La isla Frazer: la gran isla de arena australiana

Los dioses aborígenes querían un paraíso en la Tierra. Y crearon la isla Fraser. Mira las fotografías de Peter Essick

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A la vegetación de la isla Fraser de Australia le basta con un mínimo apoyo sobre la línea de marea.

Peter Essick

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Guiándose por el olfato, un dingo explora una duna, una extensión de sílice en continuo movimiento.

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El óxido de hierro colorea Arch Cliff de un rojo intenso, un tono más de la paleta conformada por las arenas ricas en minerales de la isla Fraser. Cementadas por humus, algunas dunas alcanzan una altura de 240 metros. Los árboles y demás vegetación sobreviven gracias a los nutrientes que liberan los hongos.
 

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Rodeada de playas y salpicada de dunas, la isla Fraser se extiende a lo largo de más de 120 kilómetros, con un ancho de apenas 25. 

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Las crestas de turba y los charcos de agua ácida dibujan geometrías en las inmediaciones de Moon Point.

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Las aguas de escorrentía ricas en taninos del interior de Fraser tiñen el mar tras una tormenta de verano.

 

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La rana de la especie Litoria cooloolensis pertenece a un grupo de ranas que hallan refugio en aguas ácidas, como las de algunos lagos de la isla Fraser.
 

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Esta banksia, una de las numerosas plantas de la isla Fraser, fue bautizada con el nombre del botánico inglés Joseph Banks, quien visitó la costa oriental de Australia en 1770 en un viaje con el capitán James Cook.
 

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Estos totems pintados ponen de manifiesto el vínculo entre la isla Fraser y sus habitantes aborígenes, los
butchulla. Sus descendientes viven hoy en Hervey Bay.

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La piedra es una rareza en una isla de arena. Esta roca volcánica en Champagne Pools, en la costa norte, es millones de años más antigua que el resto de la isla.
 

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El viento y la lluvia azotan Red Canyon, un antiguo complejo dunar del flanco oriental de la isla.

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La isla Fraser es famosa por su tupida maleza. En Yidney Scrub, la luz del sol se filtra a través del bosque.

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El Wathumba Creek vierte sus aguas de color café en los bajíos turquesa de la bahía Platypus.

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El lago McKenzie, uno de los 40 que puntean la isla, brilla a la luz de las estrellas. De día, la playa de arena blanca y las aguas cristalinas atraen a cientos de visitantes. Al igual que los pintores y poetas que cantaron el embrujo sobrenatural de la isla Fraser, regresarán a casa con historias e imágenes de una belleza conmovedora.

 

Peter Essick

Los dioses aborígenes querían un paraíso en la Tierra. Y crearon la isla Fraser. Mira las fotografías de Peter Essick

No le bastaba con crear el mundo; el dios aborigen Beeral quería además que fuese hermoso. Así pues, asignó a dos mensajeros de confianza, Yindingie y su «espíritu ayudante» K’gari, la tarea de convertir la materia prima de la creación en un paraíso. Tan espléndido fue el resultado, que K’gari quiso quedarse para siempre en aquel bello lugar. Se tendió en las cálidas aguas de una bahía de belleza sin par, y se quedó dormida.Mientras K’gari dormía, Yindingie transformó su cuerpo en una isla larga y estrecha de arena cristalina, la mayor isla de arena del mundo. La vistió de frondosos bosques lluviosos, pintó en su suave piel arenosa un arco iris de colores y creó un rosario de lagos como gemas para darle ojos con los que ver el cielo. Llenó el aire de aves de colores y, para que nunca la embargase la soledad, pobló la isla con una tribu aborigen, los butchulla, transmisores del relato de su creación y en cuya lengua, K’gari significa «paraíso».

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Muchas olas han lamido sus orillas desde entonces. Hoy el paraíso se llama isla Fraser, en alusión al capitán escocés a quien un famoso naufragio llevó a la isla con su esposa en 1836. Pero al margen de topónimos, sigue siendo un universo aparte, un mundo mágico que se entreteje en los sueños de todo aquel que se acerque.

