Taxidermia, el arte de disecar animales

Hace 100 años la taxidermia desempeñaba un importante papel en el ámbito de la conservación. En la actualidad esta función está menos clara

21 de abril de 2016

Junto con un búfalo africano, un antílope indio y una serpiente de cascabel. Los visitantes que acuden al Campeonato Mundial de Taxidermia pasean ante una jirafa cuyo cuello y cabeza se han dispuesto como si el animal estuviera a punto de beber. Le falta el cuerpo, y en el interior hueco del cuello hay una especie de retablo con tres jirafas en miniatura comiendo tranquilamente de las diminutas copas de unos árboles.
No todas las obras de taxidermia se consideran arte. Pero a medida que el arte de la taxidermia ha ido sobreviviendo y evolucionando, también ha dado pie a una paradoja en el ámbito del conservacionismo: a las personas a las que les gusta matar, a veces también les gusta proteger.

Un adolescente Theodore Roosevelt estudiante de taxidermia acabó convirtiéndose en un adulto aficionado a la caza mayor. Asimismo, fue también cofundador de una sociedad para la conservación de la caza que puso los pilares del actual conservacionismo en Estados Unidos. Yo mismo me he dedicado durante años a investigar los delitos contra la flora y la fauna silvestres y he sacado a la luz su crueldad en artículos, en documentales y en un libro, pero fue mi experiencia de taxidermista cuando era niño lo que me ayudó a tomar este camino.

La taxidermia ha llegado a una paradoja en el ámbito del conservacionismo: a las personas a las que les gusta matar, a veces también les gusta proteger

Desde el siglo XIX, cuando los cazadores llevaban sus trofeos a los tapiceros para disecarlos, la taxidermia ha desempeñado un importante papel en el ámbito de la conservación. Si se hace bien, es una práctica que permite apreciar de cerca unas criaturas que tal vez jamás tengamos la ocasión de ver en el medio natural. Las contemplamos sin los barrotes de un zoológico de por medio y en unas posturas que reproducen su comportamiento en la naturaleza. Observarlas es «como una experiencia pura», afirma el taxidermista del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles Timothy Bovard.

Por ese motivo, después de dedicar años a escribir sobre la explotación ilícita de la fauna salvaje, he acudido a este certamen internacional de taxidermistas en busca de un respiro, y lo que me encuentro es una mujer gritándole a Wendy Christensen: «¡Eso es ilegal!».

La visitante señala un ejemplar de gorila oc­cidental de llanura mientras la taxidermista Christensen atusa unos pelillos de los dedos del primate. «¡Estuve en Ruanda, y sé que los gorilas están protegidos!», vocifera indignada.
Christensen es una mujer imponente, con el cabello rubio –imposible no reparar en él– arreglado con esmero, igual que el del gorila. Dirigiéndose a la acusadora, explica tranqui­lamente que Samson fue durante 30 años la estrella del Zoo del Condado de Milwaukee.

Cuando se creía que la extinción era algo imposible

La visitante pide disculpas y escucha con asombro lo que Christensen dice a continuación: aquel animal no es más que un instrumento para relatar la vida de Samson, y no contiene ni la menor traza del gorila real.
A finales del siglo XIX Estados Unidos, en su expansión hacia el Oeste, estaba acabando con la «ilimitada» fauna salvaje del país. Los cazado­res profesionales abatían piezas a escala industrial para suministrar a los mercados de pieles, a restaurantes, a sombrereros… Como si la extinción fuese algo imposible, los estadounidenses mataron millones de bisontes por ocio y por negocio, de tal forma que a finales del siglo XIX solo quedaban unos pocos centenares.

En 1914 murió la última paloma migratoria del país, que fue disecada por un taxidermista de la Smithsonian Institution

Las palomas migratorias llegaron a ser la especie de ave más numerosa de Estados Unidos. En 1878 los cazadores que suministraban carne de paloma a los restaurantes se lanzaron sobre una gran bandada en las afueras de Petoskey, en Michigan, y acabaron con mil millones de ejemplares en unas semanas. En 1914 murió la última paloma migratoria del país, que fue disecada por un taxidermista de la Smithsonian Institution.
La lista de especies que fueron masacradas no acaba ahí, de igual modo que la de especies amenazadas hoy en África y Asia no deja de crecer.

