Los peces de agua dulce están muriendo

Los animales de agua dulce están desapareciendo más deprisa que los terrestres o los marinos. Pero los programas de cría en cautividad ofrecen una esperanza. Mira las fotografías de Joel Sartore.

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La tortuga de cuello largo de Nueva Guinea, de donde es nativa, tiene un caparazón de 18 centímetros de largo, recias mandíbulas con las que aplasta caracoles, y un olor fétido. «No es en absoluto la más bonita de las tortugas», dice un científico.
Chelodina reimanni
 

Joel Sartore

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El isópodo Thermosphaeroma thermophilum, de 1,27 centímetros de longitud, nada panza arriba pero se arrastra patas abajo. Es como un canguro en versión crustáceo: los huevos fertilizados y los embriones se desarrollan en una bolsa o marsupio que tienen las hembras. Crustáceos voraces, los isópodos se alimentan de casi todo, desde algas, restos de hojas, gusanos acuáticos y larvas de insectos hasta incluso de congéneres.
Thermosphaeroma thermophilum
 

Joel Sartore

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Con un tamaño de hasta 180 centímetros de largo, la salamandra china gigante es la mayor del mundo. Cuando se siente acosada, segrega un moco resbaladizo y nauseabundo, pero eso no impide que la gente la capture por su carne o para la preparación de medicinas tradicionales.
Andrias davidianus
 

Joel Sartore

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Tortugas mapa de manchas amarillas surcan las aguas llenas de plancton del Acuario de Tennessee. En la naturaleza viven solamente en el río Pascagoula de Mississippi, sobre todo en los tramos meridionales, donde la población de estos quelonios aún no se ha recuperado de la muerte masiva provocada por el huracán Katrina. Esta especie de tortuga suele ser objeto de las prácticas de tiro y también es arrollada por las lanchas. Además, la limpieza de obstáculos en los canales de navegación las deja cada vez con menos lugares a los que encaramarse para tomar el sol.
Graptemys flavimaculata
 

Joel Sartore

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«Me siento como el vigilante de un cementerio», dice el especialista en moluscos Gerald Dinkins, de la Universidad de Tennessee, cuyas manos enmarcan unas almejas de agua dulce del género Epioblasma. Las tres del centro pertenecen a una especie que se encontró viva por última vez en la década de 1970. Las almejas que las rodean están «desapareciendo delante de nuestros ojos», dice Dinkins. En el resto de la imagen aparecen diez especies más de Epioblasma que están a punto de desaparecer o ya se han extinguido.
Epioblasma spp.
 

Joel Sartore

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Este pez de estrecho pedúnculo caudal pertenece a la familia de los piscardos, aunque puede llegar a medir 61 centímetros y pesar más de 1 kilo. Es la más rara de las varias especies en peligro del sistema del río Colorado. Se enfrenta a múltiples problemas: presas, escasez de agua debido al regadío y a las explotaciones mineras, degradación de las orillas fluviales causada por el sobrepastoreo y depredación por parte de peces no nativos. Los criaderos de peces llevan dos decenios soltando millares de juveniles criados en cautividad, pero aún no se ha descubierto ningún enclave natural capaz de sostenerse por sí mismo.
Gila elegans
 

Joel Sartore

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El científico Brian Lang, del Departamento de Caza y Pesca de Nuevo México, vigila de cerca al isópodo Thermosphaeroma thermophilum, un crustáceo cuyos antepasados marinos se adaptaron al agua dulce de las fuentes termales después de la retirada, hace 66 millones de años, del mar interior que cubría América del Norte. La especie está hoy restringida a dos pozas, bordeadas de cemento, alimentadas por una única fuente termal en las tierras áridas de Nuevo México. Se mantienen poblaciones de seguridad en tanques de la ciudad de Socorro y del Acuario de Albuquerque.
Thermosphaeroma thermophilum
 

Joel Sartore

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Esta especie de tortuga almizclera, de cabeza grande y hocico afilado, muerde y segrega una sustancia fétida cuando se siente amenazada. Prospera en cursos de agua lentos y en marismas de la llanura costera del golfo de México, desde Texas hasta Alabama.
Sternotherus carinatus
 

Joel Sartore

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El noturo del Ouachita sólo vive en el río Saline de Arkansas.
Noturus lachneri
 

Joel Sartore

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El diezmado tiburón tailandés puede llegar a los 300 kilos, pero hoy se captura antes de que alcance ese peso.
Pangasius sanitwongsei
 

Joel Sartore

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La contaminación es una amenaza para la almeja de agua dulce (abajo) del sudeste de Estados Unidos.
Cyprogenia stegaria
 

Joel Sartore

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Para ver cómo avanza la reintroducción de una especie autóctona en el Abrams Creek de Tennessee, un grupo de científicos busca bajo las rocas ejemplares de noturo de Bailey, un pez gato de cinco centímetros.

