copépodos para cuantificar la penetración de la especie noratlántica Calanus finmarchicus en el reino ártico de Calanus glacialis. Estas labores y el resto de las observaciones reunidas en el marco de la expedición ayudarán a responder las preguntas específicas que subyacen a la cuestión general.

¿Está cambiando la comunidad planctónica? ¿Han perdido capacidad reproductiva las gaviotas tridáctilas y los araos de Brünnich? ¿Se han visto afectadas la fauna bentónica o la flora terrestre por las tendencias de cambio de la temperatura? ¿Se han concentrado más en las islas los osos polares, atrapados en ellas ahora que el hielo marino desaparece de la Tierra de Francis­co José en los meses de verano? Y si en efecto se están produciendo cambios en el plancton, ¿ejercen alguna influencia detectable en la población del mérgulo atlántico? Esto es ecología en estado puro: todo interconectado. En los próximos meses, el corpus completo de datos y análisis se cohesionará en un informe compendiado bajo la supervisión editorial de Enric Sala.

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Al final de nuestro viaje y tras su conclusión, invade mi memoria el recuerdo vívido de un episodio de los primeros días, cuando desembarqué en la isla Hooker con los franceses. Tras pasar una tarde con las trampas en posición, solo habían capturado y estudiado tres mérgulos. Cuando recogíamos el equipo para marcharnos, Grémillet distinguió un ejemplar adulto entre las rocas, donde anida la especie. Lo atrapó, y al hacerlo se topó con un polluelo. Atrapó también esa cría y vino hacia nosotros. Para tallar y anillar un ave hacen falta dos manos; para hacer una extracción de sangre, cuatro. Por eso, Grémillet me entregó el polluelo. Lo tomé, formando un cuenco con mis manos, consciente de ese privilegio, e intenté protegerlo del viento.

Los mérgulos atlánticos son longevos –pueden vivir hasta 20 años– y de reproducción lenta –a un ritmo de un pollo por año–, por lo que cada cría es un tesoro. Desde que eclosiona hasta que emplumece, el período más vulnerable de toda su vida, pasan unos 25 días. Aquel pollo acababa de salir del cascarón. Era una bola de plumón negro del tamaño de una ciruela. Inocente y desvalido. Al cabo de un rato se lo pasé con cuidado a Grémillet, que lo devolvió al nido.

Al recordar ese momento me pregunto dónde estará ahora aquella ave, si habrá sobrevivido a sus 25 días en las rocas, cambiado su plumaje y abandonado la Tierra de Francisco José para pasar el invierno en algún otro lugar.