Las pozas azules de las Bahamas

Estas cuevas son un tesoro para los científicos, que podrían arrojar luz incluso sobre la vida en otros planetas. Lo malo es que sean tan peligrosas de explorar. Mira las fotografías de Wes C. Skiles.

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Siguiendo el hilo guía del que depende su vida, una submarinista nada con suma cautela por un bosque de estalagmitas en la cueva de Dan, en la isla Abaco. Un solo movimiento en falso puede destruir las formaciones minerales de decenas de miles de años de antigüedad.

Wes C. Skiles

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Las bacterias tiñen el agua a una profundidad de entre 9 y 11 metros en la cueva Sawmill Sink, en Abaco. En esta capa de agua y en otra incolora situada más abajo hay sulfuro de hidrógeno, un gas venenoso. Los buzos atraviesan ese estrato lo más deprisa posible.

Wes C. Skiles

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El veterano espeleobuceador Brian Kakuk extrae de los sedimentos de Sawmill Sink un cráneo de cocodrilo cubano (especie que ya no vive en las Bahamas) de más de 3.000 años de antigüedad. El ambiente de las pozas azules, casi sin oxígeno, conserva los huesos intactos.

Wes C. Skiles

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En Stargate, una poza azul de la isla Andros, los buzos iluminan el pasadizo Norte.

Wes C. Skiles

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«Antes de que te des cuenta, te ha atrapado», dice el fotógrafo Wes Skiles, refiriéndose al remolino «tremendamente peligroso» que se forma sobre la poza azul de la Chimenea, junto a la isla Gran Bahama. Como el desagüe de una bañera gigantesca, la poza succiona millones de litros de agua cuando sube la marea. «Es como una cascada; no hay escapatoria.» Manteniendo la distancia, un buzo instala instrumentos para medir la velocidad del agua en el torbellino.

Wes C. Skiles

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Situada en una resguardada ensenada de la isla Long, la poza azul de Dean, la dolina subacuática más profunda del mundo, se sumerge más de 180 metros en la oscuridad.

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El submarinista William Trubidge descansa en una cornisa a casi 25 metros de profundidad mientras contempla la profunda entrada de la poza azul de Dean, en la isla Long. Trubidge ostenta el récord mundial de apnea con peso constante sin aletas: una inmersión de 95 metros realizada en 3 minutos y 56 segundos en esta cueva de las Bahamas.

Wes C. Skiles

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Kenny Broad se sumerge en la capa tóxica de sulfuro de hidrógeno en la cueva Sawmill Sink, en la isla Abaco. A través del estudio de las bacterias que prosperan en las aguas sin oxígeno, los científicos esperan, entre otras cosas, descubrir cómo las formas simples de vida pueden dar lugar a otras más complejas.

Wes C. Skiles

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En una inmersión en Sawmill Sink, el antropólogo Kenny Broad, jefe de la expedición, desciende a través de la capa bacteriana.

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En las oscuras pozas azules, animales como este Agostocaris de 2,5 centímetros de largo no necesitan pigmentación superficial. Sólo una parte del sistema digestivo de este camarón tiene color.

Wes C. Skiles

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Los remipedios son «fósiles vivientes» que apenas han cambiado en 300 millones de años. Matan a sus presas, por lo general camarones y otros crustáceos, inyectándoles veneno con las maxilas.

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En Garbage Hole, en la isla Gran Bahama, Kenny Broad pasa por un tramo angosto y deja tras de sí un hilo guía para volver sano y salvo a la superficie. Aunque las corrientes de marea arrastran desperdicios hasta las zonas más profundas de esta cueva submarina, sus paredes rebosan vida, incluidos brillantes briozoos rojos, suaves esponjas grises y tupidos hidroideos urticantes. Para muchos espeleobuceadores, entrar en un pasadizo inexplorado, como hace Broad, es una experiencia única.

Wes C. Skiles

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La cámara de las Cascadas, a unos 25 metros de profundidad, permite a los submarinistas adentrarse en la cueva de Dan, en la isla Abaco. En los últimos 15 años se han explorado 11 kilómetros de esta cueva.
Panorámica compuesta por tres imágenes.

