Botánica

Jardines nocturnos

Al caer la noche, cerezos japoneses, nenúfares franceses y tilos americanos se iluminan bajo la luz de la luna.

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Los jardines de Kykuit, en la finca de Rockefeller en Sleepy Hollow, Nueva York, se diseñaron para ser contemplados de día y de noche. Una hilera de tilos conduce al templo de Afrodita. 

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Foto: Diane Cook y Len Jenshel

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En Japón, la contemplación nocturna de los cerezos en flor en primavera, como estos del santuario Hirano de Kyoto, es todo un acontecimiento. «Solo una tacha tienen los cerezos: el gentío que se agolpa cuando florecen», escribió el poeta Saigyo en el siglo XII.

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Foto: Diane Cook y Len Jenshel

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Cuando una helada inusitada acabó con la colección de orquídeas de esta finca mexicana, el excéntrico inglés Edward James creó Las Pozas: un jardín lleno de caprichos surrealistas, como el Palacio de Bambú, una estructura de cemento inmune a las inclemencias del tiempo. 

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Foto: Diane Cook y Len Jenshel

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Los nenúfares tropicales nocturnos son una explosión de color en los estanques de los Jardines Longwood, en Pennsylvania. Las flores se abren al anochecer y se cierran al alba. 

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Los esbeltos tallos de bambú flanquean de jade un sendero curvo del templo Kodai-ji, en Kyoto. El murmullo del viento cuando atraviesa un bosque de bambú es uno de los cien sonidos que los japoneses aprecian y desean preservar.

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Se dice que un jardín musulmán es un palacio sin techo. Hechizada por el arte islámico, la multimillonaria Doris Duke se construyó en Honolulu su mansión, a la que llamó Shangri-La. El patio central, con azulejos persas antiguos, separa los espacios público y privado.

Con autorización de la Fundación Doris Duke para el Arte Islámico.

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Foto: Diane Cook y Len Jenshel

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Como el sueño de una noche de verano, un cacto abre sus flores en plena noche. Luminosas, fragantes, efímeras, las flores adornan el seto de 800 metros de la escuela Punahou, en Honolulu, plantado en 1836 por Sybil Bingham, la mujer de un misionero.

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Una puerta circular da acceso al Patio del Erudito en el Jardín Chino Lan Su de Portland, Oregón. Según la tradición china un jardín es la reproducción de un paisaje ideal en miniatura. «En medio de una ciudad puede haber montañas y bosques», dijo el pensador y artista de la dinastía Ming Wen Zhengming.

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«Si soy pintor, quizá se deba a las flores», dijo el impresionista francés Claude Monet. Cuatro años esperó hasta que floreció su jardín acuático de Giverny, en la Alta Normandía, para poder inmortalizarlo en sus famosos óleos como Nenúfares al atardecer

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Una fiesta como esta, en los suntuosos jardines del palacio de Vaux-le-Vicomte, cerca de París, marcó el principio del fin para su propietario, Nicolas Fouquet, en 1661. El rey Luis XIV asistió al festejo y, muerto de envidia, ordenó confiscar la propiedad y encarcelar a Fouquet.

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Para conocer Kykuit, dijo William Welles Bosworth, arquitecto del paisaje y autor del diseño de los jardines de esta finca, «hay que vivir […] la última hora de la tarde, cuando todo es pacífica elocuencia». Con vistas al río Hudson, los jardines se construyeron en 1906.

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16 de abril de 2013

En la oscura dramaturgia de un jardín de noche, los actores y actrices son las flores de fragancia embriagadora, como jazmines, nardos y gardenias, que abren sus pétalos a la oscuridad; mariposas nocturnas con alas verde celadón, y escarabajos iridiscentes como ópalos. La luna ilumina la escena tomando prestado el fulgor del sol. Su luz cenicienta, ya lo sabían los filósofos griegos, no es sino un reflejo. Un jardín nocturno invita a la reflexión. A diferencia del sol, la luna se deja contemplar. Podemos componerle líricas alabanzas, elevarle lamentos melancólicos, aullar incluso, y admirar la maravilla de un mundo del revés en el que las plantas no crecen hacia la luz del sol sino que buscan el tenue resplandor que vierte sobre la Tierra una diadema de estrellas.