Joel Sartore

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El esturión pálido, perteneciente a un grupo de peces que ya vivía en la época de los dinosaurios, ha perdido gran parte de su hábitat a lo largo del río Missouri. Este pez detecta con los bigotes las señales químicas de sus presas.
Scaphirhynchus albus

Joel Sartore

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El resistente sapo espinoso trepa a los árboles en las montañas y tierras bajas desde Nicaragua hasta Ecuador. Es probable que su amplia área de distribución le esté permitiendo mantenerse mientras otros anfibios desaparecen.
Incilius coniferus
 

Joel Sartore

Los animales de agua dulce están desapareciendo más deprisa que los terrestres o los marinos. Pero los programas de cría en cautividad ofrecen una esperanza. Mira las fotografías de Joel Sartore.

Es una extraña arca de Noé: un almacén con paredes de ladrillo situado en Knoxville, Tennessee. No sólo no flota, sino que además el Diluvio Universal se produce en su interior, en un laberinto de tuberías que día y noche canalizan el agua hacia 600 acuarios de cristal y cubas de plástico apilados hasta el techo. Sus ocupantes, la mayoría de unos pocos centímetros de largo, son peces: noturos, percas, carpitas y cachos. Para ellos, el agua filtrada y oxigenada es el aliento vital, mientras que su entorno natural (los ríos y arroyos del sudeste de Estados Unidos) está asfixiado, obstruido por las presas y enturbiado por la contaminación. Los peces a bordo del arca son quizá los últimos supervivientes de su especie.

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Al frente del proyecto, compartiendo el timón de Noé, están J. R. Shute y Pat Rakes, que se conocieron cuando cursaban estudios de posgrado a mediados de los años ochenta. Entonces ya llevaban toda la vida chapoteando por los ríos y manteniendo acuarios, pero ahora han transformado una pasión de la infancia en una profesión inusual. La fauna de agua dulce está amenazada en todo el planeta, y el sudeste de Estados Unidos no es una excepción. Conservation Fisheries, Inc. (CFI), la organización sin ánimo de lucro que ambos han fundado en Knoxville, intenta salvar algunas de las especies más raras.

Esta labor no es tan sencilla como criar peces rojos o gupis en el acuario de casa. Entre los pa­­sajeros del arca figura la perca diamante, habitante en peligro de los fondos arenosos, tan sensible a las perturbaciones que los biólogos sólo pueden observarla a distancia a través de un mo­­nitor de vídeo. En un acuario cercano nada otra perca, la percina de Jenkins, cuyo único hábitat conocido es el río Conasauga, un caudal enfangado y contaminado desde hace tiempo a su paso por Georgia y Tennessee por los vertidos agropecuarios y de la industria. Puede que aún queden en el río 200 ejemplares de la especie, o puede que no, pero los tres peces recién llegados son los únicos que se conservan en cautividad. Los biólogos del CFI esperan que no sean todos del mismo sexo para que puedan reproducirse.

Tampoco es fácil capturar a los peces. Provistos de gafas de buceo y trajes de neopreno, ha­­blando a través de los tubos de respiración y con las redes puestas a modo de sombrero porque necesitan las dos manos libres para impulsarse sobre el fondo, Shute y Rakes son una presencia inconfundible en el río. A menudo bucean con linternas por la noche, que es cuando algunos peces están más activos. El propósito es mantener un stock de ejemplares reproductores listos para la repoblación de un río, en cuanto la sociedad devuelva a ese río sus condiciones originales de limpieza y libre circulación del agua, si es que alguna vez lo hace. Todavía no ha sucedido con el Conasauga, pero está pasando en otros ríos. Actualmente Shute y Rakes no sólo capturan peces para llevarlos a bordo del arca, sino que observan los progresos de las especies que han reintroducido en su ambiente natural. «Es un gran experimento y estamos aprendiendo sobre la marcha –dice Rakes–. Soy muy afortunado de poder dedicarme a algo que me parece tan importante.»

