Las Hébridas escocesas: Agrestes y sublimes

Agrestes y sublimes, las Hébridas escocesas mueven desde hace siglos a artistas, científicos, poetas y viajeros a apreciar el valor de la naturaleza salvaje.. Mira las fotos de Jim Richardson

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Los pináculos de basalto de la península de Trotternish, en la isla de Skye, dominan el paso de Raasay. Rodeados por los derrubios de un viejo deslizamiento, dan fe de los sucesos geológicos que conformaron estas tierras.

Jim Richardson

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La calma de las aguas y la tenue bruma matutina no se corresponden con la fuerza de los elementos que modelaron estas suaves colinas de granito. Originalmente cimientos de enormes volcanes, a lo largo de millones de años han sufrido la poderosa erosión del viento y el agua y han sido redondeadas por el ingente peso del hielo de los glaciares.

Fotomontaje de tres imágenes de Jim Richardson

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A dos kilómetros y medio de las colosales olas atlánticas, la marea alta refleja el cielo estival. Hace un siglo vivían unas 3.400 personas en el distrito de Uig. Las víctimas de las dos guerras mundiales, que menguaron las perspectivas de los pequeños agricultores y pescadores, y la seducción de las oportunidades urbanas han reducido la población local a apenas unos cientos.

Fotomontaje de tres imágenes de Jim Richardson

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Talladas en una roca de 3.000 millones de años, las piedras de Callanish llevan en pie seguramente más tiempo que la Gran Pirámide de Egipto. Hace 5.000 años ya había un asentamiento humano de agricultores, cazadores, pescadores… y arquitectos. Las piedras exteriores miden unos 3,50 metros; la central, 4,50. Como Stonehenge, este círculo de 13 metros de diámetro fue un importante centro ritual.

Jim Richardson

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Una cortina de niebla y cerca de 2.000 años separan las casas de los actuales isleños del broch de Dun Carloway, en Lewis, construido durante la edad del bronce. Los restos del fuerte con doble muro seco de piedra se levantan a unos diez metros de altura. Los expertos creen que estas estructuras, que gozaban de una situación privilegiada, ofrecían prestigio y también seguridad a las familias que vivieron en su interior.

Jim Richardson

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El agua dulce avanza ruidosamente hacia el mar desde los lagos y los arroyos del interior, sumergiendo amplias terrazas de roca. «En la isla es fácil sustraerse a los sonidos humanos –dice Alice Starmore, nativa de Lewis–, pero no existe el silencio.»

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Los farallones y acantilados de las Hébridas Exteriores, cuyos estratos comprimidos son tan antiguos como los propios continentes, son recordatorios de las fuerzas que desgajaron Europa, América del Norte y Groenlandia cuando hace 60 millones de años comenzó a abrirse el Atlántico Norte.

Jim Richardson

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Alcas (a la derecha) y frailecillos (a la izquierda y en el aire) hallan refugio en las islas Shiant, unos pocos kilómetros al sudeste de Lewis. Se calcula que cada año unas 8.000 alcas y más de 200.000 frailecillos utilizan estas islas como lugar de cría.

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Coronados con macizos de flores silvestres de verano, los acantilados de basalto de Staffa ofrecen sus elevadas terrazas como refugio a las aves marinas que abundan en la zona. La isla fue declarada Reserva Nacional en 2001.

Jim Richardson

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Una fila tras otra de pilares basálticos delinean esta cueva marina que el fotógrafo ilumina desde el interior. La precisión natural de las columnas y el eco de las olas han cautivado a los visitantes desde finales del siglo XVIII. 

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La luz crepuscular del final de la primavera cubre las pálidas arenas de conchas trituradas y la vegetación dunar que tapiza varios kilómetros de costa atlántica en Berneray, transformando las abruptas colinas de Harris, a unos 10 kilómetros al nordeste, en sombras azules en el horizonte.

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Las marañas de algas atraen a un rebaño de ovejas desde las verdes laderas de Iona hasta la playa, en busca de pasto rico en minerales. Este tramo de costa se llama en gaélico Camas Cùil an t-Sàimh, que significa “la bahía detrás del océano”.

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En las laderas que se alzan sobre las ruinas del asentamiento principal de Saint Kilda, los muros secos aún cercan parcelas de tierra elevada y enriquecida. En su día estos cercos protegieron los cultivos de avena y cebada del viento y del ganado. En las cleitean, cabañas de piedra en forma de colmena, se almacenaban alimentos y turba seca; se conservan cientos de ellas, muchas con el techo intacto.

