Guepardos al límite

Son los grandes felinos más vulnerables del mundo, pero luchan como ninguno por la supervivencia

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Guepardos al límite

Una cámara oculta capta una imagen fugaz de un guepardo asiático. Solo quedan unas pocas decenas de estos animales en un rincón apartado de Irán. La población mundial de guepardos ha retrocedido bruscamente de unos 100.000 ejemplares en 1900 a menos de 10.000 en la actualidad. 

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Guepardos al límite

Una cría casi adulta de guepardo se abre paso entre un laberinto de furgonetas de safari en la reserva Nacional masai mara de Kenya. el turismo, los leones y la ganadería en expansión son otros tantos obstáculos para que estos felinos crezcan en la sabana africana. La tasa de mortalidad entre las crías puede llegar al 95 %.

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Guepardos al límite

Rescatado de manos de un furtivo cuando era un cachorro, Koshki, de cinco años, creció en una reserva del nordeste de Irán. Es uno de los dos únicos guepardos asiáticos que viven en cautividad. La gruesa cresta de pelo del lomo, necesaria para soportar el crudo invierno de las estepas del centro de Irán, distingue a esta subespecie del guepardo africano.

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Guepardos al límite

Una joven madre a la que los investigadores llaman Etta recorre con la vista el Serengeti, atenta a cualquier posible señal de peligro, mientras sus cuatro cachorros de 12 semanas juegan a luchar. Un estudio de larga duración ha descubierto que la mayoría de los cachorros de este lugar son criados por un reducido número de guepardos «supermadres». 

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Guepardos al límite

Un guepardo macho adopta una postura vigilante en lo alto de una higuera de la Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. Sus perspectivas son poco alentadoras. tímido y huidizo por naturaleza, y necesitado de vastos espacios para vivir y cazar, el corredor más veloz del planeta ve amenazada su supervivencia.

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7 de diciembre de 2012

Los leopardos del Okavango

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Los leopardos del Okavango

La expectación se palpa en la multitud. Los dedos se crispan sobre los prismáticos. Las cámaras enfocan, listas para disparar. Nada menos que 11 furgonetas de safari, atestadas de turistas y erizadas de teleobjetivos, se concentran cerca de una acacia solitaria en el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania. Desde hace media hora una guepardo llamada Etta permanece a la sombra del árbol con sus cuatro cachorros de corta edad, observando una manada de gacelas de Thomson que ha aparecido en un promontorio cercano. Etta se levanta y empieza a deslizarse hacia el rebaño con una estudiada indiferencia que no engaña a nadie, y menos aún a las gacelas, que miran con nerviosismo en su dirección.

De repente uno de los guías grita: las gacelas han empezado a dispersarse y a correr, mientras Etta se lanza en una de sus carreras explosivas. El esbelto felino, demasiado veloz para seguirlo con la vista, es una figura borrosa entre las hierbas altas. El espectáculo acaba en unos segundos, con una nube de polvo y una tenaza mortal en el cuello de una infortunada gacela joven. Mientras Etta arrastra la presa hacia sus cachorros, los pequeños salen de entre los matorrales, ansiosos por sumarse al festín. Apenas unos segundos más tarde llegan las furgonetas, cuyos conductores compiten por conseguir el mejor ángulo para que sus clientes hagan fotos.

Los guepardos ocupan un lugar destacado en la imaginación humana. Bellos y exóticos, veloces como coches deportivos y famosos por su docilidad, estos habitantes de la sabana salvaje son estrellas mediáticas, apreciadas por cineastas y publicistas de todo el mundo.

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Elefantes huérfanos

Toda esa presencia en la cultura popular po­­dría crear la falsa impresión de que el guepardo está tan seguro en la naturaleza como en el imaginario colectivo. Pero no es así. De hecho, es el más vulnerable de los grandes felinos. Hay pocos ejemplares en el mundo, y cada vez quedan me­­nos. Hace unos siglos el área de distribución de los guepardos se extendía desde el subcontinente indio hasta el mar Rojo y ocupaba casi toda África. Sin embargo, pese a lo veloces que son corriendo, no pudieron eludir el avance de la actividad humana. Actualmente el guepardo asiático, la elegante subespecie que adornó las cortes reales de la India, Persia y Arabia, está casi extinguido. En África su número se desplomó en más de un 90 % a lo largo del siglo XX, a medida que los agricultores, ganaderos y pastores los expulsaban de su hábitat, los cazadores deportivos los mataban por diversión y los furtivos robaban sus crías para venderlas en el lucrativo comercio de las mascotas exóticas. En total, hoy sobreviven menos de 10.000 guepardos en el medio natural.

