La isla de la Resurrección es Georgia del Sur

Durante la estación de cría Georgia del Sur alberga la masa más densa de mamíferos marinos del la Tierra. Descubre las fotos de Paul Nicklen

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Un iceberg moteado de pingüinos flota majestuoso junto a las costas de Georgia del Sur. Este remoto territorio británico situado en el lejano Atlántico Sur es un refugio para millones de aves y mamíferos marinos.

Paul Nicklen

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Sumamente ágil para su tamaño (llega hasta los 4,50 metros de largo y puede pesar más de 450 kilos de peso), la foca leopardo es un depredador formidable, cuya boca a menudo está manchada de sangre de pingüinos y de otras focas.

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Unos petreles gigantes patrullan la playa, abarrotada de pingüinos reales y elefantes marinos, de la bahía Saint Andrews. Durante la época de cría, Georgia del Sur alberga la población más densa de mamíferos marinos del planeta.

Paul Nicklen

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El viejo Petrel sigue anclado en la abandonada estación ballenera de Grytviken. Barcos pesqueros como éste llevaron al borde de la extinción a algunas especies de ballena y casi exterminaron a la azul. En la década de 1960 ya casi no había nada que cazar.

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Un albatros tiznado contempla la bahía Gold Harbour. Los individuos de esta especie pueden vivir más de 40 años, por lo que esta ave ha podido ser testigo de un cambio en el paisaje. En 1985 un glaciar cubría la orilla; desde entonces, el hielo ha retrocedido unos 800 metros.

Paul Nicklen

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Planeando con sus dos metros de envergadura alar, una pareja de albatros tiznados sobrevuela los acantilados de Gold Harbour, donde anidan estas aves. Casi un tercio de la población mundial de esta especie nidifica en Georgia del Sur.

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El krill, alimento principal del pingüino y base de toda la cadena alimentaria antártica, depende del fitoplancton que prolifera en la cara inferior del hielo marino. En los últimos años la banquisa ha retrocedido en las aguas del oeste de la península Antártica, lugar de procedencia del krill de Georgia del Sur.

Paul Nicklen

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Un escuadrón de pingüinos juanito surca las aguas del fiordo Drygalski. A diferencia de los pingüinos verdaderamente antárticos, el juanito prefiere climas más templados. A medida que los océanos se calientan, esta especie prospera y extiende hacia el sur su área de distribución.

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Un pingüino rey adulto busca a su polluelo entre una multitud de crías.

Paul Nicklen

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Pingüinos juanito y pingüinos barbijos contemplan una flotilla de pequeños icebergs en la bahía Cooper, en la parte meridional de Georgia del Sur. En 2004 un brote de cólera aviar diezmó la población de barbijos.

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Descansando en el lecho de un río alimentado por un glaciar, los elefantes marinos del Sur parecen apacibles.

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Otro elefante marino del Sur está refrescándose bajo una paletada de arena. El fotógrafo Paul Nicklen fue atacado mientras buceaba cerca de una colonia de cría. «Uno intentó aplastarme», dice, refiriéndose a un macho de cuatro toneladas. Utilizando la caja de la cámara subacuática a modo de escudo, logró escapar con sólo dos esguinces de muñeca. Hace dos siglos esos encuentros casi siempre eran mortales (para los elefantes marinos), pero ya no: de ser una carnicería, Georgia del Sur ha pasado a ser un refugio.

Paul Nicklen

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Los pingüinos rey atestan las orillas de un río alimentado por agua de glaciar, en la bahía de San Andrés. Con 450.000 parejas en la isla, Georgia del Sur es un bastión de esta especie.

Paul Nicklen

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El lobo marino antártico pasa el invierno en el mar y sube a la costa en verano para aparearse. La caza había reducido peligrosamente su número, pero actualmente la especie suma millones de ejemplares, el 95 % de los cuales recala en las playas de Georgia del Sur para reproducirse.

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Con alas que pueden alcanzar más de tres metros y medio de envergadura, el albatros viajero pasa la mayor parte de su vida en el mar y sólo vuelve a tierra para el cortejo y la reproducción.

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Ágiles y ligeros, los lobos marinos antárticos se impulsan en el agua con las potentes aletas frontales, y utilizan las caudales, más pequeñas, como timones.

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Un macho de elefante marino emerge de las olas en la bahía Fortuna. Durante la temporada de cría los machos se enzarzan en sangrientas luchas por el predominio y convierten las playas de Georgia del Sur en campos de batalla.

