Leones del Serengeti

La muerte siempre acecha en el Serengeti y el trabajo en equipo es esencial, incluso para un magnífico león de melena oscura llamado C-Boy.

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Leones del Serengeti

Los leones matan a otros leones. Para defender sus intereses, C-Boy afronta ese peligro todos los días.

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Foto: Michael Nichols

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Cachorros ya crecidos de la manada Vumbi y una hembra adulta (la quinta desde la izquierda) devoran un ñu. Las horas de mayor oscuridad de las noches sin luna son perfectas para la caza porque estos félidos ven mejor que sus presas. Estas fotografías en blanco y negro fueron tomadas con luz infrarroja para no interferir en la conducta de los leones. 

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C-Boy se aparea con una hembra de la manada Kibumbu. Un macho residente que ha sido padre puede ser desplazado por otros machos. En ese caso, sus cachorros serán asesinados por los machos recién llegados o abandonados para que mueran. 

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La manada Vumbi descansa en un kopje, un afloramiento rocoso, cerca de su abrevadero favorito. Los leones usan los kopjes como refugios y miradores para dominar la llanura. Cuando la lluvia reverdece la tierra, llegan los ñúes en enormes manadas. 

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C-Boy y una hembra de la manada Vumbi descansan entre una cópula y otra. Una hembra en celo puede ser monopolizada durante días por un único macho. Las melenas oscuras suelen coincidir con una constitución robusta, por lo que los machos como C-Boy son los preferidos por las hembras. 

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Los cachorros de la manada Simba Este todavía son demasiado pequeños para cazar, pero ya reclaman su parte. Las hembras adultas, y a veces los machos, se ocupan de la caza. Las cebras y los ñúes figuran entre las presas más frecuentes durante la estación lluviosa.

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C-Boy (en primer plano) y Hildur yacen uno al lado del otro durante un chaparrón vespertino en el Parque Nacional del Serengeti. Los leones adultos forman coaliciones con otros machos, que a menudo son sus hermanos. C-Boy y Hildur, que no están emparentados, llevan juntos varios años.

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Hildur se sacude la lluvia de la melena. Él y C-Boy forman una coalición que controla dos manadas: Vumbi, que consta de cinco leonas adultas, y Simba Este, que en este momento también tiene cinco hembras.

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En las llanuras empapadas por la lluvia, una hembra juguetona de 20 meses de edad salta sobre la espalda de Hildur. La joven leona es hija de Hildur o de C-Boy. Aunque los machos pasan buena parte del tiempo con la manada (y soportan las travesuras de los cachorros), su principal ocupación es defender el territorio.

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En 2009 una coalición de machos llamada los Asesinos atacó a C-Boy. Ingela Jansson, que trabajaba de ayudante de campo en el Proyecto del León del Serengeti, fotografió la batalla. C-Boy sobrevivió, pero los Asesinos lo expulsaron de la manada Jua Kali, donde él y Hildur habían sido los machos residentes.

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La luz infrarroja ilumina a Hildur y a una leona de la manada Vumbi mientras descansan después de aparearse. Los períodos de celo de las hembras adultas de un mismo grupo suelen estar sincronizados. Esto permite que las leonas compartan las tareas de cuidado y alimentación de los cachorros de la manada.

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Las leonas de la manada Vumbi se echan una siesta cerca de su abrevadero favorito. Esta imagen se tomó mediante un robot diseñado por Nick Nichols y su equipo para fotografiar de cerca a los leones.

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El crepúsculo es el momento de máxima actividad para la manada Vumbi. Cuando sale la luna, las leonas se despiertan de la siesta y salen de caza. Nichols captó esta foto con luz natural; poco después se pasó a la luz infrarroja.

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Los Asesinos, una coalición de cuatro machos, se ganaron su apodo tras varios ataques mortales a hembras. También estuvieron a punto de matar al macho rival C-Boy. Un buen territorio es un recurso muy valioso, por lo que luchar contra los rivales y desplazarlos forma parte de la lucha natural por la supervivencia.

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Una hembra arrea a sus cachorros. Durante las primeras semanas, cuando son demasiado pequeños para la lucha competitiva con otras crías de la manada y están muy expuestos a los depredadores, la madre los oculta en una madriguera. Pero estos pronto se unirán al grupo.

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Los cachorros de más edad, como estos de la manada Vumbi, se crían juntos en una especie de «guardería». Las hembras de la manada, unidas en la tarea de criar a toda una generación, amamantan y cuidan a sus cachorros y a los de otras hembras. 

