Lagunas Mareales

Un elenco de miles de criaturas se aferran a su espacio en las rocas en una estrecha franja litoral llamada zona intermareal. El fotógrafo David Littschwager revela la naturaleza compleja e intrincada contenida en una laguna mareal.

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1 de julio de 2011

Las estrellas de mar figuran entre las criaturas más espectaculares del variado bestiario que habita la costa cerca de Bodega Bay. Grandes (a veces de 30 centímetros de diámetro) y de colorido obstinadamente intenso (algunas son anaranjadas, otras son moradas, pero nadie sabe por qué), suelen encontrarse en las grietas de las rocas como juguetes abandonados. Pese a su aparente letargia, Pisaster ochraceus es uno de los depredadores superiores de la zona intermareal (¡el tigre de la poza!), aunque no tiene nada que se parezca a un cerebro.

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Sarah Ann Thompson, bióloga marina del Instituto Farallon en Petaluma, California, me guía por las abruptas rocas costeras y a través de las pozas intermareales de Mussel Point, en la península de Bodega Head, 105 kilómetros al norte de San Francisco. (Yo, con impermeable, botas de goma y rodilleras, intento no resbalar sobre las algas lisas y brillantes.) Thompson se agacha para recoger una estrella naranja.

Por una extraña adaptación, Pisaster es capaz, en un abrir y cerrar de ojos (o lo sería, si tuviera ojos), de volver rígidos los tejidos «mudables» de su cuerpo normalmente blando y transformarlos en una estructura dura como el hueso. Después utiliza un sistema hidráulico interno para adherir cientos de ventosas a las dos conchas de un mejillón y ejerce suficiente fuerza para abrirlas.

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«Esta Pisaster ya ha matado al mejillón –dice Thompson, sosteniendo la estrella de mar y el mejillón cadáver en una mano y separando ligeramente las conchas del molusco con la otra–. Ha expulsado el estómago por la boca y ahora está haciendo la digestión externa del mejillón.»

¿Entonces, esa cosa pringosa y amarillenta dentro del mejillón…?

«Sí, es el estómago de la estrella. Cuando acabe de comer, lo meterá otra vez para dentro y se marchará tranquilamente.»

Las pozas intermareales se forman en zonas costeras rocosas donde el mar se encuentra con la tierra. Son franjas de litoral, a veces de unos pocos metros de ancho, que las mareas cubren y dejan al descubierto a diario. John Steinbeck las describió como zonas «ferozmente vivas». La observación es acertada en lo que se refiere al espacio (pasan muchas cosas en un área relativamente pequeña), pero también al tiempo: todo sucede muy deprisa entre una marea y otra.

Los biólogos valoran la zona intermareal co­­mo un modelo fácilmente observable de procesos ecológicos que se producen a escalas mucho mayores. Quienes estudian las biozonas (los cambios de la flora y la fauna desde el desierto hasta las cumbres alpinas) tienen que recorrer muchos kilómetros para observar una amplia variedad de hábitats. Pero la franja intermareal presenta diversidad de biozonas (desde plantas marinas en el fondo hasta lapas en lo más alto, pasando por estratos de anémonas, mejillones y percebes), todo a pocos pasos de distancia.

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Cuando un tornado arranca de raíz parte de un bosque antiguo, y el crecimiento empieza de cero, pasan siglos antes de que la hierba dé paso a los arbustos y los árboles pioneros que finalmente producen las especies de un bosque primario. En cambio, cuando un madero arrastrado por la marea barre un trozo de hábitat intermareal y deja al descubierto la roca desnuda, los biólogos pueden ver la recuperación y maduración de la vida prácticamente ante sus ojos, ya que el ciclo dura unos pocos años.

La coincidencia de geología y clima hace de la costa noroccidental de América del Norte una de las regiones intermareales más diversas y productivas del mundo. El afloramiento de corrientes frías del Pacífico cerca de la costa aporta agua rica en nutrientes, en invierno no suele formarse hielo en las rocas, y la abundante niebla atenúa el efecto desecador del sol sobre unos animales marinos que deben pasar fuera del mar la mitad de sus vidas o más.

Las rocas y las pozas albergan una biodiversidad equiparable a la de un bosque lluvioso. Pisaster es sólo una de las muchas especies que se han adaptado a innumerables microhábitats con una variedad aparentemente inagotable de formas y estilos de vida. Hay un gusano pequeño que dispara un arpón para capturar a su presa, una lapa que custodia su pequeña parcela de roca, un alga que expulsa ácido cuando se siente atacada y un nudibranquio (una especie de babosa vestida de gala) que come criaturas venenosas y se implanta células urticantes debajo de su propia piel para repeler a los depredadores.

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¿Por qué tanta agresión? Simplemente, es el resultado de la aglomeración de plantas y animales que compiten por los recursos en un espacio altamente productivo pero limitado. En la naturaleza, como en el sector inmobiliario, la ubicación lo es todo, y la zona intermareal es como el mismísimo centro de Manhattan.

A Eric Sanford le gusta hacer una especie de truco de magia para sus estudiantes del Laboratorio Marino de Bodega cuando les da su charla introductoria en el aula y luego los conduce por la costa rocosa para dar el toque de efecto.

En primer lugar, la audiencia tiene que entender el concepto de filo (del latín phylum), principio organizador para clasificar el reino animal. La palabra alemana para filo, bauplan («plan corporal»), es útil para comprender que todos los animales están agrupados según su estructu-ra física. Por ejemplo, los que tienen notocordio (que sería la espina dorsal del tiburón, la pitón, el pelícano o el ser humano) pertenecen al filo de los cordados. Las mariposas, los camarones y otros animales con patas articuladas pertenecen al de los artrópodos. La lista tiene alrededor de 33 filos, según quien haga la clasificación.

