Secuoyas, gigantes del bosque

Pueden llegar a ser los árboles más altos del planeta. Pueden producir madera, crear puestos de trabajo, conservar limpios los ríos y albergar incontables especies del bosque. Las secuoyas de la costa viven únicamente a lo largo del litoral estadounidense del Pacífico, desde el sur de Oregón hasta Big Sur. Mira las fotografías de Michael Nichols.

En una ladera de California poblada de secuoyas de la costa, retamas negras y zumaques venenosos, Mike Fay tropezó, empezó a resbalar y sintió un pinchazo en el empeine del pie izquierdo. Tras caminar varios centenares de kilómetros en sandalias por el bosque, sus pies de 52 años estaban habituados a ese tipo de agresiones. Pero aquella astilla chocó con un hueso, se alojó en un tendón y se negó a salir. Finalmente su compañera de expedición, Lindsey Holm, la cogió con unas pinzas y consiguió extraerla.

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«Mis gritos se oían de una montaña a otra –cuenta Fay–. Fue uno de los dolores más intensos que he sentido en mi vida.» Lo cual es mucho decir para alguien que ha recibido 16 heridas por colmillo de elefante. Se vendó el pie, se echó la mochila al hombro y siguió caminando, como había hecho los últimos tres meses. Después de 30 años contribuyendo a la protección de los bosques africanos, Mike Fay, biólogo de la Wild­life Conservation Society y explorador residente de National Geographic, ahora no piensa más que en las secuoyas de la costa. Su obsesión por los emblemáticos árboles estadounidenses empezó hace unos años, tras completar la Megatransect, su livingstoniana exploración de la mayor selva virgen que aún queda en África. (Véanse los números de octubre de 2000 y de marzo y agosto de 2001.) Un día, mientras viajaba en coche a lo largo del litoral del norte de California, quedó impresionado al descubrir franjas completamente deforestadas y bosques secundarios de árboles enclenques. En otra ocasión, en un parque estatal le llamó la atención una «rodaja» de 1,80 metros de altura de una vieja secuoya, expuesta al público. Cerca del centro, una etiqueta indicaba: «1492, Colón».

«La etiqueta que más me impresionó fue una que estaba a unos ocho centímetros del borde –recuerda Fay–: “Fiebre del oro, 1849”. Entonces comprendí que durante los últimos centímetros de la vida de ese árbol prácticamente acabamos con un bosque de 2.000 años de antigüedad.»

En otoño de 2007 decidió observar por sí mismo cómo se había explotado en el pasado el bosque más alto del planeta y qué trato se le daba en el presente. Se propuso recorrer a pie el mítico territorio californiano de la secuoya de la costa, desde Big Sur hasta poco más allá de la frontera con Oregón, para averiguar si existía un modo de potenciar a la vez la producción maderera y los muchos beneficios ecológicos y sociales que proporcionan los árboles en pie. Si ese sistema de gestión del bosque era viable con las secuoyas, se dijo Fay, podría hacerse en cualquier lugar del mundo donde talan bosques para obtener ganancias a corto plazo. En compañía de Holm (naturalista autodidacta, nacida y criada en la tierra de las secuoyas del norte de California), durante los 11 meses de expedición hizo fotos y llevó a cabo un exhaustivo registro de la flora, la fauna, el estado del bosque y las corrientes de agua. También hablaron con la gente del bosque: leñadores, guardabosques, biólogos, ecologistas, dueños de posadas y directivos de las compañías madereras, todos dependientes de las secuoyas.

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Era un año de buenos augurios para recorrer el territorio de las secuoyas de la costa. Tras una batalla de más de 20 años contra ecologistas y autoridades estatales y federales, la vilipendiada Pacific Lumber Company, empeñada hasta entonces en mantener sus agresivas prácticas de corta, se declaró en bancarrota. Aunque la mayoría del bosque primario aún existente estaba protegido, las especies más emblemáticas de los grandes bosques (el cárabo californiano norteño, los mérgulos jaspeados, que son unas esquivas aves marinas, y el salmón plateado) seguían en peligroso retroceso, mientras la tambaleante economía y la crisis inmobiliaria determinaban el cierre de numerosos aserraderos en toda el área de distribución de la secuoya de la costa. Las llamas consumieron cientos de miles de hectáreas en la peor temporada de incendios que se recuerda. El turismo descendió.

