Etología

La inteligencia de los delfines

Cómo romper la barrera comunicativa entre los delfines y los humanos

23 de mayo de 2015

La jefa de adiestradores Teri Turner Bolton contempla a dos jóvenes delfines machos llamados Héctor y Han, cuyos hocicos asoman del agua mientras esperan con atención la siguiente orden.
Los delfines mulares del Instituto de Ciencias Marinas de Roatán (RIMS), un centro turístico y de investigación situado en la isla hondureña homónima, son veteranos de los espectáculos. Han sido entrenados para obedecer la orden de describir tirabuzones en el aire, deslizarse por la superficie del agua manteniendo el equilibrio sobre la cola y saludar con las aletas pectorales a los turistas que varias veces por semana llegan al complejo en cruceros.

Pero a los científicos del RIMS les interesa más estudiar su mente que admirar sus actuaciones. Cuando con la mano se les hace la señal de «innovar», Héctor y Han saben que deben sumergirse y expulsar una burbuja de aire, o salir del agua con un salto parabólico, o descender hasta el fondo, o efectuar cualquiera de los otros diez o doce ejercicios que completan su repertorio, pero sin repetir ninguno de los que ya hayan exhibido en esa sesión. Lo más increíble es que suelen entender que en cada sesión deben intentar algún ejercicio nuevo.
Bolton aprieta las palmas de las manos sobre la cabeza –la señal de innovar– y acto seguido junta los puños –la señal de «tándem»–. Con esos dos gestos ha indicado a los delfines que hagan un ejercicio que ella aún no haya visto en esa se­­sión y que además lo efectúen simultáneamente.

Héctor y Han desaparecen bajo el agua. Con ellos está un psicólogo comparativo llamado Stan Kuczaj, equipado con traje de neopreno, tubo de buceo y una gran videocámara sumergible provista de hidrófonos. Kuczaj graba varios segundos de gorjeos audibles entre Héctor y Han y a continuación su cámara los inmortaliza gi­­rando despacio y al unísono, y agitando la aleta caudal tres veces simultáneamente.

Fuera del agua Bolton junta los pulgares y los dedos corazón, lo que indica a los delfines que perseveren en esa innovación cooperativa. Y así lo hacen. Los dos mamíferos de 180 kilos de peso cada uno se sumergen de nuevo, vuelven a intercambiar varios silbidos agudos y expulsan al mismo tiempo una burbuja de aire. Luego describen una pirueta a dúo. Y se yerguen sobre la cola. La sesión concluye tras ocho secuencias de sincronización prácticamente perfecta. Hay dos explicaciones posibles a este extraordinario comportamiento. O bien uno de los delfines imita al otro con tanta celeridad y exactitud que crea la ilusión de estar coordinados. O bien no se trata de una ilusión en absoluto: cuando intercambian silbidos bajo el agua, están literalmente debatiendo un plan.
 Cuando un chimpancé observa una pieza de fruta o cuando un gorila espalda plateada se da golpes en el pecho para ahuyentar a otro macho que pretende acercarse, es difícil no vernos un poco reflejados en sus comportamientos y aun imaginar lo que deben de estar pensando esos animales. Al fin y al cabo nosotros somos también grandes simios, y muchas veces su inteligencia se nos antoja una versión reducida –o al menos familiar– de la nuestra. Pero los delfines son otra cosa. Ellos «ven» con sonar y lo hacen con una precisión tan formidable que a 30 metros son capaces de distinguir si un objeto es de metal, plástico o madera. Es más, pueden «espiar» los impulsos sonoros de ecolocación de otros delfi­nes para averiguar qué es lo que «miran» sus con­géneres. A diferencia de los primates, carecen de respiración automática y se cree que durante el sueño solo desactivan la mitad del cerebro. Manejan cada globo ocular por separado. Constituyen una suerte de inteligencia alienígena con la que compartimos planeta; observarlos quizá sea lo más parecido a estar con un extraterrestre.


