Orquídeas

Orquídeas, amor y mentiras

orquideas

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¿Cómo hacer para propagar los genes sin moverse del sitio? Seduciendo a los animales, entre ellos a los humanos.

Los animales no tenemos suficiente aprecio por las plantas. Cuando queremos tachar a un congénere de ineficaz o superfluo, decimos que es «un florero», y cuando hablamos de «un vegetal» nos referimos a una persona que, tras perder la mayoría de las funciones esenciales para salir adelante por sí misma en la vida, ha quedado reducida a un estado vegetativo, de máxima indefensión. Sin embargo, las plantas se las arreglan muy bien tal como son, y ya lo hacían millones de años antes de nuestra aparición. Es cierto que carecen de habilidades tales como la locomoción, el uso de he­­rramientas, el dominio del fuego o los milagros de la conciencia y el lenguaje. Para animales como nosotros, éstos son los instrumentos que consideramos más «avanzados» para defendernos en la vida, lo cual no es de extrañar, ya que hasta el momento han sido el brillante destino de nuestro viaje evolutivo. Pero la próxima vez que sintamos la tentación de ensalzar la conciencia humana como el pináculo de la evolución, haremos bien en reflexionar de dónde nos viene la idea. De la conciencia humana. Una fuente muy poco objetiva.

Alabemos, pues, otros hitos de la evolución, esos que acapararían mucha más atención si los libros de historia natural los escribieran las plantas y no los animales. (En este caso, me temo que deberemos conformarnos con un artículo escrito por un bípedo llamado Pollan, que en inglés suena como «polen».) Mientras nosotros perfeccionábamos la locomoción, la conciencia y el lenguaje, las plantas estaban muy ocupadas desarrollando un juego de artimañas completamente diferente, a partir del aspecto más esencial de su existencia: el hecho de tener raíces. ¿Cómo hacer para propagar los genes sin moverse del sitio? El secreto es ser muy, pero que muy bueno en cosas como la bioquímica, la ingeniería, el diseño, el color y el arte de manipular a criaturas «superiores», entre ellas a animales como nosotros. Me refiero concretamente a una de las familias más grandes y diversificadas de plantas con flores: las 25.000 especies de orquídeas que, en los últimos 80 millones de años, han logrado co­­lonizar cinco continentes y prácticamente todos los hábitats terrestres imaginables: desde los de­­siertos del oeste de Australia hasta los bosques nu­­bosos de América Central; desde el dosel de los árboles hasta el sotobosque, y desde las cumbres montañosas del Mediterráneo hasta las salas de estar, oficinas y restaurantes de todo el mundo.

¿Cuál es la clave de su éxito? En una palabra, el engaño. Aunque algunas orquídeas ofrecen las tradicionales recompensas nutritivas a los insectos y las aves que transportan el polen de una planta a otra, alrededor de un tercio de las especies comprendieron hace tiempo (inconscientemente, claro) que pueden ahorrar en el gasto de néctar y aumentar las probabilidades de reproducirse desarrollando algún hábil truco, que puede ser visual, aromático, táctil o las tres cosas a la vez. Hay orquídeas que atraen a las abejas con la promesa de alimento imitando el aspecto de las flores productoras de néctar, mientras que otras, como la orquídea Dracula, seducen a los mosquitos con una batería de olores desagradables, desde el hedor a hongos y carne podrida hasta el olor a orina de gato o pañales sucios de bebé. (Puedo asegurarlo, yo mismo las he olido.) Algunas prometen refugio asumiendo formas florales que imitan nidos de insectos o las cámaras donde ponen sus huevos. Otras imitan a las abejas macho en vuelo, para incitar un combate por el territorio que lleve a la polinización.

Pero quizá la estratagema más hábil de todas sea la de aquellas orquídeas que prometen sexo. Y no precisamente sexo normal, sino de lo más retorcido y poco ortodoxo.

