Pandas, tesoros entre los bambús

La preservación del hábitat y la cría en cautividad son estrategias cruciales para garantizar el futuro del panda gigante.

Ver a estos animales en libertad en su hábitat originario es extremadamente difícil, y mucho más identificar a los ejemplares de forma individual. Por este motivo los rastreadores se concentran en la tarea de recoger las heces (muy numerosas, ya que, debido a su dieta extremadamente rica en celulosa, un panda puede defecar hasta 40 veces al día), que guardan en bolsas estancas para analizar su ADN y poder atribuirlas a un ejemplar concreto.

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Este será el cuarto censo que se realiza de la especie. El más reciente, llevado a cabo en 2004 por el WWF, arrojó un resultado de 1.596 ejemplares, una cifra insuficiente para asegurar la viabilidad a largo plazo de los pandas gigantes salvajes. Por los restos fósiles hallados se estima que originalmente la distribución de esta especie endémica de China se extendía por todo el país, y llegaba al norte de Myanmar y Vietnam. Sin embargo, los últimos pandas gigantes en estado salvaje están hoy dispersos en una vasta área de casi 14.000 kilómetros cuadrados, aunque el 80% de ellos habitan en Sichuan, que con 80 mi­­llones de personas es una de las provincias más densamente pobladas del país. En Chengdu, su capital, se encuentra la Base de Investigación de Cría del Panda Gigante, un centro de referencia desde donde se coordina a escala internacional la cría en cautividad de esta emblemática especie.

Mientras proceden al rastreo, los científicos toman anotaciones sobre las condiciones del hábitat. La conservación de estos bosques templados es de vital importancia para salvaguardar el remanente silvestre del panda y valorar la viabilidad de futuras reintroducciones de ejemplares nacidos en cautividad que ya están planificadas para los próximos años.

«Pese a estar sujeto a peculiaridades adaptativas, el panda ha logrado sobrevivir sin problemas a lo largo de sus ocho millones de años de existencia, hasta que se ha visto enfrentado a una tremenda presión por parte del ser humano», declara Jesús Fernández, director zoológico de Parques Reunidos, el grupo que gestiona, entre otros muchos parques, el Zoo Aquarium de Madrid, que alberga en la actualidad a dos pandas adultos y a sus dos crías.

Este veterinario es además el encargado principal de los pandas gigantes del centro. En su opinión, hay margen para el optimismo, tanto para las poblaciones salvajes como para las que residen en los centros de cría, «porque desde hace muchos años se está realizando un gran esfuerzo por asegurar su conservación a largo plazo». Pero en un país en plena expansión demográfica y económica (China tiene hoy 1.340.000.000 habitantes), los nuevos asentamientos humanos se propagan rápidamente por el territorio, lo cual incluye también las reservas naturales donde viven estos osos tan carismáticos. La urbanización, la tala, la agricultura, la construcción de carreteras y la explotación minera son algunas de las actividades económicas que obligan a los pandas gigantes a desplazarse para ponerse a salvo, optando por lugares situados a mayor altura. El problema es que no les sirve cualquier sitio. El 99% de su dieta se basa en el bambú, una peculiaridad de sus hábitos alimentarios que restringe enormemente su rango de distribución.

La evolución ha llevado a este úrsido por derroteros vegetarianos

Curiosamente, pese a pertenecer al orden de los carnívoros y tener el sistema digestivo como tal, la evolución ha llevado a este úrsido por derroteros vegetarianos. Gracias a la rica fauna microbiana que alberga en sus intestinos, el panda gigante es un animal altamente especializado en procesar la celulosa presente en esta gramínea. Una opción dietética muy pobre, sin embargo, ya que para extraer el alimento necesario para sobrevivir tiene que invertir unas 10 horas diarias para engullir entre 9 y 18 kilos de tallos de bambú, de los que solo aprovecha un 30%. Esta dieta tan especializada le ha obligado a desarrollar un metabolismo basal (el gasto energético diario necesario para sobrevivir) muy bajo, lo que determina su talante tranquilo: su prioridad es limitar al máximo la actividad corporal para optimizar las reservas energéticas. También por este motivo las hembras, que pesan alrededor de 100 kilos, frente a los 135 que suele alcanzar un macho, paren unas crías minúsculas, que a veces no llegan ni a los 150 gramos. Soportar un embarazo más largo con el fin de conseguir unas crías más fuertes y desarrolladas comportaría sin duda un gasto energético excesivo para una osa panda.