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Los lagos, pantanos y ríos constituyen menos del 0,3 % del agua dulce del planeta y menos del 0,01 % de toda el agua que hay en la Tierra. Sin embargo, en esas aguas viven 126.000 especies animales, entre las que se encuentran caracoles, almejas, cocodrilos, tortugas, anfibios y peces. Casi la mitad de las 30.000 especies conocidas de peces viven en ríos y lagos, y muchas atraviesan un momento difícil; en América del Norte, por ejemplo, el 39 % de los peces de agua dulce está en peligro, mientras que hace unas décadas esa cifra era del 20 %. Los animales de agua dulce en general están desapareciendo a un ritmo entre cuatro y seis veces más acelerado que el de la fauna terrestre o marina. En Estados Unidos casi la mitad de los 573 animales de la lista de especies amenazadas o en peligro son dulceacuícolas.

Eso se debe a que los ecosistemas de agua dulce están estrechamente vinculados a la actividad humana. La industria y la agricultura se concentran a lo largo de los cursos de agua, y tarde o temprano los residuos de casi todo lo que hacemos van a parar al riachuelo más cercano (si antes no lo hemos desecado). En el sudoeste de Estados Unidos, así como en otras regiones áridas del mundo, la fauna tiene que competir por el agua con una población humana que va en aumento.

Pero el sudeste de Estados Unidos continúa destacando mundialmente por su biodiversidad en especies de agua dulce, sobre todo en el sur de los montes Apalaches. Divididos en innumerables valles y colinas donde resplandecen manantiales, rápidos, pozas y lagunas, los erosionados montes han formado nichos aislados donde las criaturas dulceacuícolas han podido evolucionar desarrollando multitud de formas. Como resultado, el sudeste concentra la mayor variedad de almejas de agua dulce del planeta, la principal colección de caracoles, cangrejos y tortugas de agua dulce de América del Norte, y casi 700 del millar de especies y subespecies de peces de agua dulce que hay en Estados Unidos.

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Como la mayoría de los peces dulceacuícolas, los del sudeste suelen ser pequeños y de colores poco llamativos… durante la mayor parte del año. Sin embargo, cualquiera que se sumerja en el agua en primavera o verano, cuando los ma­­chos adquieren las tonalidades del cortejo, pensará que está en un arrecife coralino.

Así, las percas de Hopkins parecen arbolitos adornados con una guirnalda roja, mientras que las percas de hocico corto y las percas de labios rojos presentan motas y rayas turquesa y naranja. Los comportamientos pueden ser igualmente sorprendentes. Los noturos macho (peces gato del tamaño de un dedo, con largos bigotes alrededor de la boca) se meten los huevos en la boca para limpiarlos. Los machos de algunas percas abanican el agua sobre los huevos, lo que además de limpiarlos, los oxigena. La percina de Jenkins, de 13 centímetros de largo, usa la nariz a modo de palanca para girar los guijarros y buscar comida.

Con tal cantidad de cursos de agua estran­gulados bajo los embalses, obstruidos por los sedimentos que genera la actividad humana o saturados de productos químicos nocivos, casi una tercera parte de los peces del sudeste de Es­­tados Unidos corre peligro de desaparecer, mu­­chos de ellos en cuestión de años. El CFI no es la única organización que trabaja para conservarlos. El Acuario de Tennessee en Chattanooga, otras entidades privadas y las agencias estatales y federales responsables de la fauna y flora también tienen proyectos en marcha. Es un trabajo arduo que pocos conocen y aprecian. El Southeastern Fishes Council, un grupo de científicos independientes, ha elaborado una lista donde figuran «los 12 desesperados», es decir, «las 12 especies con más probabilidades de extinguirse en un futuro próximo –indica Anna George, investigadora del Acuario de Tennessee–. La gente nunca ha oído hablar de la mayoría de ellas».

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Una excepción es el esturión de Alabama, que llega (o llegaba) a medir 80 centímetros de largo. Su población fue diezmada en el siglo pasado a causa de la pesca comercial y la construcción de presas, que cerraron sus rutas migratorias hacia los lugares de desove. Posiblemente éste es hoy el pez más amenazado de Estados Unidos. Búsquedas intensivas han permitido localizar tres ejemplares desde su declaración oficial como especie protegida en 2000. Al último capturado, en 2007, se le colocó un radiotransmisor y se le hizo un seguimiento diario durante dos años con la esperanza de que condujera a otros ejemplares. Eso nunca sucedió, y no hay esturiones de Alabama en cautividad.

