Maldivas, santuario marino para las mantas

Mira las fotografías de Thomas P. Peschak de las mantas cuando se reúnen para alimentarse en un espectacular arrecife coralino de las Maldivas.

10 de julio de 2009

A 708 kilómetros de la costa sur de la India, en el estado insular de las Maldivas, hay una isla deshabitada llamada Hanifaru. No hay mucho que ver desde el aire: manchas dis­­persas de vegetación tropical sobre un montón de arena. Hanifaru es tan pequeña que un niño tardaría diez minutos en recorrer todo el perímetro caminando por la costa. Su tamaño no es inusual para las Maldivas, un conjunto de 1.192 islas diminutas reunidas en 26 atolones, rodeadas por la vastedad del océano Índico. Pero varias veces al año, cuando el tiempo y las mareas son favorables, las mantas de todo el archipiélago se congregan en ese punto para alimentarse en una espectacular danza entre arrecifes coralinos.

Desde mayo hasta noviembre, cuando la marea lunar empuja en sentido contrario la corriente monzónica sudoccidental del océano Índico, un efecto de succión lleva a la superficie el krill tropical y otros organismos planctónicos de aguas profundas. La corriente arrastra el krill a la bahía de Hanifaru, que se convierte en una especie de callejón sin salida. Si estos pequeños crustáceos se quedaran en la superficie, pasarían por encima de la barrera coralina de la bahía y llegarían a mar abierto. Pero no pueden. El instinto los lleva a sumergirse para huir de la luz, y al hacerlo, quedan atrapados en la profundidad de la bahía. En pocas horas se forma una concentración de plancton tan densa que el agua se enturbia.

Entonces entra en escena Manta birostris. «Poco después de una marea alta ves aparecer unas cuantas mantas –dice Guy Stevens, biólogo marino británico que estudia las mantas de las Maldivas desde hace tres años–, y enseguida acude todo un cardumen. Al final puede haber hasta 200 mantas comiendo sin parar de dos a cuatro horas en una bahía que no es más grande que un campo de fútbol.»

Estos peces enormes (las mantas de las Maldivas pueden alcanzar 3,50 metros de envergadura) son unos filtradores muy dinámicos: inhalan a sus presas pasando la boca por la masa de krill, como una cosechadora por un trigal. Cuando encuentran un área rica en alimento se ponen a nadar en círculos, dando volteretas hacia atrás para quedarse en el mismo sitio. A veces se colocan una detrás de otra formando una cadena, como si fuera un tren de bocas abiertas.

En un espacio tan reducido como es la bahía de Hanifaru, las mantas tienen que ampliar su repertorio, y Stevens ha observado maniobras que los científicos ven en muy raras ocasiones. Cuando 50 peces o más se alimentan en cadena dentro de la bahía se produce un fenómeno extraordinario. El cabeza de fila entra en contacto con el de la cola, y la cadena se convierte en un remolino. «Lo llamamos alimentación en ciclón –explica Stevens–. Cuando hay más de 100 mantas, la cadena empieza abrirse, y al romperse, la alimentación se vuelve caótica.» La ma­­jestuosa danza se transforma en una rebatiña en la que cientos de mantas chocan entre sí. Para mayor confusión llegan los tiburones ballena (lánguidos comedores de plancton, que miden unos 12 metros) con intención de compartir el banquete. En pocas horas el plancton se agota, la actividad decrece y las mantas remueven el fondo de la bahía con las aletas cefálicas para devolver a la columna de agua el plancton oculto.

Esas aletas cefálicas, que parecen cuernos, valieron a las mantas el nombre de diablos de mar. Su tamaño aterrador y su forma de murciélago alimentaron un aura de misterio que en la imaginación popular las convirtió en monstruos feroces, hasta que en la década de 1970 los submarinistas descubrieron que las mantas son criaturas apacibles.

Por su naturaleza bonachona, actualmente han alcanzado la dudosa categoría de atracción turística, y son muchos los aficionados al buceo que intentan acercarse a ellas más de lo recomendable. Sin embargo, para una especie considerada casi amenazada, esa nueva popularidad podría ser la salvación. Las mantas, cuya tasa de reproducción es lenta, son vulnerables a la sobrepesca, por lo que unos buenos ingresos turísticos podrían ofrecer a las comunidades locales el in­­centivo económico necesario para protegerlas en lugar de acabar con ellas. Aun así, es difícil encontrar un punto de equilibrio, ya que el turismo excesivo podría expulsarlas de sus zonas de alimentación, como la bahía de Hanifaru.

Para evitar esta posibilidad, Stevens ha propuesto convertir la bahía en santuario marino. El nuevo presidente de las Maldivas ha prometido reforzar las medidas protectoras en el archipiélago, aunque hasta ahora la respuesta de su gobierno ha sido lenta. Por otro lado, el conocimiento científico sobre las mantas sigue siendo escaso. El año pasado, uno de los principales ex­­pertos propuso dividir la especie en dos: las mantas más pequeñas, como las de las Maldivas, que se quedan cerca de la orilla, y las más grandes, que recorren los océanos tropicales y se­­­mi­tropicales del mundo. Y sólo ahora se empiezan a conocer mejor las aletas cefálicas. «Las mantas son como tiburones achatados, y sabemos que algunos tiburones tienen receptores eléctricos en la cabeza –dice el biólogo Robert Rubin–. La hipótesis es que las mantas utilizan esas aletas para captar señales eléctricas de otros animales.»

En las Maldivas, Stevens sigue catalogando mantas (tiene 1.500 ejemplares identificados por la configuración de sus manchas) y registrando la hora de los «festines», información muy valiosa para el sector turístico. El tiempo juega en su contra, por lo que trabaja intensamente para es­­tablecer un régimen de autocontrol entre los guías y las empresas de turismo local antes de que los turistas desborden Hanifaru. «Si el plan funciona –asegura, esperanzado–, la bahía de Hanifaru continuará siendo un refugio para las mantas que se alimentan en ciclón, con suficiente espacio para tiburones ballena, y para humanos.»

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