Con la esperanza de observar algo de ese sexo vegetal, el mencionado bípedo viajó hace poco a Cerdeña, una isla montañosa, azotada por el viento y poco poblada que está a 190 kilómetros de la costa occidental de Italia y es famosa desde hace mucho tiempo por su biodiversidad floral. Iba en busca de una de las orquídeas más diabólicas e ingeniosas: Ophrys, a la que algunos botánicos llaman «orquídea promiscua». Deseaba verla y conocer a su desventurado polinizador desde que leí una información referente a su es­­trategia reproductora, que consiste en lo que mi guía de campo describió como «engaño sexual» y «seudocópula». Mis averiguaciones acerca de la orquídea promiscua cambiaron radicalmente mi percepción de lo que una planta astuta es capaz de hacer a un ingenuo animal.

En el caso de esta Ophrys en concreto, ese animal es un pariente del abejorro. La orquídea no ofrece ninguna recompensa de néctar ni de polen, sino que seduce a los machos con una promesa de sexo apícola y después se asegura la polinización procediendo a frustrar el deseo que ha instigado en ellos. La planta logra llevar a cabo su engaño sexual imitando el aspecto, el olor e incluso el tacto de una abeja hembra.

La búsqueda de orquídeas puede ser una tarea ardua en muchos lugares, pero en las montañas de Cerdeña, diferentes Ophrys crecen como malas hierbas al borde de las carreteras. En abril, cuando florecen, es fácil distinguirlas desde un coche en marcha. De cerca, el labio inferior, o labelo, de estas orquídeas diminutas tiene un parecido extraordinario con una abeja hembra vista por detrás. Esa seudoabeja, que en algunas especies de Ophrys presenta incluso pelos falsos y estructuras que parecen codos e iridiscentes alas plegadas, parece tener la cabeza metida en una flor verde, formada por los sépalos de la flor auténtica. Para reforzar el engaño, desprende un olor que, según se ha demostrado, coincide exactamente con las feromonas de la abeja hembra.

En la polinización de una orquídea, el engaño sexual tiene un índice de éxitos desigual, pero cuando funciona, lo hace de la siguiente manera: la abeja macho auténtica se posa sobre la seudoabeja (es decir, el labelo) e intenta copular. En medio de esos inútiles esfuerzos, empuja el ginostemo de la orquídea (una estructura que alberga los órganos reproductores masculinos y femeninos), y dos masas amarillas llenas de polen (llamadas polinios) se le quedan pegadas al dorso con una sustancia adhesiva de secado rápido. La frustración aumenta, hasta que por fin la abeja comprende que la han engañado. Entonces sale volando bruscamente, con los polinios adheridos, en busca de auténtica compañía femenina.

Había algo de patético en la abeja que vi, vo­­lando frenéticamente con algo parecido a un par de bombonas de oxígeno amarillas cargadas a la espalda. La habían engatusado con la promesa de sexo, de auténtico sexo apícola, cuando lo único que había era sexo vegetal, y en ese mo­­mento, mientras buscaba una segunda relación más satisfactoria, en realidad se encontraba, sin saberlo, en pleno acto sexual de la orquídea. Algunos botánicos se han referido a las abejas polinizadoras como «penes voladores», pero la mayoría de las abejas del mundo desempeña ese papel contra su voluntad, pensando en la comida más que en el sexo. No puede decirse lo mismo de la pobre y estafada abeja de la orquídea.

La estrategia polinizadora de Ophrys es, como la de muchas orquídeas, ingeniosa, compleja, astuta y aparentemente impensable, hasta el punto de que los defensores del diseño inteligente a veces consideran a las orquídeas como prueba de la intervención de una inteligencia superior en la naturaleza (una inteligencia bastante sádica, por cierto). Sin embargo, las peculiaridades de las orquídeas constituyen uno de los mejores ejemplos de selección natural, como el propio Charles Darwin pudo vislumbrar. Darwin quedó fascinado con las estrategias de polinización de las orquídeas, y aunque no llegó a descubrir el propósito del extraordinario parecido de Ophrys con las abejas (la seudocópula no se observó hasta 1916), nos enseñó mucho de lo que sabemos acerca de estas plantas en La fecundación de las orquídeas, libro publicado inmediatamente después de El origen de las especies. De hecho, algunos científicos piensan que si hubiera publicado en primer lugar el libro de las orquídeas, su teoría sobre la selección natural habría sido recibida con menos escepticismo. ¿Por qué? Porque en las orquídeas, Darwin localizó estructuras florales «tan perfectas como las más maravillosas adaptaciones del mundo animal», y demostró con minucioso rigor que incluso los rasgos más sorprendentes de esas flores cumplen una función reproductora. Muchas de esas estructuras presentan adaptaciones tan perfectas a las necesidades de la planta y a la morfología de sus polinizadores que ofrecieron a Darwin pruebas de su extravagante teoría.

