Groenlandia se derrite

Para los cazadores de Groenlandia, la desaparición de la banquisa podría significar el abandono de un estilo de vida tradicional.

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Groenlandia se derrite. Su mundo se derrite

Su mundo se derrite

Albert Lukassen ve cómo su mundo se derrite a su alrededor. Cuando este inuit de 64 años era joven, podía cazar con su trineo de perros sobre el helado fiordo de Uummannaq, en la costa occidental de Groenlandia, hasta el mes de junio. En esta fotografía vemos a Lukassen en el mismo lugar en abril. Todas las imágenes que ilustran este artículo se tomaron en dicho fiordo.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia. Los inuit en el cine

Los inuit en el cine

La proyección de una película sobre un iceberg ilumina los rostros de Nielsine (izquierda) y Jensigne (derecha), dos jóvenes vecinas de la pequeña ciudad de Uummannaq, en la isla homónima. La película, titulada Inuk, cuenta la historia de un niño inuit criado en la capital y que es enviado a Uummannaq, donde descubre la caza tradicional.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Una pantalla muy especial

Una pantalla muy especial

El iceberg que hizo las veces de pantalla de proyección quedó atrapado por la banquisa en el fiordo de Uummannaq. Una noche clara, iluminada por las estrellas y la aurora boreal, el público llegó en sus motos de nieve y con sus prendas de piel de foca para no pasar frío. La temperatura era de unos -15,5 ºC.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Sin carreteras

Sin carreteras

La llegada de la banquisa pone fin al aislamiento de poblaciones insulares como Saattut, hogar de 200 personas y 500 perros de trineo. Libres ya de tener que navegar o hacer un costoso viaje aéreo, los vecinos se valen de los trineos y las motos de nieve para salir a cazar y visitar a sus familiares. En Groenlandia no hay carreteras, ni siquiera en la isla principal.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Piel de oso

Piel de oso

Una piel de oso polar se seca en un tendedero fuera de la casa de Ane Løvstrøm, en la isla de Saattut. Ella es una de las pocas mujeres de la comunidad que saben confeccionar botas y pantalones con la piel del mayor depredador del lejano norte. Los cazadores tienen en gran estima estas prendas, porque no hay otras que aporten mayor calidez.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Al acecho de la foca

Al acecho de la foca

Protegido del frío del Ártico por unos pantalones de piel de oso polar y un abrigo de piel de foca, y camuflado en el hielo tras una pantalla blanca, Albert Lukassen acecha a una foca. Como el clima se está calentando, la banquisa tarda más en formarse y se funde antes, lo que acorta la temporada de caza.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Un perro revoltoso

Un perro revoltoso

Los perros de Uunartoq Lovstrom tiran de él y de su trineo mientras atraviesan el fiordo helado de camino a casa, en la isla de Saattut. Lovstrom castigó al perro de la derecha por no obeceder y enredar las cuerdas.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Pesca, la principal fuente de ingresos

Pesca, la principal fuente de ingresos

Løvstrøm (izquierda) ayuda a su hijo Hans Peter a cobrar una red llena de fletanes a través de un agujero en la baquisa cerca de Saattut. La pesca es la principal fuente de ingresos de los habitantes de los asentamientos del fiordo. Estos peces se venderán a una planta de procesamiento de Royal Greenland para su exportación.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Pescar en la banquisa

Pescar en la banquisa

A Pavia Nielsen, otro residente de Saattut, esta cabaña montada sobre un trineo le permite pasar varios días seguidos cazando y pescando en la banquisa. La cabaña se mantiene caliente gracias a un pequeño calentador de gas.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Perros de trineo

Perros de trineo

Karl-Frederik Jensen lanza fletán congelado a sus perros de trineo. Los guarda en una isla deshabitada donde puede dejarlos sin atar. La merma del hielo complica la rentabilidad de tener perros; algunos cazadores han sacrificado los suyos.

Foto: Ciril Jazbec

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Groenlandia se derrite. Focas en los fiordos

Focas en los fiordos

Agotados y frustrados tras cuatro días de caza infructuosa, Knud Jensen (con abrigo de foca) y Apollo Mathiassen buscan focas en los hielos del fiordo de Uummannaq. Jensen, de 15 años, quiere ganarse la vida cazando y no tiene el menor deseo de abandonar su comunidad para trabajar en alguna ciudad más grande de Groenlandia.