Pero algo diferente estaba arraigando junto a aquellos árboles. Entre los grupos ecologistas, los expertos en silvicultura e incluso algunas co­­munidades y compañías madereras se oía decir que los bosques de secuoyas se hallaban ante una encrucijada histórica, un momento en que la sociedad podía decidir si talar o no talar, una disyuntiva vigente durante décadas, y adoptar otro tipo de explotación forestal que fuera beneficiosa para la población, para la fauna y quizás incluso para el planeta. Cuanto más caminaba Fay, más se convencía. «California revolucionó al mundo con el chip de silicio –dice–. Ahora podría hacer lo mismo con la gestión forestal.»

Fay y Holm iniciaron su recorrido en el extremo meridional del bosque, donde los árboles se concentran en fincas privadas dispersas y algunos bosquecillos en la sierra de Santa Lucía y los montes Santa Cruz. Excepto en pequeños parques (como el de Muir Woods, en las afueras de San Francisco, o el de Big Basin, cerca de Santa Cruz) donde encontraron unas pocas manchas de árboles antiguos, los 2.900 kilómetros en zigzag que recorrieron fue a través de bosques que habían sido talados al menos una vez, y otros muchos, tres veces, desde 1850, lo que ha dejado zonas aisladas de bosque secundario en un mar de árboles mayoritariamente pequeños.

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Pero un día de mayo, cuando ya habían cubierto casi tres cuartas partes del recorrido, llegaron al extremo sur del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Humboldt, la mayor extensión ininterrumpida de bosque primario de secuoyas de la costa que se conserva en el mundo: unas 4.000 hectáreas. Las llanuras aluviales entre sus ríos y riachuelos son un hábitat ideal para estos árboles; allí, la combinación de suelos fértiles, agua y niebla procedente del mar ha producido el bosque más alto del planeta. De las 180 secuoyas de la costa de más de 106 metros de altura que se conocen, más de 130 crecen en ese bosque.

Tras vadear un curso de agua esmeralda, treparon por la orilla opuesta y entraron en el bosque más magnífico que habían visto en su vida. Secuoyas del tamaño de cohetes espaciales brotaban del suelo como la planta gigante del cuento de las habichuelas mágicas, con la base ennegrecida por los incendios. Algunas presentaban una corteza gruesa y correosa que subía hacia el cielo en espiral. Otras tenían cavidades enormes, con espacio para 20 personas. Copas del tamaño de autobuses yacían en el suelo medio sepultadas por matas de aleluya de Oregón y helechos de Navidad, tras precipitarse desde una altura de 30 pisos, víctimas de una guerra titánica contra el viento, que en ese mismo instante seguía aullando en las alturas. No era de extrañar que ese bosque hubiera sido elegido para rodar escenas de Parque Jurásico y El retorno del Jedi.

Las secuoyas son igualmente mágicas para los silvicultores. En su corteza y su duramen abundan unos compuestos llamados polifenoles, y los insectos y hongos que descomponen la madera los rehúyen. Además, puesto que su correosa corteza contiene poca resina, las secuoyas grandes son muy resistentes al fuego.

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Quizá lo más sorprendente de las secuoyas de la costa sea su capacidad para producir brotes cada vez que el cámbium (el tejido vivo que está justo debajo de la corteza) queda expuesto a la luz. Si la copa se parte, o si una rama se rompe, o si un leñador corta el tronco, una nueva rama brotará de la herida y crecerá con rapidez. Por todo el bosque se ven tocones enormes rodeados de un círculo de árboles de segunda generación, a menudo llamados «anillos de hadas». Todos esos árboles son clones de un mismo padre, y su ADN podría tener miles de años de antigüedad. Curiosamente, las piñas son diminutas, del tamaño de una aceituna, y sólo esporádicamente producen semillas. Como resultado, el rebrote a partir de los tocones ha sido clave para la su­­pervivencia de los bosques de secuoyas durante toda la época de explotación maderera.

Estos árboles tienen otra cualidad que adoran los silvicultores. Con su gran tolerancia a la sombra y su capacidad para rebrotar, algunas secuoyas pueden permanecer aletargadas durante décadas a la sombra de sus mayores. Pero cuando el árbol dominante cae o es talado, abriendo el dosel del bosque y permitiendo que entre más luz, el árbol dormido renace y se cubre de brotes nuevos, un fenómeno conocido como «liberación».