Los delfines son extraordinariamente locuaces. No solo emiten silbidos y chasquidos, sino también series de sonidos fuertes de banda ancha: ráfagas de sonidos pulsátiles para instruir a sus crías y ahuyentar a los tiburones. La ciencia siempre se ha preguntado qué significan todos esos sonidos, si es que significan algo. Lo lógico sería pensar que un animal de cerebro grande y naturaleza extremadamente social no desperdiciaría tanta energía en generar ruidos bajo las olas a no ser que esas vocalizaciones encierren algún tipo de contenido con significado. Pero después de 50 años de estudios, nadie ha logrado identi­ficar las unidades básicas de vocalización de los delfines ni sus mecanismos de combinación.
«Si consiguiéramos identificar una pauta que vincule vocalización y conducta, estaríamos ante un logro mayúsculo», afirma Kuczaj, quien a sus 64 años es prácticamente el científico del ramo que más artículos ha publicado sobre la cognición de los delfines. Cree que el trabajo que lleva a cabo en el RIMS con los delfines sincronizados podría ser la piedra de Rosetta que permitiría descifrar la comunicación de estos mamíferos, aunque añade: «La sofisticación de los delfines los hace fascinantes, pero también tremendamente difíciles de estudiar».
A pesar de todo lo anterior, no existen pruebas concluyentes de que los delfines posean algún tipo de lenguaje, y algunos científicos se confiesan exasperados ante una búsqueda tan perseverante como quijotesca. «Tampoco está demostrado que los delfines no puedan viajar en el tiempo, doblar cucharas con la mente y lanzar rayos láser por los espiráculos –escribe Justin Gregg, autor de Are Dolphins Really Smart? The Mammal Behind the Myth (¿Tan listos son los delfines? El mamífero del mito)–. Quienes postulan que los delfines tienen un idioma propio se prevalen de la omnipresente advertencia científica de que “hay mucho que no sabemos” para colarnos sus tesis.»
Pero donde Gregg ve 50 años de fracasos, Kuczaj y otros investigadores de renombre identifican una preponderancia de pruebas circunstanciales en las que se basan para creer que simplemente no se ha sabido estudiar el problema como es debido, con las herramientas adecuadas. Hasta hace unos diez años no existían audiograbadoras subacuáticas de alta frecuencia como las que utiliza Kuczaj para captar el espectro completo de las vocalizaciones que emiten los delfines, de igual modo que hasta hace un par de años no llegaron los nuevos algoritmos de extracción de datos que permiten hacer un análisis cabal de esos sonidos. En resumidas cuentas, la vocalización de los delfines es o uno de los grandes misterios por resolver de la ciencia o una de sus mayores quimeras.

 