Foto: Ciril Jazbec

7 de diciembre de 2015


Una tranquila madrugada de noviembre en Niaqornat, un pueblo de la costa occidental groenlandesa, 500 kilómetros por encima del círculo polar Ártico, los perros de trineo empiezan a aullar. Nadie puede asegu­rarlo, pero algunos vecinos sospechan que los perros han oído las exhalaciones de los narvales. Estas ballenas con «cuerno» helicoidal de unicornio suelen entrar en el fiordo de Uummannaq en esta época del año durante su migración hacia el sur. A la mañana siguiente casi todos los hombres de la comunidad zarpan en pequeños botes para intentar cazar un narval, como llevan haciendo desde hace siglos los inuit de Groenlandia, aunque en la actualidad lo hacen lanzando arpones desde unas lanchas motoras que navegan a 30 nudos y rematando a sus presas con potentes rifles.


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Esa tarde, bajo un cielo gris que desciende por momentos, los cazadores regresan y varan sus botes en la orilla. El resto de los 50 vecinos de Niaqornat salen de sus casas de madera pintadas de vivos colores y se congregan en la playa pedregosa, impacientes por descubrir qué traerán los botes. Entre ellos está Ilannguaq Egede, el gerente de la planta generadora de energía del pueblo. Tiene 41 años, y llegó a este pueblo hace nueve procedente del sur de Groenlandia, donde los ganaderos de ovejas superan de largo a los balleneros, para estar con una mujer de Niaqornat que conoció en una página de citas por internet. «Todavía no he cazado mi primer narval –dice–. A ver si lo hago esta temporada.»

Quizá los narvales hayan esquivado a sus perseguidores. O tal vez ni siquiera hayan pasado por allí y sigan en el norte, demorándose en sus aguas estivales antes de que la formación de la banquisa los empuje hacia el sur. Sea como fuere, los cazadores de Niaqornat han vuelto con presas menudas: focas anilladas, su alimento básico. En unos minutos los animales están desollados y despedazados, y su carne, guardada en bolsas de plástico. Los niños, entusiasmados, han recibido pedacitos de hígado crudo. Aparte de unas piedras manchadas de sangre y algunas aletas seccionadas, no queda rastro de las focas.

Pronto tampoco quedará rastro de algo más: de todo un modo de vida. Los jóvenes huyen de los pequeños pueblos marineros como Niaqornat. Algunas comunidades se las ven y se las desean para subsistir. Y una cultura que ha evolucionado a lo largo de los siglos, adaptándose al avance y retroceso estacional de la banquisa, afronta ahora la posibilidad de que el hielo se retire para siempre. ¿Podrá sobrevivir una cultura así? ¿Qué se perderá si no lo consigue? En la playa, Egede imita el sonido que hacen los narvales cuando emergen para tomar aire. «Se les oye respirar –explica. Respira hondo, contiene el aliento y luego exhala con un silbido explosivo–. Así.»

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Cuando el mar se congela, el mundo del norte de pronto se hace más grande. Los horizontes se expanden aunque la luz solar mengüe. Los groenlandeses –los 56.000 sin excepción– viven de cara al mar y de espaldas a un interior vasto e inhabitable. No hay carreteras para cruzar los glaciares y los fiordos insondables que separan las desperdigadas poblaciones costeras. Ahora hay aviones, helicópteros y rápidos barcos a motor para comunicarlas, pero en su día era la banquisa lo que acababa con el aislamiento y la melancolía otoñal de los pueblos, al menos en los lugares más septentrionales como Uummannaq. En invierno los trineos de perros, las motos de nieve e incluso los taxis y los camiones cisterna pueden circular sobre lo que en verano es mar abierto. Desde que los inuit llegaron a Groenlandia, el invierno es la época de las visitas, los viajes y la caza.

De las 2.200 personas que viven en el fiordo de Uummannaq, más de la mitad se concentran en la isla homónima, en las laderas de un monte de 1.170 metros de altitud llamado montaña «con forma de corazón», Uummannaq en groenlandés. La ciudad es el centro comercial y social de la región, donde la gente de los siete asentamientos exteriores (Niaqornat entre ellos) matricula a sus hijos en el instituto y hace las compras. En Uummannaq uno puede colocarse de mecánico en un taller, de trabajador social, de maestro.

En los asentamientos la gente se gana la vida cazando y pescando. La carne de ballena y de foca son una parte muy importante de la dieta, pero su exportación está prácticamente prohibida. Así que la verdadera fuente de ingresos es el fletán, también llamado halibut.

