Pulpos, maestros del camuflaje

Olivia Judson

22 de noviembre de 2016

Los cefalópodos se cuentan entre los primeros depredadores que cazaban en los mares de antaño. Aparecieron hace más de 500 millones de años, mucho antes que los peces.

Más información

Un pulpo distinto a los demás cuando copula

Un pulpo distinto a los demás cuando copula

Estás sentado en el fondo marino, frente a la costa de la isla indonesia de Lembeh. El lugar no está a gran profundidad –unos cinco metros más o menos– y hay muchísima luz. Como es de esperar en un mar tropical, el agua está templada. La fina arena gris que te rodea presenta ondulaciones y está cubierta en algunas zonas de una capa verdosa. A medida que vas explorando, te fijas en una caracola. La concha es sólida y tiene seis puntas gruesas. Es posible que su creador esté dentro. O quizás haya muerto hace tiempo y ahora pertenezca a un cangrejo ermitaño. Te pica la curiosidad y le das la vuelta. Ves una hilera de ventosas y un par de ojos.

Se trata de un pulpo. Concretamente de un ejemplar de Amphioctopus marginatus, también conocido como pulpo del coco. El nombre proviene de su costumbre de esconderse dentro de una cáscara de coco (a veces incluso la recoge y la transporta consigo para usarla como refugio en casos de emergencia). En realidad le sirve cualquier cáscara o concha grande, como esta caracola.

El pulpo está sujetando con unas pocas ventosas las dos valvas de una almeja. Mientras lo observas, las deja caer y eleva un poco el cuerpo. Da la impresión de que está valorando la situación. Tú te quedas quieto como una estatua. Al cabo de un instante el animal sale de la concha. Su cuerpo es del tamaño de tu dedo pulgar y sus brazos, unas tres veces más largos. A medida que avanza hasta la arena, se vuelve del mismo tono gris oscuro que esta. ¿Se está yendo? No. Extiende unos cuantos brazos sobre la arena y el resto sobre la concha. De un solo tirón, le da la vuelta y se mete dentro.

No quieres molestarlo más y estás a punto de marcharte, pero de repente adviertes que ha habido un ligero movimiento. El pulpo ha expulsado un chorro de agua para retirar la arena que hay debajo del borde de la concha. Ahora hay un pequeño hueco entre la concha y el fondo marino, por el que vuelven a aparecer sus ojos. Te acercas a él, y por un momento os miráis fijamente. De todos los invertebrados –los animales que no tienen columna vertebral– los pulpos son los que más se nos parecen. En parte por la manera en que te devuelven la mirada, como si estuvieran escrutándote. (Esto también los diferencia de muchos vertebrados: la mayoría de los peces nunca te mira a los ojos). Y en parte por su destreza. Tienen ocho brazos cubiertos de cientos de ventosas que les permiten manipular objetos; pueden abrir la concha de una almeja, desmontar el sistema de filtración de un acuario o desenroscar la tapa de un bote. Estas habili­dades los distinguen de mamíferos como los delfines, los cuales, aun con toda su inteligencia, están limitados por su anatomía y no pueden desenroscar nada.

Más información

Delfines del río Amazonas

Delfines del río Amazonas

Por otro lado, parecen tan alienígenas como cualquier extraterrestre que puedas imaginar. Para empezar, tienen tres corazones y la sangre azul. Cuando se sienten amenazados, lanzan un chorro de tinta y huyen propulsados en otra dirección. No tienen huesos. Las únicas partes duras de su cuerpo son una especie de pico córneo parecido al de un loro, y el cartílago que les protege el cerebro. Esto hace que les resulte muy fácil escurrirse por grietas diminutas, una habilidad que les permite escapar –como si del mismísimo ilusionista Houdini se tratara– de cualquier acuario que no esté especialmente diseñado para ellos. No solo pueden mover cualquiera de sus ventosas de forma independiente, sino que cada una de ellas está cubierta de receptores gustativos (imagina que tu cuerpo estuviera cubierto de cientos de lenguas). En la piel tienen células que perciben la luz. Y lo más paranormal de todo… Bueno, vayamos por partes. Primero, conozcamos a otro pulpo.

Estás en un despacho pequeño y sin ventanas del Museo de Historia Natural de Londres. Frente a ti, sobre un escritorio abarrotado de carpetas, hay una losa de piedra de grano fino y tono pálido. A tu lado, Jakob Vinther, un fornido danés de pelo rubio y barba pelirroja, está señalándola.
«Eso que ves ahí es el depósito de tinta –aclara Vinther, experto en invertebrados fósiles de la Universidad de Bristol, en Gran Bretaña–. En realidad es pigmento, melanina preservada químicamente».