Hasta que el género humano no les tomó la delantera, los delfines eran probablemente las criaturas con mayor vo­­lumen cerebral, y tal vez con mayor inteligencia, del planeta. En proporción a sus dimensiones corporales, el delfín sigue teniendo uno de los cerebros más voluminosos del reino animal, por delante incluso del chimpancé. El último antepasado común de humanos y chimpancés vivió hace unos seis millones de años. Los cetáceos –entre los que se cuentan los delfines– se escindieron del resto del linaje de los mamíferos hace unos 55 millones de años y llevan 95 millones de años sin compartir ancestro con los primates.
Esto significa que primates y cetáceos vienen recorriendo trayectorias evolutivas diferentes desde hace una eternidad, lo que se traduce en diferencias no solo en su morfología corporal, sino también en su naturaleza cerebral. Por ejemplo, los primates tienen grandes lóbulos frontales, que son los encargados de tomar decisiones y planificar. Los lóbulos frontales de los delfines son muchísimo más modestos, lo que no impide que demuestren una impresionante competencia a la hora de resolver problemas y, por lo que se ha observado, de planificar el futuro. Los primates procesamos la información visual en la parte posterior del cerebro y la información lingüística y auditiva, en los lóbulos temporales, localizados en los laterales del cerebro. Los delfines procesan la información visual y auditiva en distintas zonas del neocórtex, y las rutas que esa información sigue para llegar y para salir del córtex son radicalmente diferentes. Los delfines poseen además un sistema paralímbico muy desarrollado y definido para procesar las emociones. Una hipótesis postula que esta característica podría ser esencial para los fortísimos vínculos sociales y emocionales que cohesionan las comunidades de delfines.
«Un delfín solitario no es un verdadero delfín –afirma Lori Marino, psicobióloga y directora ejecutiva del Centro Kimmela de Defensa de los Animales–. Ser delfín significa pertenecer a una compleja red social. Más todavía que en el caso de los humanos.»
Cuando los delfines se ven en apuros, hacen gala de un grado de cohesión raras veces observado en otros grupos de animales. Si un individuo enferma y se dirige hacia aguas someras, en ocasiones lo acompaña el grupo entero, lo que explicaría muchos varamientos colectivos. Es como si demostrasen una fijación singular en el delfín varado, explica Marino, «y la única manera de romper esa concentración pasa por ofrecerles un estímulo igual de fuerte que los saque de allí». En 2013 se evitó que un enorme grupo de delfines varase en masa en la costa de Australia gracias a la intervención humana: capturaron un ejemplar juvenil del grupo, lo llevaron a mar abierto y sus llamadas de auxilio alejaron a los demás de la costa.
¿Por qué son precisamente los delfines, de entre tantas criaturas que pueblan la tierra y el mar, los que han llegado a tener un cerebro tan voluminoso? La respuesta aguarda en el registro fósil. Hace unos 34 millones de años los ancestros de los delfines modernos eran enormes criaturas de dentadura lobuna. Por aquella época, se postula, un período de significativo enfriamiento oceánico alteró las fuentes de alimento y generó un nuevo nicho ecológico, que ofrecía nuevas oportunidades a los delfines y que mudó su forma de cazar. El cerebro fue ganando tamaño y aquella dentadura temible dio paso a los discretos dientes cónicos que tienen los delfines actuales. Las variaciones registradas en los huesos del oído interno sugieren que en ese mismo período surgió también la ecolocación, posiblemente porque algunos delfines pasaron de ser cazadores solitarios de grandes peces a cazadores colectivos de bancos de presas más pequeñas. Los delfines se volvieron más comunicativos, más sociales… y es muy probable que más inteligentes.
Richard Connor estudia la vida social de los delfines en Shark Bay, Australia, y ha identificado tres niveles de alianza dentro de su red social, amplia y abierta. Los machos tienden a formar parejas y tríos que emprenden el cortejo agresivo de unas hembras a las que mantienen muy vigiladas. Algunas de esas parejas o tríos de machos constituyen relaciones de notable estabilidad que pueden durar décadas. Los machos también pertenecen a grupos más nutridos, de entre 4 y 14 individuos, que Connor denomina alianzas de segundo orden. Estos equipos se reúnen para robar hembras ajenas y defender las propias, y llegan a durar 16 años. Connor ha observado colectivos aún mayores –alianzas de tercer grado– que se forjan cuando estallan grandes batallas entre alianzas de segundo grado.
Dos delfines pueden ser amigos hoy y enemigos mañana, dependiendo de los congéneres que los rodeen. Los primates suelen tener una mentalidad de «o conmigo o contra mí» cuando se trata de discriminar colectivos y sus miembros. Pero las alianzas que establecen los delfines parecen ser extremadamente complicadas y coyunturales. Quizá la necesidad de llevar la cuenta de todas esas relaciones explique en parte su importante volumen cerebral.
Estos cetáceos figuran además entre los animales más cosmopolitas del planeta: parecen ocupar todos los ambientes marinos y, como los humanos, han demostrado su ingenio a la hora de descubrir estrategias de alimentación específicas de cada uno de los entornos que habitan. En Shark Bay algunos delfines mulares desprenden esponjas del lecho marino y se las colocan en el hocico para protegerse mientras registran la arena en busca de pececillos ocultos: es una especie de uso primitivo de herramientas. En las aguas someras de la bahía de Florida los delfines echan mano de su velocidad natatoria, que puede superar los 32 kilómetros por hora, para describir raudos círculos en torno a cardúmenes de mújoles y levantar cortinas de lodo que obligan a los peces a saltar fuera del agua… y caer de lleno en sus bocas bien abiertas. Los delfines oscuros de la Patagonia acorralan los bancos de anchoas para que formen esferas perfectas que a continuación engullen por turnos.
Todos estos comportamientos llevan la im­­pronta de la inteligencia. ¿Pero qué es la inteligencia, en realidad? Si nos apuran, hemos de reconocer que cuando hablamos de inteligencia a menudo estamos evaluando hasta qué punto otra especie se parece a la nuestra. Kuczaj piensa que es un error. «La cuestión no es si los delfines son más o menos inteligentes, sino cómo es la inteligencia del delfín.»