Muchos asentamientos tienen una factoría de pescado gestionada por Royal Greenland, una empresa pública que procesa y envasa el fletán para su exportación. La pesca del fletán se practica todo el año. Cuando no hay hielo, los pescadores lanzan al fiordo palangres con cientos de anzuelos cebados. En invierno abren orificios de medio metro de grosor en el hielo marino, hunden sedales de unos 100 metros de largo y se cobran las capturas con un cabrestante. Si la jornada va bien, un pescador puede cargar su bote o su trineo con 225 kilos o más de este pescado plano y pardusco y vendérselos a Royal Greenland por cientos de euros.

Aunque la pesca reporta buenos ingresos a muchas familias, los asentamientos más pequeños no sobrevivirían sin las generosas subvenciones del Estado. Hasta las comunidades más remotas cuentan con helipuertos, antenas de telefonía móvil, tiendas de comestibles, clínicas y escuelas de primaria, todo ello financiado por una subvención anual en bloque aportada por Dinamarca que se cifra en unos 500 millones de euros y representa una cuarta parte del producto interior bruto de Groenlandia. Los groenlandeses que sueñan con independizarse por completo de su antiguo dominador colonial (actualmente Groenlandia solo decide su política interior) cifran sus esperanzas en la riqueza mineral y el petróleo offshore. Pero los campos petrolíferos todavía no se han empezado a explotar, y un estudio reciente advierte de que la minería exigiría tal cantidad de mano de obra inmigrante que los groenlandeses podrían convertirse en minoría en su propio país.

El cambio climático está empeorando aún más la precaria economía de los asentamientos. Ha alargado los períodos invernales y primaverales en que el hielo es demasiado grueso para que los barcos salgan de los puertos, pero demasiado fino para soportar el peso de trineos o de motos de nieve. El hielo inseguro afecta la pesca, pero los más perjudicados son los cazadores.

«En la década de 1980 los inviernos eran fríos –dice Uunartoq Løvstrøm, un enjuto cazador de 72 años y uno de los 200 vecinos de Saattut, un islote que está cerca de la cabecera del fiordo de Uummannaq–. Y el hielo, así de grueso», añade, levantándose del sofá para situar la mano a la altura de la cadera. Estamos en la sala de estar de su casa de madera azul, a un breve paseo del puerto. En la mesa hay varias garras de oso polar, recuerdos de una antigua batida de caza.

En lo más crudo de los inviernos de los últimos años, cuenta Løvstrøm, el hielo del fiordo no habrá superado los 30 centímetros de grosor. En vez de helarse en diciembre o enero y fundirse en junio, el mar se congela en febrero y empieza a derretirse en abril. La pérdida de hielo ha acortado la temporada de caza, en un país donde esa carne ayuda a las familias a salir adelante: la carne de foca, de reno y de ballena surte los congeladores para todo el año. Y disparar contra las focas desde un bote es mal sucedáneo de la caza en trineo tradicional. En un trineo, el cazador puede bajarse y acercarse a su presa sigilosamente. A bordo de un bote ruidoso no puede aproximarse tanto; no tiene más remedio que intentar un difícil disparo a larga distancia cuando la foca sale a respirar a la superficie.

Y cuando consigue cazarla, la presa se hunde en la capa superficial de agua dulce procedente del deshielo de los glaciares y se queda flotando en la capa inferior de agua salada, desde donde hay que izarla.
Pero los glaciares que desaguan en el fiordo de Uummannaq se están derritiendo a un ritmo sin precedentes, de modo que la capa de agua dulce es cada vez más gruesa y las focas abatidas se hunden a mayor profundidad, quedando a veces fuera del alcance del cazador.

Faltan por lo menos tres meses para que la temporada de hielo llegue a su momento álgido cuando, un límpido día de octubre, acompaño al hermano de Uunartoq Løvstrøm, Thomas, de 66 años, a alimentar a sus perros de trineo. Tiene tantos, que no puede dejarlos en el patio de casa. Nos montamos en su barca de cuatro me­tros de eslora y, tras salvar los growlers (témpanos pequeños) del puerto de Saattut, Thomas enciende el motor fuera borda.

Hacia el este alcanzamos a distinguir una muralla blanca: los 60 metros de altura del frente de un glaciar que discurre desde el manto de hielo interior, que según Thomas ha retrocedido más o menos un kilómetro en el último decenio. Hacia el norte y el sur se yerguen sobre las aguas azul zafiro del fiordo unos acantilados ocres salpicados de nieve. Pronto entramos en una de las incontables ensenadas. Observándonos impacientes desde un pelado afloramiento rocoso aguardan los canes de Thomas.