Sin embargo, hubo que esperar varias décadas para la aceptación definitiva del postulado de Darwin según el cual la evolución modela a algunas flores para atraer a un polinizador específico y utilizarlo. En efecto, para explicar por qué la orquídea Angraecum de Madagascar secreta una gota de néctar en el fondo de un espolón de 30 centímetros de largo, un lugar al que no podía acceder ningún polinizador conocido, Darwin postuló la existencia de una polilla con una lengua de 30 centímetros de largo, una criatura inverosímil que nunca había sido observada. La confirmación llegó unos veinte años después de la muerte de Darwin, cuando los entomólogos desenrollaron la lengua de una polilla halcón recién descubierta y comprobaron que medía unos 30 centímetros de largo.

Las intrincadas estrategias polinizadoras de la orquídea plantean, no obstante, interrogantes a quienes estudian la evolución. Puesto que la selección natural no suele premiar las complicaciones innecesarias, ¿por qué no se ciñen todas las orquídeas a las estrategias polinizadoras más sencillas, basadas en la recompensa del néctar? ¿Cómo diablos han llegado a ser tan complejas sus prácticas sexuales? ¿Y qué ganan los polinizadores estafados, si es que ganan algo? Si la respuesta es que sólo consiguen frustración, entonces, ¿por qué no elimina la selección natural a unos insectos tan tontos como para perder el tiempo copulando con la versión natural de una muñeca hinchable?

Botánicos y biólogos evolutivos han hallado respuestas fascinantes a muchas de esas preguntas. El biólogo evolutivo John Alcock propone dos explicaciones al hecho de que algunas orquídeas se hayan apartado de la simple recompensa del néctar. Cuando los botánicos experimentaron añadiendo una recompensa de néctar a una orquídea que normalmente no la tiene, observaron que los polinizadores permanecían más tiempo revoloteando alrededor y se detenían a visitar otras flores de la misma planta o de otras cercanas. Sin embargo, eso no es bueno para los intereses de la orquídea, porque la endogamia produce semillas de peor calidad. En comparación, la exogamia, o mezcla de genes con parejas sexuales distantes, aumenta el vigor y la variedad de la progenie, lo que mejora su capacidad de supervivencia. La frustración sexual del abejorro engañado resulta ser una parte esencial de la estrategia reproductora de la orquídea. Decidido a no volver a caer en el mismo error, el insecto se aleja un poco y, si la orquídea tiene suerte, acaba copulando con otra situada un poco más allá y depositando en ella su paquete de polen. Es probable que esta orquídea difiera ligeramente de la primera por su aspecto y su olor, y algunos botánicos creen que esas sutiles variaciones de una planta a otra forman parte de la estrategia de las orquídeas para impedir que las abejas aprendan a evitar las flores. «Mimetismo floral imperfecto» es el término botánico que designa esa adaptación. Es curioso: la imperfección de la orquídea en su imitación podría formar parte de la perfección de su estrategia reproductora.

Otra razón por la que muchas orquídeas se han retirado del negocio del néctar fácil podría tener que ver con los beneficios de fomentar la relación con un único, atento y devoto polinizador. El néctar, además de ser metabólicamente costoso de producir para la flor, atrae a muchos animales diferentes y puede generar un tráfico excesivo que quizá no asegure el traslado del polen al lugar correcto. Pero si la flor produce un aroma que sólo atrae a los machos de una especie concreta de abeja, es más fácil que su polen acabe justo en el sitio donde más le conviene: en el es­­tigma de otra orquídea de la misma especie.