Hay personas que hacen retiros espirituales para comunicarse con los delfines, mujeres que eligen dar a luz en presencia de estos animales y centros que afirman utilizar los poderes de la energía de estos cetáceos para tratar enfermos. «Seguramente hay más ideas peregrinas sobre los delfines pululando por el ciberespacio que delfines en el mar», escribe Gregg. Y muchas de esas ocurrencias son cosecha de una sola persona: John Lilly, un neurofisiólogo iconoclasta del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos que empezó a estudiar los delfines en la década de 1950. En libros que fueron superventas editoriales, Lilly fue el primer científico en postular que aquellos «humanos del mar» poseían un lenguaje propio. Casi en solitario, escribe Gregg, «[Lilly] logró transformar lo que a principios del siglo XX se consideraba un curioso pez pulmonado en un animal de inteligencia tan sofisticada que merece la misma protección constitucional que tú y yo».
Con la financiación de importantes grupos de patrocinio científico, Lilly fundó en las islas Vírgenes estadounidenses un centro de investigación donde se intentó que un delfín llamado Peter aprendiese a hablar inglés. Llegados los años sesenta, los experimentos se hicieron cada vez más chocantes –llegó a administrar LSD a los delfines– y el grifo económico empezó a cerrarse. Lilly acabó recalando en los rincones más marginales de la contracultura, arrastrando consigo la credibilidad del campo que había ayudado a crear. El «idioma» de los delfines pasó a ser tema intocable hasta que en 1970 un psicó­logo de la Universidad de Hawai llamado Louis Herman fundó en Honolulu el Laboratorio de Mamíferos Marinos de Kewalo Basin.
«Queríamos educarlos para que revelasen su potencial cognitivo –recuerda Adam Pack, de la Universidad de Hawai en Hilo, quien trabajó en el laboratorio durante 21 años–. Criábamos a los delfines como quien cría a un niño.»
En Kewalo Basin dos hembras de delfín mular en cautividad, Phoenix y Akeakamai, fueron criadas en un entorno de educación constante y adiestradas en el uso de un lenguaje artificial. Ambas aprendieron a asociar sonidos o gestos de las manos con objetos, acciones y modificadores.
A Phoenix se le enseñó un idioma acústico en el que las palabras se presentaban en el mismo orden en que debían realizarse las tareas, mientras que a Akeakamai se le enseñó un idioma gestual en el que el orden de las palabras difería del orden de las acciones. Aunque en teoría Phoenix sabía responder palabra por palabra, Akeakamai no era capaz de interpretar las instrucciones hasta haber visto la secuencia de gestos completa. Nadando en una piscina llena de objetos, los delfines realizaban las tareas correctamente más del 80 % de las veces.
Akeakamai murió en 2003 y Phoenix, en 2004. Sus cenizas fueron llevadas a mar abierto en tablas de surf y lanzadas al agua, y el único centro de investigación del mundo dedicado exclusivamente a comprender la mente de los delfines cerró sus puertas. Un gran interrogante quedaba sin respuesta: ¿por qué Phoenix y Akeakamai habían aprendido aquellos idiomas con tanta facilidad? Según Herman, los idiomas impuestos posibilitaron que Phoenix y Akeakamai expre­sasen unas habilidades cognitivas fabulosas que comparten con todos los delfines mulares –y quizá con otras especies de delfín– de un modo que jamás habrían revelado en estado salvaje. Pero, ¿tienen los delfines alguna forma de comunicación natural que los humanos podamos percibir y en última instancia comprender?
En realidad existen indicios de que al menos un tipo de sonido que emiten los delfines, ar­chiestudiado durante la última década, sí funciona como una suerte de símbolo referencial. Los delfines utilizan unos silbidos distintivos, denominados «firmas acústicas», para identificarse entre sí y «llamarse por su nombre». Se cree que cada individuo inventa un nombre exclusivo para sí mismo cuando aún es una cría y que lo utiliza de por vida. Los delfines se saludan en el mar intercambiando este tipo de silbidos y parece que recuerdan la firma acústica de sus congéneres durante décadas. Aunque otras especies –como el primate vervet oriental y el perrito de las praderas– emiten sonidos para referirse a sus depredadores, se cree que ningún otro animal, salvo los humanos, maneja denominaciones específicas para denotar individuos concretos.
Las firmas acústicas son tan solo una de las vocalizaciones subacuáticas de los delfines. ¿Qué posibilidades hay de que constituyan el único sonido con contenido referencial de su repertorio? ¿Cuán probable es que los delfines tengan nombres para sus congéneres pero no para el resto de las realidades del mundo marino?