Teddy Roosevelt era naturalista y deportista, como los doce amigos que reunió a finales de 1887. Aquellos hombres fundaron el Boone and Crockett Club (en honor a Daniel Boone y Davy Crockett, pioneros de la colonización de Estados Unidos y héroes de la infancia de Roosevelt) con dos fines: promover esfuerzos conserva­cionistas federales y a la vez asegurarse para sí mismos el mantenimiento de la caza. El club estableció la Sociedad Zoológica de Nueva York, que acabaría dando lugar a la Wildlife Conservation Society. El naturalista John Muir creó su Sierra Club siguiendo el modelo de la organización de su amigo Roosevelt. Entre los miembros destacados de esta última figuraba William T. Hornaday, quien ostentaba los cargos de director del Zoo del Bronx y taxidermista jefe de la Smithsonian Institution, entre otros.

Yo me inicié en la taxidermia a los 12 años. Como muchos de los participantes de este campeonato y como su director, Larry Blomquist, empecé matriculándome en la Escuela de Taxidermia Northwestern, una academia con sede en Omaha, Nebraska, que ofrece cursos sencillos a distancia. (Primera lección: léase todo este libro. Segunda: consiga una paloma. Tercera: adquiera herramientas tales como escalpelo, raspador óseo, cucharilla limpiacráneos, arsénico…)
El padre de la taxidermia moderna es Carl Akeley, naturalista y explorador neoyorquino que consiguió por sí solo elevar esta disciplina a la categoría de arte, pues hasta entonces era una apestosa especialidad de tapicería que consistía en desollar el animal, cocer los huesos, componer con alambres el armazón del cuerpo y rellenar la piel con jirones de tela y paja.

Akeley empleaba arcilla y papel maché para esculpir los cuerpos de los animales en posturas naturales. De ese modo lograba reproducir con una precisión anatómica sin precedentes los músculos y las venas del espécimen antes de volver a colocarle la piel. Después agrupaba sus vívidos ejemplares en dioramas diseñados de tal modo que recrearan el hábitat, hasta el punto de escoger las mismas hojas del suelo donde había aparecido el animal.
Pero Akeley hizo algo más que introducir nuevas técnicas de preservación. Creó un marco narrativo que influye en cómo vemos a los animales muertos, y que perdura hasta nuestros días. «La clave de la taxidermia está en relatar toda la historia», dice Jordan Hackl, un novato de 22 años que compite en el certamen. No se trata de disecar un ciervo, explica. Se trata de contar la historia del ciervo. ¿Era invierno? Pues entonces necesitarás un macho que tenga el pelaje con la longitud adecuada. ¿Estaba en celo? ¿Había alguna hembra? Si es así, las fosas nasales tienen que estar bien abiertas.

El legado de Akeley se aprecia dondequiera que haya un animal eternamente paralizado. Algunas de sus mejores creaciones aún se exponen en el Museo Field de Chicago y en el Museo Americano de Historia Natural (AMNH) de Nueva York.

En el centro de la sala Akeley de mamíferos africanos del AMNH está The Alarm, una escena compuesta por una manada de ocho elefantes. Después de un siglo, todavía rebosa vida. Para muchos es la mejor obra de taxidermia del mundo.

Sin embargo, en la sala hay otro trabajo que quizá sea la creación más importante de Akeley: un diorama formado por unos gorilas de montaña abatidos por su equipo en el Congo Belga en 1921. Aquella expedición le cambió la vida. Al contemplar aquel macho muerto, posteriormente comentó: «Hizo falta apelar a todo el rigor científico que uno posee para no sentirse un asesino».

Al contemplar aquel macho muerto, posteriormente comentó: "hizo falta apelar a todo el rigor científico que uno posee para no sentirse un asesino"

Tras su regreso de África, Akeley hizo campaña para que el rey Alberto I de Bélgica creara un refugio para los gorilas de montaña. El Parque Nacional Albert, fundado en 1925, fue el primer parque nacional de África y actualmente se llama Parque Nacional Virunga. Por sus esfuerzos, a Akeley se le considera el precursor de la conservación de los gorilas.

Desde su punto de vista, la taxidermia era una valiosa herramienta científica, una forma de preservar lo que él temía que podría extinguirse. Sobre esa preocupación escribió en el número de agosto de 1912 de la Geographic, en un artí­cu­lo en el que describía su cacería de elefantes pa­­­­ra The Alarm. Akeley se lamentaba de que el mejor macho que había capturado tenía unos colmillos de solo 45 kilos cada uno, y advertía que no era extraño hallar elefantes con colmillos de 90 kilos. Escribió que tenía la esperanza de capturar uno y conservarlo para las futuras generaciones, pues predecía que pronto «a los ejemplares gigantes que quedaban los matarían por su marfil».
Hoy incluso es raro dar con un elefante cuyos colmillos pesen 45 kilos.