El color pierde toda su importancia en un jardín nocturno. Bajo la luz de una luna menguante, nuestra fisiología ocular transforma hasta los rojos y naranjas más encendidos en una monocromía de platas y grises. La retina, la membrana sensible a la luz situada en el interior del ojo, está constituida por capas de células fotorreceptoras llamadas conos y bastones. Los bastones, que detectan la intensidad de la luz, perciben niveles bajos de luminosidad, pero los conos, cuya misión es distinguir el color, necesitan un mínimo lumínico superior al que ofrece la luna en fase decreciente. Si no se alcanza ese mínimo, el color se esfuma. (La larga exposición y la sensibilidad de la fotografía digital superan a la retina, lo que explica que en estas imágenes sí veamos colores.)

La ciencia, siempre informativa, a veces rompe el hechizo. El perfume nocturno de las flores no es más que una artimaña. «Los jardines son más fragantes de noche que de día porque la mayoría de los polinizadores nocturnos tienen una visión deficiente y deben recurrir al olfato para localizar las flores», dice John Kress, conservador de botánica del Museo Nacional de Historia Natural de la Smithsonian Institution. El mundo de las flores nocturnas y sus polinizadores es un universo alternativo perfeccionado hasta la exquisitez después de miles de años de selección evolutiva. Los polinizadores diurnos, como las mariposas, los pájaros y las abejas, se basan en pistas visuales telegrafiadas por los colores vivos; los trabajadores del turno de noche, como son los escarabajos y las polillas, dependen del aroma, la luminiscencia de los pétalos blancos o, en el caso de la ecolocalización de los murciélagos, de débiles trazos y formas.

Pero basta por hoy. Mejor demorémonos en la penumbra onírica de la imaginación y penetremos en el Pabellón Donde la Luna se Encuentra con el Viento en el Jardín del Maestro de las Redes en Suzhou, en China, o recorramos el Jardín Blanco de Vita Sackville-West en el castillo de Sissinghurst, Inglaterra, escarchado por la blancura de tulipanes, lirios, anémonas, los tonos marfil de las espuelas de caballero, la palidez grisácea de las campánulas y las rosas Iceberg y White Wings. Se plantaron, escribió Sackville-West, con la esperanza de que «la gran lechuza espectral planee en silencio sobre un jardín pálido […] en el crepúsculo». O viajemos al pasado y evoquemos los jardines de recreo creados por los emperadores mongoles, refrescados por las perlas de agua de las fuentes de mármol, sombreados por árboles cargados de granadas y naranjas, inundados por la luz de la luna, como el legendario jardín de Shalimar, cerca de Cachemira.

En la etimología de la palabra «paraíso», explica la historiadora de la arquitectura Elizabeth Moynihan, encontramos una transliteración del persa antiguo: pairidaeza, jardín amurallado. «El Paraíso prometido por el Corán consta de bancales ajardinados, a cual más espléndido», escribe. El jardín islámico era considerado un palacio al aire libre y constituía, en sentido literal y figurado, un paraíso en la Tierra, un escenario perfecto para paladear vinos en jarras de plata, degustar melones de Kabul y regalarse el oído con poesía.

«Por remota y hermética que siga siendo el alma del islam –reflexionaba el escritor francés vizconde Robert d’Humières tras ser agasajado en los albores del siglo XX por el hermano del maharajá de Jammu y Cachemira–, dudo que la hayamos experimentado más de cerca que en el transcurso de esta velada entre las fuentes y las flores nocturnas del jardín de Shalimar, mientras la luna llena de agosto, que brilla sobre las nieves de la frontera tibetana, nos bañaba con su límpida luz.»

Si un jardín es un paso hacia el Edén, entonces tal vez de noche nuestro anhelo se vea mejor recompensado. La luna es más magnánima que el sol. La flor marchita, la hoja seca, la rama podrida son engullidas por las sombras, y en su lugar solo queda una ilusión de perfección cubierta de plata por las estrellas, y de oro por la luna.