El caso es que en esos nuevos parajes donde los pandas se han visto obligados a retirarse no siempre hay suficiente diversidad de bambú. Si acaban viviendo en un área donde de las 27 especies existentes solo hay una o dos, pueden en­­frentarse a un problema grave si tienen la mala fortuna de coincidir con un episodio de lo que se denomina muerte regresiva del bambú. Cada cierto tiempo (un período que oscila entre 15 y 120 años) algunas especies de bambú sufren al unísono este fenómeno, el die back. Cuando eso ocurre, todos los ejemplares de una misma especie, sea cual fuere su ubicación, florecen a la vez y mueren poco después tras producir nuevas se­­millas, que germinan en un lapso de tiempo com­prendido entre uno y veinte años. En más de una ocasión, tras un episodio de die back un grupo de pandas ha muerto por inanición al encontrarse atrapado en un recóndito fragmento de bosque sin alimento y del que no ha sido capaz de salir.

Paralelamente a la preservación de las poblaciones salvajes, el avance de las técnicas de reproducción asistida ha hecho posible que el número de bebés panda nacidos en cautividad en China haya aumentado de forma espectacular en los últimos años, al igual que la tasa de supervivencia de las crías. Un gran logro, porque la fecundación es una cuestión especialmente problemática en esta especie y es muy infrecuente que una hembra en cautividad quede preñada de forma natural. Parece que en los zoos los pandas pierden el deseo sexual, y solo un 10% de las hembras cautivas pueden quedarse embarazadas mediante la cópula.

Además, el período de celo anual de la hembra no suele coincidir con el de los machos, cuyo brío sexual es más bien pobre, y su pene, muy pequeño. Aunque se han logrado mejoras en la cópula gracias al uso de Viagra y mediante la proyección de películas eróticas protagonizadas por pandas cuyos sonidos parece que estimulan al macho (no es broma), lo más habitual es que las hembras sean inseminadas artificialmente, una técnica más cara pero también más segura.

Los dos centros de cría de referencia en China, el de Chengdu y el de Wolong, han conseguido a partir de un número de ejemplares muy reducido que hoy haya unos 300 pandas en cautividad en diversos centros de China y otros 60 repartidos en zoológicos de Estados Unidos, México, Japón y Australia. También los hay en Europa, concretamente en los zoos de Viena, Edimburgo, Berlín, el de Beauval en Francia y por supuesto en el de Madrid, donde nació el famoso Chu Lin, del que luego hablaremos.

China estableció en 1946 las primeras regulaciones para proteger a sus preciadas criaturas y prohibió tajantemente este tipo de expolio, castigándolo incluso con la pena capital.

Aunque en la actualidad los pandas gigantes son un negocio millonario para China, durante muchísimos años los mandatarios del gigante asiático los regalaron a distintos jefes de Estado para mejorar sus relaciones internacionales. Ya en el siglo VII de nuestra era la emperatriz china Wu Zetian entregó una pareja de pandas a los soberanos de Japón. A mediados del siglo XX, tras producirse diversos incidentes durante los cuales varios extranjeros habían capturado y sacado del país por lo menos una quincena de crías, China estableció en 1946 las primeras regulaciones para proteger a sus preciadas criaturas y prohibió tajantemente este tipo de expolio, castigándolo incluso con la pena capital.

Lo que acabó por denominarse «la diplomacia del panda» siguió dando sus frutos. En 1972, el entonces presidente de Estados Unidos Richard Nixon realizó una visita oficial al país asiático después de 25 años de aislamiento. Mao Zedong le regaló dos ejemplares, y lo cierto es que las dos naciones restablecieron sus relaciones diplomáticas en 1979. El irresistible glamour del panda también lubricó las relaciones entre China y Reino Unido en 1974, cuando el primer ministro británico Edward Heath, interesado en mejorar y forta­lecer los vínculos entre ambos países, visitó Beijing. También a él el famoso mandatario comunista le hizo entrega de una pareja de pandas que fueron a vivir al zoo de Londres. Lo mismo sucedió con los reyes de España tras su primera visita oficial a China en 1978, ya con Deng Xiaoping en el poder.

