Nueva Zelanda

La tierra de la piedra verde

Es un país de jade. Alberga cuatro parques nacionales que contienen las cumbres más elevadas y los bosques más altos de Nueva Zelanda.

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MM8180 130406 05452. Nueva Zelanda

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Unas ramas de haya penden sobre las aguas del lago Ada en la Milford Track, una popular ruta de senderismo.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130415 09407. Nueva Zelanda

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Los lagos de montaña –joyas congeladas durante el invierno y límpidas lagunas en verano– puntean los prados alpinos del Parque Nacional del Monte Aspiring.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130416 10221. Nueva Zelanda

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Hallada en una playa cerca de Haast (y devuelta a la costa para tomar esta fotografía), una pieza de pounamu –o jade– inspiró el nombre de esta parte de Nueva Zelanda: Te Wahipounamu, la tierra de la piedra verde.

 

Foto: Michael Melford

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MM8180 130404 04960. Nueva Zelanda

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El clima increíblemente húmedo de Fiordland –la precipitación media anual es de más de 6.000 milímetros– cubre las ramas de los árboles de musgos, líquenes, hepáticas y otras plantas.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130416 10122. Nueva Zelanda

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Las tierras bajas erosionadas por los glaciares que hay al norte de la bahía de Jackson son un legado del pleistoceno. En la foto, el río Waiatoto atraviesa una barra de grava para encontrarse con el mar de Tasmania.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130407 05675. Nueva Zelanda

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El papagayo de montaña de Nueva Zelanda, conocido por su nombre maorí, kea, se ha sumado a la larga lista de especies amenazadas por los depredadores foráneos. 

Foto: Michael Nichols

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MM8180 130326 01960. Nueva Zelanda

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Sobre los glaciares se cierne una amenaza diferente: el calentamiento del clima. Los dos más visitados –Franz Josef y Fox (foto)– están en retroceso.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130322 00587. Nueva Zelanda

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Hump Ridge Track, una ruta de senderismo abierta en 2001, ofrece tres jornadas de fuertes pendientes, largas caminatas por la costa y vistas de densos bosques de notofagas plateadas festoneadas de líquenes.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130416 10360. Nueva Zelanda

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Farallones de roca cristalina, vestigios de la última glaciación, puntean la costa al norte de Haast. Te Wahipounamu es una ventana a Gondwana, cuya fragmentación creó las masas continentales del actual hemisferio Sur. 

Foto: Michael Melford

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MM8180 130411 07252. Nueva Zelanda

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Los bosques de rimu, conífera endémica de Nueva Zelanda, son un legado de Gondwana.

Foto: Michael Melford

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MM8180 130413 08400. Nueva Zelanda

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El Aoraki/monte Cook, cuyos 3.724 metros lo convierten en el pico más alto de Nueva Zelanda, da nombre a un parque nacional cuajado de cumbres de más de 3.000 metros, lo más bello de Te Wahipounamu.

Foto: Michael Melford

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Star Tail Milford Sound. Nueva Zelanda

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Las trayectorias de las estrellas gravan el cielo nocturno de Milford Sound, en Fiordland. Para crear esta imagen, el fotógrafo unió múltiples fotografías de larga exposición.

Foto: Michael Melford

4 de abril de 2014

Jeff Mahuika se inclina de repente. Entre los miles de cantos rodados que pisamos, ha visto algo que a mí se me escapa. Con sumo cuidado agarra una piedra por el borde y la retira del montón de grava. Es una lasca de pounamu, es decir, piedra verde, o jade. Cuando la pone a la luz, el sol le arranca destellos verde grisáceos.

Me la da y acaricio su superficie, alisada por la fuerza del río. «La tradición de nuestro pueblo prohíbe quedarse con el primer hallazgo –dice –. Te lo regalo.» Mahuika es maestro tallador de piedra verde. Así que se la devuelvo y le digo: «Si le haces un agujero, llevaré este pounamu colgado al cuello a modo de vínculo con este lugar».

Te Wahipounamu, la tierra del jade. En 1990 esta franja del sudoeste de Nueva Zelanda fue declarada Patrimonio de la Humanidad en reconocimiento a sus cuatro parques nacionales y a las zonas interconectadas de territorio protegido. De todos los espacios naturales de mi país, este es el que visito con más frecuencia, para respirar su aire de montaña, vadear sus ríos, recorrer sus bosques y embeberme de su presencia.