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Las hembras de la manada Vumbi, palabra que en swahili significa «polvo», matan a un facocero que han sacado de su madriguera. Estas presas menores sirven para resistir la larga estación seca, durante la cual, de otro modo, muchos cachorros morirían de hambre.

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La estación seca es difícil para todos. Las hembras de la manada Vumbi, nerviosas y tremendamente protectoras con sus cachorros, se enfrentan a C-Boy, a pesar de que es uno de los machos residentes. 

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Leones del Serengeti

Los machos suelen hacer valer sus privilegios. C-Boy se da un festín con una cebra mientras las hembras de la manada Vumbi y sus cachorros aguardan a escasa distancia, ahuyentados por los graves gruñidos del macho. Su turno llegará más tarde.

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Hildur, compañero de coalición de C-Boy, recorre a menudo un largo trayecto para visitar la manada Simba Este. Una coalición que controla dos manadas debe mantener la vigilancia sobre ambas.

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27 de septiembre de 2013

Dicen que los gatos tienen siete vidas, pero nadie ha dicho que los leones del Serengeti también las tengan. La vida es difícil y precaria en esta tierra despiadada, y la muerte es irrevocable. Para el ma­­yor de los depredadores africanos, así como para sus presas, la vida suele ser breve, y son más frecuentes los finales abruptos que los tranquilos declives. Con suerte, un león macho en libertad puede alcanzar los 12 años, una edad ya avanzada. Las hembras viven más, a veces hasta los 19. La esperanza de vida al nacer es muy inferior, para cualquier león, si se tiene en cuenta el elevado índice de mortalidad de los cachorros, la mitad de los cuales no cumple los dos años. Pero tampoco llegar a adulto es garantía de una muerte apacible. Para un macho joven, robusto y de poblada melena oscura, al que los investigadores llaman C-Boy, el fin parecía haber llegado la mañana del 17 de agosto de 2009.

Una sueca llamada Ingela Jansson, que trabajaba de ayudante de campo en un estudio a largo plazo sobre los leones, fue testigo del suceso. Conocía a C-Boy de encuentros anteriores; de hecho, ella fue quien le había puesto el nombre. (Según recuerda, había asignado a un nuevo trío de cachorros los «aburridos» nombres de A-Boy, B-Boy y C-Boy.) Habían transcurrido cuatro o cinco años y ahora el macho entraba en la plenitud de su vida. Desde el interior de un Land Rover, a 10 metros de distancia, la investigadora vio cómo otros tres machos atacaban en grupo a C-Boy y trataban de matarlo. La lucha del joven león para sobrevivir en condiciones tan hostiles refleja la situación de todos los leones del Serengeti, donde el riesgo constante de muerte, más incluso que la capacidad para causarla, configura la conducta social de este animal feroz, pero siempre en peligro.

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Aquel día Jansson se había acercado al cauce seco del río Seronera para observar la manada conocida como Jua Kali. También estaba atenta a los machos adultos, entre ellos los «residentes».(Sin pertenecer estrictamente a ninguna manada, los leones machos forman coaliciones entre sí y controlan una o más manadas, de cuyos cachorros son los padres. Con esas manadas, de las que son residentes, establecen unas relaciones más o menos laxas. También desempeñan un importante papel de colaboración en la caza, sobre todo de las presas más grandes y peligrosas, como los búfalos o los hipopótamos, por lo que ofrecen al grupo algo más que genes y protección.) Los machos residentes de Jua Kali, como bien sabía Jansson, eran C-Boy y su único compañero de la coalición, Hildur, un donjuanesco león de melena dorada. Al llegar al río, la investigadora vio a lo lejos que un macho perseguía a otro. El que huía era Hildur, pero al principio Jansson no supo de qué huía, ni por qué.

Después encontró un grupo de cuatro machos tumbados en la hierba. Los reconoció –al menos a algunos– como miembros de otra coalición, un grupo de cuatro machos adultos jóvenes y ambiciosos, que en las fichas de su registro figuraban como los Asesinos. Uno de ellos tenía ensangrentado el colmillo inferior derecho, lo que hacía pensar en una lucha reciente. Otro estaba totalmente pegado al suelo, como si quisiera confundirse con la tierra, y emitía un gruñido nervioso y continuo. Al acercarse un poco más, Jansson distinguió el tono oscuro de su melena y se dio cuenta de que era C-Boy, herido, aislado y rodeado por tres de los Asesinos.