Los perros de Groenlandia constituyen una de las razas más antiguas del mundo, ya que descienden de los que acompañaron a los inuit cuando emprendieron su viaje desde Siberia hasta la isla hace un milenio. Casi todos pasan su vida adulta encadenados, aunque de cachorros vagan en libertad. Son perros de trabajo, no mascotas, lo bastante fieros para enfrentarse a un oso polar y criados para someterse de buen grado a los arneses de un trineo y arrastrar su pesada carga sobre el hielo. También son víctimas del cambio climático. Como la temporada de hielo se ha reducido, algunos cazadores ya no pueden mantenerlos todo el año, y más ahora que resulta tan fácil hacerse con una moto de nieve, que no pide alimento fuera de temporada. Algunos cazadores se han visto al límite y han comenzado a sacrificar sus animales.

Ninguno de los hermanos Løvstrøm ha llegado a ese punto, y esta temporada tienen carne de sobra para sus perros. Hace unos días varios cazadores de Saattut se cobraron unos 40 calderones en un solo día, un botín imprevisto que llenará durante meses las despensas del asen­tamiento. Thomas ha traído parte de esa carne para sus animales. Sobre las rocas, fuera del alcance de los perros, dispone unos pedazos de ballena del tamaño de un tocón de árbol. Luego, moviéndose con agilidad sobre el resbaladizo terreno, sierra unas lonchas rígidas de piel negra y grasa blanca y se las va lanzando a los perros, que aúllan y tiran de las cadenas.

Esa tarde de regreso en su casa, en una sala de estar donde las fotos de familia comparten pared con viejas herramientas de hueso de ballena, Thomas habla de cómo ha cambiado Groenlandia desde su juventud. «Hasta 1965 en mi casa solo teníamos botes a remos, nada de motores –dice–. Mi padre era un cazador magnífico. A los 75 años seguía cazando narvales desde un kayak. Todo cuanto necesitaba para cazar (kayaks, herramientas, arpones) lo fabricaba él mismo.»
Observando a sus nietos tirados por el suelo y absortos en sus respectivas minipantallas, afirma: «A estos les interesan más los iPads y los ordenadores».

La tradición no atrae en absoluto a Malik Løvstrøm (la coincidencia del apellido es casual), un esbelto batería de 24 años que toca en la banda del pueblo y ha vivido en Uummannaq desde que nació. A él le gusta el rock duro y el cine de terror, no la caza de focas o la pesca del fletán. Ha aprendido inglés por su cuenta a base de escuchar música y sueña con trabajar de guía turístico en los cruceros que surcan los fiordos groenlandeses en verano. Sabe que para ello tendría que mudarse a una ciudad mayor, como Ilulissat o Nuuk, pero entonces nadie cuidaría a su abuela –su aanaa– de 80 años, quien lo crió de niño. Por eso sigue en Uummannaq.

Un día ventoso y con ráfagas de nieve, Malik, vestido con su habitual atuendo negro y sin despegarse de la tablet, me lleva a su lugar favorito: una alta colina rocosa desde la que se domina el fiordo y sus monumentales icebergs, todavía no inmovilizados por la banquisa. «Es el sitio perfecto para escuchar música y pensar –dice–. Paso mucho tiempo aquí con mis amigos, relajándonos y viendo amanecer. En unas semanas dejaremos de ver el sol hasta el 4 de febrero.»

Me señala un nombre grabado en una pared llena de grafitis. «Es mi mejor amigo. Murió hace cuatro años –dice–. Se suicidó. De hecho, dos personas cuyos nombres están aquí se suicidaron.»

Groenlandia tiene una de las tasas de suicidio más elevadas del mundo; la mayoría de los suicidas son hombres que rondan los 20 años. Los investigadores han propuesto todo tipo de causas: la modernización (las cifras de suicidios empezaron a ascender en la década de 1950), la perturbación de los patrones del sueño causada por el sol de verano, el aislamiento, el alcoholismo. Ningún argumento explica satisfactoriamente y por sí mismo los motivos de esta tragedia nacional que no cesa, pero sin duda la estadística dice mucho sobre el futuro incierto que aguarda a tantos jóvenes groenlandeses, sobre todo los que viven en asentamientos remotos como los del fiordo de Uummannaq.

El cambio climático no hace sino agravar el problema de fondo de los asentamientos. La economía tradicional de caza y pesca no puede costear las comodidades modernas que hoy son importantes para cazadores y pescadores, y no digamos para sus hijos. Mucho antes de que de­saparezca el hielo marino, es posible que este otro tipo de presión socioeconómica fuerce al abandono de los asentamientos. La cuestión de qué hacer con ellos levanta agrias polémicas en Groenlandia, tal y como descubro la noche que asisto a un kaffemik en Uummannaq.

