Hongos: habitantes de otro reino

Un paseo por los bosques de Nueva Gales del Sur y sus tesoros micológicos

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Crepidotus sp.
Parque Nacional Nightcap
Nueva Gales del Sur
Australia

Foto: Steve Axford

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Phallus multicolor
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Ramaria sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Mycena interrupta
Balfour Track, Tarkine
Tasmania
Australia

Foto: Steve Axford

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Phillipsia subpurpurea
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongo de coral
sin identificar

Parque Estatal Bunyip
Victoria
Australia

Foto: Steve Axford

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Mycena clarkeana
East Gippsland
Victoria

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Sin identificar
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Leratiomyces sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Mycena sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Marasmius sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Panus fasciatus
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Marasmius sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Crinipellis sp.
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Panus lecomtei
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

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Hongos: habitantes de otro reino

Marasmius haematocephalus
Reserva de Flora Booyong
Nueva Gales del Sur

Foto: Steve Axford

Un paseo por los bosques de Nueva Gales del Sur y sus tesoros micológicos

Más información

Hongo paracaídas (Marasmius androsaceus)

Hongo paracaídas (Marasmius androsaceus)

No son plantas ni animales. El reino Fungi, el de los hongos, engloba los mohos, las levaduras y los hongos con grandes cuerpos fructíferos, las familiares setas. Este es un mundo aparte constituido por una miríada de organismos esenciales para la vida en el planeta. Ellos son los grandes recicladores de la naturaleza porque, a diferencia de las plantas, no pueden sintetizar sus propios alimentos.

Son especialistas en descomponer los residuos orgánicos para liberar los elementos que albergan en su interior, como el carbono o el nitrógeno, que son aprovechados por otras muchas especies.

Lo que popularmente conocemos como seta, es en realidad la parte externa –el fruto– de un tipo de hongos. Pero estos organismos son mucho más que un preciado manjar o un bello ornamento forestal.

Suculentas, carnosas, vistosas y fragantes, las setas adoptan morfologías tan sorprendentes para atraer a un sinfín de animales que, al ingerirlas, diseminan sus esporas a través de las heces. Sin embargo, es la parte menos visible del hongo, el micelio o cuerpo vegetativo, la que resulta más asombrosa. Compuesto por un conjunto de filamentos llamados hifas que desarrollan funciones alimentarias, respiratorias y reproductivas, el micelio es una enmarañada red que se extiende sobre y bajo la superficie terrestre, entretejiéndose hasta formar organismos de dimensiones colosales: en las Blue Mountains de Oregón, en el noroeste de Estados Unidos, existe una finísima alfombra de micelio de la especie Armillaria ostoyae que, con un grosor unicelular y 965 hectáreas de extensión, lleva más de 2.200 años perdurando. Esta estera biológica, considerada el organismo terrestre más grande que existe, inspiró al micólogo Paul Stamets a afirmar que el micelio es algo así como el internet natural de la Tierra. Para Stamets, el micelio es un símil de una red neurológica por la que la comunidad de hongos canaliza nutrientes e información.

Una finísima alfombra de micelio de 965 hectáreas de extensión está considerada el organismo terrestre más grande que existe

El Gran Micelio es capaz de seguir nuestras pisadas, de detectar cualquier movimiento o cambio químico para captar nuevos nutrientes, y de crear vastas tramas capaces de regenerarse a una velocidad increíble e incluso de interrelacionarse con las raíces de las plantas. ¿Sabían que los hongos fueron los primeros organismos en colonizar tierra firme? Sucedió hace 1.300 millones de años, cientos de millones de años antes de que lo lograran las plantas superiores. Supieron conquistar un hábitat exento de oxígeno y contribuyeron a la ingente tarea de hacerlo habitable para otros organismos menos adaptables.

También participaron en la recuperación de la atmósfera cuando esta se volvió irrespirable tras el impacto del célebre meteorito que, hace unos 65 millones de años, acabó con los dinosaurios y con casi todo bicho viviente en la superficie de la Tierra.

Los hongos, de los que se estima existen cientos de miles de especies distintas, son criaturas realmente extrañas y misteriosas para el común de los humanos. Ciertos Homo sapiens, sin embargo, sienten por ellos verdadera fascinación. Es el caso de Steve Axford, autor de estas fotografías que en su mayoría ha realizado cerca de su casa, en Nueva Gales del Sur, Australia. Para Axford, que en el pasado ejerció de diseñador y gestor de complejos sistemas informáticos, resulta fascinante observar cómo en la naturaleza, al igual que en los circuitos de sus ordenadores, todo está interrelacionado: «Nada existe de forma aislada. Cuanto más miro, más conexiones encuentro, y aunque el mundo es mucho más complejo que cualquier sistema informático que haya existido jamás, observo un montón de paralelismos entre los circuitos informáticos y la increíble trama de vínculos presentes en la ecología.

Este australiano apasionado por el mundo de los hongos trata de expresar la belleza de los organismos que fotografía a través de una mirada científica que muestre los especímenes al detalle. En su web, ha clasificado un montón de especies de hongos para ayudar a identificarlos mejor, y ahora tiene en mente realizar vídeos time-lapse que muestren cómo crecen estos organismos tan dispares. Porque los hay parásitos, que viven a expensas de un huésped al que pueden acabar matando; especies simbiontes como los líquenes, que son el resultado de una exitosa relación entre un hongo y un alga, y especies saprófitas, que digieren y reciclan la materia orgánica de origen vegetal y animal y mantienen saneada la capa de humus del suelo.

En un trabajo sin precedentes financiado principalmente por la UE y la Fundación de Ciencia de Estonia se han podido describir 80.486 especies nuevas

El reino de los hongos, uno de los más diversos del planeta, está en gran parte por descubrir. No se sabe cuántas especies hay; hasta hace muy poco constaban descritas unas 100.000, pero sin duda hay una infinidad más. En ello están trabajando micólogos de todo el mundo, en especial los del Consorcio de Macroecología de Hongos. Tras analizar muestras de suelo procedentes de 365 puntos distintos del planeta y con el fin de profundizar en la diversidad de los hongos, recientemente han publicado los resultados de un estudio encabezado por Leho Tedersoo, del Instituto de Ecología y Ciencias de la Tierra de Tartu, Estonia, en el que han participado 58 científicos de 36 universidades y centros de investigación de 24 países distintos. Un trabajo sin precedentes financiado principalmente por la UE y la Fundación de Ciencia de Estonia gracias al cual se han podido describir 80.486 especies nuevas. «Todavía no estamos en disposición de determinar cuál es el grado de riqueza fúngica existente, no tenemos ni idea de cuántas especies hay –explica Tedersoo–.

Además de los hongos del suelo, están los que viven en los árboles, sobre las hojas de las plantas o en la superficie del agua, y estos últimos apenas han sido estudiados. La tarea acaba de empezar y eso es lo que afrontaremos en el futuro, para lo que nos resultará muy útil la metagenómica, que es el estudio de un conjunto de genomas, en nuestro caso edáficos (del suelo), a partir de la recolección de muestras.»

Sin duda se descubrirán nuevos hongos con capacidades asombrosas que podrán sernos de gran utilidad. Como dice Stamets, los necesitamos tanto para crear nuevos antibióticos como para descontaminar suelos y aguas, eliminar plagas, neutralizar neurotoxinas e incluso generar etanol a partir de la celulosa de los micelios. Infinitas y variadas razones para que, la próxima vez que vayamos al bosque, brindemos a los habitantes de este reino la debida consideración.