Los glosados paisajes de la isla Fraser han inspirado a muchos de los grandes escritores y artistas australianos, y sus delicados ecosistemas encendieron pasiones en una de las primeras grandes campañas populares en defensa del medio ambiente vividas en Australia durante los años setenta, que puso fin a la extracción de sus arenas ricas en minerales y prohibió definitivamente la tala en la isla. Y para sucesivas generaciones, tanto de residentes como de visitantes, es un prisma que permite ver y apreciar la siempre matizada belleza del bush australiano.

Pero por más pintura, prosa y poesía que haya inspirado, éste no es un lugar fácil de catalogar. Tan pronto recorres las bóvedas catedralicias del bosque lluvioso, universo de helechos gigantes y palmeras de Cunningham, como te encuentras sumergido en un fragante eucaliptal desde el que vislumbras un mar de dunas doradas, y tras ellas, ondulaciones de vegetación costera moteada de flores silvestres. Con la magia y la rapidez de un caleidoscopio que gira, aquí se suceden unos saltos de paisaje que en buena lógica requerirían cientos de kilómetros de transición.

Quizá lo más fascinante sea que casi todo crece sobre un sustrato tan liviano como la arena, consolidada por humildes hongos. Ni un paisaje onírico podría tejerse con hilo tan fino.

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«Me gusta concebir la isla como un organismo vivo de pleno derecho, como la Gran Barrera de Arrecifes –dice el naturalista Peter Meyer, quien desde hace 15 años vive y trabaja de guía en la isla–. Sólo que aquí, en vez de pólipos coralinos, la base de todo son los hongos micorrícicos y su relación simbiótica con las plantas. Al liberar los nutrientes en la arena, hacen posible el crecimiento de todas estas especies asombrosas. Sin los hongos, esto sólo sería una barra de arena más.»

O mejor, una barra de arena descomunal: más de 120 kilómetros de largo, unos 25 de ancho y dunas que alcanzan los 240 metros de altura. La arena lleva unos 750.000 años acumulándose en este tramo de la costa de Queensland, en parte porque el sustrato volcánico de la zona conforma un área de captación natural del sedimento arrastrado hacia el norte, a lo largo del litoral oriental, por una poderosa corriente costera.

El navegante inglés James Cook, que recorrió estas costas en 1770, fue el primer europeo en dejar noticia de haber avistado la isla Fraser. Al aventurero de Yorkshire no le pareció gran cosa, y en su diario de viaje la despachó con un par de líneas. La misma impresión se llevó el explorador Matthew Flinders cuando desembarcó en ella 30 años después. Una tierra virgen era por aquel entonces un capital que había que domeñar y explotar, no admirar por su valor intrínseco.

Desde esa óptica, el interior de la isla sí agradó a Edward Armitage, un maderero de principios del siglo xx. De su pluma salieron algunas de las primeras descripciones de los magníficos bosques de Fraser, lamentando que muchos de «esos monarcas del bosque» fuesen demasiado grandes para los aserraderos de la época.

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El futuro no tardó en proporcionar máquinas más grandes, y durante más de un siglo los bosques de la zona sufrieron una tala intensiva. La densa madera se distribuyó por todo el mundo y se utilizó en obras de vocación imperial, como el canal de Suez.

A finales de la década de 1940 apareció en escena un turista atípico: Sidney Nolan, uno de los pintores australianos más importantes del siglo xx, que había estado viajando por Queensland en busca de inspiración paisajística. La halló en la historia de naufragio y supervivencia, entonces casi olvidada, que un siglo antes había dado nombre a la isla Fraser.