Incluso dentro de las grandes reservas de caza africanas, su situación es difícil. Esquivos y de constitución delicada, estos grandes felinos, los únicos que no pueden rugir, son desplazados por los leones, mucho más fuertes y numerosos. Consideremos por ejemplo el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania, y la adyacente Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. Los dos par­­ques acogen en total más de 3.000 leones, una población estimada de 1.000 leopardos y solo 300 guepardos. Y pese a su categoría de estrellas, los leones también los superan en el terreno tu­­rístico. «Por lo general la gente solo busca guepardos en su segundo safari –dice el guía Eliyahu Eliyahu–. En el primero todos quieren ver leones. El problema es que donde la población de leones es grande, no suele haber muchos guepardos.»

Los guepardos no solo constituyen una especie dentro del selecto grupo de los grandes felinos, sino que además pertenecen a un género distinto del que son los únicos miembros, Acinonyx, nom­­bre que hace referencia a la curiosa garra semirretráctil de estos animales, un rasgo que no comparten con ningún otro félido. A diferencia de los leones y los leopardos, cuyas garras retráctiles son instrumentos para desgarrar la carne y trepar a los árboles, los guepardos tienen unas garras semejantes a los clavos de las zapatillas de correr y desempeñan una función similar: mejorar el agarre y facilitar la aceleración.

Todo en el cuerpo del guepardo está hecho para correr. Si pusiéramos un guepardo y un Lamborghini en una autopista, no sería fácil predecir cuál de los dos sería el primero en superar la barrera de los 100 kilómetros por hora. Los dos pueden pasar de cero a cien en menos de tres segundos, pero el guepardo es capaz de alcanzar los 70 kilómetros por hora en un par de zancadas. Gracias a su columna flexible y a sus patas largas y elásticas, el felino se come el terreno en saltos de más de 7,50 metros. Un atleta humano capaz de dar uno solo de esos saltos, después de tomar impulso, podría clasificarse para los Juegos Olímpicos. Un guepardo a toda velocidad puede hacerlo hasta cuatro veces por segundo.

En la Antigüedad, esas impresionantes aptitudes dieron al guepardo un aura legendaria. Los egipcios fueron los primeros en domesticarlos como mascotas y en inmortalizarlos en imágenes en sus tumbas y templos, hace casi 4.000 años. En la India, Irán y Arabia, la caza con guepardos fue un pasatiempo muy popular entre la aristocracia. En la corte de los emperadores mongoles los guepardos eran un símbolo, reflejado en pinturas y tapices, en el folclore y la poesía. Los ejemplares favoritos, adornados con collares de piedras preciosas, ocupaban un lugar prominente en las procesiones reales.

Los guepardos siguen estando muy de moda en Arabia Saudí y los países del Golfo, donde un cachorro puede costar más de 8.000 euros. «Los jóvenes pudientes se compran un guepardo para que combine con su coche deportivo –dice Mordecai Ogada, biólogo keniata que estudia la relación entre guepardos y humanos y el tráfico de especies protegidas–. En estos tiempos es un típico comportamiento de nuevo rico.» En lugares como la Unión de Emiratos Árabes, el guepardo se encuentra en una especie de limbo legal. «La importación es clandestina –dice Ogada–, pero una vez dentro, el comercio es abierto. Los guepardos introducidos de contrabando se pueden “blanquear” para que parezcan criados legalmente en cautividad. Es difícil averiguar el origen de los cachorros a menos que se les hagan análisis genéticos y se los identifique como miembros de una subespecie endémica de un área concreta.»

No es fácil determinar las consecuencias del tráfico para una población en declive, pero los datos indican que el comercio de crías nacidas en libertad es un negocio a gran escala. Internet está lleno de «criadores» que ofrecen cachorros en lugares como Dubai. El año pasado varios contrabandistas de guepardos fueron detenidos en Tanzania y Kenya, y hubo rumores de crías puestas a la venta en lugares tan distantes como Camerún. «Sospecho que el problema es mayor de lo que imaginamos –dice Yeneneh Teka, jefe de la Dirección de Desarrollo y Protección de la Fauna de Etiopía–. Hay mucho dinero de por medio, y al igual que los contrabandistas de drogas o de armas, los traficantes de fauna disponen de redes bien establecidas.»

