El misterioso y temido gran tiburón blanco

Erik Vance

6 de octubre de 2016

La película Tiburón convirtió esta especie en la más famosa del mundo. Entonces, ¿por qué sabemos tan poco de ella?

Encontrarse con un tiburón blanco en su medio natural no es como cabría esperar. A primera vista no es la bestia malévola que muestran los documentales. Es corpulento, casi podría decirse que gordo. Su fofa papada y sus flácidos carrillos tiemblan cuando abre la boca, y, al hacerlo, luce una suerte de sonrisa. Visto de lado, este gran depredador es poco más que un bobalicón con la boca medio abierta.

Pero cuando ese bufón submarino se gira para mirarte, entiendes por qué es uno de los animales más temidos de la Tierra. De frente, su cabeza ya no es blanda y laxa, sino que se va es­trechando hasta formar una punta de flecha que dibuja una V siniestra desde sus dos ojos negros. La sonrisa de pasmado desaparece, y lo único que ves son hileras de dientes de cinco centímetros capaces de morder con una fuerza de casi dos toneladas. Poco a poco se te acerca con seguridad. Gira la cabeza, primero a un lado y luego al otro, mientras te evalúa y decide si mereces la pena. Si tienes suerte, se da media vuelta y se desliza perezosamente hacia la oscuridad.

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Hay más de 500 especies de tiburones, pero en la imaginación popular parece que solo haya una. Cuando Pixar necesitaba un villano submarino para su película de animación Buscando a Nemo, no reparó en el afable tiburón nodriza ni en el agresivo tiburón sarda. Ni siquiera en el tiburón tigre, que hubiera sido más apropiado teniendo en cuenta que Nemo vive en un arrecife de coral. No, se fue directo al tiburón blanco, y su colosal sonrisa dentada acabó empapelada en miles de carteleras de todo el mundo.


El gran tiburón blanco es el pez icónico del océano, aunque sabemos muy poco de él, y gran parte de lo que creemos saber sencillamente no es verdad. Los tiburones blancos no son cazadores despiadados (sus ataques son más bien cautelosos), ni siempre son solitarios, y tal vez sean más inteligentes de lo que creían los expertos.


No sabemos con certeza cuánto tiempo viven, durante cuántos meses gestan ni cuándo alcanzan la madurez


No sabemos con certeza cuánto tiempo viven, durante cuántos meses gestan ni cuándo alcanzan la madurez. Nadie los ha visto aparearse ni parir. Ignoramos cuántos ejemplares hay y dónde pasan la mayor parte de su vida. Si hubiera un animal terrestre del tamaño de un camión cazando por las costas de California, Sudáfrica y Australia, los científicos averiguarían hasta el último detalle de sus hábitos de apareamiento, sus migraciones y su comportamiento, pues po­drían observarlo en zoos, centros de investigación o incluso en circos. Pero en el agua las reglas son muy distintas. El tiburón blanco aparece y desaparece cuando quiere, haciendo que sea prácticamente imposible seguirlo en las profundidades marinas. Se niega a vivir tras un cristal; algunos ejemplares en cautividad han muerto de hambre deliberadamente o se golpeaban la cabeza contra las paredes. (Varios acuarios han acabado soltándolos, por su propia seguridad o porque atacaban a sus compañeros de tanque.)


Y sin embargo es posible que los científicos estén a punto de resolver dos de los misterios más frustrantes sobre esta especie: cuántos hay y adónde van. Resolver estas incógnitas podría ser vital para decidir cómo protegernos de ellos y cómo protegerlos a ellos de nosotros. Cuando podamos ver al tiburón blanco desde todos los ángulos, ¿se merecerá el asesino más temido del mundo nuestro miedo o nuestra compasión?

Frente a la punta meridional de Cabo Cod, en Massachusetts, se encuentra un barco pesquero de siete metros de eslora. Los pasajeros –tres científicos, dos clientes, dos periodistas y el capitán– se apoltronan en los asientos y miran a lo lejos, hacia Nantucket. Hace una espléndida tarde de verano. La voz de un piloto avistador que sobrevuela a 300 metros de altura irrumpe por la radio: «¡Hay un tiburón absolutamente bestial ahí, hacia el sur!».
Greg Skomal, biólogo marino especializado en pesquerías, se anima. Está de pie a metro y medio de la proa sobre una pasarela que recuerda al tablón de un barco pirata. Si fuera una película de Hollywood, tendría un arpón y una pata de palo. En lugar de eso, lleva una cámara GoPro sujeta a una vara de tres metros.