Con suerte, un león macho en libertad puede alcanzar los 12 años, una edad ya avanzada

También había observado a una hembra lactante, la leona con collar de radioseguimiento de la manada Jua Kali. El hecho de que estuviera amamantando significaba que tenía cachorros pequeños, escondidos en una madriguera, hijos presuntamente de C-Boy o de Hildur. Por eso el enfrentamiento entre C-Boy y los Asesinos, lejos de ser un altercado sin importancia, era una lucha por el derecho a controlar la manada. Si los intrusos vencían, matarían a los hijos de sus rivales para que las hembras volviesen a estar rápidamente en celo.

Unos segundos después volvió a estallar la batalla. Los tres Asesinos empezaron a dar vueltas en torno a C-Boy y se fueron turnando para atacarlo por detrás. Le daban zarpa­zos en la grupa y mordiscos en la espalda, mientras él rugía, se giraba y se debatía desesperadamente para huir. Boquiabierta y a tan escasa distancia que casi le salpicaba la saliva de los leones, Jansson vio la escena a través de la ventana de su vehícu­lo e hizo fotos. Podía oler la agresividad en el aire. Volaba el polvo, C-Boy giraba sobre sí mismo entre rugidos, y los Asesinos se valían de su ventaja numérica para eludir las fauces del león acosado, retroceder, atacarlo por detrás e hincarle los colmillos, hasta dejarle las ancas como un viejo pellejo perforado. Jansson creyó que estaba siendo testigo del último acto de la vida del león. Pensó que si no moría enseguida por las heridas, la infección lo mataría más adelante.

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De pronto la lucha terminó, tan abruptamente como había empezado. Los Asesinos se alejaron y se subieron a un termitero, desde donde dominaban el río, mientras C-Boy se marchaba renqueando. Estaba vivo, pero derrotado.

Jansson no volvió a verlo durante dos meses. Supuso que habría muerto. Mientras tanto, los Asesinos consiguieron imponerse a las hembras de Jua Kali. Los hijos de C-Boy y de Hildur desa­parecieron, quizá porque los mataron los machos vencedores o tal vez porque fueron abandonados y murieron de hambre o se los comieron las hienas. Pero pronto las hembras volverían a entrar en celo y los Asesinos engendrarían nuevas camadas. C-Boy había pasado a la historia. Las hembras de Jua Kali lo olvidarían, como manda la fría aritmética de la sociedad de los leones.

Los tigres son solitarios. Los pumas también lo son. Ningún leopardo quiere convivir con otros leopardos. Pero el león, el único felino ver­daderamente social, vive en manadas y coaliciones, cuyas dimensiones y dinámicas dependen de un complejo equilibrio entre costes y beneficios evolutivos.

El león, el único felino ver­daderamente social, vive en manadas y coaliciones, cuyas dimensiones y dinámicas dependen de un complejo equilibrio

¿Por qué esa conducta social, desconocida en otros félidos, es tan importante para el león? ¿Es una adaptación necesaria para cazar presas grandes como el ñu? ¿Facilita la defensa de las crías? ¿Es producto de los imperativos de la competencia por el territorio? Sobre todo en el transcurso de los últimos 40 años se han ido conociendo de­­talles de la vida social de los leones, y muchas de las revelaciones más importantes se han producido gracias al estudio continuo de los leones en un solo ecosistema: el Serengeti.

El Parque Nacional del Serengeti ocupa unos 14.750 kilómetros cuadrados de llanuras herbáceas y bosques dispersos cerca de la frontera septentrional de Tanzania. En su origen era una reserva de caza menos extensa, creada en la década de 1920 por las autoridades coloniales británicas, y en 1951 se estableció formalmente el parque. El ecosistema más amplio por el que migran estacionalmente grandes rebaños de ñúes, cebras y gacelas, que siguen las lluvias en busca de hierba fresca, abarca varias reservas de caza a lo largo del límite occidental del parque, otras tierras con regímenes mixtos de gestión (entre ellas el Área de Conservación del Ngoron­goro) al este, y la extensión transfronteriza de la Reserva Nacional Masai Mara en Kenya. Además de los rebaños migratorios, hay poblaciones de alcelafos, antílopes korrigum, reduncas, antílopes de agua, elands, impalas, búfalos, facoceros y otros herbívoros de costumbres menos viajeras. En ningún otro lugar de África hay una abundancia tan concentrada de presas unguladas en un paisaje abierto, y eso es lo que convierte al Serengeti en un lugar magnífico para los leones y para los investigadores que los estudian.