Un kaffemik es una especie de fiesta en la que se reúne el vecindario para tomar café, y en verdad da la impresión de que no hay noche que no se celebre alguna en algún lugar de Uummannaq. Además del café y las galletas habituales, se sirven fuentes de carne de ballena –deliciosamente grasa, tanto la cocinada como la cruda–, pescado, carnes, sopas y bebidas. Cuando todo el mundo ha terminado de comer, un grupo interpreta música tradicional groenlandesa, voces acompañadas de piano, guitarra, hielo agitado en un vaso, y un qilaat, un tambor grande y plano de piel de caribú. Improvisan hasta las dos o las tres de la madrugada.

Durante una pausa musical, Jean-Michel Huctin, antropólogo francés que lleva 18 años estudiando los asentamientos de Uummannaq y otros asentamientos inuits, se enreda en un vivo debate con un hombre de Nuuk, capital de Groenlandia y la ciudad más poblada de la isla, con más de 16.000 habitantes. El motivo de la discusión es el futuro de lugares como Niaqornat y Saattut, y ni siquiera se ponen de acuerdo en si existe ese futuro. El hombre de Nuuk, que prefiere permanecer en el anonimato, no tiene muy claro que se deban mantener los asentamientos a base de subvenciones.

«Si no salimos del aislamiento, no avanzaremos –le dice a Huctin–. Yo no quiero vivir en un museo. No quiero vivir a la antigua. Mi hijo y mi hija deberían formar parte del mundo.» Al subvencionar los asentamientos, opina, el Estado está creando una «beneficencia para cazadores» y encasillando a la juventud en una existencia de cazadores y pescadores en vez de animarlos a mirar más allá de la tradición.

Pero en Groenlandia apenas hay oportunidades laborales, replica Huctin, y además, ¿qué sería de los cazadores de más edad como los hermanos Løvstrøm? ¿Deberían renunciar a su independencia, a sus trineos de perros, a sus botes y sus rifles para vivir en uno de los deprimentes bloques de apartamentos de Nuuk? Si se pierden los asentamientos, perdemos todos, dice Huctin. Son bastiones de la cultura cazadora inuit. Deberían mantenerse de alguna manera.

«Los cazadores inuit tienen un máster en vivir en la naturaleza, en valorarla –me dice Huctin en otro momento–. Es fundamental que preservemos ese conocimiento. Creo que estas comunidades pequeñas y remotas pueden inventarse un futuro sostenible. Hablamos de un pueblo que ha pasado de la caza de subsistencia a Facebook en menos de un siglo. Estoy convencido de que tendrán éxito en el futuro.»

Pero en toda Groenlandia los asentamientos están perdiendo población. De los 75 habitantes de hace un decenio, Niaqornat conserva 50. Hace unos años, cuando la fábrica de pescado de la comunidad cerró, estuvo a punto de ser abandonado. Los pescadores tenían que recorrer 65 kilómetros hasta Uummannaq para vender sus capturas. Era una situación insostenible. Sin embargo, en lugar de dejar sus hogares, los ve­cinos constituyeron un fondo común con sus ahorros y adquirieron la factoría. Por ahora su comunidad va aguantando.

Al menos para una persona, eso ha significado un nuevo comienzo. Cuando hace nueve años Ilannguaq Egede se convirtió en una singular excepción de las tendencias demográficas groenlandesas y se mudó a Niaqornat para vivir con el amor de su vida, llegó dispuesto a aceptar cualquier empleo que se le presentase. Los primeros años vació los retretes del pueblo (no existe alcantarillado). Acudía a diario a cada vivienda y transportaba las aguas negras a una playa, desde donde las vertía al fiordo. Después empezó a ocuparse de la central generadora de energía. Por el camino encontró algo que no sabía que había perdido: una vida en sintonía con los ritmos de la naturaleza, con el paso de los narvales en plena noche o las idas y venidas de los renos bajo la perpetua luz estival. Ahora in­cluso Uummannaq, con sus 1.248 habitantes, le parece un lugar insoportablemente concurrido.

«Me encanta este sitio –dice, mientras damos un paseo hasta la playa–. Tengo casa y un buen sueldo. No quiero mudarme. Y mi novia tampoco. Aquí notas el fresco, es un lugar abierto. En Uummannaq se siente encerrada. Le falta el aire.»