Pero en 1984 el Gobierno chino cambió radicalmente su forma de proceder respecto a esas donaciones. Aprovechando las protestas de los conservacionistas, que opinaban que un animal tan escaso no podía utilizarse como trofeo diplomático, China decidió que, en lugar de regalarlos, los alquilaría por un período máximo de diez años. ¿El precio? Un millón de dólares anual. ¿Derechos? Todos, incluso también sobre las crías, oficialmente chinas desde el momento de su nacimiento y que también cotizan de forma anual como máximo hasta los cuatro años, edad en la que son trasladadas a China. Ciertamente, una cifra astronómica que en teoría se reinvierte en China en la protección, tanto in situ como ex situ, de un animal convertido en símbolo internacional de la conservación, no en vano representa a la organización conservacionista más internacional, el WWF, desde su génesis en 1961. Además, los osos panda fascinan a la mayoría de la gente, y la afluencia de público en los zoos que los albergan es, con diferencia, muy superior a la de los demás.

Ahora que la cría en cautividad parece haber dejado de ser un problema, quizá se destinen más medios y esfuerzos para asegurar la supervivencia a largo plazo de los últimos pandas gigantes que quedan en estado salvaje, una población que debería aumentar para ser viable en el futuro. Desde mediados de 2005 el Gobierno chino ha creado más de 50 reservas de pandas gigantes, lo cual significa que 10.400 kilómetros cuadrados de los bos­ques que habitan están protegidos, más o menos el 45 % del hábitat total de la especie. Pero conservar ese hábitat intacto para los úrsidos será una tarea ardua en un país en fase de constante expansión. Que la especie sea la exportación más rentable de China sin duda ayudará a que su protección se ejecute con determinación. Sin embargo, podría ser peligroso que se llegara a considerar más sencilla y amortizable su cría en cautividad y su posterior renting a largo plazo que la preservación de la población salvaje. Con el tiempo se verá qué sucede con este carismático animal, emblema nacional del gigante asiático.

De los ocho pandas gigantes que en estos momentos se encuentran en instalaciones zoológicas europeas, cuatro viven en el Zoo Aquarium de Madrid. Se trata de la hembra Hui Zi Ba, el macho Bing Xing y los dos hijos de ambos, De De y Po, los dos machos y nacidos en el zoológico en septiembre de 2010. Este mes es su segundo cumpleaños y están en plena forma. Pesan unos 80 kilos, ya no maman y comen bambú sin problemas. Son un orgullo para este zoo que ha hecho posibles tres nacimientos de pandas gigantes, un auténtico logro en la cría en cautividad de especies amenazadas. El primero fue el del famoso Chu Lin en 1982, el primer nacimiento en cautividad de un panda gigante en Europa. Ahora el de estos dos machos añade un plus: son los primeros mellizos de su especie (por lo general muere uno de los dos) que tiran adelante sin problemas en un zoo fuera de Asia. Y es que en este centro tienen una larga experiencia en el manejo de osos panda. De hecho, su historia con ellos empezó hace 24 años, en junio de 1978, durante la primera visita oficial que los reyes de España realizaron a China. En plena época de la «diplomacia del panda», Deng Xiaoping agasajó a nuestros monarcas con una pareja de ejemplares de esta especie tan amenazada, restableciendo así unas relaciones diplomáticas largamente olvidadas. En diciembre de ese año, cargados de institucionalidad y simbolismo, la hembra Shao Shao y el macho Chang Chang llegaron a su nuevo hogar en el Zoo Aquarium de Madrid, entonces Zoo de la Casa de Campo.

