Tiburones oceánicos, ¿los dueños de los mares?

Estos tiburones eran los dueños de los mares abiertos... Y ahora casi han desaparecido. ¿Cómo puede ser?

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Glenn Hodges

14 de septiembre de 2016

Cuando el documental Agua azul, muerte blanca llegó a las pantallas de Estados Unidos en 1971, las imágenes de tiburones blancos chocando contra las jaulas de los submarinistas se hicieron míticas. Pero la secuencia más destacable, la que aún hoy pervive 45 años después, es la de un grupo de tiburones oceánicos rodeando el cadáver de una ballena a 150 kilómetros de la costa de Sudáfrica.

Tiburones de Galápagos

Es una escena asombrosa por dos razones: en primer lugar, porque los buzos filmaron a los tiburones fuera de la seguridad de la jaula, probablemente la primera vez que alguien filmaba sin protección alguna a unos tiburones que se están alimentando. Y en segundo lugar, porque se trata de una escena que seguramente no se repetirá jamás, como una versión marina de la última foto que tenemos de una gran manada de bisontes americanos deambulando por las llanuras de América del Norte. «Había tantos que era imposible contarlos –explica Valerie Taylor, una de las submarinistas–. No volverá a ocurrir una cosa así, desde luego no mientras yo viva.»

Antes se creía que el tiburón oceánico era uno de los escualos pelágicos (de mar abierto) más numerosos. El acreditado libro The Natural History of Sharks, de 1969, incluso llegó a describirlo como "posiblemente el más abundante de los animales grandes, considerándose grande el que pesa más de 100 libras [45 kilos], sobre la faz de la Tierra". En otro tiempo conocido por acechar naufragios y barcos de pesca, hoy en día casi ha desaparecido, víctima de la pesca comercial y la demanda de aletas de tiburón; todo ello con una sorprendente falta de interés por parte de la comunidad científica y del público en general.

"Hemos aniquilado la especie a escala global. Y aun así, cuando lo menciono, mucha gente no tiene ni idea de qué hablo", explica Demian Chapman, especialista en estos escualos

Quien haya visto la película Tiburón, sabrá algo acerca de este animal. Seguramente fue el escualo predominante en el acoso a la tripulación del U.S.S. Indianapolis después de que un submarino japonés lo hundiera a finales de la Segunda Guerra Mundial, un suceso que se hizo tristemente famoso para las recientes generaciones gracias al monólogo del capitán Quint sobre su experiencia como superviviente. Es imposible reproducir el efecto espeluznante de sus palabras, pero la última frase lo resume: «Cayeron al agua 1.100 hombres; salieron de ella 316, y los tiburones se quedaron con el resto».


El problema con el relato de Quint es que, si bien presenta los hechos con más o menos exactitud, malinterpreta la experiencia de la tripulación. Es cierto que de los casi 1.200 tripulantes a bordo, unos 900 cayeron al agua con vida, que la mayoría murió en condiciones infernales durante los siguientes cinco días, que solo so­brevivieron 317, que había muchísimos tiburones y que se produjeron ataques espantosos.
Pero cuando pregunté a Cleatus Lebow, de 92 años y tripulante del Indy, qué fue lo peor durante el tiempo que estuvo en el agua, antes de que acabase de formular mi pregunta dijo: «La sed. Hubiese dado lo que fuera por un vaso de agua». ¿Y los tiburones? «A veces aparecían por allí, pero no nos molestaban.» Lyle Umenhoffer, también de 92 años, me contó: «Tenías que estar alerta cuando había tiburones; si se acercaban demasiado, les dábamos una patada. Pero no recuerdo tener miedo de ellos. Nuestros problemas eran otros».



