Bahía de Kimbe

Regreso al paraíso

Hace 17 años el fotógrafo David Doubilet se enamoró de un arrecife del Pacífico. Hoy regresa para comprobar si aquel lugar tan mágico, y tan frágil, ha resistido.

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MM8262 130413 02759. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Un pez damisela dominó nada cerca de un trío de peces payaso rosas en la bahía de Kimbe, en Papúa y Nueva Guinea.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130330 00928. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Con las aletas desplegadas como si fuesen alas, una tortuga carey pasa veloz frente a unos peces murciélago y unas barracudas. Los picos submarinos atraen a muchas especies de mar abierto y convierten la bahía de Kimbe en un paraíso de biodiversidad.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130418 03981. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Los lirios de mar, unos animales que parecen plantas, atrapan el plancton de las aguas de Kimbe. Con 900 especies de peces de arrecife, la bahía es literalmente un maremágnum vibrante de vida, un banquete constante para los depredadores, como estas barracudas.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130410 02283. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Los flancos de los volcanes, cubiertos de bosque lluvioso, descienden hasta el mar. En la imagen, las diminutas islas de Tuare y Kapepa. Según Nature Conservancy, la amplia variedad de hábitats marinos de Kimbe -arrecifes de coral, praderas submarinas, aguas oceánicas profundas y montañas sumergidas- convierte la bahía en una prioridad de la conservación mundial.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130404 01476. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Entre los pliegues de su anémona huésped, un pez payaso rosa abanica con las aletas la puesta de huevos de su pareja y así mantiene el nido sin sedimentos. Los peces payaso son hermafroditas. Algunos desarrollan órganos sexuales funcionales para reproducirse. 

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130327 00226. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Desde la seguridad de una anémona, un pez payaso contempla la vasta bahía que se extiende más allá de su hogar. Estos peces poseen una capa protectora de moco que les permite medrar allí donde otras especies no osan acercarse: los tentáculos de las anémonas segregan un veneno paralizante.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130428 04913. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Una anémona y su huésped se cuidan mutuamente. Los tentáculos urticantes de la anemona ahuyentan a los depredadores, y el pez payaso se alimenta de los parásitos y expulsa a los peces que se alimentan de anémonas.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130423 04569. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Este delicado jardín de coral se salva de las tempestades gracias al abrigo que le proporciona una península cercana. Los arrecifes de Kimbe contribuyen al sustento de los pescadores del lugar, algunos de los cuales todavía utilizan las tradicionales canoas de batanga.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130406 01756. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Un banco de barracudas de 20 metros de alto pasa ante los ojos de la esposa y colaboradora del fotógrafo Doubilet, la bióloga marina Jennifer Hayes. Muchos de los pináculos coralinos de Kimbe son el hogar de un cardumen de barracudas, una señal de la buena salud del arrecife.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130413 02808. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Esta especie de pez unicornio puede que carezca de cuerno, pero las dos placas óseas de la cola pueden cortar a los depredadores.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130418 03947. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

Enre los residentes más pequeños del arrecife se encuentra esta especie de cangrejo ermitaño, que vive en las galerías excavadas en el coral por los gusanos tubícolas y se alimenta del plancton que atrapa con sus antenas.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130409 01855. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

El caballito de mar pigmeo de Denise mide menos de dos centímetros. En la imagen, integrado en su abanico de mar huésped.

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Foto: David Doubilet

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MM8262 130420 04337. Bahía de Kimbe

Bahía de Kimbe

De vientre aguzado y casi planos, estos peces navaja nadan en perfecta formación hacia un látigo de mar rojo, entre cuyos brazos buscarán cobijo. En palabras de Doubilet: «Es gratificante constatar que la bahía de Kimbe continúa siendo un hervidero de maravillas».