Wes C. Skiles

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A través del halo de luz de las linternas de buceo, Kenny Broad asciende por un pozo profundo en la cueva de Dan, en Abaco. Ésta es una de las pozas azules terrestres más espectaculares del mundo, gracias a sus abundantes formaciones minerales, desde columnas y cortinas hasta macarrones (depósitos finos y cilíndricos que parecen cañitas de refresco) que pueden romperse con solo tocarlos.

Wes C. Skiles

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El arqueólogo Michael Pateman levanta el cráneo de un indio lucayo de varios siglos de antigüedad en un yacimiento marcado con una cuadrícula, a 35 metros de profundidad en la poza azul del Santuario, en la isla Andros.

Wes C. Skiles

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El espeleólogo subacuático Brian Kakuk posee un arsenal de extraños instrumentos que le sirven para recoger muestras. Con la bolsa hinchable amarilla transporta una estalagmita hasta la superficie para poder estudiarla con calma en busca de indicios de cambios climáticos bruscos ocurridos en el pasado.

Wes C. Skiles

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Brian Kakuk utiliza un gotero para recoger el polvo rojo que el viento transportó desde el Sahara en épocas lejanas.

Wes C. Skiles

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En medio de un bosque de estalactitas en la cueva de Ralph, en la isla Abaco, Brian Kakuk alumbra con su linterna una estalagmita translúcida. Durante los períodos en que el nivel del mar fue más bajo y las cuevas se secaron, se formaron estalagmitas y estalactitas, que en ocasiones se unieron y formaron columnas.

Wes C. Skiles

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Kenny Broad trata de subir a la superficie de una poza azul de Abaco con una estalagmita bajo el brazo, mientras la corriente empuja hacia abajo las burbujas de aire que exhala. Los buzos llevan más aire del habitual cuando tienen que luchar contra la corriente.

Wes C. Skiles

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En Garbage Hole, en la isla Gran Bahama, se acumulan neumáticos y otros desperdicios. «Estás nadando al mismo tiempo en el agua que bebe la gente y entre montones de basura –dice Kenny Broad–. Resulta obvio por qué debemos proteger estos lugares.»

Wes C. Skiles

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Imagen de la entrada de la cueva de Ben, en el Parque Nacional Lucayo de la isla Gran Bahama, vista por un buzo situado justo debajo de la superficie. Creado en 1970, el parque protege uno de los sistemas de cuevas subacuáticas terrestres más extensos del planeta.

Wes C. Skiles

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Broad y Kakuk emergen a la superficie al anochecer tras múltiples inmersiones en Sawmill Sink, donde tomaron muestras de bacterias y fósiles. «Allí abajo hay un mundo extraño que no deja de superar nuestros sueños», reconoce Broad.

Wes C. Skiles

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Un buzo recorre la ornamentada cámara de las Cascadas, en la cueva de Dan. Sus aletas se ven borrosas debido a la haloclina (la delgada capa donde se juntan dos masas de aguas con distinta densidad).

Wes C. Skiles

Estas cuevas son un tesoro para los científicos, que podrían arrojar luz incluso sobre la vida en otros planetas. Lo malo es que sean tan peligrosas de explorar. Mira las fotografías de Wes C. Skiles.

Nos sumergimos en Stargate, barriendo el vacío con las linternas de buceo para ver toda la cueva. A 15 metros de la superficie surge una especie de bruma pálida, como una malla plateada de sutiles telarañas arremolinadas que flotaran inmóviles en la oscuridad.

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Museos en el fondo del mar

Museos en el fondo del mar

Es una capa de sulfuro de hidrógeno, un gas tóxico generado por colonias de bacterias y ma­­teria orgánica en descomposición. Al atravesar la capa neblinosa, los submarinistas pueden sentir picor, hormigueo o mareos, y algunos perciben un olor a huevos podridos cuando absorben el gas por la piel y lo metabolizan a través de los pulmones. La densidad del gas es relativamente baja en Stargate, pero me invade una oleada de náuseas mientras descendemos. Miro a mi guía, Brian Kakuk, uno de los espeleobuceadores más conocidos del mundo, que sigue imperturbable. Me empieza a palpitar la cabeza; es obvio que soy sensible a la toxina. La niebla de aspecto ultraterreno de Stargate parece una cortina venenosa que protege las zonas más profundas de la cueva.