Podría decirse que la historia de Estados Unidos está grabada en madera de secuoya de la costa. Los llamamientos para salvar a los árboles se oyen casi tan pronto como el sonido de las primeras talas. Durante milenios, las tribus tolowa, yurok y chilula, entre otras, vivieron tras una barrera casi impenetrable de secuoyas de más de 100 metros de altura, alimentándose de salmón, carne de uapití y bellotas de litocarpo, y tallando largas canoas con los troncos caídos.

Esa forma de vida terminó bruscamente en 1848, cuando Estados Unidos arrebató California a México y se descubrió oro en su territorio. Los comerciantes de la costa Este vieron una manera más fácil de enriquecerse: explotar la madera rojiza y resistente a la podredumbre que ya gozaba de gran demanda en un estado que cuadruplicaría su población en una década. Con el tiempo, los grandes bosques de San Francisco quedaron casi arrasados. Más al norte, con mé­­todos más o menos honestos, los barones de la madera se hicieron con miles de hectáreas de tierras federales en el territorio de las secuoyas, a 6,20 dólares la hectárea, iniciando una era de explotación privada que perdura hasta hoy. (De las 650.000 hectáreas de bosque de secuoya de la costa, el 34 % pertenece a tres empresas, el 21 %, al estado de California y el gobierno federal, y el resto, a pequeños propietarios.)

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El terremoto y los incendios de San Francisco de 1906 multiplicaron el trabajo en los aserraderos. A fin de satisfacer la demanda de madera para reconstruir la ciudad, surgieron pueblos madereros en toda el área de la secuoya de la costa, y empresas como Pacific Lumber y Union Lumber adquirieron gran influencia en el panorama industrial estadounidense. En lugar de bueyes para arrastrar los troncos, se utilizaban motores portátiles y trenes de vía estrecha.

La corta de los grandes árboles también ayudó a impulsar el moderno movimiento conservacionista. En 1900 un grupo de ciudadanos fundó el Sempervirens Club, que logró la creación del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Big Basin en 1902. En la década de 1920, la Save the Redwoods League (Liga en Defensa de las Secuoyas) empezó a comprar los terrenos boscosos que se convertirían en la espina dorsal de los parques californianos dedicados a esta especie, y aún hoy lo sigue haciendo.

La última fiebre maderera, y la más intensiva, comenzó después de la segunda guerra mundial, cuando el boom de la vivienda y los excedentes de equipamiento militar llevaron todo un ejército de leñadores armados de bulldozers, camiones y sierras mecánicas a los bosques de secuoyas. A principios de los años cincuenta los aserraderos procesaban más de dos millones de metros cúbicos de madera al año, nivel que se mantuvo hasta mediados de los años setenta. La corta a tala rasa y la explotación del bosque con los grandes tractores amarillos Caterpillar, convertidos en la herramienta básica de la industria maderera, inundaron de tierra los ríos y riachuelos, desde una tupida red de sendas y trochas forestales. Disminuyeron los salmones y empezaron a escasear otras especies presentes durante milenios en los bosques de secuoyas. De las aproximadamente 800.000 hectáreas de bosque primario hoy se conserva menos de un 5 %, disperso en parques y reservas en toda el área.

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«La guerra para salvar las secuoyas de la costa ya se ha librado, y mire, sólo nos quedan unas migajas –dice Steve Sillett, ingeniero forestal de la Universidad Estatal de Humboldt–. Ahora lo importante es mejorar la gestión del 95 % del área de distribución de estos árboles, que no han hecho más que empezar a crecer.»

El salmón y el cárabo californiano no son los únicos que han sufrido con la tala. Los índices de rendimiento en los bosques de secuoyas de la costa han caído en picado desde la década de 1990, cuando ya eran la mitad de lo que habían sido en la década de 1970. Aunque Fay y Holm dormían casi siempre a la intemperie, cada dos semanas paraban en alguna pequeña localidad maderera para cargar las baterías de los ordenadores y de las cámaras y transferir sus datos a discos duros externos. Se detenían en lugares como Orick o Korbel, que en el pasado llegaron a tener varios aserraderos y que ahora se consideran afortunados de conservar uno que aún funciona un poco. Rio Dell, un pueblo de 3.200 habitantes, ha tenido más suerte que la mayoría. Está a orillas del río Eel, frente a Scotia, la sede de la que fuera una importante empresa maderera, la Pacific Lumber Company.

