Islandia: volcanes y glaciares

Durante siglos, este paisaje de volcanes y glaciares ha sufrido el impacto de la presencia humana (y de las ovejas). Lo que queda, sin embargo, sigue siendo espectacular. Los fotógrafos Orsolya y Erlend Haarberg nos muestran la belleza del paisaje islandés.

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El volcán islandés Eyjafjallajökull, justo antes del amanecer del 23 de abril de 2010: lo peor ha pasado. La lava fluye libremente. Antes, al atravesar el casquete glaciar, la lava causó una inundación de agua de fusión que destruyó carreteras y granjas, y una explosión de vapor que arrojó cenizas a la estratosfera, bloqueando el tráfico aéreo durante una semana.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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Una corriente serpenteante deposita sedimentos de hierro sobre la arena volcánica cerca de Háfur, en la costa sur.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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La cascada de Litlanesfoss, en la costa este de Islandia, corta una antigua colada de lava que, al enfriarse lentamente, dio lugar a la aparición de espectaculares columnas basálticas. La formación de estas columnas verticales se produce porque, al enfriarse, la lava basáltica se solidifica y se cuartea en forma de prismas poligonales.

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Foto: Wild Wonders of Europe

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Cuando el Hverfjall entró en erupción hace 2.500 años nadie lo vio, pues nadie vivía entonces en Islandia. Una tarde de marzo la fotógrafa Orsolya Haarberg contemplaba el paisaje, todo para ella sola, cuando un viento del norte sopló sobre la fina capa de hielo del lago Mývatn, barriendo la nieve hasta abrir lo que parecía un camino hacia el cráter.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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Los primeros rayos de sol de un día de junio iluminan una cresta de riolita, una roca volcánica, en Landmannalaugar, uno de los lugares favoritos de los excursionistas. Los Haarberg subieron hasta un lugar con vistas después de la medianoche. Al alba, sobre las 3 de la mañana, las nubes dieron una tregua de cinco minutos, y luego se volvió a nublar.

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En Hveravellir, que en islandés significa literalmente «fuentes termales de la llanura», delgadas terrazas de geiserita precipitan al enfriarse el agua. Fjalla-Eyvindur, un famoso forajido del siglo XVIII, se refugió al calor de estas aguas durante años, robando ovejas durante los meses de verano.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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En septiembre, la cascada Hraunfossar presenta el mismo aspecto que debió de tener en la época de los vikingos, un paisaje con abedules, arándanos y con la presencia del río Hvítá, blanco de limo. La cascada se compone de una serie de fuentes que caen al río.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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El oleaje de invierno corre torrencialmente entre los arcos que el mar ha excavado en la roca basáltica de Arnarstapi, un pueblo de pescadores situado en la península de Snæfellsnes. En apenas unos meses este lugar será un carnaval de gaviotas tridáctilas, unas aves marinas que anidan aquí. El arco más grande mide unos 12 metros de alto.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

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Un torrente glaciar se precipita desde una cornisa de unos 12 metros de altura en Godafoss, «la cascada de los dioses». Cuando la asamblea islandesa adoptó el cristianismo en el año 1000, su líder arrojó los ídolos paganos a las cascadas. La isla cubierta de musgo «está a salvo de las ovejas», dice la geógrafa Guđrún Gísladóttir.

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Foto: Orsolya y Erlend Haarberg

Durante siglos, este paisaje de volcanes y glaciares ha sufrido el impacto de la presencia humana (y de las ovejas). Lo que queda, sin embargo, sigue siendo espectacular. Los fotógrafos Orsolya y Erlend Haarberg nos muestran la belleza del paisaje islandés.

Faltaban cinco días para Navidad. En la cabaña del flanco norte del Eyjafjallajökull, el volcán que en 2010 dejó los aviones de toda Europa varados en tierra, Sigurđur Reynir Gíslason servía sopa de pescado y arenques en escabeche. El almuerzo nos supo a gloria. El volcán estaba en calma, su glaciar, envuelto en nubes, pero habíamos tenido que vadear torrentes helados para llegar hasta aquí. Fuera, los abedules retorcían sus ramas como una tela de araña sobre el fondo blanco de la ladera. «Así era cuando llegaron los vikingos», dijo Guđrún, hermana de Siggi. Ella es geógrafa, él, geoquímico, y ambos trabajan en la Universidad de Reykjavík. Me estaban explicando la historia del paisaje de Islandia. Y si contamos el cordero ahumado que nos íbamos a comer, los cuatro actores principales de esta historia estaban presentes.