Las cuevas marinas inundadas, llamadas po­­zas azules oceánicas (ocean blue holes en inglés), son extensiones del mar, sujetas a las mismas ma­­reas y habitadas por muchas de las especies que pueblan las aguas circundantes. Pero las pozas azules que hay en tierra (inland blue holes) no se parecen a ningún otro ambiente de la Tierra, de­­bido sobre todo a su geología y a la química del agua. En esas cuevas inundadas, como la de Stargate, en la isla Andros, la escasa influencia de las mareas determina una marcada estratificación de la química del agua. Una fina lente de agua dulce, aportada por la lluvia, reposa sobre una capa más densa de agua salada. La lente de agua dulce actúa como una tapa, que aísla el agua sa­­lada del oxígeno atmosférico e inhibe la acción bacteriana de descomposición de la materia or­­gánica. Las bacterias de la zona inmediatamente inferior al agua dulce sobreviven de aprovechar sulfato (una de las sales presentes en el agua), y generan como subproducto sulfuro de hidrógeno. También conocido como ácido sulfhídrico, en grandes dosis puede causar delirio y la muerte.

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Luz bajo el agua

Luz bajo el agua

Laboratorios vivientes, las pozas azules terrestres son el equivalente científico de la tumba de Tutankamón. Desde el punto de vista de un buzo, son comparables al Everest o al K2, ya que requieren un entrenamiento muy especializado, un equipo específico y muchísima experiencia. Incluso más que los alpinistas, los espeleólogos subacuáticos trabajan bajo la tremenda presión del tiempo. Si algo falla y no pueden solucionar el problema y regresar a la entrada de la cueva antes de que se les acabe el aire, están perdidos.

Hasta ahora, sólo un puñado de científicos se ha aventurado en las pozas azules. Pero en el ve­­rano y el otoño de 2009, un equipo multidisciplinario de espeleobuceadores y científicos pasó dos meses estudiándolas en Andros, Abaco y otras cinco islas de las Bahamas. Financiada por National Geographic Society en colaboración con el Museo Nacional de las Bahamas, la expedición a las pozas azules de las Bahamas fue una iniciativa de Kenny Broad, veterano espeleólogo y antropólogo de la Universidad de Miami. Bajo la enérgica e inteligente dirección de Broad, con Brian Kakuk como responsable de seguridad en las inmersiones y con el destacado espeleólogo Wes Skiles a cargo de la fotografía, los miembros del equipo efectuaron alrededor de 150 inmersiones en decenas de pozas azules. Los datos que reunieron prometen ampliar nuestros conocimientos en geología, química del agua, biología, paleontología, arqueología e incluso astrobiología, el estudio de la vida en otros planetas.

Trabajaron con urgencia. Al ritmo actual de aumento del nivel del mar (es posible que un me­­tro en los próximos cien años), muchas de estas cuevas terrestres se inundarán de agua marina en las décadas venideras, lo que perturbará su delicada química y destruirá las condiciones que las hacen tan valiosas para la ciencia. Mientras tanto, muchas pozas azules se usan como vertederos, una práctica que contamina la principal fuente de agua dulce natural de la isla. Pese a la importancia de ese mundo subterráneo, advierte Broad, su invisibilidad lo deja fuera de la lista de prioridades de conservación. Por eso la expedición se fijó también como objetivo difundir la importancia de las pozas azules e informar acerca de los peligros que las amenazan.