El año pasado, algo más que nubarrones grises se cernía sobre los Wildwood Days de Rio Dell, la fiesta anual con concursos de leñadores y ca­­rreras de cubos de agua. Unos días antes, tras una prolongada lucha en un tribunal federal de quiebras, la PL (como llaman allí a la compañía), que había dado empleo a varias generaciones de leñadores y operarios de Rio Dell y Scotia, había sido vendida. El futuro estaba en manos de la Mendocino Redwood Company (MRC), propiedad de la familia Fisher de San Francisco, que hizo fortuna con las cadenas de tiendas de ropa Gap y Banana Republic. Lo único que sabía la mayoría de los habitantes de Rio Dell era que la MRC pensaba rebautizar la antigua explotación de la Pacific Lumber con el nombre de Humboldt Redwood Company (HRC). Nadie sabía quién seguiría teniendo trabajo cuando la polvareda se asentara.

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En el concurso de leñadores, una de cuyas pruebas consiste en ver cuál de dos hombres es capaz de cortar más deprisa un tronco con una motosierra, Len Nielson, de Fortuna, acababa de vencer a Chris Hall, de Rio Dell, un hombre corpulento de cabeza rapada y perilla pelirroja. Contando al abuelo, el padre, los tíos y los primos, la familia de Hall había trabajado 142 años para la PL. Hall había talado árboles, conducido tractores y arrastrado troncos desde los 15 años. Ahora trabaja en la central eléctrica.

«Nos alegramos de que Hurwitz se haya ido», dice Hall, mientras deja a un lado la motosierra, con su hija de cinco años bailando entre los pies.

No es fácil mantener una conversación sobre prácticas forestales en los bosques de secuoyas sin oír el nombre de Charles Hurwitz, presidente y director ejecutivo de la empresa Maxxam, Inc., con sede en Houston. En 1985, Hurwitz orquestó la compra hostil (respaldada con bonos basura suministrados por el financiero Michael Milken) de la Pacific Lumber, empresa gestionada de manera conservadora por la familia Murphy desde 1905. Dejando en pie parte de sus bosques primarios, los Murphy, que conocían el negocio maderero por haber trabajado ellos mismos con la motosierra, tenían previsto mantener la producción y los puestos de trabajo hasta bien entrado el siglo xxi. «Cuando los Murphy eran dueños de la PL, se preocupaban por sus empleados», dice Hall.

Con la Pacific Lumber, Hurwitz se hizo con cerca del 70 % de los bosques primarios de secuoyas de la costa en manos privadas. En su primera reunión con los trabajadores, el ejecutivo de traje oscuro les dijo (en una frase que se ha hecho famosa) que él creía en la regla de oro: «El que tiene el oro manda». Hurwitz procedió entonces a fragmentar la compañía y vender sus activos. Vendió la sede de la Pacific Lumber en el centro de San Francisco y una rentable división de soldaduras; paralelamente, transformó en efectivo el fondo de pensiones de los trabajadores y lo reemplazó por una renta vitalicia contratada con una compañía de seguros de baja fiabilidad.

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En cuanto a las secuoyas, Hurwitz adoptó un modelo comercial de corta a tala rasa, lo que duplicó (y algunos años incluso triplicó) el volumen total de madera extraído en las tierras de la compañía, que llegaron a alcanzar 85.000 hectáreas. Su intento de talar la mayor extensión de bosque primario aún en manos privadas, conocido como el bosque de Headwaters, suscitó una oleada de protestas. Un ejército de jóvenes salió a la calle y se subió a los árboles, lo que a su vez determinó un examen detallado por parte de las autoridades estatales encargadas del sector maderero y de las agencias federales de protección de la naturaleza. Para los defensores del bosque (como se hacían llamar los participantes en las protestas), fueron tiempos peligrosos. Algunos de los que se habían subido a los árboles fueron arrancados a la fuerza de sus plataformas a casi 100 metros de altura. La ya fallecida Judi Bari, quien organizó una serie de protestas en 1990, sufrió un atentado con una bomba casera colocada en su automóvil, que le destrozó la pelvis. Nadie fue acusado de este crimen.