El estadounidense de origen alemán George Schaller llegó en 1966, invitado por el director de los Parques Nacionales de Tanzania, para observar los efectos de la actividad depreda­dora de los leones sobre las poblaciones de herbívoros y estudiar la dinámica del ecosistema en su conjunto. Schaller, legendario biólogo de campo, célebre por su ingenio y su capacidad de trabajo en las condiciones más duras, ya había realiza­do estudios pioneros sobre el gorila de montaña. Hace poco me dijo que cuando uno hace el primer estudio detallado de una especie, «recoge lo que puede». Él recogió un tesoro de datos durante tres años y tres meses de trabajo de campo intensivo, y el libro que escribió después, The Serengeti Lion, se convirtió en el texto fundacional.

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Le siguieron otros investigadores. Un joven inglés llamado Brian Bertram fue el sucesor de Schaller y se quedó cuatro años, el tiempo suficiente para empezar a desentrañar los factores sociales que afectan al éxito reproductivo de los leones y explicar un importante fenómeno: la práctica del infanticidio por parte de los machos. Bertram documentó cuatro casos (y señaló otros muchos posibles) en los que una coalición de machos mataba a las crías de una manada que acababa de conquistar. Después vinieron Jeannette Hanby y David Bygott, quienes reunieron pruebas de que la formación de coaliciones –especialmente de tres o más individuos– facilita a los leones la conquista y el control de las manadas, lo que a su vez favorece que tengan más descendencia y que sus hijos sobrevivan. Algunas de las manadas observadas por Hanby y Bygott eran las mismas que habían estudiado Bertram y Schaller.

En 1978, Craig Packer y Anne Pusey se hicieron cargo del estudio, tras realizar un trabajo de campo en el Centro de Investigación del Río Gombe, también en Tanzania, con Jane Goodall. Pusey permaneció 12 años en el proyecto y fue la coautora de muchas publicaciones importantes; Packer todavía sigue allí, al frente del Proyecto del León del Serengeti, del que forma parte el trabajo de Ingela Jansson. Actualmente está considerado la principal autoridad mundial en el comportamiento y la ecología del león africano. Con los 35 años de trabajo de Packer, su­­mados a los estudios realizados previamente por Schaller y sus sucesores, el Proyecto del León del Serengeti es uno de los estudios de campo más largos que se han realizado sobre una especie. La continuidad en el tiempo es especialmente valiosa, ya que permite a los científicos situar los acontecimientos en un contexto amplio y distinguir lo transitorio de lo esencial. «Si dispones de datos a largo plazo –me dijo Schaller–, puedes saber de verdad lo que pasa.»

Una de las cosas que pasan es la muerte. Aunque es ineludible para todo ser vivo, los detalles sobre el momento en que se produce y su causa pueden revelar patrones interesantes.

Tras su espeluznante experiencia con los Asesinos, C-Boy renunció a sus derechos sobre la manada Jua Kali y dirigió su atención hacia el este. Hildur, su compañero de coalición, que de tan poca ayuda le había sido en los momentos difíciles, se fue con él. Cuando tres años después vi fugazmente a C-Boy, Hildur y él se habían hecho con el control de otras dos manadas: Simba Este y Vumbi, cuyos territorios se encuentran entre las llanuras abiertas y los kopjes (montículos rocosos) del sur del río Ngare Nanyuki. La zona no es la más acogedora del Serengeti para los leones y sus presas, sobre todo durante la estación seca, pero ofrecía a estos dos machos una oportunidad para volver a empezar.

Yo estaba viajando por allí con Daniel Rosen­gren, otro sueco de espíritu aventurero que había sucedido a Jansson en las tareas de seguimiento de los leones. En ese rincón remoto, al este de la principal área turística y al sur del río, las onduladas llanuras herbáceas se extienden como las olas del océano, jalonadas cada pocos kilómetros por grupos de kopjes. Los kopjes, aflora­mientos graníticos orlados de árboles y arbustos que se yerguen sobre la llanura, proporcionan sombra y seguridad a los leones mientras descansan y les permiten dominar el territorio. En esa parte del parque es posible conducir durante días sin ver un turista. Junto a Michael (Nick) Nichols y su equipo de fotógrafos, que estaban pasando varios meses en un campamento junto al río, teníamos toda el área para nosotros solos.

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Aquella tarde, la señal de radio que sonaba en los auriculares de Rosengren nos condujo a los kopjes Zebra, donde encontramos entre la vegetación a la hembra con collar de radiolocalización de la manada Vumbi. Junto a ella había un macho magnífico, con una espesa melena entre marrón oscuro y negra, que le caía por el cuello y los hombros como una capa de terciopelo. Era C-Boy.

