PhotoArk: Retratos de animales antes de que desaparezcan

En una misión profundamente personal, Joel Sartore se ha propuesto fotografiar todos los animales que pueda...antes de que desaparezcan

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13 de octubre de 2016

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Durante muchos años el fotógrafo de National Geographic Joel Sartore trabajó lejos de casa, documentando la asombrosa fauna salvaje del Parque Nacional de Madidi, en Bolivia, escalando los tres picos más altos de Gran Bretaña o acercándose más de lo debido a los grizzlies de Alaska. Mientras tanto, su esposa, Kathy, se quedaba en Lincoln, Nebraska, al cuidado de los hijos.


Pero en 2005, en la víspera de Acción de Gracias, a Kathy le diagnosticaron un cáncer de mama. La enfermedad trajo consigo siete meses de quimioterapia, seis semanas de radioterapia y dos intervenciones quirúrgicas. Así las cosas, Sartore no tuvo opción: con tres niños de 12, 9 y 2 años, no podía emprender los largos viajes que son la base de su profesión. Hablando ahora de aquellos momentos, recuerda: «Tuve un año para pensar». Y pensó en John James Audubon, el ornitólogo. «Pintó varias aves hoy extinguidas –dice Sartore, quien tiene en casa láminas de los dibujos que Audubon hizo de la cotorra de Carolina y del picamaderos picomarfil–. Vislumbró, ya en el siglo xix, que para algunas especies llegaba el fin.» Pensó en George Catlin, quien se dedicó a pintar a las tribus indias americanas «sabiendo que su modo de vida iba a sufrir profundos cambios» debido a la expansión territorial hacia el oeste. Pensó en Edward Curtis, quien «fotografió y filmó, con las primeras técnicas de audio y vídeo», culturas nativas amenazadas.


«Y luego pensé en mí mismo –dice–. Llevaba casi 20 años fotografiando la naturaleza y no había logrado hacer demasiada mella en la opinión pública.» Había tomado fotos que mostraban en una sola imagen las tribulaciones de una especie determinada –por ejemplo, un ratón viejo de campo de Alabama ante una promoción costera que amenazaba su hábitat–, pero se preguntaba si tendría más éxito adoptando un enfoque diferente, más simple. Con un retrato podría captar la morfología de un animal, sus rasgos, en mu­chos casos su mirada penetrante. ¿Serviría además para captar la atención del público?

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Un día de verano de 2006 Sartore llamó a su amigo John Chapo, director ejecutivo del Zoo Infantil de Lincoln, para preguntarle si podría retratar algunos de sus animales. Aunque Kathy estuviese enferma, podía trabajar un poco cerca de casa, y el zoo estaba a un par de kilómetros. Chapo, algo escéptico, le contestó que adelante.
Al llegar, Sartore pidió dos cosas a Chapo y al conservador Randy Scheer: un fondo blanco y un animal capaz de posar inmóvil. «¿Qué tal una rata topo lampiña?», propuso Randy Scheer. Colocó al roedor calvo y dentón sobre una tabla de cortar de cocina y empezó a tomar fotos.


Puede parecer extraño que una criatura tan humilde pudiese servirle de inspiración para lo que acabaría convirtiéndose en la obra de su vida: fotografiar las especies cautivas y hacer que la gente se preocupe de su destino. Pero emprender una misión de alcance mundial a partir de un roedor minúsculo casa a la perfección con la filosofía de Sartore. «Lo que más me gusta es trabajar con bichos como este, a los que nadie presta la menor atención», dice.

Se calcula que en el planeta existen entre dos y ocho millones de especies animales. Muchas de ellas (entre 1.600 y tres millones) podrían extinguirse antes de que acabe este siglo como consecuencia de la pérdida de hábitat, el cambio climático y el comercio de fauna salvaje. «La gente cree que sus nietos ya no verán algunos animales –dice Jenny Gray, directora ejecutiva de los Zoos Victoria de Australia–, cuando la realidad es que están desapareciendo ya.»
Los zoos son la última esperanza de muchos animales abocados a la extinción, pero apenas acogen una mínima parte de las especies del mundo. Así y todo, Sartore calcula que fotografiar la mayoría de las especies en cautividad le llevará 25 años, si no más.

Se calcula que en el planeta existen entre dos y ocho millones de especies animales. Muchas de ellas (entre 1.600 y tres millones) podrían extinguirse antes de que acabe este siglo como consecuencia de la pérdida de hábitat


En los últimos diez años ha fotografiado más de 5.600 animales para el proyecto personal que llama PhotoArk («Arca Fotográfica»). Ha retratado animales pequeños (una rana punta de flecha verdinegra o una mosca de Mydas), grandes (un oso polar o un reno norteamericano de montaña), animales marinos (un pez cara de zorro o un calamar hawaiano) y aves (un faisán de Edwards o un turpial de Montserrat). Y mu­cho más. Dice que no parará hasta que se muera.