En 1998 David «Gypsy» Chain se adentró con otros defensores del bosque en una zona de la PL donde al parecer los leñadores estaban abriendo trochas antes del final de la temporada de nidificación del mérgulo jaspeado, época en que la tala es ilegal. Un leñador, al que grabaron en vídeo, los insultó y amenazó; a continuación, derribó una secuoya en la dirección donde ellos se encontraban. El árbol cayó sobre Chain y lo mató al instante. El leñador ni siquiera fue inculpado. En 1999 los gobiernos estatal y federal adquirieron parte del bosque de Headwaters y lo pusieron bajo protección permanente.

La época de las confrontaciones violentas parece ser cosa del pasado. Una semana después de la adquisición de la Pacific Lumber por la MRC, Mike Jani, presidente e ingeniero forestal jefe de la empresa, invitó a Fay y a Holm a reunirse con él y con unos activistas locales al pie de una secuoya de la costa gigantesca, junto a Rio Dell, al otro lado del río Eel. Los ecologistas habían ocupado desde hacía años parte de un bosquecillo primario para impedir que la PL lo talara. Jani aseguró a los activistas que, en aplicación de las nuevas políticas de la compañía, los árboles no serían cortados, y mandó colocar señales de «no talar» en torno a los supervivientes.

«Luchar por los bosques primarios es fácil –me dijo Lindsey Holm–. Es un asunto moral, sin medias tintas. Hay que defender los árboles antiguos y las especies en peligro, punto.» Pero movilizar a la gente a favor de la explotación responsable de los bosques secundarios no es tan sencillo. Se trata de mantener intacto el ecosistema, reduciendo al mínimo la erosión y conservando la fauna, al tiempo que se obtiene un máximo de producción maderera. Para la mayoría de los californianos, la corta a tala rasa es una mala práctica forestal porque las áreas taladas son feas. Pero eso no es lo más importante, según Holm, quien no se opone taxativamente a este tipo de corta. «Lo que nos interesa son las buenas prácticas forestales, no el paisaje que puedas ver desde la cocina de tu casa.»

La idea de que es posible explotar un bosque sin arrasarlo no es nueva. Ya en la década de 1930 Emanuel Fritz, de la Universidad de California en Berkeley, afirmaba que si las empresas madereras querían mantenerse en el negocio durante 40 o 50 años más (el tiempo que según sus cálculos tardarían en talar todos los bosques primarios aún existentes), debían empezar a dejar árboles en pie para el futuro. En la misma línea, Albert Stanwood Murphy decretó que la Pacific Lumber no talara nunca más del 70 % de un rodal, ni cortara en sus bosques más de lo que podía crecer en un año, políticas que la compañía mantuvo durante más de medio siglo hasta que Charles Hurwitz las abandonó.

Ahora Jani promete que la nueva Humboldt Redwood Company llevará de nuevo la corta selectiva a las viejas tierras de la Pacific Lumber. En el condado de Mendocino, la MRC ya ha adoptado la práctica de cortar solamente entre un tercio y la mitad del volumen total de madera crecida anualmente en su propiedad, mediante una variedad de técnicas selectivas. Así pues, la compañía ha renunciado a unos mayores beneficios a corto plazo a cambio de una inversión a largo plazo en el bosque.

La Green Diamond Resource Company es actualmente la empresa que más practica la corta a tala rasa en los bosques de secuoyas de la costa, con más del 70 % de sus 175.000 hectáreas ocupadas por rodales uniformes que sos talados aproximadamente cada 50 años.

«Aquí nos gustan los bosques de edad uniforme –dice Greg Templeton, silvicultor de la Green Diamond–. Tanto las secuoyas de la costa como los abetos de Douglas crecen más rápido a pleno sol.» Estaba en una ladera soleada contemplando con orgullo cómo un equipo de leñadores transformaba un rodal de 70 años, con secuoyas de entre 45 y 60 metros, en una organizada maraña de broza, ramas y troncos.