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Cenote Xkekén, Yucatán, México

Cenote Xkekén, Yucatán, México

Instintivamente asociamos la vida con el oxígeno, pero la vida existió en la Tierra durante más de mil millones de años en ausencia de ese gas. Por irónico que parezca, la revolución del oxígeno fue consecuencia de la aparición de unas bacterias que desprendían oxígeno como producto de desecho. Jenn Macalady, astrobióloga de la Universidad del Estado de Pennsylvania, estudia la química del agua de las pozas azules de las Bahamas porque presentan unas condiciones semejantes a las de los primeros entornos sin oxígeno que albergaron vida. Le interesa en particular el período que abarca desde la aparición de la vida en la Tierra, hace unos cuatro mil millones de años, hasta la llamada revolución del oxígeno, hace unos 2.500 millones de años. El estudio de las bacterias que proliferan en las aguas anóxicas de las pozas azules le permite postular hipotéticas formas de vida que quizás estén presentes en los ambientes de agua líquida, carentes de oxígeno, de planetas y lunas distantes. «Todo el universo está hecho de los mismos elementos –explica Macalady–, y es probable que los planetas habitables tengan una serie de características comunes, como son una temperatura propicia para la vida y la presencia de agua.» Muchos astrobiólogos creen que esas condiciones podrían estar presentes en bolsas de agua líquida en las profundidades del subsuelo de Marte, o en un mar bajo la superficie helada de Europa, una de las lunas de Júpiter, y probablemente en otros mundos distantes que quizá se parezcan mucho más al nuestro.

Macalady no hace submarinismo, pero es una activa espeleóloga. Bajo su dirección, los buzos toman muestras de agua, bacterias y sulfuro de hidrógeno desde la superficie hasta 80 metros de profundidad. La mayor parte de sus estudios (como las pruebas de ADN, los cultivos de bacterias y la búsqueda de fósiles moleculares) tendrán que esperar a que regrese al laboratorio. Pero el sulfuro de hidrógeno es demasiado inestable para el transporte, por lo que Macalady determina los niveles del gas en las muestras de agua en el mismo lugar de la inmersión con un espectrofotómetro portátil. La ayuda Nikita Shiel-Rolle, espeleobuceadora bahameña y estudiante de posgrado de ciencias marinas de la Universidad de Miami. La entrada del pozo de Stargate se encuentra en una finca que pertenece a su familia desde hace generaciones.

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Un arrecife de película

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«Para dar una idea de la singularidad de cada poza –dice Macalady–, basta decir que analizamos el ADN de los microbios de cinco pozas azules terrestres y no hallamos ninguna especie que estuviera presente en más de una.» Ella sigue sorprendiéndose de la variedad de mecanismos utilizados por los organismos para obtener energía. «Algunos tienen trucos que antes nos habrían parecido químicamente imposibles –afirma–. Si logramos entender cómo hacen exactamente esos microbios para sobrevivir, sabremos qué buscar en otros mundos carentes de oxígeno.»

Cuando Kakuk y yo dejamos atrás la capa de sulfuro de hidrógeno y nos sumergimos aún más, las náuseas y el dolor de cabeza no tardan en desaparecer. Descendemos lentamente por la pared oriental de la cueva hasta que nuestras linternas iluminan una abertura triangular: la entrada a una galería de 750 metros conocida como pasadizo Sur.

Stargate consiste en un pozo central de unos 100 metros de profundidad, con pasadizos que se extienden hacia el norte y hacia el sur. Kakuk ha explorado el pasadizo Norte hasta más o me­­nos unos 400 metros de distancia del pozo central y ha llegado todavía más lejos por el pasadizo Sur. De las más de mil pozas azules que se cree hay en las Bahamas, menos del 20 % han sido exploradas, y según los cálculos de Kakuk las tres cuartas partes de éstas tienen pasadizos por los que aún nadie se ha aventurado. La edad de oro de la exploración de las pozas azules de las Bahamas todavía no ha comenzado.