La maestría perfumista (gracias a la cual las flores emiten perfumes con sutiles diferencias) también podría contribuir a explicar la sorprendente diversidad de la familia de las orquídeas. Una mutación que produce un cambio leve en el aroma de una orquídea puede ser, por azar, la clave para atraer las atenciones sexuales de un nuevo polinizador y dejar de atraer al original. De ese modo, las variaciones en la química del perfume floral pueden obrar el mismo efecto que el aislamiento geográfico en la aparición de nuevas especies, al impedir que las nuevas flores mu­­tantes sean polinizadas por las antiguas. La nueva orquídea puede evolucionar así genéticamente aislada de sus antepasados, lo que constituye un requisito para el desarrollo de una nueva especie.

Las orquídeas destacan en la creación de especies nuevas, aunque el número de ejemplares de estas plantas es notablemente escaso en todo el mundo. Su relativa rareza en el paisaje favorece las estrategias altamente especializadas de polinización, que logran propagar el polen con la mayor eficiencia posible, a diferencia de las gramíneas, que simplemente confían en el viento. Aun así, su escasez asegura su supervivencia. Si las engañosas orquídeas fueran mucho más abundantes, sus artimañas dejarían de funcionar, ya que dependen de la presencia mayoritaria de flores honestas. Sus tretas sólo pueden triunfar en un mundo donde la mayor parte de las cosas de la naturaleza son lo que parecen: donde el olor a carne podrida señala la presencia de un cadáver y donde las flores ofrecen néctar de verdad y no se disfrazan de insecto.

Parece justo señalar que en lo referente a su propio sexo, las orquídeas han optado por la calidad antes que por la cantidad. Si bien el artificio sexual no engaña a todos los polinizadores todo el tiempo, sí engaña a algunos algunas veces, y para una orquídea eso es suficiente, porque cada polinio contiene un elevadísimo número de granos de polen, y una vez han llegado a su destino, cada fruto resultante contiene un número igualmente asombroso de semillas. Así pues, mientras que el sexo entre orquídeas puede ser un asunto complejo y de historiada coreografía, lo que su­­cede una vez consumado el encuentro depende enteramente de la abundancia y del azar. Las semillas de orquídea son tan diminutas y minimalistas que ni siquiera contienen una reserva de nutrientes para el embrión en desarrollo. Para alimentar a ese embrión la orquídea depende (una vez más) de la amabilidad de los extraños, en este caso, de un hongo endofítico. Si todo sale bien (lo que sucede muy raramente), las hifas de los hongos se infiltran en la semilla de orquídea y le proporcionan los nutrientes que el embrión necesita para crecer. ¿Qué ventaja obtiene el hongo de esa relación? Quizá ninguna. Al fin y al cabo, se trata de orquídeas.

Gaspar Silvera es un buscador y cultivador de orquídeas de Panamá. Agrónomo de profesión, desde que se ha retirado de su cargo de funcionario se dedica a rescatar orquídeas amenazadas y a la laboriosa tarea de aumentar su población. El fotógrafo Christian Ziegler y yo fuimos en avioneta a su vivero en Chilibre cuando Silvera nos telefoneó para anunciarnos que una de sus especies de Coryanthes, célebre por la dificultad de cultivarla en cautividad, había florecido.

Cuando llegamos al vivero, la flor, de color amarillo canario y asombrosamente desgarbada, ya se estaba marchitando, aunque seguía desprendiendo un intenso perfume a albaricoque y eucalipto. Había abierto sus pétalos de ingenioso diseño unos días antes, y su perfume ya había atraído de los bosques circundantes una nube de machos de abejas euglosinas, parientes, sin aguijón e iridiscentes, del abejorro. Las abejas competían unas con otras por el espacio en las resbaladizas e intrincadas curvas de la flor, justo por encima del labelo, que forma un cuenco pro­fundo donde la flor deja caer un líquido translúcido, ligeramente viscoso, que no es néctar.