Paul Nicklen

27 de noviembre de 2009

Georgia del Sur surge del mar poderosa y diáfana como un arco de 180 kilómetros de oscuros picos antárticos, campos de hielo y glaciares suspendidos. Desde la cubierta de un barco, la isla es una aparición asombrosa, como si el Himalaya acabara de emerger después del Diluvio. Para ser un paraje polar tan sólido y austero, mitad hielo y nieves perpetuas y mitad roca y vegetación de tundra, Georgia del Sur tiene una extraña cualidad quimérica. Su naturaleza dual produce sensaciones contrapuestas y difíciles de describir. Su humor es cambiante. Los cielos despejados dan paso en cuestión de minutos a una aguanieve que oscurece el firmamento, seguida a su vez de un sol radiante. La idiosincrasia de la isla parece haber sido marcada de una forma poco habitual, bendecida y a la vez maldita. Pocos lugares en la Tierra están tan llenos de ambigüedad y paradojas.

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La primera paradoja para el visitante depende de la latitud de donde proceda. Para los que llegan del norte, la isla resulta hostil, extraña y fría. Los que llegan del sur, viajando desde la península Antártica, la encuentran de una exuberancia casi tropical. (En la Antártida hay dos especies autóctonas de plantas vasculares; en Georgia del Sur hay 26.) Para el explorador Ernest Shackleton, cuyo barco, el Endurance, quedó aplastado por la banquisa de la Antártida hace casi un siglo, que mantuvo la moral de su tripulación durante los 16 meses que permaneció atrapada en los témpanos y que finalmente logró escapar con cinco hombres a bordo de un bote salvavidas a través de un mar embravecido hasta las estaciones balleneras de Georgia del Sur, aquella isla nevada era un paraíso.

El pasado mes de febrero el fotógrafo Paul Nicklen y yo recorrimos la ruta de Shackleton. Partimos de la península Antártica y navegamos hasta las islas Shetland del Sur, desde donde el explorador inició su desesperada travesía hacia Georgia del Sur. Su bote salvavidas, el James Caird, medía 7 metros de eslora. El National Geographic Explorer, en el que viajamos Paul Nicklen y yo, era un crucero de 112 metros y 6.000 toneladas. Mientras que la pequeña embarcación de Shackleton sufrió las embestidas de un huracán y una sucesión de tempestades, nuestro gran navío disfrutó de un tiempo bastante benigno. Cuando ya empezaba a sentir que me habían hurtado la verdadera experiencia antártica, arribamos a Georgia del Sur, que nos recibió con vientos hu­­racanados de 180 kilómetros por hora.

La segunda paradoja de Georgia del Sur es la variabilidad de su tiempo. El océano Austral, como algunos llaman a los mares que rodean la Antártida, tiene por término medio los vientos más impetuosos de la Tierra. Pocos obstáculos los debilitan, ya que en esas latitudes pueden dar la vuelta al mundo sin que ninguna masa de tierra los interrumpa. Las borrascas se persiguen una a otra hacia el este alrededor de la base del planeta, como un perro que se muerde la cola.

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Georgia del Sur parece a veces una película meteorológica a cámara rápida: uno de esos vertiginosos resúmenes donde las nubes surcan aceleradamente el cielo mientras un parpadeo estroboscópico de luces y sombras recorre el suelo. Llegamos a una bahía radiante de sol, con el aire limpio y despejado por los incesantes vientos circumpolares. Las costas abruptas son de un verde intenso. La profundidad de campo es infinita, desde los lechos de kelp en primer término hasta la nieve de las cumbres a lo lejos. Un glaciar, acurrucado en su elevado circo, lanza una madeja de torrentes por la pared rocosa y forma riachuelos helados cuyo brillo hace daño a la vista. Un instante después entra un nuevo frente. El sol no es más que una mancha tenue entre las nubes, atravesada por copos de nieve que se arremolinan formando figuras oscuras.

La tercera paradoja es histórica. En todas y cada una de las bahías el paisaje de fondo es de una belleza prístina (las montañas, la nieve y los glaciares intactos que forman la espina dorsal de la isla), pero en todas ellas las ruinas de una estación ballenera estropean el primer plano, oxidándose en las playas pedregosas recuperadas de nuevo por pingüinos y focas. Aquí la paradoja raya el milagro. La isla, epicentro de una de las peores matanzas de mamíferos marinos de la historia, alberga hoy una población multitudinaria, sólo comparable a la que el planeta conoció antes de la invención de la lanza, el arco y el fusil.