Hay que decir que cuando fueron rescatados, los supervivientes estaban dispersos en un área de más de 250 kilómetros cuadrados y sus experiencias eran muy diversas. Y que las víctimas seguramente habrían contado cosas distintas. Pero ninguno de los hombres con quienes hablé en la reunión de supervivientes del pasado verano (había 14 de los 31 supervivientes, y pude entrevistar a la mayoría de ellos) consideraba que el tiburón fuese su principal preocupación durante el terrible episodio. En sentido estricto, quizá Quint tuviera razón cuando dijo que los tiburones «se quedaron con el resto» –es decir, los hombres que nunca salieron del agua–, pero la mayoría murió por otras causas: heridas, hipotermia, ahogamiento, deshidratación o envenenamiento por agua salada. «Vi a hombres morir al ser atacados por tiburones, unos cuantos», señaló Dick Thelen, un superviviente de 89 años. Pero vio a muchos más morir por beber agua salada. Como me dijo una persona en la reunión: «Quint no dice nada sobre la sed».

El tiburón oceánico, ¿un asesino voraz?

Es importante tener claro lo que sucedió porque la imagen del tiburón oceánico como asesino voraz y, por lo tanto, como una especie prescindible puede tener consecuencias perjudiciales. En tierra, el efecto de eliminar a un depredador dominante es bien conocido: el caos ecológico. (En algunas partes de África, por ejemplo, la disminución de las poblaciones de leones y leopardos ha provocado un aumento tanto de papiones como de sus parásitos intestinales, que cada vez afectan más a los humanos.) ¿Pero qué efecto tiene la casi total desaparición del tiburón oceánico en los ecosistemas marinos donde antaño era tan abundante? No tenemos ni idea. Hay tan pocas investigaciones sobre esta especie, que el mero intento de entender la historia de su propio declive –no digamos ya de cómo afecta ese declive a otras especies– es como pretender construir un puzle sin la mayor parte de las piezas. Y si confundimos a este escualo con el malo de la película, difícilmente buscaremos esas piezas que faltan. Si el naufragio del Indianapolis ocurriera hoy, es poco probable que la tripulación fuera asediada por hordas de tiburones oceánicos; y eso no debería percibirse como una buena noticia precisamente.

Eliminar a un depredador dominante es bien conocido: el caos ecológico


Jacques Cousteau se refirió una vez al tiburón oceánico como «el más peligroso de los tiburones», pero buzos con gran experiencia en escualos expresan una opinión más matizada sobre la especie. Stan Waterman, otro buzo de la expedición Agua azul, muerte blanca, señala que su inmersión fue única en parte porque les permitió ver el verdadero comportamiento del tiburón oceánico. «Fue una experiencia educativa –afirma–, porque no estábamos seguros de lo que ocurriría cuando saliéramos de las jaulas.»

Su conclusión fue la misma que la de muchos supervivientes del Indianapolis: el tiburón oceánico no tiene reparos en acercarse a las personas y golpearlas con el hocico, pero si permaneces en grupo y los ahuyentas, lo más seguro es que no ataquen, al menos cuando tienen suficiente comida en el agua. «Nos inspeccionaron cientos de veces –cuenta Valerie Taylor–, pero decidieron que no merecíamos la pena y se largaron.»


En la madurez, el tiburón oceánico llega a medir entre 2,50 y 4 metros de largo; es lo bastante grande como para resultar peligroso, y es atrevido y persistente. El mar abierto es un desierto ecológico, y él está diseñado para gastar la mínima energía en explorarlo y para pasar el máximo tiempo investigando cualquier cosa comestible que se le cruce por el camino. Por eso se desliza por el agua con sus largas aletas pectorales, que parecen alas, y cuando se topa con una posible fuente de alimento –marineros agitándose junto a un naufragio, una ballena muerta, un banco de atunes–, se para y la inspecciona. Si eres el único bocado que tiene a su alcance, el tiburón oceánico será muy peligroso; si no, seguramente solo te resultará inquietante.
Una de las anécdotas más interesantes sobre la conducta de este escualo nada tiene que ver con naufragios o buzos. En la década de 1950, unos biólogos que trabajaban en el golfo de México se asombraron al abrir los estómagos de unos tiburones oceánicos y encontrar atunes de entre 2,50 y 4,50 kilos, pues estos escualos no son lo bastante rápidos como para atrapar atunes pequeños. Entonces un día avistaron un grupo numeroso que atravesaba un banco de atunes, en la superficie, con la boca abierta. «No hacían esfuerzo alguno por perseguir a los cientos de atunes, ni por atraparlos –informaron los investigadores–. Sencillamente esperaban, preparados, a que en cualquier momento un atún les entrara directamente en la boca.»