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Foto: David Doubilet

31 de enero de 2014

Existe un reino de coral en el océano Pacífico llamado bahía de Kimbe. «Es un mundo más extraño que los confines del espacio», dice el fotógrafo David Doubilet. Pero a diferencia del frío espacio, este reino vive y respira, y en su universo hay galaxias de peces y formaciones de coral tan espectaculares como la explosión de una supernova. La bahía está en la isla de Nueva Bretaña, en Papúa y Nueva Guinea. Una geología de sobresaltos –la región está a caballo entre dos placas en colisión– ha generado un paisaje de volcanes, tres de ellos activos; una estrecha plataforma costera que desciende bruscamente a un abismo de dos kilómetros de profundidad, y montañas submarinas que los milenios han coronado de arrecifes.

Hace 17 años Doubilet pasó ocho días en Kimbe cubriendo un reportaje, y aquella experiencia le instiló el anhelo de regresar. Era una obsesión nacida del recuerdo de un paraíso sumergido, con plateados bancos de peces, prados de látigos de mar rojos y aguas transparentes. ¿Seguiría intacto aquel paraíso?, se preguntaba.
«Algunos arrecifes son dinámicos, como un cuadro abstracto de Jackson Pollock», dice Doubilet. Kimbe, cuyo arrecife permanece grabado en su memoria, es lánguido, «como una pintura impresionista, un Monet». Inventariar la vida marina que se mece, nada o repta en aquellas corrientes es presenciar la diversidad en todo su esplendor. La lista incluye 536 tipos de coral (más de la mitad de las especies del planeta) y unas 900 especies de peces arrecifales. Maravillas diminutas (el caballito de mar pigmeo) y colosales (el cachalote) conviven en sus aguas.

Toda esta diversidad se debe a una confluencia de circunstancias geográficas, corrientes oceánicas, condiciones térmicas y caprichos de la evolución. Si el arrecife conserva la vitalidad de hace 17 años, a diferencia de tantos otros del mundo, es gracias a lo remoto de su ubicación. No sufre la presión demográfica de, por ejemplo, los arrecifes de la costa asiática. No es objeto de pesca comercial. Además tiene quien lo cuide. Entre sus paladines están Nature Conservancy, que junto con la organización local Mahonia Na Dari («Guardián del Mar» en la lengua nativa) ha diseñado un plan para 14 áreas de protección marina, y el Centro de Áreas de Gestión Local de Papúa y Nueva Guinea, que ayuda a las comunidades a gestionar y proteger sus recursos.

Quien desee saber cómo es un arrecife sano tiene en Kimbe una buena opción, dice Geoffrey Jones, profesor de biología marina de la Universidad James Cook en Townsville, Australia, quien lleva 16 años estudiándolo. Entre sus singularidades está la extraordinaria abundancia de gobios, unos pececillos restringidos a hábitats concretos. «Si desapareciese ese coral en particular –dice–, los peces desaparecerían también.»

Por ahora los peces y el coral siguen en su sitio. Adviértase la puntualización: por ahora. Los arrecifes son perecederos, y esto es algo que hay que repetir una y otra vez. Son vulnerables a los efectos de la acidificación oceánica, la sobrepesca, los vertidos de la agricultura y, sobre todo, el calentamiento global, desencadenante de una serie de sucesos biológicos que acaba produciendo el blanqueamiento del coral.

La memoria nos engaña; esperamos que todo será tan perfecto como lo recordamos. Y luego se impone la realidad. «Llegamos durante uno de los peores monzones de las últimas décadas», cuenta Doubilet. El cambio climático perturba los patrones climáticos de todo el planeta; en Kimbe la estación del monzón irrumpió en un mes que por lo general es fresco y seco. Las lluvias torrenciales causaron escorrentías que enturbiaron las aguas interiores, y Doubilet tuvo que cen­trarse en arrecifes más alejados de la costa.

Aun así, la bahía de Kimbe resiste. Los peces plateados, los corales brillantes, los látigos de mar carmesíes que hechizaron a Doubilet hace 17 años siguen allí. Por ahora. Más de la mitad de los arrecifes de Papúa y Nueva Guinea están amenazados. Y son frágiles, tan frágiles e inolvidables como el recuerdo de un sueño.