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Los últimos habitantes de St Kilda abandonaron sus casas fortificadas de la bahía Village hace unos 80 años. Los restos arqueológicos más antiguos sugieren que los primeros pobladores de este aislado grupo de islas batidas por los vientos y las tempestades llegaron por primera vez hace 4.000 o 5.000 años.

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Miles de aves marinas surcan el cielo y salpican de nidos las estrechas cornisas. A menudo oculto por las nubes, el extremo norte de la isla se eleva 384 metros sobre el océano. Aquí y en los farallones cercanos anidan 60.000 parejas de alcatraces, la mayor colonia del mundo. Los lugareños solían escalar estos peñascos para hacerse con aves y huevos que completasen su dieta.

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La niebla se alza para revelar la existencia de una isla perdida en pleno Atlántico. Los humanos sobrevivieron en Saint Kilda durante milenios, pero los últimos habitantes se marcharon hace casi 80 años.

Jim Richardson

23 de diciembre de 2009

En 1948 Michael Robson se enamoró de un lugar que jamás había pisado.

Una revista ilustrada trasladó la imaginación del muchacho de la familiaridad doméstica de su hogar inglés a las agrestes islas cuyos picos se yerguen frente a la costa noroccidental de Escocia. En cuanto pudo, Robson respondió a la llamada de las Hébridas. Comenzó a emprender, siempre que tenía ocasión, largos viajes en barco y en autobús, en lancha y a pie, aventurándose por los montes de Skye y los páramos y ensenadas de Lewis y Harris, atravesando kilómetros de océano para alcanzar un islote rocoso cuyo último asentamiento permanente había sido abandonado hacía un siglo.

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Más de 500 islas e islotes forman las Hébridas Interiores y Exteriores. A menudo cubiertas por un manto de niebla y lluvia y casi siempre azotadas por el viento, están rodeadas de aguas tempestuosas capaces de poner a prueba al capitán más avezado, mares que en un mismo día pueden pasar de la suave ondulación de un inverosímil azul tropical a la violencia de una masa de espuma y agua gris plomo. Durante milenios fue un reto sobrevivir en las Hébridas. Aun así, celtas y vikingos primero, y escoceses e ingleses después, se disputaron su dominio. Hoy sólo unas cuantas islas están habitadas. «Algunos visitantes las encuentran inhóspitas –dice Robson–, pero es porque no se fijan en ellas como es debido.»

Entre batalla y batalla, nadie se acordaba de las Hébridas. Samuel Johnson, intelectual londinense del siglo XVIII famoso por su carácter enojadizo, declaró que a los británicos «de tierra firme» les eran tan ajenas «como Borneo o Sumatra». Lo poco que se había escrito de ellas se centraba en cómo «mejorarlas»: qué cultivos admitían, qué recursos explotables ofrecían, qué población podrían sustentar, y qué rentas generarían a sus terratenientes. El diario de la visita de Johnson a las Hébridas está lleno de quejas sobre la dificultad del viaje y los rústicos alojamientos que tuvo que soportar.

Pero al mismo tiempo que Johnson refunfuñaba, ganaba importancia un cuerpo de ideas diferentes sobre el valor de aquellos ásperos parajes. Los ilustrados escoceses, en particular el filósofo David Hume y el geólogo James Hutton, separaron lo científico de lo irracional, insistiendo en que el conocimiento del mundo procedía de la experiencia directa, no de la remisión a antiguas y sacras autoridades. Para ellos, la naturaleza no era sólo un lugar agreste que había que domesticar, sino el diccionario de la Tierra.

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Y algunas de sus páginas más espectaculares se referían a las Hébridas. En 1800 el geólogo Robert Jameson, que después sería profesor de Charles Darwin en la Universidad de Edimburgo, publicó su Mineralogía de las islas escocesas, dos volúmenes en los que ofrecía detalladas descripciones de cientos de lugares de las Hébridas. Acerca de Islay, Jameson apuntaba la existencia de depósitos de conchas lejos del alcance de las mareas: «prueba –escribió– de que el mar se ha ido retirando de la tierra». Hoy los científicos saben que estas playas fósiles, elevadas hasta 35 metros por encima del actual nivel del mar, registran el final de la última glaciación. Cuando hace 15.000 años empezaron a fundirse los glaciares que cubrían la isla, liberándola así del inmenso peso del hielo, la tierra comenzó a levantarse, y la línea de costa original dejó de estar bañada por el mar.