Denise Herzing, toda una Jane Goodall del mar, ha pasado los últimos 30 años dedicada a conocer a más de 300 delfines oceánicos pertenecientes a tres generaciones. Trabaja en un área de 450 kilómetros cuadrados de océano frente a las Bahamas, en el marco del programa subacuático con delfines salvajes más longevo del mundo. Las aguas cristalinas de la zona permiten a los investigadores dedicar períodos pro­longados a observar e interactuar con animales en estado salvaje.
El pasado verano visité a Herzing en su buque de investigación, el Stenella, mientras se preparaba para llevar a cabo los primeros tests reales con un innovador aparato de gran complejidad técnica, que confía algún día le permita dialogar con los delfines que estudia desde hace tantos años, y que además arroje luz sobre el modo en que estos se comunican entre sí.
El dispositivo en cuestión es un cubo de aluminio y plástico transparente, del tamaño de una caja de zapatos y nueve kilos de peso, conocido como CHAT (acrónimo de Cetacean Hearing and Telemetry, Acústica y Telemetría de Cetáceos), que Herzing se amarra al pecho en sus inmersiones. La caja lleva un minialtavoz y un teclado; en la parte inferior asoman dos hidrófonos que parecen ojos. En el interior, en medio de una maraña de cables y circuitos hermetizados contra la corrosiva agua marina, se aloja un ordenador que puede reproducir en el océano grabaciones de las firmas acústicas de los delfines y emitir silbidos parecidos a los que producen estos cetáceos, además de grabar cualquier sonido que los delfines emitan en respuesta, y todo con tan solo apretar un botón. Si un delfín repite uno de los silbidos del ordenador, este convierte el sonido en palabras, que acto seguido envía a los auriculares de Herzing.
Los delfines son excelentes imitadores y alumnos avispados. El objetivo de Herzing es conseguir que unas cuantas hembras jóvenes que conoce desde su nacimiento asocien tres silbidos reproducidos por el CHAT con tres objetos concretos: un fular, una cuerda y un pedazo de sargazo, un alga parda con la que suelen jugar los delfines en estado salvaje. Esas tres «palabras», confía Herzing, formarán los rudimentos de un creciente léxico de silbidos compartido por ella y sus delfines: la base de un idioma artificial con el que quizá puedan comunicarse algún día.
«En cuanto lo asimilen, creemos que todo irá muy rápido –dice Herzing–. Como son criaturas sociales, aprovechamos que haya otros individuos mirando. Son como niños en un parque.»
Herzing, de 58 años, es una mujer alegre y optimista. En sus sesiones submarinas, cara a cara con los delfines a veces durante varias horas seguidas, ha grabado y archivado miles de horas de filmación de todos los comportamientos habidos y por haber de estos cetáceos. También ha conseguido recopilar una base de datos colosal con las vocalizaciones de sus parlanchines objetos de estudio.
A bordo del Stenella iba otro científico eminente, Thad Starner, profesor de informática del Instituto Tecnológico de Georgia. Pionero de la informática «ponible», Starner es también director tecnológico en Google, donde trabaja en el dispositivo de visualización Glass, que portado a modo de gafas permite al usuario acceder a internet en el transcurso de su vida diaria.
Starner tiene 45 años, pero sus rizos rubios y sus ojos abiertos de par en par hacen que parezca un muchacho. Prácticamente no se despoja del dispositivo Glass y toma notas con un teclado que lleva acoplado en la izquierda y que cabe en la palma de su mano. El CHAT salió de su laboratorio. Ahora va a pasar diez días a bordo realizando ensayos técnicos y recogiendo datos.
Si los misterios de la comunicación entre los delfines llegan a resolverse algún día, quizás haya que agradecérselo no tanto a los CHAT bidireccionales como a las herramientas de análisis de datos que Starner y sus alumnos han empezado ya a aplicar a las grabaciones de Herzing. Ahora están diseñando un algoritmo que efectúa búsquedas sistemáticas en enormes cantidades de datos indiscriminados para identificar las unidades fundamentales que se ocultan en ellos. Si se aplica a vídeos de personas que hablan en lenguaje de signos, el algoritmo extrae los gestos con sentido de entre el galimatías de movimientos de las manos. Si se aplica a audios de personas que leen en voz alta números de teléfono, concluye que existen 11 dígitos fundamentales. (Le falta inteligencia para comprender que en inglés el número 0 puede pronunciarse como la letra O.) El algoritmo desvela motivos recurrentes que quizá no resulten obvios y que un humano tal vez no sabría buscar.
A modo de test preliminar del algoritmo, Herzing envió a Starner una serie de vocalizaciones grabadas bajo el agua sin revelarle que se trataba de firmas acústicas intercambiadas por madres y sus crías. El algoritmo extrajo cinco unidades fundamentales, lo que sugería que este tipo de silbidos estaban formados por componentes independientes que se repetían con coherencia entre madres y crías y que podrían dar lugar a interesantes recombinaciones.
«En algún momento pretendemos tener un CHAT con todas las unidades fundamentales de los sonidos del delfín –dice Starner–. El CHAT traducirá lo que sea que oiga en una cadena de símbolos y permitirá que Denise pueda responder con una cadena de unidades fundamentales. ¿Seremos capaces de descubrir esas unidades fundamentales? ¿Podremos dar a Denise los medios necesarios para reproducirlas? ¿Podremos hacerlo sobre la marcha? Es el Santo Grial.»