Ahora sería muy difícil ver algo así, y la gran ironía es que los investigadores que registraron aquel espectáculo ayudaron a sentar las bases para que no se repitiese jamás. «Estaban allí para determinar qué tipo de pesca comercial podría desarrollarse en aguas estadounidenses –explica Julia Baum, ecóloga marina que comparó los datos de la década de 1950 con los más recientes sobre la pesca con palangre para calcular el cambio en las poblaciones del tiburón oceánico en el Golfo–. Estaban largando palangres para atunes y había tiburones oceánicos por todas partes, comiéndose los atunes de los anzuelos y quedándose ellos mismos apresados. No sabían si podrían establecer una industria pesquera de atún debido a la cantidad de tiburones.»

A los pescadores se les ocurrieron dos soluciones: disparar a los tiburones antes de que se comieran a los atunes, o calar otros palangres para atrapar a los escualos, cuyas aletas reportaban mucho dinero. Ambos motivos –la cruel indiferencia por los tiburones y la creciente demanda de sopa de aleta de tiburón en Asia– han diezmado las poblaciones globales de tiburones en las últimas décadas, en particular la de tiburón oceánico. En 2004, las investigaciones de Baum la llevaron a concluir que esta ha­bía caído hasta un 99 % en el golfo de México, y aunque sus estudios han tenido críticas, otros in­­­vestigadores han encontrado declives igual de dramáticos en los océanos Atlántico y Pacífico.
En 2010 era tan obvio que el tiburón oceánico estaba en peligro, que las cinco organizaciones pesqueras internacionales más importantes que supervisan la pesca de pez espada y atún prohibieron que los pescadores se quedasen con cualquier ejemplar de tiburón oceánico capturado; hasta ahora es la única especie de tiburón que ha recibido esa protección. Y en 2013, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES) promulgó severas restricciones en el comercio legal de sus aletas.

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La pregunta es si esas protecciones son insuficientes, y si llegan tarde. Muchas poblaciones de osteíctios se recuperan rápidamente tras sufrir episodios de sobrepesca, porque desovan en una época relativamente temprana de su ciclo vital y ponen miles de huevos a la vez, pero la mayoría de los escualos alcanza tarde la madurez sexual y tiene pocas crías cada uno o dos años. Estos factores los hacen extremadamente vulnerables a la sobrepesca y susceptibles de extinción. En el caso del tiburón oceánico, «se­guimos sin saber siquiera si tiene crías cada año o cada dos años –dice el biólogo marino Edd Brooks–. ¿Cómo se puede preservar un animal cuando se tiene tan poca información?».

Brooks forma parte de un equipo de investigadores que en 2010 empezó a colocar marcas de seguimiento y a estudiar a los tiburones oceánicos frente a la isla Cat, en las Bahamas. «Cat es el último lugar del planeta en el que sabemos que podemos encontrar de manera fiable un buen número de ellos», declara. Era la primera vez que alguien realizaba una investigación exhaustiva y práctica sobre esta especie.