Te acercas para mirarlo. La piedra tiene claramente impresa la silueta de un pulpo. No es excesivamente grande: en vida, el animal hubiera medido tal vez unos 25 centímetros de largo. Puedes seguir el contorno del manto, la estructura en forma de saco que una vez albergó sus branquias, corazones y demás órganos vitales. Y esa mancha oscura situada ahí en medio es el depósito de tinta. Los brazos cuelgan hacia abajo, sueltos, cada uno marcado con varias filas de círculos. «Y esas pequeñas estructuras redondas son las ventosas», dice Vinther.

De todos los invertebrados –los animales que no tienen columna vertebral– los pulpos son los que más se nos parecen.

Es raro hallar un fósil de pulpo, ya que los animales de cuerpo blando no suelen dejar ningún rastro. Este tiene unos 90 millones de años de antigüedad, lo cual lo convierte en uno de los pulpos más antiguos que se conocen. Vivió alrededor de 25 millones de años antes de la extinción de los dinosaurios. «Proviene de una localidad li­banesa donde se han encontrado todo tipo de criaturas de cuerpo blando en excelente estado de conservación», explica Vinther. Lampreas, gusanos de fuego… Todos sepultados en el lodo fino y calcáreo del fondo de un mar desaparecido hace mucho tiempo.

Los pulpos pertenecen a la clase cefalópodos. Esta palabra, compuesta de las voces griegas para «cabeza» y «pie», hace referencia a su peculiar anatomía, en la cual los brazos están directamente unidos a un lado de la cabeza, mientras que el «tronco» –el manto con aspecto de saco– está al otro. Los cefalópodos, a su vez, son un tipo de molusco, filo que incluye a caracoles, babosas, almejas y ostras.

Los cefalópodos se cuentan entre los primeros depredadores que cazaban en los mares de antaño. Aparecieron hace más de 500 millones de años, mucho antes que los peces, como resultado de la evolución de un pequeño animal con una concha parecida al sombrero de una bruja. De hecho, si retrocediéramos en el tiempo 450 millones de años, encontraríamos que algunos de los depredadores más feroces de los océanos eran cefalópodos con concha. Algunos eran enormes: la concha de Endoceras giganteum, extinguido hace mucho tiempo, pudo haber medido más de cinco metros de largo.

Más información

Un calamar con tentáculos de unos 8 metros de largo

Un calamar con tentáculos de unos 8 metros de largo


En la actualidad hay más de 750 especies conocidas de cefalópodos, entre las que se incluyen unas 300 de pulpos, una gran variedad de calamares y sepias (ambos con 10 extremidades) y unas pocas especies de nautilos, un animal muy peculiar que tiene 90 tentáculos y vive dentro de una concha.

Los pulpos actuales forman un grupo muy heterogéneo. El pulpo gigante del Pacífico, Enteroctopus dofleini, es, como su nombre indica, gigantesco. Cada brazo de un ejemplar grande puede alcanzar los dos metros de largo, y el animal entero puede pesar más de 100 kilos. Otros, como el pulpo pigmeo, Octopus wolfi, son diminutos y pesan menos de 30 gramos. Algunos poseen un manto muy pequeño y unos brazos larguísimos; otros están más proporcionados. La mayoría se desplaza entre corales, lodo o arena, y solamente nadan para ir de un lugar concreto a otro o escapar de un depredador, pero a algunos les da por desplazarse con las corrientes marinas. Pueden verse pulpos desde los trópicos hasta los polos, desde los arrecifes de coral hasta las llanuras mareales arenosas, desde las pozas intermareales hasta la zona abisal. Eso, si eres capaz de avistarlos, claro está.

En Lembeh la mañana es clara y soleada. Estás nadando por encima de un arrecife poco profundo. Tu guía, un hombre llamado Amba, hace una señal con la mano indicando que ha visto un pulpo. Uno grande. ¿Dónde? Echas un vistazo a tu alrededor. No ves ninguno. Solo rocas cubiertas de coral y esponjas de distintos colores. Amba gesticula con insistencia: ¡un pulpo grande! Miras hacia donde él señala. No, nada. Esperas y miras de nuevo. Aquella zona oscura de coral aterciopelado, esa que está allí. No es un coral. Se trata de un gran pulpo azul, Octopus cyanea. Parece mentira que no lo hayas visto antes: es grande como un plato.

Los pulpos y las sepias que viven en aguas someras y cazan durante el día son los campeones mundiales del engaño.

Los pulpos y las sepias que viven en aguas someras y cazan durante el día son los campeones mundiales del engaño. Esta habilidad no es inusual: muchas criaturas han evolucionado para parecer lo que no son. Esa esponja naranja, por ejemplo, no es una esponja sino un pejesapo al acecho de algún pez incauto. Y esa hoja que se mueve a la deriva sobre la arena no es una hoja, sino un pez que ha evolucionado hasta adoptar esa forma. En cambio aquella otra hoja, la que se escabulle sobre la arena, esa sí que es una hoja y efectivamente se está escabullendo, pues un cangrejo se las ha ingeniado para enganchár­sela a su caparazón. Y aquella pequeña anémona es en realidad una babosa de mar que ha evolucionado para imitar una anémona. Dondequiera que mires, hay porciones de arena que se levantan y se desplazan (diminutos cangrejos con el caparazón de color arena) o que se alejan nadando (peces planos de ese mismo color).