Las abejas visitantes recogen fragancias de la superficie cerosa de la flor con las patas delanteras y las transfieren a unas cestillas que tienen en las patas traseras, semejantes a pequeños bolsillos. Lo que hacen exactamente no se descubrió hasta 1966, cuando un botánico llamado Stefan Vogel comprendió que las abejas estaban recolectando los ingredientes químicos necesarios para fabricar un perfume. La mayoría de los animales que dependen de las fragancias para atraer a su pareja las producen por sí mismos; pero no es el caso de la abeja euglosina, que busca los ingredientes no sólo en las orquídeas, sino en diversas hojas y hongos, y después los combina «a mano». Una vez preparada la mezcla, la abeja macho se la unta en el cuerpo y bate las alas para difundir un fascinante aroma alcanforado y floral que atrae a las hembras.

Pero el corianto cobra un precio por su contribución al perfume. Mientras las abejas luchan entre sí por las fragancias sobre el pétalo resbaladizo, puede suceder que alguna pierda el agarre y se hunda en el labelo en forma de embudo. Eso no sería un problema si no fuera porque el líquido viscoso inutiliza temporalmente las alas de las abejas. El insecto caído lucha con todas sus fuerzas para subir por las paredes del embudo hasta que encuentra una serie de peldaños que lo conducen por un angosto pasaje hasta la trastienda de la flor. Mientras la abeja, atontada y empapada, avanza trabajosamente por el túnel, pasa forzosamente por debajo de un dispositivo de muelle que (¡adivínenlo!) adhiere a su dorso un par de polinios. Si todo marcha según lo planeado (por la orquídea), la abeja se seca las alas, vuela hasta otra Coryanthes, vuelve a caer en el embudo y, al pasar por el túnel, deja involuntariamente la mochila amarilla en unos ganchos diminutos desarrollados precisamente con ese propósito. Una vez lograda la polinización, el corianto cierra el negocio y deja que sus extravagantes pétalos amarillos se derrumben y acaben pareciendo una servilleta arrugada.

El caso de Coryanthes es un feliz ejemplo de beneficio mutuo entre una orquídea y su polinizador, pero no siempre es así. Hay un vídeo en YouTube, una fascinante secuencia de pornografía entre especies, en la que puede verse a una avispa completamente embaucada y a continuación humillada por un criptostilo, una or­­quídea australiana. Para atraer a su polinizador, el criptostilo (Cryptostylis) produce un aroma muy semejante a la feromona de la avispa hembra (Lissopimpla excelsa). La avispa macho se posa sobre el labelo en forma de lengua y empieza a copular con la flor, buscando a tientas en su interior con la punta del abdomen hasta que encuentra los polinios, que se adhieren a la parte posterior del insecto como un par de colas amarillas.

Ponerle cola al polinizador es sólo el comienzo de la humillación de la avispa, porque el crip­tostilo va más allá de la seudocópula y llega a un terreno de perversión aún mayor: con mucha frecuencia, en el frenesí de su ardor sexual mal dirigido, la avispa eyacula sobre la flor, un acto que sin duda es el colmo del comportamiento poco adaptativo. Sería lógico que la selección natural castigara severamente a una criatura capaz de cometer la tontería de despilfarrar sus genes apareándose con una flor. Las consecuencias serían muy malas tanto para la avispa como para la orquídea que depende de ella. Pero como tantas otras cosas en el extraño mundo del sexo de las orquídeas, el asunto no es tan sencillo.

Parece ser que en algunas especies de insectos, como Lissopimpla excelsa, las hembras pueden reproducirse con o sin el esperma del macho. Cuando disponen de esperma, producen la proporción habitual de machos y hembras; sin esperma, producen únicamente machos. Un hecho muy conveniente… para las orquídeas. Al inducir a las avispas a desperdiciar su esperma con las flores, los criptostilos disminuyen la cantidad de esperma disponible para las avispas hembra, asegurándose así una producción aún mayor de polinizadores. Pero aún hay más. La superabundancia de avispas macho aumenta la competencia por las hembras, lo que hace que los machos se vuelvan menos quisquillosos a la hora de escoger pareja y más propensos a caer rendidos ante los encantos de las flores.