No obstante, en general los amenazados peces del sudeste de Estados Unidos no son importantes desde el punto de vista económico. En algunos lugares los eliminaron precisamente por eso. Los casi 40 kilómetros del Abrams Creek de Tennessee, la mayoría de los cuales atraviesan el Parque Nacional Great Smoky Mountains, solían albergar unas 70 especies de peces autóctonos. (En comparación, los sistemas fluviales de los ríos Columbia y Colorado, que avenan la mayor parte del Oeste americano, sustentan entre los dos 54 especies.) Pero las autoridades del parque decidieron en 1957 envenenar a las especies nativas y repoblar el curso de agua con truchas para la pesca deportiva. No querían que todos esos pe­­cecillos locales, buenos sólo para carnada, compitieran por el alimento con las truchas jóvenes. Al poco tiempo, el Abrams Creek había perdido casi la mitad de su ictiofauna original.

Sin embargo, la actitud de los gestores de los espacios naturales ha cambiado sustancialmente. Ahora quieren recuperar las especies autóctonas, cuya diversidad destaca en el panorama mundial.

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El Abrams creek discurría fresco y cristalino a la sombra de pinos, tuliperos de Virginia y paw paws el día que me zambullí en sus aguas con Shute y Rakes, el otoño pasado. Flotillas de hojas rojas navegaban corriente abajo, y se nos acercaban tortugas almizcleras para vigilarnos mientras contábamos peces. Entre 1986 y 2002, Shute y Rakes liberaron gran cantidad de peces del arca de Knoxville en el Abrams Creek, y ahora vuelven todos los años para observar los resultados. Éste es sólo uno de los más de 30 arroyos donde trabajan. También fuera de los parques nacionales ha cambiado la actitud (y las leyes) desde las dé­­cadas de 1950 y 1960. Los ríos del sudeste siguen tan embalsados como siempre, pero tras una larga época de tala implacable, explotación de las minas de carbón y vertidos industriales y urbanos, la legislación medioambiental ha permitido limpiarlos lo suficiente como para que en algunos lugares ya sea posible liberar peces criados en el CFI para poner a prueba el estado de las aguas.

Ya empiezan a oírse historias alentadoras. El río Powell, tributario del Tennessee, quedó de­­vastado en 1996 por los vertidos de lodos de una mina de carbón, lo que supuso entre otras cosas una drástica reducción del área de distribución del noturo amarillo, un pez amenazado. Pero el CFI ha reintroducido la especie y está contribuyendo a que recupere su territorio. «Últimamente lo encontramos en un tramo de 55 kilómetros del Powell», informa Rakes. El otoño pasado, cuando el equipo del CFI y yo pasamos una tarde en una sección de ese río en el estado de Virginia, vimos por lo menos una docena de es­­pecies más, entre ellas cachos, percas, piscardos y carpi­tas, que buscaban comida en los remolinos formados en la estela que dejábamos atrás.

El noturo amarillo también está prosperando en el Abrams Creek, al igual que el noturo de Bailey, una especie en peligro reintroducida también por el CFI. La reintroducción del cacho de aleta moteada no ha dado resultado, pero las percas del Citico han alcanzado un buen número tras nueve años de repoblaciones; el otoño pasado, el CFI contó 47 ejemplares en una hora. Después del paseo por el río, entre los borboteantes acuarios del almacén de Knoxville, Shute contó que había visto lugares mucho peores que el Abrams Creek, pero que aun así sigue siendo optimista. Me habló por ejemplo del río Pigeon, que fluye desde Carolina del Norte hacia Tennessee.

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«Era lo peor que teníamos por aquí –dijo–. Pero la empresa que hacía los vertidos tóxicos empezó a portarse mejor. Los municipios mejoraron el tratamiento de las aguas residuales, de modo que hace poco hemos iniciado la reintroducción de la perca mandarina.»

«Conservamos a los últimos peces en el arca porque nunca se sabe cuándo se recuperará un río –prosiguió Shute–. Si el Pigeon pudo, cualquier río puede. Para que abandone este proyecto tendrían que sacarme de aquí a la fuerza.»