A tan solo 12 metros de distancia, incluso mirando con los prismáticos, no detecté rastro alguno de heridas en los flancos ni en la grupa. Las perforaciones causadas por las dentelladas de los Asesinos habían sanado. «En los leones, la mayoría de las cicatrices desaparecen al cabo de un tiempo, menos las que están en el hocico o cerca de la boca», me dijo Rosengren. C-Boy había em­­prendido una nueva vida en otro lugar, con otras leonas, y parecía estar bien. Hildur y él habían engendrado varias camadas más de cachorros. La noche anterior –según nos contó Nichols, que lo había visto– las hembras de Vumbi habían cazado un eland, una presa muy grande, y C-Boy había reclamado su derecho al primer bocado, poniendo encima del animal derribado sus imperiosas patas delanteras. Tras elegir los mejores trozos de la carne, aunque no demasiados, dejó que las leonas y las crías comieran su parte. Mientras tanto, Hildur estaba en otra parte, posiblemente apareándose con otra hembra en celo. Así pues, era evidente que los dos tenían una bue­na vida, con todos los privilegios de los machos residentes. Eso fue solo 12 horas antes de que descubriéramos que los problemas los habían seguido hasta aquel territorio del este.

Los problemas eran los otros machos rivales. A primera hora de la mañana siguiente, Rosengren nos llevó en su vehículo desde el campamento de Nichols hasta el río, en busca de una manada llamada Kibumbu, cuyos cachorros eran hijos de una tercera coalición. Estos machos habían desaparecido en los últimos meses –se habían marchado a lugares desconocidos por razones ignoradas– y Rosengren se preguntaba qué otro grupo podía haberlos suplantado como machos residentes. Ese era su trabajo, dentro del contexto más amplio del estudio de los leones dirigido por Packer: registrar las idas y venidas, los nacimientos y las muertes, las incorporaciones y las retiradas que afectan el tamaño de las manadas y sus respectivos territorios. Si las crías de Kibumbu tenían ahora otros padres, ¿quiénes serían? Rosengren tenía una sospecha, que pudo confirmar cuando entre las hierbas altas de la ribera del río divisamos a los Asesinos.

Eran unos leones soberbios: su actitud era altiva y desafiante

Eran unos leones soberbios: un cuarteto de machos de ocho años de edad que descansaban en amigable compañía. Su actitud era altiva y desafiante. Rosengren me dijo que probablemente eran dos parejas de hermanos, nacidos con pocos meses de diferencia a lo largo de 2004. El nombre de «los Asesinos» se lo había puesto en 2008 otro ayudante de campo, tras deducir que habían sido ellos los que habían matado a tres hembras con collares de radio, una tras otra, junto a un arroyo al oeste del río Seronera. Ese tipo de violencia de machos contra hembras no siempre es aberrante, e incluso puede ser adaptativa en algunos casos, cuando los machos ganan más espacio para las manadas que controlan eliminando a las hembras de las manadas vecinas. Pero esa matanza en concreto les valió a los machos una reputación de maldad.

Rosengren me dijo el nombre de cada león tal como constaba en los registros (Malin, Viking, etc.), pero él prefería llamarlos por sus números: 99, 98, 94 y 93. El macho 99, visto de perfil, tenía la nariz curva de un senador romano, y su melena era oscura, aunque no tanto como la de C-Boy. Observándolo con los prismáticos, distinguí un par de pequeñas heridas en el lado izquierdo de la cara. Rosengren acercó el Land Rover, y otros dos leones, el 93 y el 94, se giraron hacia nosotros. A la luz dorada del amanecer vimos que ellos también tenían lesiones en la cara: un tajo en la nariz, una inflamación y un desgarro debajo de la oreja derecha donde brillaba el pus. «Son heridas frescas», apuntó Rosengren. Algo había suce­­dido la noche anterior, y no había sido una simple disputa por la comida compartida. Los socios de coalición nunca se hacen tanto daño entre ellos. Tenían que haberse enfrentado con otros leones. Eso abría dos interrogantes: ¿Con quién habían peleado los Asesinos? ¿Y en qué estado estaría el otro?

"La causa número uno de muerte entre los leones, en un ambiente natural intacto, son los otros leones"

A medida que avanzaba el día y seguíamos con nuestra ronda, echamos en falta a C-Boy.

«La mayoría de los leones mueren porque se matan entre sí –me dijo Craig Packer, cuando le pregunté acerca de la mortalidad–. La causa número uno de muerte entre los leones, en un ambiente natural intacto, son los otros leones.»