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La entrada del pasadizo Sur está decorada con espectaculares formaciones de calcita, o espeleotemas: cortinas (delgadas láminas colgantes), macarrones larguísimos (depósitos finos y cilíndricos que parecen cañitas de refresco) y las más familiares estalactitas y estalagmitas. Se formaron durante las glaciaciones, cuando el nivel del mar descendió considerablemente y las cuevas se secaron. Según Peter Swart, profesor de geología marina y geofísica de la Universidad de Miami, los espeleotemas conservan un valioso registro de los cambios climáticos acaecidos mientras crecían al inexorable ritmo de entre uno y cinco centímetros por milenio. El estudio minucioso de esas formaciones permitirá a Swart, Broad y Amy Clement, experta en modelización climática de la Universidad de Miami, adquirir valiosa información sobre cambios bruscos del clima registrados en el pasado.

Entre esos cambios figuran las prolongadas tormentas que hace miles de años transportaron arena del Sahara a través del Atlántico, dejando elevadas concentraciones de hierro en las estalagmitas y en las franjas rojas visibles en el sedimento de las paredes de la cueva. La información de los espeleotemas arrojará luz sobre el rápido calentamiento climático actual y el ascenso asociado del nivel del mar. «Cuanto mejor comprendamos el funcionamiento natural del clima –dice Swart–, mejor podremos establecer la naturaleza y el grado del impacto humano.»

Siguiendo las instrucciones de Kakuk, ato nuestro carrete de seguridad al hilo principal en la entrada del pasadizo Sur, y lo sigo. A la luz de nuestras linternas, la geometría del lugar quita el aliento. Un abovedado techo triangular se eleva sobre nosotros; debajo se extiende un suelo de oscuridad impenetrable. Hay una espectral sensación de intencionalidad en el ambiente, como si el pasillo abovedado no se hubiese formado por azar, y algo me recuerda simultáneamente a las murallas de Micenas y a la galería de la Gran Pirámide de Keops. Esperaba sentir cierta angustia, pero pese al surrealismo ultraterreno del lugar, oscuro y estático, me siento tranquilo.

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Tras recorrer horizontalmente unos 60 metros por el pasadizo Sur, Kakuk toma una muestra de agua para Macalady en un tubo de plástico. Me señala un pez de cola brillante y traslúcida que titila como la llama de una vela: un Lucifuga de unos 12 centímetros de largo. Es ciego, como la mayoría de las criaturas de estas profundidades sin luz. Después Kakuk dirige mi atención hacia un camarón Barbouria, un crustáceo rojizo de unos cinco centímetros, con largas antenas curvas con las que detecta a las presas. Minutos después se ilumina la yema de uno de sus dedos para mostrarme la más diminuta de las criaturas. Es un ostrácodo, un crustáceo no más grande que una semilla de sésamo, con un brillante interior rosa encerrado en una concha transparente, como la de una almeja. En lo alto de su cuerpo redondo, un par de antenas se agitan como las alas de un hada y lo impulsan por el agua.

Kakuk es conocido por su gran habilidad para descubrir cosas que otros submarinistas (incluso científicos con experiencia) pasan por alto. Durante sus 21 años de inmersiones en las pozas azules, ha descubierto más de una docena de especies animales nuevas. A cuatro de ellas, el científico de la expedición Tim Iliffe, espeleólogo y profesor de biología marina de la Universidad de Texas A&M, les ha puesto el nombre de Kakuk. En los últimos decenios, los cientí­ficos han descubierto en estas y otras cuevas inundadas del mundo una sorprendente abundancia de organismos antes desconocidos: más de 300 especies, 75 géneros, nueve familias, tres órdenes y una clase, la de los remipedios, documentada por primera vez en 1981 en las Bahamas.

La mayoría de las especies adaptadas a las cuevas son crustáceos, y muchas, como los remipedios, son «fósiles vivientes», es decir, especies vivas que se parecen mucho a otras conservadas en el registro fósil. Según Iliffe, la mayoría de las especies de agua salada que viven en cuevas se encuentran en las pozas azules de las Bahamas, entre ellas 18 de las 24 especies conocidas de remipedios. Estos crustáceos, que aparecieron hace 300 millones de años, permiten a los científicos imaginar cómo era la vida durante el carbonífero, decenas de millones de años antes de la aparición de los dinosaurios. Con sus esbeltos cuerpos segmentados de menos de cinco centímetros de longitud, estas criaturas normalmente incoloras y ciegas se encuentran en lo más alto de la cadena alimentaria de sus hábitats, gracias a unas maxilas huecas con las que inyectan veneno a los camarones y otros crustáceos para matarlos.