 Cuando por fin se nos presenta la oportunidad de poner a prueba el CHAT en el entorno natural, no es un delfín cualquiera lo que aparece por la proa del Stenella. Las dos hembras que se acercan nadando son precisamente aquellas que Herzing lleva toda la semana deseando encontrarse: Meridian y Nereide. De hecho, en los CHAT ya se han preprogramado grabaciones de la firma acústica de una y otra, por si a Herzing se le pre­­sentaba la ocasión de saludarlas e interactuar con ellas. Es casi como si ellas viniesen a nuestro encuentro, y no al revés.
Herzing conoce a la mayoría de sus delfines desde que nacieron, y también a sus madres, tías y abuelas. Muchos lectores de esta revista también conocen a uno de ellos: la madre de Nereide, Nassau, que fue la protagonista de la portada de la edición americana de National Geographic en septiembre de 1992, nadando en estas mismas aguas de las Bahamas.
Estas dos hembras son las mejores candidatas para los experimentos de Herzing. Todavía no han tenido crías y siguen siendo jóvenes, rebosan curiosidad y tienen libertad para jugar y explorar. La madurez sexual de la hembra de delfín oceánico llega alrededor de los nueve años. Su esperanza de vida puede superar los 50.
Cuando Herzing se sumerge y reproduce la firma acústica de Meridian por primera vez, ella se gira y se acerca, aunque sin asomo de la sorpresa que se podría esperar de una criatura que acaba de oír cómo un individuo de otra especie la llama por su nombre.
Herzing bucea con el brazo derecho extendido, señalando hacia un fular rojo que acaba de sacar del traje de baño. Oprime varias veces el botón «fular» del CHAT. Es como un gorjeo que primero baja y luego sube por espacio de un segundo. Una de las hembras se acerca, agarra la tela y la agita atrás y adelante desde el hocico hasta la aleta pectoral. El fular acaba prendido en su cola cuando se sumerge al fondo del océano.
Estoy en el agua con Herzing, siguiéndola unos pocos metros por detrás con un doctorando que graba el encuentro con una cámara subacuática. Diría que en cualquier momento uno de los delfines se marchará con el fular, pero me equivoco. Parece que quieren interactuar con nosotros. Se pasan el fular de una a otra, nadan a nuestro alrededor, se alejan con él y luego se lo devuelven a Herzing. Ella lo coge, lo guarda en el bañador y saca un trozo de alga. Nereide desciende para cogerlo con los dientes y se larga con él. Herzing intenta seguirla, pulsando una y otra vez el botón del CHAT que reproduce el silbido del sargazo, como si pidiese que se lo devuelvan, pero no le hacen caso.
«No es inconcebible que si comprenden que intentamos usar símbolos, traten de mostrarnos algo –dice Herzing más tarde, ya en el Stenella–. Imagínese que hasta empiezan a usar entre ellas la palabra que hemos inventado para sargazo.»
Por ahora todo eso parece un sueño lejano. El CHAT no registra imitación alguna en este en­cuentro de una hora. «La clave es exponerlos a los sonidos continuamente», insiste Herzing. Harto difícil cuando eres una humana embarcada que pretende conectar con delfines salvajes para charlar un rato en la inmensidad del océano.
«Son curiosas. Ya se ve cómo empiezan a atar cabos. Estoy deseando que se les haga la luz
–dice–. Estoy deseando que una voz femenina me diga por los auriculares: “¡Fular!”. Casi se les ve en la mirada cómo están echando cuentas, cómo intentan entender de qué va esto. Si me diesen algún feedback acústico…»
Ese feedback quizás esté ahí, solo que en algún formato que por ahora nadie sabe descifrar. Nereide se había colocado el sargazo en la cola para flotar con desenfado por el agua, hasta que decidió despojarse de él con una sacudida y expulsar una gran burbuja juguetona.
Tras una hora en el agua con nosotros, los del­fines empezaron a aburrirse. Cuando Nereide se giró para marcharse, lanzó un último silbido largo y misterioso, nos miró y se internó en la oscuridad azul hasta desaparecer.

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