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Con anterioridad a 2004 no se conocen apenas avistamientos de tiburón blanco frente a la Costa Este de Estados Unidos. De vez en cuando aparecía uno cerca de una playa o en una red de pesca, pero se consideraba una anomalía. En el resto del mundo esta especie se congrega estacionalmente en cinco «centros de actividad», entre ellos la costa de California hasta Baja California, en México, y los litorales meridionales de Sudáfrica y de Australia, donde se alimenta de pinnípedos. Pero la Costa Este no es uno de esos territorios, ni tampoco alberga demasiadas focas. Los tiburones que se habían visto allí se consideraban ejemplares errantes sin hogar. Entonces, en 2004, una hembra solitaria se internó en las ensenadas someras y los bajíos cerca de Woods Hole, Massachusetts.


Para Skomal, que llevaba 20 años marcando a otros tiburones, era una oportunidad única. «Pensé que era un golpe de suerte, y que no volvería a ocurrir jamás», explica con una sonrisa. Durante las dos semanas siguientes el biólogo pesquero y sus colegas siguieron al animal, al que apodaron Gretel por el personaje del cuento, y le colocaron una marca electrónica de seguimiento. Rastrear un tiburón blanco por el Atlántico ofrecía la posibilidad de resolver muchas incógnitas. Desgraciadamente, a los 45 minutos la marca de Gretel falló y se desprendió. «Pasé de un estado de suprema excitación a deprimirme profundamente, porque estaba convencido de que era la única ocasión que tendría de estudiar a un gran blanco», recuerda Skomal.


No fue así. Durante los siguientes años Skomal se preguntó a menudo si Gretel estaba ahí sola. Un día de septiembre de 2009 todo cambió. Un piloto avistó cinco tiburones blancos frente al cabo. Ese fin de semana Skomal los marcó a todos. «Me volví loco. Tenía la adrenalina a tope.»

Tiburones blancos en la costa de California

Desde entonces los tiburones blancos han vuelto cada verano, por lo que algunos consideran Cabo Cod como el sexto centro de actividad. ¿Cuántos tiburones blancos hay allí? Para averiguarlo volvamos al centro de actividad que se extiende por la costa californiana hasta Baja California. El esfuerzo por hacer un recuento de tiburones fue impulsado a mediados de la década de 1980 por un experto en aves marinas, Scot Anderson, cuando trabajaba como voluntario en una isla al oeste de San Francisco. Él y otros han rastreado los escualos, primero a simple vista, luego con dispositivos acústicos y más recientemente vía satélite. Durante los últimos 30 años, diversos equipos han recopilado miles de observaciones de tiburones concretos, a los que reconocen por la forma y las marcas de sus aletas dorsales, o basándose en la característica línea que separa la parte dorsal gris de su cuerpo de la ventral blanca. Los científicos saben dónde se congregan y cómo se alimentan. Y cada año, la mayoría de los ejemplares que avistan son los mismos de años anteriores.


Esto los llevó a plantearse una pregunta intrigante: si tuviéramos suficientes observaciones, ¿podríamos utilizar los tiburones que vemos para calcular cuántos hay que no vemos? En 2011, un equipo en California hizo precisamente eso y concluyó que solo había 219 ejemplares adultos en la región de ese estado que alberga más tiburones. Incluso para un superdepredador, por lo general menos abundante que sus presas, es una cantidad muy reducida. El estudio fue muy chocante para el público y muchos expertos lo rechazaron de inmediato.