Albergar a estos animales tan valiosos supuso la remodelación de parte del zoo y conllevó un gran desafío para sus cuidadores. Sin duda, la máxima prioridad era lograr que se reprodujeran para aumentar el escaso número de individuos de la especie. Pero, ¿lo lograrían? En cautividad y fuera de China solo había nacido una cría tres años antes, en el zoo mexicano de Chapultepec, pero murió a los ocho días. En Europa, ninguna. Desde luego, sabían que era una misión difícil, así es que no les pilló por sorpresa cuando constataron que Shao Shao y Chang Chang no se apareaban pese a ser sexualmente maduros. Como muchos de sus congéneres cautivos, el macho se mostró inapetente, y después de dos años y dos celos de la hembra, en 1982 se puso en marcha el plan B: inseminar a Shao Shao con un semen de probada fertilidad, el del panda gigante Chia Chia, residente en el zoo de Londres, con el que ya se había inseminado a otra hembra el año anterior (de nuevo en el zoo de Chapultepec, y esa vez la cría sobrevivió).

El preciado fluido llegó en avión custodiado por dos científicos ingleses, y Shao Shao fue inseminada en abril durante su tercer celo, en dos ocasiones a lo largo de 24 horas. El operativo costó un millón de libras esterlinas de la época, pero funcionó. En septiembre de 1982 Shao Shao alumbró a dos pequeños pandas, un macho y una hembra, de los que solo el primero sobrevivió: Chu Lin, «tesoro entre el bambú», el primer panda nacido en cautividad en Europa. Una joya zoológica solo equiparable al gorila albino Copito de Nieve.

Chu Lin, que en aquel momento fue valorado en torno a los 200 millones de pesetas (1,2 millones de euros), recibió a lo largo de su vida unos cuidados excepcionales. Pero nunca fue un animal fuerte, y durante los 13 años que vivió tuvo muchos problemas de salud. Su madre, Shao Shao, murió cuando él tenía poco más de un año. Su padre adoptivo, Chang Chang, estaba en un recinto contiguo pero separado, porque, como sucede con todas las especies de osos, los machos pueden ser agresivos. Así que, tras la imposibilidad de conseguirle una compañera, Chu Lin estuvo solo hasta su muerte en 1996.

«En aquellos tiempos las gestiones para conseguir otros pandas eran muy complicadas –explica Jesús Fernández–. El Gobierno chino los concedía de forma muy excepcional, realmente no tenían ningún interés en que los zoos albergaran ejemplares. Luego la situación cambió, pero nos costó 10 años de negociaciones cerrar el trato. Finalmente acordamos con la Asociación de Parques Zoológicos de China la cesión de una pareja de pandas. La hembra Hui Zui Ba, de cuatro años, y el macho Bingxing, de seis, llegaron a Madrid procedentes de Chengdu en septiembre de 2007.»

Durante los tres primeros años, y según marcaba el convenio firmado con el centro de Chengdu, un veterinario chino pasó a formar parte del equipo de cuidadores de los pandas de Madrid, dejando claro que China quería ejercer un estricto control sobre sus pandas. Los animales se adaptaron sin problemas pero siguieron el patrón de sus predecesores: no estaban por la labor de procrear. Así pues, en 2009 la hembra fue inseminada con el semen de su inapetente compañero, pero el embrión no prosperó. Al año siguiente se repitió la misma operación y finalmente en septiembre de 2010 nacieron De De y Po.

Los cuatro pandas gigantes del Zoo Aquarium de Madrid están atendidos las 24 horas del día por cuatro cuidadores, que además también vigilan a los pandas rojos y a los koalas. Diariamente pesan a los pandas, y también sus excrementos. «Es la única forma de saber exactamente la cantidad de bambú ingerida –explica el veterinario–. Suelen comer unos 18 kilos diarios, pero en el zoo les damos unos 50 para que ellos elijan las partes que más les gusten. Son muy selectivos.» Los gustos gastronómicos de esta especie hacen necesario que cada 15 días llegue un cargamento de bambúes diversos procedentes de Francia y Portugal. «Pero para evitar cualquier contingencia que pueda surgir, en las instalaciones del zoo hay bambú plantado por todas partes, lo que nos daría, en caso de necesidad, una autonomía de un par de meses», añade.

De De y Po se quedarán como máximo otros dos años en el zoo madrileño. «Después ambos viajarán a China, donde pasarán a formar parte del programa de reproducción en cautividad del centro de Chengdu», dice Jesús Fernández. Quién sabe si para entonces el veterinario y su equipo habrán logrado que Hui Zui Ba tenga de nuevo descendencia. «Desde luego, haremos todo lo que esté en nuestras manos para conseguirlo», asegura.