Tras explorar Georgia del Sur en 1775, James Cook informó cumplidamente de una «isla helada», que por un breve período tomó por el continente austral que lo habían enviado a buscar. Después, funestamente, el capitán mencionó la extraordinaria abundancia de pinnípedos. Me­­nos de una década después llegaron los primeros barcos foqueros. En la campaña de 1800-1801, sólo el Aspasia (uno de los 18 foqueros norteamericanos y británicos que operaban en la isla), procedente de Nueva York, se llevó 57.000 pieles. El oso marino antártico (Arctocephalus gazella) fue perseguido hasta el borde de la extinción. También el elefante marino del Sur, cazado por su aceite, sufrió un grave retroceso.

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Los siguientes en llegar fueron los balleneros. Primero cazaron las especies más lentas, como la ballena franca meridional, la yubarta y el cachalote, y después, a comienzos del siglo XX, tras la invención de naves más veloces propulsadas a vapor y de arpones explosivos, construyeron es­­taciones balleneras en Georgia del Sur y centraron su atención en las especies más grandes y veloces, como el rorcual común y la ballena azul.

En la década de 1920 aparecieron los buques factoría, que podían procesar sus capturas de ballenas en alta mar sin necesidad de acudir a las estaciones situadas en la costa. Grytviken y otras estaciones balleneras de Georgia del Sur iniciaron un lento declive. A mí, esos pueblos fantasma de plataformas de despiece, calderas, chimeneas y depósitos de aceite oxidados me produjeron una profunda sensación de tristeza. Un año antes había pasado un mes en el Pacífico tropical con la mayor población de ballenas azules que aún subsiste (véase «Ballenas azules, titanes del océano», junio de 2009). Llegué a comprender racionalmente la matanza de la ballena azul (que en apenas cuatro décadas habíamos llevado al borde de la extinción a los animales más grandes que han existido nunca), pero en ese momento lo entendí visceralmente. Tenía ante mí las pruebas materiales. La ballena azul había desaparecido en esos depósitos gigantescos, dispuestos en hileras como en una refinería.

Pero del mismo modo que el sol sucede rápidamente a una tormenta de aguanieve en Georgia del Sur, también la realidad vence enseguida a la tristeza que producen los depósitos de aceite. Ahora son las estaciones balleneras las que están extinguidas. Los que ya no vienen son los barcos foqueros. La mayoría de sus víctimas ha regresado con fuerza (con la notable excepción de la ballena azul) y actualmente esos oxidados campos de exterminio bullen de vida.

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Un muro blanco de un metro de altura (las apiñadas pecheras de una cohorte de pingüinos reales) recibe al esquife o a la Zodiac que se acerca a la playa de la bahía Saint Andrews. Antiguamente, el muro blanco medía 20 metros de altura y era de hielo (el frente del glaciar Cook). Pero en los últimos 30 años los tres glaciares de Saint Andrews han experimentado un retroceso galopante, y los pingüinos se han apresurado a ocupar su lugar. Si subimos al punto más alto de la playa, la vista se abre: hacia el sur, hay pingüinos hasta el infinito. Con 150.000 parejas, es la mayor colonia de pingüinos reales de Georgia del Sur. Las aves se apiñan hombro con hombro, excepto en los puntos donde las corrientes del glaciar abren canales a través de la colonia.

El pingüino real, que es unos 30 centímetros más bajo que el emperador, ocupa el segundo puesto en el ranking del tamaño de los pingüinos. Experimenta una muda anual en la que cambia todas las plumas en unas pocas semanas. En la época de mi visita, entre el 10 y el 15 % de los adultos estaban sufriendo esta transformación. En medio de la elegante multitud ataviada con frac, los que estaban mudando las plumas tenían el aspecto de vagabundos o borrachos enfundados en abrigos de piel despeluchados.

Mezclados con la multitud de pingüinos había cientos de osos marinos antárticos, en su mayoría cachorros, durmiendo, peleando o jugando en pequeños grupos a perseguirse. Hace tiempo que los jóvenes osos marinos acordaron una tregua con los pingüinos, pero no con los humanos, y a los cachorros les encanta cargar contra la gente, aunque los ataques sean puro teatro. Basta dar una palmada o gritar «¡Alto!» para que el atacante pierda instantáneamente el coraje y se dé a la fuga. Las hembras de elefante marino, que en octubre, en plena temporada de nacimientos, pueden llegar a ser 6.000, se suman al apiñamiento de la bahía Saint Andrews.

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Las dos especies de mamíferos marinos han registrado una recuperación espectacular. A principios de la década de 1900, tras un siglo de cacerías, sólo sobrevivía una población relicta de osos marinos antárticos en Georgia del Sur. Hoy son varios millones, la mayoría de los cuales cría en la isla. Del mismo modo, cientos de miles de elefantes marinos del Sur acuden todos los veranos para aparearse y criar a su prole.