En la década de 1990 California redujo la ex­­tensión máxima permisible para la corta a tala rasa de una superficie de 80 acres (32 hectáreas) a otra de entre 20 y 40 acres (entre 8 y 16 hectáreas). Los pesados tractores que causaban tanta erosión han sido sustituidos en gran parte por palas cargadoras de oruga, con pinza articulada. Al levantar los troncos en lugar de arrastrarlos, las palas cargadoras eliminan las vías de saca, sumamente erosionables, que caracterizaban la explotación forestal con tractor y eran una desgracia para las corrientes adonde iban a desovar los salmones. Para árboles seleccionados en cuestas empinadas, los leñadores utilizan un cable aéreo de desembosque, un sistema que consiste en izar las trozas y transportarlas a lo largo de un cable tendido desde una torre situada en lo alto de una colina hasta un tocón enorme en la ladera opuesta. Según Templeton, la adopción de este tipo de maquinaria, junto con el menor número de sendas madereras, que además están mejor construidas, y el respeto de las zonas de transición obligatorias a lo largo de las corrientes de agua (donde sólo se permite la tala selectiva), ha reducido significativamente el vertido de sedimentos en las aguas donde crían los salmones.

El mosaico de bosques de la Green Diamond, con densas manchas de arbolitos de menos de 20 años, separadas por franjas de árboles más viejos que crecen en las zonas de transición de 45 metros de anchura situadas alrededor de co­­rrientes repletas de peces, proporcionará en úl­­tima instancia un buen hábitat para la fauna, según Neal Ewald, vicepresidente y director general de la compañía. «Dentro de 50 años, el 20 % de este paisaje albergará una red de árboles viejos a lo largo de las corrientes de agua –explica–. Dentro de 100 años veremos el mismo tipo de árboles que los del Parque Nacional de las Secuoyas de la Costa», para beneficio, añade, de los salmones y los cárabos californianos norteños.

A principios de los años noventa Lowell Diller, biólogo de la Green Diamond, observó densidades importantes de cárabos californianos en bosques secundarios. Sus estudios revelaron que los cárabos pueden sobrevivir en bosques más pequeños siempre que dispongan de suficientes árboles muertos en pie y de árboles grandes con cavidades y plataformas donde anidar. Además, la mezcla de secciones forestales jóvenes de diferentes edades creadas por la corta a tala rasa proporciona un buen hábitat para la rata cambalachera de patas oscuras, la presa favorita de los cárabos en California.

Los hallazgos de Diller contribuyeron a que el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos concediera a la Green Diamond en 1992 el primer plan de conservación del hábitat (PCH) del cárabo californiano, lo que permitió a la em­­presa proseguir sus operaciones forestales en el territorio de esta especie siempre que tuviera un plan para mantener un mínimo de su hábitat. Sin embargo, según Diller, la población de cárabos presenta desde 2001 un retroceso de cerca de un 3 % anual en las tierras de la Green Diamond, al igual que en la mayor parte de su territorio.

Parte del problema es un misterioso descenso poblacional de la rata cambalachera, así como una mayor competencia del cárabo norteamericano, un ave más agresiva y adaptable que se ha adentrado en el territorio del cárabo californiano.

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Los bosques jóvenes han mostrado otras consecuencias no deseadas relacionadas con la fauna. En primavera, antes de que aparezcan las bayas y las bellotas, los osos negros dependen en parte de la savia que circula justo debajo de la corteza de las secuoyas de la costa y otras coníferas. Como prefieren los árboles jóvenes y en rápido crecimiento, causan importantes estragos en los rodales comerciales, hasta el punto de que algunos silvicultores los consideran la peor «plaga» de las secuoyas. Pero los osos sólo pasaron a ser un problema cuando las compañías empezaron a cultivar árboles como si se tratara de un cultivo agrícola.

Después de recorrer a pie todos los tipos de bosque gestionado y de hablar con silvicultores de todas las opiniones, Mike Fay está convencido de que hay un modo mejor de hacerlo: producir árboles más grandes, que aumenten al máximo la producción de madera y a la vez proporcionen un buen hábitat. «Hay que empezar a pensar en esto como en un ecosistema –insiste–. Todas estas plantaciones que hay ahora podrían producir maíz. Pero si queremos agua limpia, salmones, vida salvaje y madera de buena calidad, necesitamos un bosque.»