Cat está justo en el borde de la plataforma continental: las aguas profundas del Atlántico están cerca de la costa, por lo que es un lugar ideal para encontrar grandes peces pelágicos. Hace unos 10 años se empezó a rumorear que los pescadores que faenaban frente a la isla tenían problemas porque los tiburones oceánicos les robaban las capturas. El fotógrafo Brian Skerry supo enseguida que ahí había una oportunidad excepcional y contrató una empresa de buceo para que le ayudara a fotografiar a los tiburones bajo el agua. El éxito los llevó a realizar inmersiones sucesivas. La noticia corrió, y algunos investigadores se unieron a ellos.

«Era el proyecto que siempre habíamos de­seado –dice la bióloga marina Lucy Howey–. Nunca imaginamos que lo lograríamos, porque no nos creíamos capaces de encontrarlos.» El equipo de Howey, en el que estaban Brooks y Demian Chapman, colocó marcas para el seguimiento vía satélite a casi cien tiburones oceánicos con objeto de registrar sus patrones de movimiento y otros datos. Hicieron varios descubrimientos significativos: en primer lugar, aunque los tiburones recorrían grandes zonas del Atlántico, gran parte del año se quedaban en las aguas protegidas de las Bahamas, donde en la década de 1990 se prohibió la pesca con palangre y en 2011 se promulgó una ley que impedía la comercialización de cualquier tipo de tiburón. Por tanto, tener zonas protegidas podría resultar crucial en la recuperación de la especie.


En segundo lugar, el tiburón oceánico pasa el 93% del tiempo entre la superficie y los 100 me­­tros de profundidad, lo cual sugiere que las primeras pescas industriales, cuando el atún y otros peces eran abundantes a esa profundidad, po­drían haber mermado seriamente su población. Así pues, regular la pesca en ese rango de profundidad podría ser clave para su conservación.

Regular la pesca entre la superficie y los 100 metros de profundidad podría ser clave para la conservación del tiburón oceánico


El tercer descubrimiento es alarmante: la población que frecuenta la isla Cat podría ser de solo 300 individuos. Después de cinco años colocando marcas, el elevado número de ejemplares capturados más de una vez sugiere que en estas aguas habitan muchísimos menos tiburones de lo que se pensó en un primer momento. Reflexionemos sobre esta idea: es posible que hubiera más tiburones oceánicos asediando aquel cadáver de ballena en Agua azul, muerte blanca en un solo día que los que hay en el transcurso de un año entero en el que todavía es el bastión mejor conocido de esta especie.
Puede que existan poblaciones relativamente sanas en otros lugares. Se ven tiburones oceánicos con frecuencia en el mar Rojo, frente a las islas Caimán y alrededor de Hawai. Pero en esas zonas se suelen avistar individuos solitarios o grupos reducidos, por lo que es imposible hacer una estimación fiable de la cifra total. Según Howey, la cuestión crucial en este mo­mento es averiguar dónde paren. El cuarto descubrimiento del equipo es que muchos de los tiburones oceánicos de la isla Cat son hembras preñadas. Pero no hay indicios de que den a luz allí. «Nunca hemos visto crías en las Bahamas –dice–. Si averiguamos dónde paren, podremos proteger esas zonas. Será el modo de avanzar en la conservación de la especie.»

Es imposible rebobinar el tiempo. Los mares relativamente vírgenes de la década de 1950 nos resultan hoy casi inconcebibles. Pero Cuba puede tener algo de puente a un tiempo pasado. El embargo comercial de más de 50 años impuesto por Estados Unidos no solo ha ralentizado su desarrollo económico: también ha reducido la explotación de sus recursos naturales. El resultado es que las reservas marinas frente a su litoral están entre las más prístinas del mundo. El Gobierno de Cuba está trabajando en un plan de conservación del tiburón. Durante los últimos seis años, los científicos cubanos han realizado estudios detallados de los tiburones capturados en mar abierto, y han descubierto algo que a sus colegas estadounidenses les alegrará oír. En la costa norte, frente al pueblo de Cojímar, se están pescando muchos tiburones. La tercera especie que más capturan es el tiburón oceánico. La mayoría son ejemplares juveniles, y algunos de ellos, crías pequeñas.

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