Lo que diferencia a los pulpos y a las sepias (y hasta cierto punto a los calamares) es que pueden cambiar sobre la marcha: ahora se parecen a un coral, ahora a una masa de algas, ahora a un trozo de arena… Es como si usaran la propia piel para crear imágenes tridimensionales de los objetos que los rodean. ¿Cómo lo hacen?

Pulpos y a las sepias es que pueden cambiar sobre la marcha: ahora se parecen a un coral, ahora a una masa de algas, ahora a un trozo de arena

La cripsis del pulpo se basa en tres elementos principales. Uno es el color. Los pulpos generan color a través de un sistema de pigmentos y re­flectores. Los pigmentos (por lo general de tonos amarillos, marrones y rojizos) están contenidos en miles de diminutos saquitos de su epidermis. Cuando estos sacos están cerrados, parecen unas motitas. Para mostrar un pigmento u otro, el pulpo contrae los músculos alrededor del saco correspondiente, lo que hace que este se abra, dejando el color a la vista. Según el conjunto de sacos que abra o cierre, produce al instante distintos estampados: bandas, rayas o manchas. Las células reflectoras son de dos tipos. Las primeras reflejan la luz que les llega (hacen que la piel parezca blanca si la luz es blanca, roja si esta es roja, etc.). Las segundas son como una pompa de jabón que presenta diferentes colores según el ángulo desde el que se mire. Juntos, el sistema de pigmentos y las células reflectoras permiten que el pulpo cree una inmensa variedad de colores y dibujos.

El segundo elemento de su sistema críptico es la textura de la piel. Al contraer unos músculos especiales, la piel habitualmente lisa del pulpo se torna rugosa. Este efecto puede llegar a ser enorme. El pulpo alga, Abdopus aculeatus, es capaz de generar unas delicadas estructuras temporales que dan la impresión de que el animal es un trozo de alga marina. El pulpo piloso, una criatura pendiente de descripción cientí­fica, ha evolucionado hasta adoptar permanentemente un aspecto etéreo que hace difícil distinguirlo de un fragmento de alga roja.

Más información

Hallan un pulpo "Casper" a 4.000 metros de profundidad

Hallan un pulpo "Casper" a 4.000 metros de profundidad

El tercer elemento es la postura. La manera en la que un pulpo se coloca puede hacer que sea más o menos visible. Algunos, por ejemplo, se enroscan para parecer un trozo de coral y luego se arrastran lentamente sobre el lecho marino utilizando solo dos brazos. (No, no, no me mires, solo soy una roca más…).
¿Cómo se ha convertido el pulpo en un experto imitador? La respuesta breve es: por evolución. A lo largo de decenas de millones de años, los individuos que mejor se camuflaban con el entorno tenían una mayor probabilidad de huir de los depredadores y dejar descendencia. Muchos animales son entusiastas devoradores de pulpos, como las anguilas, los delfines, las galeras, los cormoranes, multitud de peces e incluso otros pulpos. Como no tienen huesos, los depredadores se los pueden tragar enteros. Mark Norman, un experto mundial en cefalópodos del Museo de Victoria, en Melbourne, lo describe así: «Estos animales son pura carne en movimiento, como un solomillo».

Pero volvamos al tema del sistema nervioso de los pulpos. El caracol de agua dulce solo tiene 10.000 neuronas; la langosta, unas 100.000; la araña saltadora, quizá 600.000. Las abejas y las cucarachas, que después de los cefalópodos pueden considerarse los invertebrados más ricos del planeta a nivel neuronal, poseen alrededor de un millón. Así que los 500 millones de neuronas del pulpo común, Octopus vulgaris, sitúan a este animal en una liga aparte. En cuanto a recuento neuronal, está mejor dotado que los ratones (80 millones) o las ratas (200 millones) y prácticamente a la par que los gatos (alrededor de 700 millones). Sin embargo, mientras que los vertebrados tienen la mayoría de las neuronas en la cabeza, dos terceras partes de las del pulpo se encuentran en sus brazos. Además, el sistema nervioso consume mucha energía y únicamente evoluciona a un gran tamaño cuando los beneficios superan los costes. ¿Cuál es entonces el motivo de que haya ocurrido así en los pulpos?

El caracol de agua dulce solo tiene 10.000 neuronas; la langosta, unas 100.000; la araña saltadora, quizá 600.000.