También la población de pingüinos reales va en aumento. En 1925 se contaron 1.100 ejemplares en Saint Andrews; desde entonces la colonia se ha multiplicado por 300. Lo normal sería que una congregación de 300.000 pingüinos produjera un alboroto ensordecedor, pero en el momento de mi visita las aves se mostraron relativamente discretas. No había un gran griterío; el mayor bullicio era visual, y consistía en el mero espectáculo del elevado número de aves.

El suelo de la colonia parecía hecho de las finas barbas blancas de las plumas del pecho, y plumas sueltas se amontonaban por el terreno. El viento formaba remolinos con ellas. Visto de lejos el efecto era similar al que produce la reverberación del calor. De algún modo esas tormentas de plumas dan fe de la exuberancia de la vida en Georgia del Sur. Mirándolas, me emocioné. Crecí en una familia en la que el respeto al medio ambiente era casi una religión, y allí, en esa colonia, encontré lo que para alguien de mi fe era la vida tal como debería ser, en toda su plenitud.

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Esa especie de epifanía aguarda prácticamente en cada bahía y cada cala de Georgia del Sur. A veces los animales se disponen en horizontal, todas las especies compartiendo el mismo suelo, como en la llanura de Salisbury, un delta fluvioglaciar colonizado por pingüinos reales, osos marinos, elefantes marinos y gaviotas cocineras. Otras veces lo hacen en vertical, como en Elsehul, donde las orillas y las laderas más bajas presentan una densa población de pingüinos, osos marinos, cormoranes de Georgia y picovainas, mientras que las paredes rocosas más altas, cubiertas de hierba, están ocupadas por nutridas colonias de albatros cabecigrises, ojerosos meridionales, viajeros y tiznados, además de págalos y charranes antárticos.

Esa profusión de vida tiene un secreto. Georgia del Sur es una isla relativamente templada, situada en la trayectoria de un cardumen estacional de krill arrastrado por las corrientes procedentes de la península Antártica: un río viviente de pequeños crustáceos rojos semejantes a camarones. Si alguna bendición tiene Georgia del Sur, es este río de krill, que alimentó a las grandes colonias de osos marinos y a las mayores ballenas del planeta antes de la llegada de los balleneros y los foqueros, y que hoy impulsa la sorprendente resurrección del oso marino antártico, así como la recuperación lenta pero continuada de varias especies de ballenas.

El año 2004 fue malo para el krill en Georgia del Sur, y 2009 ha sido peor. Algunos indicios apuntan a que estos años de escasez de krill podrían ser el adelanto de una Georgia del Sur diferente. Un artículo de 2004 escrito por Angus Atkinson, del British Antarctic Survey, presentó evidencias de un declive del krill durante 30 años en un amplio sector que contiene más de la mitad de las reservas de krill del océano Austral.

El krill, en especial las larvas, depende en invierno del hielo marino, y durante las últimas décadas esa capa de agua marina congelada se ha reducido en algunas partes de la Antártida (aunque en su conjunto ha aumentado ligeramente). A comienzos de este año un equipo de oceanógrafos anunció que el mar al oeste de la península Antártica se ha calentado durante los últimos 50 años a un ritmo muy superior al promedio mundial. El calentamiento es más pronunciado cerca de la superficie y en invierno, lo cual es una mala noticia para el hielo marino invernal.

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También es una mala noticia para las plataformas de hielo antárticas (los glaciares que se adentran en el océano). Gran parte de la plataforma de hielo de Larsen se desintegró en 2002, y la de Wordie, más pequeña, desapareció el pasado mes de abril. Si la lente de aumento del calentamiento del planeta tiene un punto focal, se diría que ese punto está en los mares al oeste de la península Antártica, donde nace la corriente de krill que fluye hacia Georgia del Sur.

El día que partí de la isla, el barco pasó junto a un iceberg a la caída del sol. Fue lo más bonito que he visto en mi vida. El resplandeciente muro blanco se erguía por encima de nuestras cabezas, hermosísimo a la luz del crepúsculo. Los icebergs siempre han sido el emblema del gran continente blanco. En un momento en que las vastas plataformas de hielo se están desintegrando, esa montaña helada parecía significar algo más. Era una última paradoja. En esta era de cambio climático, los icebergs son doblemente emblemáticos: simbolizan la belleza prístina de la región antártica y los problemas que nos reserva el futuro.