Después, Sanford lleva a su público (en este caso, yo mismo) a un paseo hasta Horseshoe Cove, una muesca más en la accidentada costa de Bodega Head. Tras una pequeña exploración entre la espesa masa de kelp y plantas marinas, elige una roca de aspecto prometedor.

«Veamos lo que podemos encontrar por aquí –dice–. Esta costra amarilla es una esponja, perteneciente al filo de los poríferos. Esta anémona es un cnidario, y esta diminuta estrella de mar, un equinodermo. Este caracol y este nudibranquio son moluscos, y aquí tenemos varios serpúlidos, que son anélidos.

»Aquí tenemos un par de cosas que parecen esponjas, pero en realidad son briozoos. Esto de aquí es un tunicado, también llamado ascidia, que es un cordado, y aquí hay un cangrejo, que es un artrópodo.» Después de un rato más buscando, me enseña otro más: «Y esto es un gusano plano, un platelminto».

Ahí está la magia. Eric Sanford sostiene, en una sola mano, representantes de más de la cuarta parte de toda la vida animal que hay en la Tierra: nueve filos en una roca. En todas las tierras emergidas del planeta, desde los polos hasta el ecuador, sólo pueden encontrarse unos 12 filos.

«Hay mucha diversidad porque la vida surgió en el mar –dice Sanford–, y los sistemas intermareales son un microcosmos del océano en general. En una poza intermareal es posible tener acceso a todo, durante las horas de bajamar.»

Un par de días después, voy saltando de roca en roca por encima de Horseshoe Cove con Jackie Sones, coordinadora de investigación de la Reserva Marina de Bodega. «Esto es un picnogónido –me dice, mientras sostiene en la mano un animalejo de color naranja claro, más o menos del tamaño de su uña–, vulgarmente llamado araña de mar.»

Visto a través de una lente de aumento, se parece bastante a una araña, aunque con cierto aire de hombrecito Michelin, por las patas y el cuerpo rechonchos y ondulados.

«Usa la probóscide para pinchar a las anémonas marinas y succionarles los fluidos», dice So­­nes. Pero este depredador diminuto tiene su lado tierno. Sones le da la vuelta y un conglomerado de esferas minúsculas que parecen caviar blancuzco quedan a la vista. «Los machos cuidan a la prole –me explica–. Reúnen los huevos de diferentes hembras y los sujetan con unas patas especiales modificadas.» Los picnogónidos fascinan a los biólogos porque son uno de los pocos tipos de animales en los que sólo los machos cuidan de las crías.

El desarrollo juvenil de los habitantes de la zona intermareal varía casi tanto como su forma física. Muchos atraviesan una fase larvaria, que puede durar semanas o meses, en la que nadan libremente en el mar antes de establecerse como adultos en una roca.

Nos arrodillamos para analizar uno de esos vagabundos larvarios, o más bien al adulto resultante. La anémona verde gigante, Anthopleura xanthogrammica, es un depredador temible, aunque espera a que las presas desprevenidas se pongan a su alcance en lugar de perseguirlas activamente. Fuera del agua parece un grumo de gelatina de lima del tamaño de un puño, pero cuando está sumergida florece y extiende sus delicados tentáculos alrededor de una boca succionadora con la que traga enteras a sus víctimas. Las anémonas marinas revelan su parentesco con las medusas en el uso de unas estructuras urticantes llamadas nematocistos, que disparan cual dardos microscópicos para atontar a la presa. Extiendo un dedo para dárselo a probar a la anémona y sólo experimento una sensación vagamente pegajosa. Si fuera un cangrejo, ya me habría comido.

Una vez establecidos en la roca, Anthopleura y muchos de sus vecinos de la zona intermareal son excepcionalmente longevos, tanto los individuos como las especies. Muchas anémonas de mar han vivido decenios en el laboratorio sin presentar signos de envejecimiento, y se cree que algunos ejemplares en libertad tienen más de 150 años. «De no ser por los depredadores u otros accidentes mortales –leo en un libro–, las anémonas son potencialmente inmortales.»

Mar ácido

Sin embargo, los biólogos se preguntan cómo responderán los animales y las plantas de la zona intermareal, por muy adaptables que sean, a determinadas amenazas que no han conocido hasta ahora. Los problemas locales van desde la contaminación y la acumulación de fango debido a la escorrentía litoral, hasta el aumento de la recolección de ciertas algas, debido a la mayor demanda de alimentos naturales.

Mucho más inquietante es la acidificación del mar causada por un nivel más alto de dióxido de carbono atmosférico. Los moluscos, los crustáceos e incluso las algas coralinas necesitan calcio para desarrollar sus estructuras, un proceso que podría verse obstaculizado por la mayor acidez del agua del mar. El aumento de la temperatura del océano también es una amenaza: el agua caliente tiene menos oxígeno que el agua fría. Las reservas marinas ayudan a proteger el océano de la sobreexplotación, pero las zonas protegidas son tan vulnerables al cambio climático mundial como el resto de los mares.

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En una reflexión sobre el carácter interconectado de la vida, Steinbeck escribió: «Es aconsejable levantar la vista de la poza a las estrellas y mirar otra vez la poza». Como un microcosmos del océano (cuna de toda la vida, incluida la nuestra), la zona intermareal es como otra galaxia del universo, una galaxia a nuestro alcance.

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