Fay no es el único que piensa así. «Lo que yo propongo es cortar menos árboles y ganar más dinero por cada árbol talado», dice Jim Able, un silvicultor que trabajó para la Louisiana Pacific y actualmente gestiona pequeñas fincas madereras privadas, la mayoría de las cuales no pasan de las 400 hectáreas. Con su sombrero de paja, Able guía a Fay por el bosque de Howe Creek, una explotación que gestiona desde hace tres décadas y donde por tercera vez está procediendo a la clara de árboles. Abetos de Douglas y grandes secuoyas de la costa de segunda generación, de más de un metro de diámetro y hasta 60 metros de altura, se levantan rectos como flechas desde la empinada ladera. Aquí y allá yacen unos cuantos árboles en el suelo, listos para el transporte, creando un mosaico de sol y sombra. La clave, según Able, es la forma. Él y sus técnicos forestales marcan cada uno de los árboles que quieren cortar, sin superar nunca el 30 o 35 % del volumen total del rodal. A diferencia de la corta de los mejores fustes, una forma de tala selectiva que en opinión de Able es peor que la corta a tala rasa porque acaba con los mejores árboles y deja en pie los peores, la clara consiste en cortar los ejemplares más débiles y peor formados, y dejar los más fuertes y rectos para que sigan prosperando con más luz. Y a diferencia de los leñadores que practican la corta a tala rasa una vez cada varias décadas, Able vuelve al bosque una vez cada diez años para evaluar si ha llegado el momento de una nueva clara. Nunca extrae más madera de la que ha producido el bosque en ese período, lo que significa que los árboles restantes (los que él llama «sus principales») siguen creciendo en altura, volumen y calidad.

«Lo que hago es producir árboles viejos y mientras tanto cobrar los intereses –dice Able–. Estoy convencido de que este ritmo se puede mantener durante más de cien años.»

Cada vez son más los propietarios que siguen el ejemplo de Able: dejan que sus secuoyas crezcan más y las cortan con menos frecuencia. Algunos lo llaman silvicultura ecológica, una forma de gestión del bosque que intenta asegurar el hábitat para la fauna y la limpieza de los ríos, además de generar empleos y producir madera. Cerca de Arcata, el bosque Van Eck, de 890 hectáreas, gestionado por el Pacific Forest Trust, cumple un cometido adicional: se gana parte de su mantenimiento proporcionando una reducción de los gases de efecto invernadero, que puede servir para compensar las emisiones. Gracias a su sensacional ritmo de crecimiento, a su resistencia a las enfermedades, los insectos y la podredumbre, y a su increíble longevidad, los bosques de secuoyas son los mejores para captar dióxido de carbono de la atmósfera y atrapar el carbono en la madera. En California, el «mercado» de bonos de emisiones, uno de los más rigurosos del mundo, permite a los propietarios de suelo forestal vender créditos por el carbono almacenado en la madera que crece cada año siempre que se comprometan a mantener ese crecimiento durante un siglo.

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Los ingresos recibidos a cambio del carbono almacenado en los árboles vivos podría ayudar a los propietarios a efectuar la transición de la corta a tala rasa, que proporciona beneficios a corto plazo, hacia la rotación, un sistema que rinde a largo plazo y mediante el cual los árboles más grandes y altos y de mejor calidad volverían a dominar el paisaje. Hasta ahora, sobre la base del volumen estimado de carbono que el bosque Van Eck podría retirar de la atmósfera en un período de 100 años, el Pacific Forest Trust ha vendido créditos de reducción de emisiones por valor de más de dos millones de dólares.

Otro grupo que practica la silvicultura ecológica, el Conservation Fund de Evan Smith, ha adquirido 16.000 hectáreas de explotaciones forestales industriales en las cuencas de los ríos Garcia, Big y Salmon Creek para evitar que los bosques se conviertan en viñedos y urbanizaciones. La organización tiene previsto permitir el crecimiento de árboles de diferentes edades para recuperar el hábitat acuático reduciendo la erosión en las corrientes. Para recaudar fondos, está vendiendo millones de dólares en créditos de reducción de emisiones a la Pacific Gas and Electric Company y a varias firmas inversoras.

La Junta de Recursos del Aire de California tiene previsto actualizar su política en lo referente al carbono para el sector forestal, con la esperanza de atraer a los propietarios de las explotaciones madereras industriales. «Si acertamos con los incentivos a la reducción de emisiones, podremos duplicar o incluso triplicar nuestras reservas de secuoyas de la costa», dice Mike Fay.