George Dante abre el congelador y saca a Solitario George, el último ejemplar de tortuga gigante de Pinta, que murió en 2012. A Dante, uno de los taxidermistas más prestigiosos del mundo, lo han contratado para conservar al famoso animal, último representante de una especie extinguida que habitó en las Galápagos.

Tras colocar la tortuga congelada sobre una mesa, Dante confiesa temer que Solitario George sea demasiado conocido como para que la forma disecada le haga justicia: una cosa es preparar una pieza para representar una especie, y otra muy distinta es trabajar con un ejemplar tan reconocible. Por eso, dice, «no hago animales de compañía. La gente conoce muy bien la cara de su mascota, y eso no se puede captar».
A pesar del tiempo que ha pasado en el congelador, «Solitario George parece estar en buena forma», admite Dante con un suspiro de alivio.

La historia de un gorila

La historia de Samson es muy diferente. Este gorila occidental de llanura procedente de Camerún, con un sobrepeso de 296 kilos, era famoso por aporrear la ventana de plexiglás del zoo de Milwaukee, para delicia de los visitantes. Un día de 1981 Samson se desplomó delante de sus admiradores, llevándose las manos al pecho. Los veterinarios no pudieron reanimarlo; la autopsia reveló que ya había sufrido cinco infartos con anterioridad. Su cadáver estuvo en el congelador del zoo durante años. Cuando finalmente el Museo Público de Milwaukee se hizo cargo del cuerpo, descubrieron que la piel estaba demasiado dañada como para disecarla. El museo intentó exponer el esqueleto, pero los huesos no eran más que un pobre remedo de lo que había sido aquel vistoso primate. Samson no solo estaba muerto, sino también silenciado.

Aquello inquietaba a Wendy Christensen, empleada del museo que se había iniciado en la taxidermia a los 12 años. (Sí, también en la Es­cuela de Taxidermia Northwestern.) Christensen propuso resucitar a Samson mediante una va­­riante de la taxidermia conocida como recreación, que consiste en reproducir un animal sin emplear el cuerpo original o incluso con partes que ni siquiera son de la misma especie. En 2006, transcurridos 25 años desde la muerte de Samson, empezó a fabricar el doble del simio partiendo de cero.

Christensen moldeó un rostro de silicona valiéndose de miles de fotografías y de una máscara mortuoria de Samson. Encargó una réplica de esqueleto de gorila a una empresa llamada Bone Clones y una mezcla de pelo artificial y de yak a National Fiber Technology, la compañía que suministró el pelo para Chewbacca, el perso­naje de La guerra de las galaxias. Para las manos hizo unos moldes de manos de gorilas procedentes del Zoo de Filadelfia y las reprodujo en silicona, incluso las huellas dactilares. Luego remató los ojos sintéticos con pestañas postizas. Christensen pasó un año en un taller a la vista de los visitantes del museo, implantando pelos en el rostro y el cuello de silicona de Samson mientras los niños hacían preguntas y los padres compartían sus tiernos recuerdos del gorila.

En el mundillo de los taxidermistas hay opiniones encontradas respecto al uso de materiales sintéticos en vez de naturales. Timothy Bovard cuenta que cuando habla con el público de las exposiciones de su museo, suelen preguntarle qué animales son de verdad y cuáles no, y reaccionan de manera diferente en cada caso. Según él, el artículo genuino sigue ejerciendo un fuerte atractivo. Pero esto es solo una opinión.
Un miembro del jurado del Campeonato Mundial de Taxidermia se pregunta en privado si esta forma de arte no habrá ido demasiado lejos. Al perseguir los mejores ejemplares, dice, «estamos eliminando los mejores genes del acervo genético», en detrimento de la especie.
Cuando Christensen presentó a Samson en el campeonato, no solo competía con otras recreaciones, sino también con las mejores piezas de taxidermia de animales reales del mundo. Ganó el primer premio en su categoría. También recibió el premio especial del jurado a la mejor pieza de la exposición, quedando por encima de maestros de talla mundial que participaron con sus mejores obras de fauna real. Y lo hizo sin dañar ni un solo pelo de gorila.

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