El año pasado Etiopía implementó duras medidas contra el tráfico de fauna y puso en marcha un programa de formación para guardias fronterizos y funcionarios de aduanas. Como resultado de la nueva política, los agentes interceptaron un cargamento de crías de guepardo cuando los traficantes intentaban pasar la frontera de Somalia.

«Mientras los guardias fronterizos examinaban la documentación del camión, oyeron unos ruidos como si alguien rascara en el interior de un bidón que supuestamente contenía gasolina –cuenta Teka–. Cuando lo abrieron, encontraron cinco cachorritos de guepardo en muy mal estado.» Una de las crías murió. Los otros cuatro, después de varias semanas de atención veterinaria, fueron trasladados a un refugio de fauna.

«Nunca podrán volver a vivir en la naturaleza –lamenta Ogada–. Aunque pudiéramos enseñarles a cazar, los humanos no sabríamos enseñarles a reconocer y eludir a enemigos como los leones y las hienas.» Si bien algunos guepardos han sido reintroducidos con éxito en grandes reservas valladas de Sudáfrica, las extensas sabanas son mucho más peligrosas. Los cachorros huérfanos «no tendrían ninguna posibilidad en un lugar como el Serengeti», asegura Ogada.

Tampoco para una guepardo es fácil criar a los cachorros en el medio natural, donde la mortalidad de las crías puede llegar al 95 %. La ma­­yoría de los pequeños ni siquiera salen de la madriguera en la que nacieron. Caen víctimas de las incursiones de los leones o de las hienas, mueren por las inclemencias meteorológicas o son abandonados por una madre incapaz de cazar lo suficiente para mantenerlos. De hecho, muchas hembras no consiguen que ninguno de sus cachorros llegue a la madurez.

Unas pocas, sin embargo, logran vencer la adversidad y tienen un éxito sorprendente con las crías. Algunas incluso adoptan los cachorros de otras hembras. Esas supermadres, magníficas cazadoras y profundas conocedoras del entorno, logran cobrar una presa casi cada día y mantener a salvo a su prole en la vastedad de la sabana africana, en las mismas narices de hienas y leones. Una de ellas, una hembra de siete años llamada Eleanor, ha criado al menos al 10 % de los guepardos adultos del sur del Serengeti.

«No sé de ningún otro carnívoro que dependa tanto del éxito de tan pocas hembras», dice Sarah Durant, de la Sociedad Zoológica de Londres. Durant dirige el Proyecto de Investigación de Guepardos del Serengeti, uno de los estudios más prolongados que se han hecho en el mundo sobre un carnívoro. Desde hace 38 años, el proyecto lleva un registro de la vida y el linaje ma­­terno de varias generaciones de guepardos del Serengeti. Se trabaja duramente, soportando el calor y el polvo dando tumbos por la sabana a bordo de viejos Land Rover en busca del felino más esquivo de África. Gracias a la laboriosa investigación de Durant conocemos la vital importancia de las supermadres.

Los linajes maternos de los guepardos del Serengeti están ahora bien documentados, pero la paternidad es otra historia. La bióloga Helen O’Neill espera pacientemente en su Land Rover a escasa distancia del lugar donde tres guepardos hermanos (Moca, Latte y Espresso, conocidos colectivamente como los Coffee Boys) descansan a la sombra de un mirobálano de Egipto. O’Neill ha salido a hacer lo que denomina jocosamente la «patrulla de la caca», que consiste en recoger muestras de las heces de ejemplares concretos e identificables. Mediante el estudio del ADN de las muestras, los científicos de la Sociedad Zoológica de Londres esperan añadir los linajes paternos a los árboles filogenéticos del Serengeti. Los datos obtenidos hasta la fecha indican que las hembras son más promiscuas de lo que se sospechaba: en la mitad de las camadas hay cachorros de diferentes padres. «Pensamos que este tipo de apareamiento múltiple podría ofrecer ventajas genéticas en un entorno inestable –dice Durant–. Es como si las madres diversificaran las apuestas para asegurarse de que al menos una parte de su prole sobreviva.»

A un mundo de distancia de la soleada sabana del Serengeti, al final de una fría y despejada tarde de invierno, un solitario guepardo macho avanza cautelosamente por una cresta rocosa cubierta de nieve. Se detiene un momento para marcar olfativamente un tamarisco y enseguida sale del campo visual de la cámara de vídeo operada a distancia que lo ha estado grabando.