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Mientras nos adentramos en el pasadizo Sur, el único sonido que percibimos es el rítmico siseo de nuestros reguladores y el murmullo de nuestra respiración al exhalar el aire. De vez en cuando Kakuk describe un amplio círculo con la linterna sobre la pared del túnel, que es la señal acordada para preguntar si todo va bien. Yo repito la señal como respuesta afirmativa. Hace menos de dos meses que lo conozco, pero mi vida depende de su buen juicio, y la suya, en cierta medida, del mío.

En el espeleobuceo es fundamental llevarlo todo por duplicado, o más. Si una de mis linternas falla, tengo tres de reserva. Para nuestro suministro de gas (en este caso aire enriquecido Nitrox, una mezcla de nitrógeno y oxígeno), tenemos dos sistemas independientes de botellas y reguladores. Mientras respetemos la regla de los tercios (un tercio del aire para entrar, un tercio para salir y un tercio de reserva por si hay alguna emergencia), tendremos suficiente para volver a la superficie, aunque se averíe una de las botellas o de los reguladores. Todo saldrá bien si no nos separamos del hilo guía. En el laberinto de galerías, apartarse del hilo puede ser un error fatal. Durante el entrenamiento, Kakuk me hizo girar con los ojos cerrados y me separó del hilo para simular desorientación. A tientas en la oscuridad y utilizando el carrete de seguridad, tardé 12 interminables minutos en encontrarlo. Kakuk ha realizado unas 3.000 inmersiones en cuevas sin sufrir nunca ningún daño grave. Teniendo en cuenta los riesgos, el talante alegre y bromista del equipo de Broad contrasta con un hecho sombrío: entre todos, estos buzos han participado en decenas de recuperaciones de cadáveres en cuevas sumergidas.

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Tras avanzar unos 150 metros por el pasadizo Sur, llegamos al final del hilo principal, atado a un poste natural de calcita a 40 metros de profundidad. En ese punto el túnel se estrecha y cae a pico hasta una profundidad de más de 70 me­­tros. Comprobamos el aire; observamos que el primero de nuestros tercios se ha agotado, y emprendemos el regreso.

En el portal que separa el pasadizo Sur del pozo central de Stargate, Kakuk tapa sus linternas y se detiene. La luz verde y tenue del día tiene apenas la intensidad suficiente para dibujar a contraluz la silueta de la entrada de la poza. Dejo que piernas y brazos me cuelguen y siento que mi cuerpo sube y baja con cada respiración. Quisiera quedarme aquí flotando durante horas, ingrávido y relajado, suspendido en el vacío.

Ascendemos despacio hasta una profundidad de 18 metros y hacemos una pausa en una cornisa inclinada, justo debajo de la boca de la cueva. En medio de la cornisa hay una depresión alargada llena de barro. Kakuk descubrió ese prometedor elemento en una inmersión previa y ahora introduce la mano en el limo. Remueve un poco el barro y, enseguida (con tanta rapidez que parece un milagro), extrae un hueso largo de color caoba: un fémur humano. A continuación saca otros dos huesos más pequeños. Después mete aún más el brazo y saca un cráneo humano. El ángulo de la frente es muy marcado, señal de que su propietario era un indio lucayo, un pueblo que vivió en las Bahamas entre los siglos VI y XV. Para aumentar el ángulo de la frente, los lucayos comprimían con tablas la cabeza de los bebés. Algunos arqueólogos creen que la finalidad de tal práctica era fortalecer el cráneo para soportar los golpes en la batalla, pero otros piensan que era puramente estética.

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En 1991, Rob Palmer (pionero de la espeleología subacuática que puso a la cueva el nombre de Stargate) descubrió y excavó con su equipo 17 yacimientos lucayos en una cueva de Andros llamada Santuario, donde encontraron los restos de 11 hombres, cinco mujeres y un niño.