Sobre Skye, Jameson afirmó que «esta isla da la impresión de haber estado muy expuesta a convulsiones violentas en algún período del pasado». El arco que describe la cordillera Black Cuillin, con sus casi 1.000 metros de altitud, es de hecho los restos de un volcán. Hace tiempo que desaparecieron sus estructuras externas y quedó a la vista la morfología accidentada e intrincada de una profunda cámara magmática, activa hace 60 millones de años.

Dado que Jameson no llegó a visitar las islas más occidentales, no tuvo ocasión de estudiar la roca veteada y jaspeada que forma el zócalo de las Hébridas Exteriores. Llamada gneis lewisiano, por la isla de Lewis, donde fue descrita por primera vez, esta roca metamórfica es el resultado de una actividad volcánica en las profundidades de la corteza registrada hace más de 3.000 millones de años, durante los cuales ha sido elevada por complejos movimientos tectónicos y ha quedado expuesta por una erosión intensa. Es la roca más antigua de las islas Británicas y una de las más viejas de Europa.

Quizás el lugar más evocador donde se puede observar el gneis lewisiano es el gran círculo de piedras de Callanish, desde el que se domina el loch Roag, una ensenada de la isla de Lewis. Erigidas hace entre 4.500 y 4.900 años, las piedras de Callanish tal vez lleven en pie más tiempo que el círculo central de Stonehenge. Poco sabemos de sus constructores, pero parece lógico que una de las primeras evidencias de la ocupación humana de las Hébridas fuese esculpida en esta piedra antiquísima. Otras piedras dispuestas en posición vertical salpican las islas, además de túmulos funerarios de la edad del bronce y fortificaciones de la edad del hierro, de gneis lewisiano en su mayoría. Sus vestigios invocan los espíritus de poderosos guerreros, el terror de los aldeanos ante los ataques procedentes del mar y la determinación de agricultores, pastores y pescadores resueltos a levantar su hogar en el confín del mundo.

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La esencia de esas ruinas taciturnas apela poderosamente al corazón de Michael Robson. Las antiguas leyendas, dice, «suelen tener un poso de verdad, aunque a veces parezcan extravagantes e inverosímiles». Al igual que el celo observador de la Ilustración, la sensibilidad del Romanticismo es un legado del siglo XVIII, y las Hébridas se contaron entre sus fuentes de inspiración. Por entonces la inventiva británica había encendido la llama de una revolución industrial en ciernes, y generado con ella unos elevadísimos niveles de ruido, contaminación y hacinamiento. En un mundo cada vez más mecanizado y urbanizado, la naturaleza se convirtió en un refugio, un lugar de contemplación e inspiración con el poder sublime de transformar tanto emociones como ideas. «Todo valle tiene su batalla; todo arroyo, su canción», escribió sir Walter Scott, cuyas novelas y poemas dieron voz a la Escocia virgen. Hasta Robert Jameson, convencido racionalista,aseguraba que no era «insensible a las emociones inspiradas por los paisajes retirados e impresionantes que a menudo aparecen ante mis ojos».

El paisaje que suele distinguirse como el más impresionante de todas las islas fue descubierto en 1772 por el naturalista inglés Joseph Banks. Al pasar por las Hébridas de camino a Islandia, Banks visitó la diminuta isla de Staffa, en cuya zona sudoeste descubrió «unas columnas muy singulares». Hoy se sabe que son los restos de las colosales erupciones volcánicas asociadas a la apertura de la cuenca oceánica del Atlántico Norte ocurrida hace unos 60 millones de años, pero las columnas de basalto no fueron para el naturalista sino un espectáculo magnífico que se iba revelando a medida que recorría la costa. El paraje más asombroso de todos fue la gran caverna marina que Banks bautizó como Cueva de Fingal. Fingal era el héroe de un poema épico que el escocés James Macpherson decía haber traducido a partir de los versos de un bardo gaélico de nombre Ossián, el Homero británico. Evocadora de un pasado mítico, la obra había despertado una fascinación romántica por los neblinosos paisajes del norte de Gran Bretaña.Con una entrada de más de seis pisos de altura y paredes formadas por columnas, la Cueva de Fingal se extendía a lo largo de unos 70 metros y en ella reverberaba el rugido del mar. «¡Qué son las catedrales o los palacios construidos por el hombre comparados con esto!», declaró Banks. Huelga decir que, en sentido estricto, el inglés no había descubierto nada: los isleños conocían la gruta, y la llamaban Uamh Binn, la «cueva melodiosa» en gaélico. Pero la fama de Banks hizo que su descripción concitase la atención de muchos, y al vincular el fenómeno geológico con los populares poemas ossiánicos, contribuyó a convertir la cueva en visita obligada.