Él dividía esa causa en varias categorías. Por lo menos el 25 % de las pérdidas de cachorros son resultado del infanticidio perpetrado por machos recién llegados. También las hembras matan a veces a los cachorros de las manadas vecinas, si tienen oportunidad de hacerlo. Packer me dijo que en ocasiones matan a otras hembras adultas que se adentran temerariamente en su territorio. Los recursos son limitados, las manadas son territoriales y «la vida es dura en estos parajes».

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Los machos se comportan con la misma posesividad. «Las coaliciones de machos son pandillas, y si encuentran a un forastero que intenta propasarse con sus chicas, lo matan.» Los machos también pueden matar a hembras adultas cuando les conviene, como habían demostrado los Asesinos. Se ven muchas marcas de mordeduras en los leones, reflejo de la lucha competitiva por la comida, el territorio, el éxito reproductivo y, en general, la supervivencia. Con suerte, las he­­ridas se curan. Cuando la suerte es esquiva, el per­­dedor muere en la feroz batalla, o se aleja renqueando y perdiendo sangre, quizá para morir lentamente de una infección o de hambre. «Por eso digo que el león es el enemigo número uno de los leones –afirmó Packer–. Y por esa razón viven en grupos.» Mantener el control del territorio es crucial, y los mejores sitios (él los llama «puntos calientes», tales como la confluencia de dos cursos de agua, donde suelen concentrarse las presas) son un incentivo para la cooperación social. «La única manera de monopolizar uno de esos valiosísimos y escasos lugares –prosigue Packer, poniéndose en la piel de un león– es formar con los camaradas del mismo sexo una pandilla que actúe como una unidad.»

Esa idea se ha visto ampliamente confirmada por su investigación, desarrollada con varios colaboradores y estudiantes a lo largo de varios decenios. Según ha observado, no es solo la necesidad de aunar esfuerzos para cazar y defender las piezas cobradas lo que impulsa a las leonas a vivir en manadas, sino también la de proteger a la prole y conservar los mejores territorios. Sus datos revelan que si bien las dimensiones de las manadas varían considerablemente, desde una sola hembra adulta hasta 18, las de tamaño medio son las que tienen más éxito en la protección de las crías y la defensa del territorio. Los grupos más pequeños suelen perder más cachorros. Los períodos de celo de las hembras adultas de un mismo grupo suelen estar sincronizados (sobre todo si un episodio de infanticidio perpetrado por los machos ha acabado con las crías y reini­ciado sus relojes biológicos), por lo que todos los cachorros nacen más o menos al mismo tiempo.

Las manadas más pequeñas de leones suelen perder más cachorros

Esto permite la formación de «guarderías», grupos de cría en los que las hembras cuidan y amamantan no solo a sus cachorros sino también a los ajenos. Estos cuidados maternales cooperativos, eficientes en sí mismos, se ven potenciados por el hecho de que las hembras de una misma manada están emparentadas: son madres e hijas, o tías y sobrinas, y comparten un interés genético en el éxito reproductivo mutuo. Pero a partir de ciertas dimensiones, las manadas no funcionan bien, sobre todo por el exceso de competencia interna. El número óptimo de hembras adultas en una manada de las llanuras parece ser entre dos y seis.

El tamaño de las coaliciones de machos se rige por una lógica similar. Por lo general, las coaliciones las forman machos jóvenes demasiado mayores para permanecer en la manada natal, que se marchan juntos para hacer frente a los desafíos de la vida adulta. A veces una pareja de hermanos se asocia con otros dos hermanos, que pueden ser primos suyos o hermanos de diferente padre, o incluso con individuos solitarios no emparentados, necesitados de camaradas. Si el grupo de machos que recorre la sabana en busca de comida y oportunidades de aparearse es demasiado numeroso, el resultado es el caos. Pero un macho solitario o una coalición demasiado exigua (de dos miembros, por ejemplo) también estará en situación de desventaja.

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Ese era el dilema de C-Boy. Sin más socio que Hildur, un hermoso macho ansioso por aparearse pero poco dispuesto a luchar, C-Boy tenía que enfrentarse a los Asesinos, cada vez más agresivos, prácticamente solo. Ni siquiera su impresionante melena negra sería suficiente para neutralizar una desventaja de uno contra tres. Quizá para entonces ya estaría muerto. Rosengren y yo nos dimos cuenta de que, de ser así, las pequeñas heridas en las caras de los Asesinos podían ser el último rastro que quedara del paso de C-Boy por el mundo.