Un día en que el sol de la mañana inunda el dosel del bosque del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Prairie Creek, envuelto en la niebla, y le confiere un fulgor iridiscente, Mike Fay engancha su puño bloqueador a una cuerda de escalada y sube a una secuoya realmente enorme para hablar con un científico que está convencido de los beneficios de dejar que estos árboles crezcan. Steve Sillett se ha dado a conocer por su labor de localizar los árboles más altos del planeta, subirse a ellos y estudiarlos. Ha me­­dido meticulosamente cientos de ejemplares, desde sus impresionantes pies hasta las agujas más altas de la copa. A 42 metros de altura, Fay pasa junto a una cavidad abierta por el fuego, con espacio suficiente para albergar a dos hombres adultos de pie, entre una espesura de retoños y ramas, cicatrices de una batalla de siglos de escaramuzas con los incendios y el viento. Más arriba, helechos epífitos y arbustos de arándanos crecen sobre profundos suelos formados en el dosel del bosque, y una miríada de musgos, hepáticas y líquenes cubren la corteza. Este árbol, de 91,70 metros de altura, ni siquiera se acerca al más alto del mundo, de 115,60 metros, pero según Sillett, que aguarda a Fay en un claro del dosel, arriba de todo, es «uno de los más jugosos», lo que significa que está cargado de suelos aéreos y biodiversidad. Desde lo alto, los dos hombres contemplan una extensión casi ininterrumpida de secuoyas gigantescas, con un área de corta a tala rasa apenas distinguible

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El mantra de los silvicultores industriales ha sido desde hace tiempo lograr que los árboles crecieran lo más deprisa posible para aumentar al máximo la rentabilidad de la inversión y ofrecer al mercado un suministro regular de madera. Para ellos, la mejor edad para talar las secuoyas de la costa es entre los 40 y los 50 años; aunque cuando son tan jóvenes contienen sobre todo madera blanda de baja calidad, muy alejada de la legendaria resistencia de la secuoya a la podredumbre. Pero tras medir y extraer muestras de dos docenas de árboles de entre 29 y 113 metros de altura en el Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Humboldt, Sillett ha descubierto que el ritmo anual de producción de madera aumenta con la edad del árbol, al menos durante los primeros 1.500 años. Más importante aún, cuanto más viejo es el árbol, mayor es su producción de madera de buena calidad. Así pues, las secuoyas de la costa producen más y mejor madera a medida que envejecen. Sillett ha comprobado que la misma regla se aplica a los eucaliptos más altos de Australia, y piensa que podría ser cierta para árboles de otros lugares del mundo.

«Si sólo pensamos en el rendimiento a corto plazo, no hay buenos argumentos para dejar que los árboles crezcan –dice Sillett–. Pero si hablamos de rendimiento a largo plazo, de captación del carbono y de los servicios al ecosistema, abundan los argumentos a favor de los árboles viejos. ¿Qué se necesita para retirar mucho carbono de la atmósfera y evitar que vuelva a ella? Cantidades enormes de madera resistente a la descomposición.»

El último día de expedición, mientras buscaban las secuoyas más septentrionales cerca del río Chetco, en Oregón, Mike Fay y Lindsey Holm charlaron sobre los personajes que habían conocido en el bosque. Estaban Lud y Bud McCrary, dos hermanos octogenarios pioneros en la silvicultura con árboles de diferentes edades en los montes Santa Cruz. Y estaba la historia de Tim Renner, un veterano leñador que detestaba a los activistas del bosque. Les habló de la época en que lo habían contratado para talar unos árboles en el bosque comunal de Aracata, donde se practicaba la corta selectiva y que también hacía las veces de parque para la localidad. En una ocasión, al final de una jornada de trabajo, estaba guardando la motosierra cuando vio que se acercaba por el sendero un joven de pelo largo, barba frondosa y ropa descuidada. Él pensó: «Este chaval me va a matar». El joven se detuvo, contempló el bosque recién talado y, para asombro del leñador, exclamó: «¡Qué bien ha quedado! Ahora entra mucha más luz. ¡Me encanta!».

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Esto significa que además de madera de buena calidad, captura del carbono, agua limpia y hábitat para la fauna, la silvicultura ecológica puede recuperar otra ventaja que ha dado justa fama a los bosques de secuoyas: la pura maravilla.