Peter Godfrey-Smith, un filósofo convertido en biólogo especialista en pulpos de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y la Universidad de Sydney, sugiere que hay varias razones por las que el pulpo ha desarrollado un sistema nervioso tan complejo. La primera es su cuerpo. El sistema nervioso evoluciona a la par que el cuerpo, y el del pulpo es inusualmente complejo. Al carecer de huesos, puede extender cualquiera de sus brazos en cualquier dirección y en cualquier momento; a diferencia de lo que nos ocurre a nosotros, no está limitado a movimientos a partir del hombro, el codo o la muñeca. Esto le confiere una inmensa variedad de movimientos posibles. Además, cada brazo puede estar ha­ciendo algo distinto a los otros, al mismo tiempo. De ahí que un pulpo cazando sea todo un espectáculo. Puede extender todos los brazos sobre la arena y con cada uno de ellos explorar, investigar y hurgar en las oquedades. Si uno de los brazos sorprende a una gamba, por ejemplo, puede usar otros dos para capturarla. Los pulpos también cuentan con todas esas ventosas que se mueven de forma independiente, por no mencio­nar las estructuras y mecanismos de que dispone para controlar el color y la textura de la piel. Asimismo, ha desarrollado la capacidad de recibir y procesar una inmensa cantidad de información sensorial: el gusto y el tacto a través de las ventosas; el equilibrio, que percibe gracias a unas estructuras llamadas estatocistos, y toda la información que recogen sus sofisticados ojos.

Sobre todas estas razones está el hecho de que muchos pulpos viven en entornos especialmente complicados; han de desplazarse sobre, alrededor de y a través de arrecifes. Al no contar con una armadura corporal, tienen que estar atentos a los posibles depredadores, y cuando el camuflaje no basta, han de saber dónde esconderse. Por último, los pulpos son cazadores rápidos y ágiles que capturan y comen una gran variedad de presas, como ostras, cangrejos y peces. La ausencia de huesos, los entornos complejos, las dietas diversas y la necesidad de es­conderse de los depredadores son todos factores que, según Godfrey-Smith, pueden impulsar la evolución de la inteligencia.

Más información

Octobot: el primer robot autónomo y blando

Octobot: el primer robot autónomo y blando


Sin embargo, aunque los pulpos tengan claramente un sistema nervioso complejo, ¿puede decirse que son inteligentes? Evaluar la inteligencia de otros animales es algo delicado, y en el mejor de los casos nos dice más sobre nosotros mismos que sobre el animal en cuestión. Los indicadores de inteligencia que aplicamos en aves y mamíferos, como la capacidad de utilizar herramientas, no son válidos para el pulpo, pues su cuerpo entero es una herramienta. El pulpo no necesita utensilios externos para hurgar en un recoveco o para abrir una ostra.

Dicho esto, unos experimentos iniciados en las décadas de 1950 y 1960 mostraron que el pulpo común es bueno en tareas que implican aprendizaje y memoria, dos atributos asociados a la inteligencia. De hecho, un área concreta de su cerebro, el lóbulo vertical, se dedica a ese tipo de tareas. Insisto en lo de pulpo común porque, de momento, es el que más se ha estudiado. Las distintas especies de pulpo difieren respecto a la organización cerebral, y como solo se han estudiado unas pocas, no sabemos si todas ellas son igual de inteligentes. Roy Caldwell, un investigador de pulpos de la Universidad de California en Berkeley, dice: «Algunos de los que he tenido en el laboratorio son tan sosos como una tostada a palo seco». ¿Alguno en concreto? «Octopus bocki, una especie diminuta». ¿Por qué es tan soso? «No parece hacer gran cosa».

Pero que sean o no inteligentes –se dediquen a reflexionar sobre temas filosóficos o sobre comida, o incluso si no piensan en absoluto– tal vez sea menos importante que el hecho de que sean animales extraordinarios. Fascinantes.

Sumerjámonos una vez más. Anochece en Lembeh. Estás de rodillas junto a una pendiente rocosa. Delante de ti, nadando uno junto al otro, un par de peces pequeños está desovando. Una anguila está enroscada dentro de un agujero. Un gran cangrejo ermitaño, dentro de una concha que ha tomado prestada, pasa frente a ti. Y ahí, sobre una roca, un pequeño pulpo alga.

Mientras lo miras, empieza a moverse. Prime­ro parece que esté flotando, levitando como un yogui de ocho brazos. Después da la impresión de que se desliza. Finalmente empieza a reptar por las rocas. A medida que desciende, uno de sus brazos topa con un pequeño agujero y, un brazo tras otro, acaba introduciéndose en él. Desaparece. No, no del todo. La punta de un brazo asoma por el agujero, palpa a su alrededor, agarra unas piedras y las coloca frente a la entrada. Ya está. Protegido para pasar la noche.