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Volcanes. Ellos construyeron Islandia y la han mantenido a flote sobre el Atlántico durante al menos 16 millones de años. Cada pocos años estalla alguno. En 2010, con las autoridades aeroportuarias de medio mundo deses­­peradas por la ceniza que despedía el Eyjafjallajökull, Siggi se adentró con su todoterreno en el corazón negro de la nube. Cuando salió para tomar una muestra de ceniza, esperando oírla chocar sobre su casco, el silencio le sobrecogió. «Parecía una lluvia de harina», dice. Harina afilada como el cristal.

Glaciares. Los glaciares empezaron su baile de avance y retroceso hace unos tres millones de años. Ahora están perdiendo volumen a gran velocidad pero todavía cubren los volcanes más altos. Cuando un fjall (volcán) entra en erupción debajo de un jökull (glaciar), produce un jökulhlaup, un torrente de agua de fusión y hielo que corre hasta el mar arrasando puentes e inundando cosechas, que poco después quedan enterradas por la ceniza.

Seres humanos. Cuenta la historia que los primeros pobladores llegaron de Noruega en el año 874, apenas tres años después de un par de erupciones volcánicas masivas. Guđrún encuentra ceniza de esas explosiones por todas partes en la isla, y casi todos los artefactos humanos aparecen en capas superiores. Antes del año 871 Islandia estaba prácticamente vacía. Los únicos ma­­míferos terrestres que había eran zorros árticos. Entre una erupción y otra todo estaba tranquilo, excepto por el viento, el mar y el graznido de las gaviotas.

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Los islandeses llenaron de sentido esta tierra vacía (parece que todos y cada uno de los lugares guardan relación con antiguas sagas), pero también la despojaron en gran medida. Los bosques de abedul, que en el pasado cubrían una cuarta parte del país, hoy apenas ocupan un uno por ciento de la superficie. La tala de árboles para la obtención de carbón duró hasta el siglo XIX.

Ovejas. Los colonos trajeron también vacas y cerdos, pero luego llegó un período de clima frío en Islandia que duró 500 años, y la oveja de pelo largo prevaleció sobre los otros animales. En verano, cientos de miles de ovejas todavía pastan en las tierras altas. Comen de todo, incluidas las semillas de abedul. Menos de la mitad de Islandia tiene vegetación, dice Guđrún. Antes dos tercios del país estaban cubiertos por ella.

Para resumir: los humanos y sus animales, en su lucha por sobrevivir en una tierra de volcanes y glaciares, la han degradado hasta el extremo. Si uno no conoce esta historia, verá la asombrosa belleza que perdura.

El 21 de diciembre, tras la salida del sol sobre las 11 de la mañana, Siggi, Guđrún y yo intentamos abrirnos paso hacia otro volcán: el Katla, cuyo jökulhlaup en 1918 casi se lleva por delante a su abuelo mientras conducía el rebaño de ovejas de vuelta a casa. La nieve nos obligó a retroceder. El viento casi empujó el todoterreno fuera de la carretera. Entonces, mientras cruzábamos el río glaciar que habíamos vadeado el día anterior, se abrió un claro entre las nubes sobre el océano. Las colinas al norte del río se tiñeron de una luz tenue.

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Gunnar, el héroe arquetípico de las sagas, vivió en esas colinas, dijo Siggi. Minutos después pasamos por el montículo donde Gunnar, dirigiéndose al exilio por culpa de la enésima muerte que se producía en su tierra, cayó del caballo. Entonces el héroe dirigió la mirada a su hogar y pronunció unas palabras que todo islandés conoce de memoria: «Bella luce la ladera, más bella de lo que nunca lució. Regresaré al hogar, no iré a ninguna otra parte».

Islandia aún ejerce esa atracción. Por si fuera poco, dicen Orsolya y Erlend Haarberg, «no hay árboles que tapen estas vistas espectaculares».