En 1836, el Stirling Castle, capitaneado por James Fraser, levó anclas en Sydney rumbo a Singapur con 18 personas a bordo entre tripulación y pasaje, entre ellas la esposa del capitán, Eliza. Días después, cuando el barco se abría paso por la Gran Barrera de Arrecifes, el coral abrió una brecha en el casco y comenzó a hundirse. Pasajeros y tripulantes se amontonaron en dos botes salvavidas y, siguiendo la costa, pusieron rumbo al asentamiento de Moreton Bay (hoy Brisbane), cientos de kilómetros al sur. Fue un viaje agónico para todos, sobre todo para Eliza, que se encontraba en avanzado estado de gestación y terminó dando a luz en un bote que hacía agua por doquier; el bebé murió tras el parto.

La situación no hizo sino empeorar para los desesperados ocupantes del bote en el que viajaban Fraser y su esposa. La precaria embarcación amenazaba con irse a pique por momentos, y el otro bote los abandonó y siguió su camino. Al final, más de un mes después del naufragio, no tuvieron más remedio que varar en lo que entonces se conocía como la Gran Isla de Arena (Great Sandy Island, nombre inglés de K’gari).

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Lo ocurrido a partir de ahí es confuso. Algunas fuentes relatan que los supervivientes trocaron su ropa por alimento con el pueblo butchulla. Otros afirman que los aborígenes expoliaron y esclavizaron a los náufragos. Sea como fuere, lo más probable es que el hambre, las enfermedades y el agotamiento rematasen a la mayoría de los supervivientes, entre ellos el capitán Fraser.

Eliza, por su parte, sostendría posteriormente que fue obligada a trabajar como esclava en el campamento aborigen, recogiendo leña y de­­senterrando raíces. La noticia de su cautiverio llegó a oídos de las autoridades de Moreton Bay. Se envió una brigada de rescate, y finalmente sería un convicto irlandés llamado John Graham, que había vivido en el bush mientras eludía la acción de la justicia y hablaba el idioma aborigen, quien acabó negociando su liberación.

El resto de la historia se sitúa en las cotas más elevadas de la tradición sensacionalista. A los pocos meses del rescate, Eliza conoció y desposó otro capitán de barco, se instaló en Inglaterra y empezó a ofrecer un espectáculo de feria en el Hyde Park londinense: a seis peniques por barba deleitaba al público con relatos cada vez más inverosímiles de asesinatos, torturas, trata de blancas y canibalismo.

Por desgracia para Eliza, nada más efímero que la noticia de ayer, y su popularidad pronto se desvaneció. Se cuenta que emigró a Nueva Ze­­landa y que murió en un accidente de coche de caballos en 1858 durante un viaje a Melbourne.

Sidney Nolan quedó prendado del dramatismo de la historia de Eliza Fraser y del simbolismo que entrañaba situar a unos europeos, desprovistos de su pátina civilizadora, escarbando la tierra para sobrevivir en un paisaje extraño. Así pues, el pintor se montó a bordo de una barca maderera para conocer Fraser de primera mano.

«La psique del lugar me ha marcado en lo más hondo», escribió a un amigo. El embrujo lo acompañaría el resto de sus días y sería inspiración de dos series de pinturas y decenas de lienzos. A su vez, Nolan transmitió esa fascinación a su amigo Patrick White, Premio Nobel de Literatura, quien utilizó la virginidad de la isla para ambientar El foco de la tempestad, su novela de 1973, y A Fringe of Leaves («Una orla de hojas»), en la que recrea la historia de Eliza Fraser.

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Al capitán Cook no le impresionaron los riscos de arena y vegetación que divisó desde su navío. Apenas 200 años después, pintores y escritores, científicos y estadistas reconocieron tal valor en la isla Fraser que en 1992 fue declarada Patrimonio de la Humanidad. La isla, que transformó el concepto de belleza natural de los australianos, atrae hoy barcos llenos de admiradores. Quizás es lo que esperaba el viejo y sabio Beeral cuando en la noche de los tiempos confió a Yindingie y K’gari la misión de embellecer el mundo.