El tallador y yo recorremos el valle del Casca­de, a una hora de camino desde donde termina la carretera de la costa, al sur de Haast. A nuestra espalda el sol vespertino incendia de escarlata los picos de las Red Hills. De esas montañas procede el pounamu de los ríos. Las mismas fuerzas tectónicas que elevaron las cimas crearon la piedra. Caminamos por las márgenes del río con la cabeza gacha, mirando pero sin mirar, porque los maoríes creen que el pounamu no se encuentra, sino que se revela a sí mismo. Esa revelación, sin embargo, se complica por el hecho de que existen muchas piedras verdes que no son la piedra verde por antonomasia, o nefrita, en el léxico de los geólogos. Descubro que soy todo un experto en localizar esas imitaciones.

Una y otra vez me agacho para recoger una bonita piedra verdosa.«¿Y esta, Jeff? ¿Es nefrita?»
«No, es dejarita –dice–. Se deja donde está.»

Cuando los maoríes eran dueños de esta tierra, no había recurso tenido en mayor estima que el pounamu. Esta piedra llegó a ser tan valiosa en parte por las interminables horas que había que invertir en transformarla ya fuera en utensilios o en adornos, pues el pounamu es más duro que el acero. Tras semanas o meses de trabajo, la piedra quedaba imbuida de la vida de su propietario. Una antigua tradición dictaba que cuando un maorí fallecía, había que enterrarlo con sus piezas de pounamu, que posteriormente se exhumaban para ser entregadas a un descendiente. De este modo el pounamu trascendía el tiempo, uniendo generaciones en un abrazo sagrado.

Al tocar hoy esos tesoros (cinceles, pendientes, mazas de guerra) se palpa un vínculo no solo con su tallador y propietario, sino también con la procedencia física de la propia piedra. En el mundo maorí los objetos hablan de sus orígenes: la barba de ballena, de la ballena; la madera, del árbol; el pounamu, del río y la montaña que lo crearon. El agua y el hielo arrancan la piedra de la roca que la alberga; los ríos la arrastran hasta el mar. «La piedra está siempre en movimiento –dice Mahuika–. En nuestros relatos decimos que es un pez. Vive un viaje, igual que nosotros.»

Vadeamos el río Cascade sumergidos hasta la cintura, tratando de mantener el equilibrio en la impetuosa corriente. Es primavera, época en que los alevines de los peces autóctonos llegan a los ríos de Te Wahipounamu procedentes del mar para remontar las aguas y alcanzar la madurez en los frescos tramos forestales. La pesca de estos pececillos es toda una religión en la costa occidental. Los habitantes de esta zona recorren de sol a sol la desembocadura de los ríos con sus largos salabres en busca de capturas. Más tarde, en una minúscula caseta o sobre una fogata, se funde mantequilla en una sartén y se fríe una mezcla de huevo batido y pescaditos. Tortitas de jaramugo, manjar de los dioses.

Los maoríes llaman al tipo más común de alevín inanga, palabra que también sirve para referirse al pounamu de color gris perla, a veces salpicado de manchitas que parecen ojos, como si los pececillos nadasen dentro de la piedra. En un mundo definido por las interrelaciones, el nombre maorí de una cosa suele evocar otra. La palabra que denota los Alpes Neozelandeses –los abruptos picos que recorren Te Wahipounamu– también denomina el océano batido por las olas.

Las montañas configuran este lugar. Erguidas de cara a los vendavales de poniente de unas latitudes que no en balde se conocen como los Cuarenta Rugientes, sus picos atrapan las nubes y empapan la costa de lluvia. Es una zona tan húmeda que en las carreteras del sur, menos visitadas, crece musgo en el asfalto.

Durante la última glaciación, los glaciares de montaña cuajaron la región de lagos y simas y cincelaron los fiordos que dan nombre a la franja más austral de Te Wahipounamu: Fiordland. En la zona declarada Patrimonio de la Humanidad resisten más de 3.000 glaciares. Dos de los más célebres, Fox y Franz Josef, descienden prácticamente hasta el nivel del mar, donde acarician el bosque lluvioso costero.

Estos bosques son una cápsula del tiempo de Gondwana, el supercontinente cuya fragmentación generó las masas continentales del hemisfe­rio Sur actual. Cuando Nueva Zelanda se desgajó de lo que hoy es Australia para emprender su propio viaje por el Pacífico, creó una división ecológica que duró 80 millones de años. Esa prolongada soledad hizo de Nueva Zelanda una reserva de la fauniflora de Gondwana, y el su­­doeste del país es la ventana que mejor permite asomarse a ese mundo ancestral.

Los maoríes aún viven en estas tierras, aunque su presencia es exigua. En 2005 se vivió un mo­­mento simbólico cuando el pueblo de Mahuika abrió una «casa tallada» de reuniones, la primera casa ceremonial en 140 años. Fue una afirmación de supervivencia y esperanza, pero también un reconocimiento de la transitoriedad humana, una verdad expresada en un proverbio maorí: la gente va y viene, pero la tierra permanece.