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El momento era idóneo. Los libros ilustrados de viajes bajaban de precio a medida que las placas de grabado tradicionales, de cobre blando, eran reemplazadas por otras de acero, más duraderas, que permitían la ampliación de las tiradas. Nuevas carreteras y líneas de vapores facilitaban la comunicación con las islas. Las guerras napoleónicas prácticamente vetaron los viajes de los británicos por el continente europeo, pero las Hébridas eran un destino exótico y, con espíritu aventurero, asequible.

La Cueva de Fingal estaba en el itinerario del viaje que en 1829 emprendieron el compositor alemán Felix Mendelssohn y Karl Klingemann. Las Hébridas conmovieron al joven músico «de manera extraordinaria», según escribió a su familia. Habían visto la cueva «en todos los libros ilustrados», apuntaba Klingemann, pero contemplarla con sus propios ojos era asombroso: «Jamás penetró un rugido de olas más verde en una caverna más singular, cuyos pilares la asemejan al interior de un órgano inmenso, negro y resonante». En su Obertura Las Hébridas, iniciada en el viaje, Mendelssohn creó lo que el historiador de la música R. Larry Todd llama «figuralismo romántico en estado puro».

El mar no se mostró muy benévolo cuando en 1831 el pintor inglés J. M. W. Turner se embarcó rumbo a la Cueva de Fingal. El vapor no pudo desembarcar a sus pasajeros, y unas cuantas almas intrépidas, entre ellas Turner, alcanzaron la cueva en un bote. En la pintura que plasma el viaje, el lienzo es todo marejada y cielo incandescente, con un barco que avanza resuelto, aunque sobrepasado por los elementos.

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Hay lugares tan inclementes, o eso parece, que ni las personas más recias pueden resistir todos sus envites. Saint Kilda, un diminuto conjunto de islas y farallones perdido en pleno Atlántico Norte, a 64 kilómetros al oeste de North Uist, estuvo habitado durante más de 4.000 años. En su día, una reducida comunidad se congregaba en la bahía Village, en Hirta, la mayor de las islas. Las ovejas pastaban en las inclinadas laderas que confinan la bahía. Se cultivaban modestas plantaciones de cebada, avena y patatas en bancales elevados, cuyo delgado suelo se enriquecía con algas marinas. Las tormentas invernales, tras barrer miles de kilómetros de océano abierto, colisionaban con las islas con una ferocidad inimaginable. En 1852, 36 isleños (casi un tercio de la población de aquel momento) prefirieron emprender un largo y duro viaje a Australia antes que quedarse en Saint Kilda. Muchos perecieron en el mar.

En 1930, los 36 habitantes que quedaban no lo soportaron más y solicitaron al gobierno ser evacuados de sus hogares. El 29 de agosto, los últimos isleños de Saint Kilda, junto con la mayor parte de su ganado, pusieron rumbo a Escocia. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, las islas son hoy el hogar de aves que planean junto a los vertiginosos acantilados, mientras que los humanos han pasado a ser sus visitantes migratorios.

De joven, Michael Robson cruzó los cerca de 60 kilómetros de Atlántico Norte abierto que separan Lewis de la solitaria North Rona, otra isla abandonada, la más septentrional de las Hébridas. Tumbado al raso en las brillantes noches estivales, escuchó los gritos de las gaviotas que cada año anidan por millares. Se topó con señales de los antiguos ocupantes humanos, desde ruinosas cabañas de piedra que dieron cobijo a anacoretas del siglo VIII hasta piedras desgastadas que posteriores isleños emplearon para moler grano. Ningún asentamiento de Rona llegó a cuajar: las duras condiciones vencieron a todo el que lo intentó.

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Finalmente, hace 16 años, Robson se instaló en Lewis, donde ha abierto al público su colección de historia y tradición escocesas, compuesta de libros, manuscritos y mapas. Conserva la complexión enjuta del hombre autosuficiente que vive al aire libre y la agudeza de su memoria prodigiosa. Pero ya no es un muchacho. A veces le tiemblan las manos cuando gesticula al contar una leyenda hebridiana. Sus excursiones se han aligerado, pero él no deja de buscar parajes, inhóspitos para algunos, llenos de significado para él. «La esencia de las islas es algo que descubres con el paso de los años –dice al fin–. No tendré tiempo para aprenderlo todo.»