En la expedición de 2009, Michael Pateman, arqueólogo y espeleobuceador del Museo Nacional de las Bahamas, recuperó los restos de otros dos lucayos más. Ahora datará los huesos con el sistema del carbono 14 y los estudiará (junto con los hallados por Kakuk en nuestra inmersión), para obtener información sobre la edad, el sexo, la talla, la dieta, las causas de estrés en la vida de estos individuos y las causas de su muerte.

«Una de las cosas que sabemos de los lucayos es que eran unos buzos excelentes –me cuenta Pateman–. Los españoles apreciaban sus dotes de buscadores de perlas. Hemos encontrado indicios de la práctica del submarinismo en algunos cráneos. Con el tiempo, por influencia de la presión, se forma hueso alrededor de los oídos.» Como en tantos otros aspectos del estudio científico de las pozas azules, el trabajo de Pateman no ha hecho más que empezar. Lo que más le intriga es cómo y por qué acabaron los lucayos en las pozas azules. Sospecha que las cuevas sumergidas pudieron ser cementerios; sin embargo, el hallazgo del cadáver de un lucayo atado en una cueva seca de una de las islas sugiere otro tipo de prácticas más violentas. ¿Fueron esos individuos asesinados? ¿Fueron víctimas de querellas locales, de una guerra, de sacrificios religiosos?

Los huesos lucayos sólo son uno de los mu­­chos elementos que encierran las pozas azules, opina Nancy Albury, coordinadora de proyectos del Museo Nacional de las Bahamas. Para ella, lo más fascinante de estos «agujeros azules» son los restos de animales que contienen: fósiles y huesos notablemente bien conservados de cocodrilos, tortugas, murciélagos, búhos, escarabajos y otras especies que prosperaron en las Bahamas antes de la llegada de los lucayos. «En algunas pozas azules –dice Albury–, hemos encontrado esqueletos completos y tejidos blandos conservados en caparazones de tortuga de miles de años de antigüedad. Las hojas aún mantienen su estructura y sus pigmentos, y las alas de los insectos todavía son azules o verdes iridiscentes.» Dave Steadman, paleontólogo de la expedición, explica que el ambiente anóxico y protegido de las pozas azules es perfecto para preservar la materia orgánica. Según Steadman, si no fuera por las pozas, gran parte del registro fósil de los animales de las Bahamas, que se remonta a muchos miles de años atrás, se habría perdido.

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Una de las recompensas del planteamiento multidisciplinario de la expedición es el constante intercambio de ideas y entusiasmo entre científicos de ámbitos completamente distintos. El trabajo de Swart con los espeleotemas proporcionará información sobre los climas antiguos, lo que a su vez permitirá explicar cómo y cuándo se extinguieron algunas especies animales de las Bahamas, tema que pertenece al campo de estudio de Steadman y Albury. El estudio de Pateman sobre los restos humanos podría desvelar conexiones desconocidas entre los lucayos y los huesos de animales hallados en las pozas azules. De no haber sido por la singular estructura geológica de las pozas azules terrestres (profundas, oscuras, protegidas y poco influidas por las mareas), las bacterias especializadas que estudia Macalady nunca habrían prosperado. Y si las bacterias no hubieran creado un ambiente anóxico, muchas de las especies de Iliffe no habrían proliferado en las cuevas y gran parte de los restos biológicos se habrían desvanecido. Como ha dicho Broad: «No se me ocurre ningún otro ambiente en la Tierra que sea tan fascinante de explorar y que nos aporte tanto desde el punto de vista científico».

Mientras subimos lentamente hacia la superficie, Kakuk y yo volvemos a atravesar los velos de sulfuro de hidrógeno de camino a nuestras botellas de descompresión: unas botellas de oxígeno puro que cuelgan de un tubo de plástico a una profundidad de seis metros. Nos quedamos suspendidos para respirar tranquilamente ese aire puro. Después de 18 minutos de descompresión y una inmersión total de 65 minutos, salimos al aire cálido de las Bahamas. Incluso aquí, mientras floto un momento boca arriba, reposando sobre su piel líquida, Stargate me parece un mundo benigno y extraño.