Aquella noche los asesinos hicieron otra incursión en un territorio nuevo. Habían pasado todo el día descansando en la ribera, dejando que el sol les calentara la cara y secara sus heridas. Unas dos horas después del ocaso empezaron a rugir. Sus voces unidas transmitían algún tipo de mensaje (quizás ¡Allá vamos!») en la dis­tancia. Después, los cuatro se pusieron en marcha, como si se dirigieran a un lugar concreto. A Rosengren y a mí nos avisó por walkie-talkie Nichols, quien se había quedado vigilándolos. Rápidamente nos montamos en el Land Rover de Rosengren y nos adentramos en la oscuridad, iniciando así lo que recuerdo como «la noche de la larga persecución».

Cuando alcanzamos a Nichols, dejamos nuestro vehículo y pasamos al suyo, para seguir observando a los leones. Éramos cinco personas. Reba Peck, la mujer de Nichols, iba al volante, condu­ciendo con cuidado y con las luces de cruce. Era una noche sin luna. Nichols disponía de gafas de visión nocturna y cámara de infrarrojos. Su ayudante y operador de vídeo, Nathan Williamson, estaba listo para captar sonidos o encender en cualquier momento los focos infrarrojos. Avanzábamos despacio tras la estela de los leones, pero ellos no parecían preocupados por nuestra presencia. Tenían otras cosas en qué pensar.

Los seguimos por una vieja senda de búfalos y después a través de un denso bosquecillo de acacias. Reba tuvo que conducir con mano firme alrededor de los hoyos de los cerdos hormigueros, por encima de ramas espinosas y a través de un cauce fangoso, donde cruzamos los dedos para no quedar atascados. Pero pasamos sin problemas. Los leones caminaban en fila india, con paso seguro y sin prisa, sin esperarnos pero sin tratar de dejarnos atrás. Nosotros los vigilábamos con las luces de cruce y, cuando estas no alcanzaban, con un visor térmico monocular. A través del visor, desde el techo del Land Rover, podía ver a los cuatro leones, cuyos cuerpos resplandecían como cirios en una cueva.

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De pronto otra figura de grandes dimensiones pasó a nuestro lado. Sus ojos desprendieron un fulgor naranja cuando la apunté con mi linterna frontal. Era una leona, que se había acercado a los Asesinos. Su paso fue tan fugaz que Rosengren no pudo reconocerla, pero presumiblemente estaba en celo. Así pues, el impulso sexual la llevaba a correr riesgos considerables, teniendo en cuenta los antecedentes de este grupo de machos. Cuando la vieron y se dirigieron hacia ella, la leona echó a correr tímidamente, perseguida por los cuatro, y por un momento los perdimos de vista. Sin embargo, solo un macho se quedó con ella, y no volvimos a verlo en toda la noche. Los otros tres se reagruparon, tras la erótica distracción, y prosiguieron su marcha.

Cruzaron una pista de tierra de dos carriles (la principal «carretera» este-oeste, que usábamos para acceder al campamento) y se desviaron hacia el sur, adentrándose abiertamente en el territorio de la manada Vumbi y de sus defensores residentes: C-Boy y Hildur. Se detuvieron unas cuantas veces para marcar el terreno, frotándose la frente contra los arbustos, arañando el suelo y orinando en él. No era un ataque por sorpresa. Se estaban anunciando, haciendo una declaración de intenciones. Para entonces habían dado la vuelta y se dirigían hacia el campamento de Nichols, por lo que Williamson avisó por radio para que el personal de cocina permaneciese dentro de las tiendas. Pero a los tres leones no les importaban lo más mínimo nuestras pe­­queñas tiendas de lona, con su olor a palomitas de maíz, pollo y café, y tampoco les interesábamos nosotros. A unos 400 metros de distancia, se tumbaron a descansar. Durante ese paréntesis, poco antes de la medianoche, Nichols y su equipo volvieron al campamento. Rosengren y yo, por nuestra parte, recuperamos el otro vehículo y nos quedamos cerca de los Asesinos. Nos turnamos para dormir y Rosengren fue el primero en acomodarse en el asiento trasero del Land Rover, donde empezó a roncar suavemente mientras yo vigilaba. Al cabo de media hora los leones se incorporaron y se pusieron en marcha otra vez. Desperté a Rosengren y fuimos tras ellos.

"Tengo que con­fesar que el rugido de tres leones oído a escasa distancia es un sonido impresionante"

Y así seguimos toda la noche: un rato andando y un rato durmiendo, y nosotros turnándonos para vigilar. De vez en cuando unían sus voces en un coro de rugidos. Tengo que con­fesar que el rugido de tres leones oído a escasa distancia es un sonido impresionante: alto en decibelios pero áspero y ronco, lleno de fuerza primigenia y potencia amenazadora. Nadie respondía a sus llamadas. Cuando amaneció, volvieron al camino después de haber hecho su largo rodeo por el territorio de la manada Vumbi, y se encaminaron con paso despreocupado hacia el oeste, en dirección a un kopje que solían frecuentar y donde encontrarían sombra para descansar durante el día. Era sábado por la mañana. Rosengren y yo los dejamos ahí.