Evidentemente, resulta mucho más complicado contar tiburones blancos que contar animales terrestres o incluso mamíferos marinos. Por eso los investigadores hacen suposiciones generalizadas sobre los desplazamientos de los escualos y luego hacen una extrapolación. En California, el mayor supuesto fue que unas po­cas áreas de alimentación eran representativas de todo el centro de actividad. Otros equipos barajaron los mismos datos partiendo de su­­puestos distintos, y un estudio estimó que había aproximadamente 10 veces más tiburones que en el cálculo anterior. (La cifra aumentó porque añadieron los ejemplares juveniles, excluidos en el primer cálculo por el escaso conocimiento que se tiene de ellos.) Pronto los científicos em­­pezaron a cuantificar los tiburones blancos de los demás centros de actividad. Un equipo de Sudáfrica calculó que allí la población rondaba los 900 individuos, mientras que otro fijó la población de tiburones en la mexicana isla Guadalupe, que forma parte del centro de actividad californiano, en solo unos 120.

¿Está en decadencia el tiburón blanco?

¿Son estas cifras altas o bajas? ¿Está el tiburón blanco en auge o en decadencia? En el mundo hay unos 4.000 tigres y unos 25.000 leones. Basándonos en las estimaciones más bajas, la cantidad de tiburones blancos se parece a la de los tigres, una especie en peligro. Si en cambio usamos la estimación más alta, la población se acerca más a la de los leones, clasificados como vulnerables. Según varios expertos, el tiburón blanco está al borde de la extinción; otros ven una tendencia positiva en su evolución. Algunos dicen que el aumento de pinnípedos es una señal de que el gran blanco casi ha desaparecido, mientras que otros sostienen que más pinnípedos significa más tiburones. Aaron MacNeil, un estadístico australiano que trabaja con datos de tiburones, afirma que la aparición de escualos alrededor de Cabo Cod y el aumento de actividad en el hemisferio Sur sugieren lo último. «No he visto ningún indicio en la última década de que el tiburón blanco esté en declive –dice MacNeil–. Sí, históricamente hay una merma de ejemplares. Pero la realidad no es que se estén extinguiendo, sino que seguramente están aumentando muy, muy lentamente.»


Hay razones para la esperanza. Muy pocos pescadores, si es que hay alguno, persiguen hoy al gran tiburón blanco, aunque a pesar de eso
la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas lo incluye en el Apéndice II porque muchos pescadores lo capturan involuntariamente. Dada la escasez de ejemplares, incluso las capturas accidentales pueden perjudicar a la especie. Una especie que, como superdepredador que es, desempeña un papel ecológico muy importante en los océanos.

Para saber si el gran tiburón blanco necesita o no nuestra protección, debemos conocer no solo cuántos ejemplares hay, sino también adónde van. Sus migraciones no son ordenadas como las de un ave, sino caóticas. Algunos se acercan mucho a la costa, otros nadan en zigzag cientos de kilómetros mar adentro. Mu­chos parecen desplazarse estacionalmente entre aguas cálidas y frías. Y las rutas que siguen parecen ser distintas para machos, hembras y juveniles.

Para saber si el gran tiburón blanco necesita o no nuestra protección, debemos conocer no solo cuántos ejemplares hay, sino también adónde van.


Actualmente, gracias a las marcas electrónicas de larga duración y alcance que permiten el seguimiento vía satélite, los investigadores están por fin clarificando algo sobre el tema. Durante años han observado que los tiburones blancos adultos de California y México se alejan de la costa a finales de otoño. Ahora ya saben adónde se dirigen: a las aguas profundas en medio del océano Pacífico. Las razones por las cuales se reúnen en esa zona, conocida como «el Café del tiburón blanco», siguen siendo poco claras. «Se van a lo que algunos llaman el desierto del océano –dice Salvador Jorgensen, un biólogo que estudia los factores que determinan la migración del tiburón blanco y su ecología–. ¿Qué es lo que hacen ahí?»


Una posible respuesta es el apareamiento, lo cual también explicaría por qué es algo que nunca se ha podido observar. La zona tiene aproximadamente el mismo tamaño que California, y su profundidad es de miles de metros, lo que hace muy difícil rastrear allí a los tiburones. Pero las marcas de seguimiento por satélite indican que las hembras nadan en movimientos rectos y predecibles, mientras que los machos van de arriba abajo a lo largo de la columna de agua, quizás en busca de pareja. De este modo va to­mando forma un boceto aproximado de la vida de los tiburones blancos de California. Tras pasar el verano y el otoño atiborrándose de focas y lobos y elefantes marinos, nadan a las profundidades del océano para reproducirse, donde sobreviven gracias a sus reservas de energía.