La cámara oculta es una de las 80 cámaras-trampa instaladas por el desierto de Kavir, una remota región de la montañosa meseta central de Irán, para captar imágenes de uno de los grandes felinos más raros y esquivos del mundo: el guepardo asiático. «Cuando conseguimos algo así, es como un sueño hecho realidad», dice el biólogo iraní Houman Jowkar refiriéndose a la secuencia de 27 segundos. Jowkar trabaja en el Proyecto de Conservación del Guepardo Asiático, creado en 2001 por el Departamento de Medio Ambiente de Irán para tratar de salvar la última población de esta subespecie amenazada. «Hay poquísimos ejemplares –insiste Jowkar–. Tenemos algunos guardabosques que han vivido y trabajado durante años en estas montañas y nunca han visto un guepardo vivo.»

Gracias al programa de cámaras-trampa, los científicos iraníes han podido determinar a grandes rasgos cuántos guepardos asiáticos quedan y dónde viven, dos datos fundamentales para desarrollar una estrategia de conservación. «Tenemos suerte de que estos preciosos animales tengan manchas –dice Jowkar–. Observando los dibujos de sus pelajes, único en cada ejemplar, podemos identificarlos y deducir su número y su distribución.»

Aun así, salvar al guepardo asiático no será tarea sencilla. Su retroceso comenzó en la época de gloria del Imperio mongol, cuando se puso de mo­­da cazar con guepardos. Se dice que uno de aquellos emperadores reunió más de 9.000 ejemplares durante sus 49 años de reinado.

Esas cifras contrastan con las actuales. En diez años, con decenas de cámaras instaladas, los investigadores iraníes apenas han conseguido 192 imágenes fugaces. En ellas se pueden ver 76 ejemplares huesudos y enjutos, quizá los últimos miembros de la noble subespecie que vivió antaño en la mayor parte de Asia. Estos supervivientes llevan una existencia precaria. Acechan antílopes y ovejas salvajes en las abruptas laderas rocosas y deben competir con los lobos e incluso con los seres humanos, que también recurren a estas especies como fuente de alimento.

«Viven al borde del abismo, en el límite mismo de lo que es ecológicamente posible –dice Luke Hunter, presidente de Panthera, una organización conservacionista internacional dedicada a la protección de los grandes felinos, que colabora con el proyecto del guepardo iraní–. Pero lo curioso es que estos guepardos no se han visto desplazados a las montañas en época re­­ciente. Llevan aquí miles de años. La gente no se da cuenta de lo resistentes y adaptables que son.»

Pese a su vulnerabilidad, los guepardos se cuentan entre los supervivientes más aguerridos y astutos, capaces de soportar los despiadados inviernos de las estepas iraníes y el calor abrasador de los uadis del Sahara. «No son solo veloces –dice el argelino Farid Belbachir, biólogo experto en fauna que ha instalado cámaras-trampa en el macizo de Ahaggar de Argelia para tratar de captar imágenes del guepardo del Sahara, subes­­pecie en peligro crítico–. Entienden el entorno. Han averiguado la forma de aprovechar las partes más estrechas de los uadis para atacar y dar a su presa menos oportunidades de escapar.»

De vuelta en el Parque Nacional del Serengeti, cae la tarde con el sabor caliente del polvo en el aire y las nubes de tormenta agrupándose en el horizonte. Durante una hora más o menos Etta se ha aproximado reptando a un macho grande de gacela, hasta situarse a unos 40 metros, sin que él note su presencia.

«Es muy pronto para saber si Etta llegará a ser una supermadre –dice Durant–. Esta es solo su primera camada. Pero el hecho de que haya sido capaz de sacar a cuatro cachorros del cubil y de que aún los esté criando es muy alentador.»

Etta da un par de pasos más hacia su presa, rápidos y furtivos, y luego se agazapa y espera, como un corredor en los tacos de salida, atento al pistoletazo inicial. Transcurre un minuto de tensión, y luego otro. De pronto, y sin razón aparente, Etta se levanta y se marcha. Algo le habrá parecido mal. Quizás el olor a hiena en la brisa, o tal vez la proximidad de los leones. Sea lo que fuere, una madre de cuatro cachorros, sola en el Serengeti, no puede correr riesgos por una gacela, por muy grande que sea. Reúne a sus crías y se aleja con ellas, entre la neblina violácea.