Sandra Sneckenberger, bióloga del Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos, ha visto de primera mano el efecto que las fotos de Sartore puede tener sobre los demás. Hace unos años la población de chingolos saltamontes de Florida –un ave que, admite Sneckenberger, de lejos parece «marrón y aburrida»– había caído en picado hasta unas 150 parejas que resistían en solo dos localizaciones. Cuando la imagen tomada por Sartore divulgó su situación desesperada, la financiación federal que recibía el Servicio para trabajar por su conservación pasó de 20.000 dólares a más de un millón.

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Sartore ha retratado animales que podemos salvar, pero también otros que están condenados a muerte. El verano pasado, en el zoo Dvůr Králové de la República Checa, fotografió un rinoceronte blanco norteño, uno de los cinco ejemplares que quedan en el mundo. Una semana después aquella hembra de 31 años sucumbía a una ruptura quística. En otoño de 2015 murió otro rinoceronte blanco norteño; hoy solo sobreviven un macho y dos hembras. «¿Que si me parece triste la desaparición de los rinocerontes? Triste se queda corto. Es trágica», dice Sartore.


La mayoría de los animales del PhotoArk, proyecto apoyado por National Geographic Society, nunca habían sido fotografiados con tanto detalle, haciendo que sus rasgos, su pelaje o su plumaje se aprecie con tanta claridad. Si desaparecen, las fotos servirán para recordarlos. El objetivo de Sartore «no es solamente componer una necrológica gigantesca de lo que hemos echado a perder –afirma–. El objetivo es ver estos animales tal y como eran cuando vivían».


Hoy millones de personas ya han visto todas estas criaturas. Se han encontrado con su mirada en Instagram, en esta revista, en documentales, y también proyectadas en algunos de los monumentos más importantes del mundo: el Empire State Building, la sede de la ONU y, recientemente, la basílica de San Pedro.

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Hay tantas maneras de fotografiar un animal como animales hay en el mundo, pero Sartore trabaja dentro de unos parámetros básicos. Toma todos los retratos sobre un fondo negro o blanco. «Es un método de igualación muy democrático –declara–. El oso polar no es más importante que el ratón, ni el tigre que el escarabajo tigre.»


A los animales grandes los fotografía en sus recintos, donde o bien cuelga un telón negro gigante que hace de fondo o bien pinta un muro. A los pequeños los coloca en una caja acolchada, con un orificio lateral por el cual introduce el objetivo. «Algunos se quedan dormidos o se po­nen a comer –cuenta–. Y a muchos no les gusta nada.» Nunca prolonga las sesiones, que como mucho duran unos pocos minutos.


La tarea de manipular a los animales compete únicamente al personal de los zoos. Si en algún momento «el animal da señales de estrés –explica el fotógrafo–, la sesión concluye en el acto. Su seguridad y comodidad es primordial». Ningún animal ha sufrido nunca el menor daño.


Algo que no puede decir el propio Sartore. «En una ocasión una grulla intentó picarme los ojos –recuerda–. Fue espantoso.» Un mandril, un primate bastante corpulento, le propinó un puñetazo en plena cara. Un cálao cabeciblanco («el pájaro más malvado y mal nacido que me he encontrado jamás») le arreó un picotazo que lo dejó sangrando. «Pero en cierto modo me lo busqué yo mismo, ¿verdad?», concluye.

Joel y Kathy Sartore están sentados a la mesa de la cocina de su casa de Lincoln, a media luz. Él regresó anoche de Madagascar (en 2007 retomó sus viajes) y quiere que su mujer le ayude a elegir las fotos de lémures y patos buceadores que va a colgar en Instagram. «Lo que atrae a la gente es el elemento humano», dice Kathy, que muchas veces le hace de editora gráfica.
Joel Sartore se crió cerca de Lincoln, en Ralston, Nebraska. Sus padres amaban la naturaleza. El padre lo llevaba a recoger setas en primavera, a pescar en verano y a cazar en otoño; la madre, que falleció el verano pasado, le regaló un especial sobre pájaros cuando tenía unos ocho años, un libro que quizá le cambió la vida. Hacia el final, en un capítulo sobre extinciones, había una foto de Martha, la última paloma migratoria del mundo. Él recuerda volver a aquella página una y otra vez: «Me asombraba que de una población de miles de millones de individuos solo quedase uno».


Joel y Kathy se conocieron cuando estudiaban en la Universidad de Nebraska, en un local llamado el Zoo Bar. «Quedábamos para pescar y cazar ranas», recuerda Kathy. Tiene su explicación, aclara Sartore: «Eran ranas toro, que en Lincoln son una especie invasora».


Kathy sufrió una recaída del cáncer en 2012; se sometió a una mastectomía doble. Ese mismo año a su hijo Cole, de 18 años, le diagnosticaron un linfoma. Ambos superaron sus enfermedades, pero no sin consecuencias. «Ahora lo relativizamos todo mucho más», dice Sartore.


El proyecto PhotoArk también lo ha cambiado a él: «Me ha hecho consciente de mi propia mortalidad. Sé cuánto tiempo me llevará completarlo». Si no consigue fotografiar las miles de especies que le quedan, lo relevará Cole. «Quiero que las fotos sigan cumpliendo su misión mucho después de mi muerte», dice Sartore.

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