Después los machos vuelven a la costa, mientras que las hembras se trasladan a paraderos desco­nocidos, donde permanecen durante un año más, quizá para dar a luz. Los recién nacidos aparecen después en las áreas de alimentación –es decir, en las aguas que hay frente al sur de California–, devorando peces hasta que son lo bastante grandes como para reunirse con los adultos, en el norte o el sur, y cazar pinnípedos.


El retrato no está completo –machos y hembras no pasan mucho tiempo juntos en el «Café», y todavía no se sabe dónde nacen las crías–, pero explica muchas cosas. Por ejemplo, cuando una población se recupera, la cantidad de ejemplares jóvenes aumenta, lo cual explicaría por qué cada vez se avistan más tiburones en el sur de California. Pero determinar qué ocurre en otras zonas del planeta es más difícil. Los tiburones australianos buscan comida a lo largo de la costa meridional, pero no parecen seguir un patrón de conducta ni tener un «Café». Y nuestro desconocimiento es aún mayor en el Atlántico. «Hay tiburones errantes y tiburones litorales. Y no sé por qué es así», reconoce Skomal.


Aunque aún no comprende las migraciones, Skomal está seguro de que el tiburón blanco tiene una larga historia en Nueva Inglaterra. En su despacho al oeste de Cabo Cod, abre un documento que recopila estudios sobre huesos de foca hallados en yacimientos arqueológicos de los nativos americanos a lo largo del litoral oriental. Esos restos sugieren que la población de focas cayó en picado debido al exceso de caza, quizás un siglo antes de la Declaración de Independencia. En otras palabras, ha habido muy pocas focas grises durante los 240 años de historia estadounidense. Hoy, gracias a la Ley de Protección de Mamíferos Marinos, las colonias de focas pueblan Nueva Inglaterra. Y, al haber regresado las focas, también lo han hecho los tiburones.


Una soleada mañana de agosto subo a una avioneta biplaza con Wayne Davis, un veterano piloto avistador de atún rojo y pez espada que ahora ayuda a los científicos a localizar tiburones blancos. En solo 30 minutos de vuelo avistamos siete ejemplares rondando las playas donde las focas grises buscan comida en aguas abiertas. De regreso sobrevolamos varias playas a un kilómetro y medio al norte llenas de veraneantes.

Los ataques a humanos son muy raros. En California, la probabilidad de que un surfista sea atacado por un tiburón blanco es de una entre 17 millones


Por el momento la población local ha acogido bien a sus nuevos vecinos. Se ven animales de peluche, camisetas, pósters… incluso el insti­tuto local ha adoptado al gran blanco como mascota. En casi todos los casos los tiburones aparecen de lado –con aspecto alegre, casi bufonesco–. Pero los expertos advierten que, en cualquier momento, alguien se topará aquí con la otra versión, la que enseña todos los dientes.


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Los ataques a humanos son muy raros. En California, la probabilidad de que un surfista sea atacado por un tiburón blanco es de una entre 17 millones; los ataques a nadadores son aún menos frecuentes: uno entre 738 millones de visitas a la playa, según un estudio reciente. Pero en Cabo Cod puede que no sea una cuestión de si va a haber víctimas, sino de cuándo. El último ataque letal en el litoral de Nueva Inglaterra fue en 1936, pero últimamente ha habido varios casos que por poco no han acabado en desgracia. En 2012 un nadador fue mordido en ambas piernas, y en 2014 dos remeros fueron lanzados de su kayak, aunque escaparon ilesos.
Si se produce un ataque más serio, Massachusetts se unirá a los demás centros de actividad y se verá obligado a sopesar los beneficios y los peligros de albergar tiburones en sus aguas.
Es posible que el gran tiburón blanco se esté recuperando en todo el mundo: siguiendo la estela del crecimiento de las poblaciones de focas, lobos marinos y leones marinos, restableciéndose en sus antiguas zonas de caza y reclamando las costas que casi había perdido. Por otro lado, también es posible que esté al borde de la extinción. ¿Seremos capaces de sobreponernos al miedo y tender una mano a esta criatura? ¿Podremos apiadarnos de los ojos despiadados de un monstruo?