Islandia

La belleza impasible de Islandia

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Durante siglos, este paisaje de volcanes y glaciares ha sufrido el impacto de la presencia humana (y de las ovejas). Lo que queda, sin embargo, sigue siendo espectacular.

Fotografías de Orsolya y Erlend Haarberg

 

Faltaban cinco días para Navidad. En la cabaña del flanco norte del Eyjafjallajökull, el volcán que en 2010 dejó los aviones de toda Europa varados en tierra, Sigurđur Reynir Gíslason servía sopa de pescado y arenques en escabeche. El almuerzo nos supo a gloria. El volcán estaba en calma, su glaciar, envuelto en nubes, pero habíamos tenido que vadear torrentes helados para llegar hasta aquí. Fuera, los abedules retorcían sus ramas como una tela de araña sobre el fondo blanco de la ladera. «Así era cuando llegaron los vikingos», dijo Guđrún, hermana de Siggi. Ella es geógrafa, él, geoquímico, y ambos trabajan en la Universidad de Reykjavík. Me estaban explicando la historia del paisaje de Islandia. Y si contamos el cordero ahumado que nos íbamos a comer, los cuatro actores principales de esta historia estaban presentes.

Volcanes. Ellos construyeron Islandia y la han mantenido a flote sobre el Atlántico durante al menos 16 millones de años. Cada pocos años estalla alguno. En 2010, con las autoridades aeroportuarias de medio mundo deses­­peradas por la ceniza que despedía el Eyjafjallajökull, Siggi se adentró con su todoterreno en el corazón negro de la nube. Cuando salió para tomar una muestra de ceniza, esperando oírla chocar sobre su casco, el silencio le sobrecogió. «Parecía una lluvia de harina», dice. Harina afilada como el cristal.

Glaciares. Los glaciares empezaron su baile de avance y retroceso hace unos tres millones de años. Ahora están perdiendo volumen a gran velocidad pero todavía cubren los volcanes más altos. Cuando un fjall (volcán) entra en erupción debajo de un jökull (glaciar), produce un jökulhlaup, un torrente de agua de fusión y hielo que corre hasta el mar arrasando puentes e inundando cosechas, que poco después quedan enterradas por la ceniza.

Seres humanos. Cuenta la historia que los primeros pobladores llegaron de Noruega en el año 874, apenas tres años después de un par de erupciones volcánicas masivas. Guđrún encuentra ceniza de esas explosiones por todas partes en la isla, y casi todos los artefactos humanos aparecen en capas superiores. Antes del año 871 Islandia estaba prácticamente vacía. Los únicos ma­­míferos terrestres que había eran zorros árticos. Entre una erupción y otra todo estaba tranquilo, excepto por el viento, el mar y el graznido de las gaviotas.

Los islandeses llenaron de sentido esta tierra vacía (parece que todos y cada uno de los lugares guardan relación con antiguas sagas), pero también la despojaron en gran medida. Los bosques de abedul, que en el pasado cubrían una cuarta parte del país, hoy apenas ocupan un uno por ciento de la superficie. La tala de árboles para la obtención de carbón duró hasta el siglo XIX.

Ovejas. Los colonos trajeron también vacas y cerdos, pero luego llegó un período de clima frío en Islandia que duró 500 años, y la oveja de pelo largo prevaleció sobre los otros animales. En verano, cientos de miles de ovejas todavía pastan en las tierras altas. Comen de todo, incluidas las semillas de abedul. Menos de la mitad de Islandia tiene vegetación, dice Guđrún. Antes dos tercios del país estaban cubiertos por ella.

Para resumir: los humanos y sus animales, en su lucha por sobrevivir en una tierra de volcanes y glaciares, la han degradado hasta el extremo. Si uno no conoce esta historia, verá la asombrosa belleza que perdura.

El 21 de diciembre, tras la salida del sol sobre las 11 de la mañana, Siggi, Guđrún y yo intentamos abrirnos paso hacia otro volcán: el Katla, cuyo jökulhlaup en 1918 casi se lleva por delante a su abuelo mientras conducía el rebaño de ovejas de vuelta a casa. La nieve nos obligó a retroceder. El viento casi empujó el todoterreno fuera de la carretera. Entonces, mientras cruzábamos el río glaciar que habíamos vadeado el día anterior, se abrió un claro entre las nubes sobre el océano. Las colinas al norte del río se tiñeron de una luz tenue.

Gunnar, el héroe arquetípico de las sagas, vivió en esas colinas, dijo Siggi. Minutos después pasamos por el montículo donde Gunnar, dirigiéndose al exilio por culpa de la enésima muerte que se producía en su tierra, cayó del caballo. Entonces el héroe dirigió la mirada a su hogar y pronunció unas palabras que todo islandés conoce de memoria: «Bella luce la ladera, más bella de lo que nunca lució. Regresaré al hogar, no iré a ninguna otra parte».

Islandia aún ejerce esa atracción. Por si fuera poco, dicen Orsolya y Erlend Haarberg, «no hay árboles que tapen estas vistas espectaculares».