¿Y qué hay de la pobre avispa? ¿Por qué la selección natural no ha eliminado a un insecto tan tonto que copula con las flores? La mejor explicación que he oído es la de John Alcock. Según él, aunque de vez en cuando una avispa pueda desperdiciar sus genes en una planta, el «entusiasmo sexual extremo» continúa siendo mejor estrategia reproductora para un insecto que la cautela respecto a la elección de pareja. En líneas generales, copular con todo lo que se mueva produce más descendencia, aunque en ocasiones eso conduzca al desastre amoroso.

Saber todo esto de las orquídeas sirve para admirarlas más, pero quizá también para quererlas menos. Y hace que nos preguntemos si no habremos caído también nosotros víctimas de sus encantos engañosos. Como las abejas euglosinas recolectoras de aromas, nosotros usamos las orquídeas para comunicar nuestras intenciones amorosas y atraer una pareja. Extraemos sus esencias para fabricar perfumes y las usamos como adorno. Las orquídeas nos han servido de ese modo al menos desde 1818, cuando William Cattley, un cultivador inglés, rescató de la basura un tubérculo de orquídea que había sido utilizado como relleno en un cargamento de plantas tropicales. La floración de aquel espécimen despertó en la sociedad victoriana una pasión por las orquídeas que nunca se ha desvanecido.

El nombre de la planta deriva de la palabra griega que significa «testículo», pero no en referencia a las flores sino a los tubérculos, a los que durante mucho tiempo se atribuyeron propiedades afrodisíacas. Pero no hay que ser psicoanalista freudiano para advertir una fuerte corriente sexual subterránea en la pasión por estas flores, en particular entre los hombres, mayoría aplastante entre los aquejados del «delirio orquídico», como lo llamaban los victorianos. Según Eric Hansen, autor de Orchid fever, a los victorianos les ofendía la «descarada sexualidad» de las orquídeas. De «aspecto obsceno» es como describió a estas flores el crítico de arte John Ruskin.

¿Obsceno? ¿Será posible que los humanos miren una orquídea y vean en ella una apariencia de anatomía femenina? Georgia O’Keefe la veía. ¿Será quizá que en el cerebro humano se cruzan los cables del sexo animal y el vegetal, como en los insectos? Este accidente evolutivo ha resultado ser otra ventajosa coincidencia para la or­­quídea. Basta pensar en todo lo que hacemos los humanos por esas flores: los precios que pagamos, los esfuerzos que les dedicamos…

Eso pensaba yo mientras veía a Gaspar Silvera trabajar con un par de pinzas diminutas para extraer un polinio de la flor de un criptostilo que no había conseguido atrapar a ninguna euglosina. Con el pulso firme de un joyero, Silvera cogió el polinio por la base con las pinzas y después lo apretó contra una hendidura situada en el ginostemo de otra flor. Dentro de cinco años, el cultivador tendrá probablemente una valiosa flor nueva, y la orquídea habrá conseguido una descendencia que de otro modo no habría tenido.

Desde que floreció la primera orquídea hibridada por el hombre (la primera registrada en el mundo occidental data de 1856), los humanos también nos hemos convertido en importantes polinizadores para las orquídeas, quizá más conscientes que las abejas, pero igualmente seducidos para trabajar por los intereses de la planta y ayudarla en su intento de dominar el mundo. Actualmente hay unos 100.000 tipos de orquídeas híbridas registradas, la mayoría de las cuales son descendientes de improbables matrimonios entre plantas muy distantes cuya unión habría sido inconcebible sin nuestra intervención.

Nada de eso formó parte del plan de las orquídeas. No hay planes en la evolución, por supuesto, sino ciego azar. Pero en el momento en que la orquídea encontró casualmente una de las llaves del deseo humano y la usó para abrir nuestros corazones, conquistó todo un mundo nuevo, nuestro mundo, y reclutó una nueva y vasta cuadrilla de animales crédulos dispuestos a servirla. ¿Por qué no reconocerlo? Nos hemos convertido en sus desprevenidas víctimas.