Las heridas en la cara de los leones y la ausencia de C-Boy seguían sin tener una explicación. El equilibrio de poderes de las manadas y las coaliciones a lo largo del río Ngare Nanyuki parecía estar en constante transformación.

A última hora de la tarde del sábado, dimos con la manada Vumbi en los kopjes Zebra, un par de kilómetros al sur del lugar donde los Asesinos habían hecho su incursión nocturna. Quizá la manada había huido de los rugidos amenazadores o tal vez simplemente se había desplazado. Contamos tres hembras, tumbadas tranquilamente entre las sombreadas peñas de granito, y vimos que los ocho cachorros estaban con ellas. Sabíamos que otra de las hembras se había ido de excursión con el enamoradizo Hildur, para aparearse. Ni rastro de C-Boy. Su ausencia nos pareció una mala señal.

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El domingo por la tarde volvimos a los kopjes Zebra. Hildur y su hembra se habían reincorporado al grupo, pero C-Boy seguía sin aparecer. «Probemos en los kopjes Gol –sugirió Rosengren–. Si tenemos suerte, veremos la manada Simba Este, y puede ser que esté con ella.» Yo dije que sí. Mi prioridad era encontrarlo, vivo o muerto. Así pues, salimos en dirección sudoeste, subiendo y bajando con el vehículo por una llanura herbácea levemente ondulada, mientras Rosengren intentaba escuchar con los auriculares las señales de radio de Simba Este. En un pequeño kopje cercano al grupo principal de los Gol, localizamos a la manada: tres hembras y tres crías ya mayores, tomando el sol entre las rocas. Pero tampoco allí había señal deC-Boy.

Llegados a ese punto, Rosengren reconoció que empezaba a estar preocupado. Su trabajo no consistía en ocuparse de sus animales favoritos, evidentemente, pero no podía evitar tener sus simpatías. «Empiezo a creer que C-Boy puede haber caído víctima de los Asesinos», dijo con tristeza.

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Mientras el crepúsculo pintaba de lavanda el horizonte del Serengeti a nuestras espaldas, pusimos rumbo una vez más a los kopjes Zebra. Nichols y Peck seguían allí, con la manada Vumbi, que había pasado el día descansando en la hierba y empezaba a rugir: primero una voz, después otra y al final tres juntas, que resonaban a través de la llanura bajo un cielo cada vez más oscuro y con una delgada luna creciente. Los rugidos de los leones pueden transmitir diferentes mensajes, y el coro de esa manada tenía un tono misterioso y solitario. Cuando guardaron silencio, nosotros también esperamos una respuesta. Pero no la hubo.

Nichols y Peck partieron hacia el campamento. Rosengren hizo un rodeo con el vehículo para situarlo justo detrás de la manada. Quería que yo experimentase la temible sensación de recibir directamente en la cara los rugidos de los leones. Esta vez Hildur se unió al coro, y su voz ronca y profunda de bajo casi hizo temblar el Land Rover. Cuando terminaron, volvimos a escuchar con atención. Tampoco hubo respuesta. Entonces me dispuse a marcharme. A efectos periodísticos, estaba dispuesto a dar a C-Boy por «desaparecido y probablemente muerto».

«¡Espera!», dijo Rosengren. Los arbustos se agitaron en la oscuridad. «Préstame tu linterna frontal», añadió. Moviendo el haz de luz a través del grupo que formaban Hildur y los otros, iluminó finalmente una nueva figura, un animal corpulento con la melena muy oscura: C-Boy. Había vuelto. Había llegado corriendo, atraído por los rugidos.

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Tenía la cara intacta, lo mismo que los flancos y la grupa. Fuera quien fuese el rival con el que se habían enfrentado los Asesinos dos noches antes, no era él. C-Boy se acomodó al lado de la hembra con el collar de radio. Pronto volvería a aparearse. Era un león de ocho años, sano y formidable, que imponía respeto a la manada.

Todo es fugaz. La vida de C-Boy puede durar unos pocos años más antes de que la enfermedad, las heridas, los ataques rivales, el ostracismo al que lo condenen los suyos, el hambre y la muerte lo dobleguen. El Serengeti es despiadado con los viejos, los enfermos y los desafortunados. La felicidad de C-Boy no puede durar para siempre, pero en ese momento era muy feliz.