Yukón

El Salvaje Oeste de Canadá

La moderna fiebre de los minerales pone en jaque una de las últimas grandes zonas salvajes de América del Norte.

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Yukón, el salvaje oeste de Canadá

Después de darse un festín de salmones para acumular grasas de cara a la hibernación, un oso grizzly luce un manto de hielo.

Foto: Paul Nicklen

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Yukón, el salvaje oeste de Canadá

El paisaje del Yukón esconde sorpresas  tan sublimes como el lago Azure, situado  en las escarpadas montañas Ogilvie.  Su nombre alude al color de sus aguas de fusión glaciar, cargadas de sedimentos finos.

Foto: Paul Nicklen

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Yukón, el salvaje oeste de Canadá

A lo largo del curso del río Porcupine, el caribú es uno de los puntales de la existencia de los vuntut gwitchin desde hace al menos 10.000 años. Las iniciativas desarrollistas amenazan su modo de vida tradicional.

Foto: Paul Nicklen

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Yukón, el salvaje oeste de Canadá

La primera fiebre del oro llegó al Yukón en la década de 1890.

Foto: Pemco Webster & Stevens Collection; Museo de Historia e Industria, Seattle/Corbis

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Esquivo y típicamente nocturno, un lince canadiense observa con recelo al fotógrafo Paul Nicklen un atardecer cerca del bosque boreal del Yukón.

Foto: Paul Nicklen

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A medida que una partida de caza vuntut gwitchin se acerca, tres caribúes atraviesan a nado el río Porcupine.

Foto: Paul Nicklen

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Unos lobeznos salen de su guarida y olisquean el aire primaveral. A pesar del largo historial de caza al que han estado sometidos, se calcula que unos 5.000 lobos recorren el Yukón.

Foto: Paul Nicklen

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Un carpintero escapulario sale volando del nido que ha tallado en un árbol de ribera de un pequeño lago cerca de Whitehorse. 

Foto: Paul Nicklen

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Un oso grizzly deja de pescar salmones por un momento para investigar una cámara por control remoto. Los osos acuden en tropel a los ríos cristalinos del Yukón durante la migración otoñal del salmón.

Foto: Paul Nicklen

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La cuenca del Peel, el corazón salvaje del territorio del Yukón, es un país de picos escarpados y ríos trenzados. También esconde una enorme riqueza mineral, objeto de encendidos debates acerca de su futuro.

Foto: Paul Nicklen

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IZQUIERDA: Vista aérea de una parte de la vasta mina de Faro, en su día una de las mayores minas a cielo abierto de plomo-zinc del mundo y hoy objeto de una costosa operación de limpieza. DERECHA: La minería a cielo abierto ha transformado Hunter Creek en un erial. Hoy el trabajo es cosa de máquinas gigantescas, pero gran parte de la legislación minera data de la época del pico y la pala.

 

Foto: Paul Nicklen

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Los caribúes emprenden su épico viaje desde los territorios de cría en el Refugio Nacional de Vida Salvaje del Ártico, en Alaska, hacia el Yukón, donde pasarán el invierno.

Foto: Paul Nicklen

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Yukón, el salvaje oeste de Canadá

En el campamento de pesca y caza de su familia, Vicky Josie seca el salmón keta que alimentará a sus perros de trineo durante el invierno. Los vuntut gwitchin se han opuesto a la explotación minera de su territorio tradicional.

Foto: Paul Nicklen

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Una fría noche de otoño la aurora boreal ilumina el cielo sobre el ahumadero de Robert Bruce, situado junto al río Porcupine. Cuando tenía siete años, explica Bruce, sus padres le enseñaron a descuartizar caribúes y ahumar pescado, los dos alimentos que sustentan a los vuntut gwitchin durante los largos inviernos árticos.

Foto: Paul Nicklen

La moderna fiebre de los minerales pone en jaque una de las últimas grandes zonas salvajes de América del Norte.

Shawn Ryan recuerda los años de hambre, antes del primer golpe de suerte. Este buscador de oro vivía con su familia en una caseta hecha con chapas de metal en las afueras de Dawson, la que fuera una próspera ciudad a orillas del Klondike y que para entonces se había convertido en un recuerdo fantasmagórico de sus antiguos días de gloria. Los Ryan no tenían ni 200 euros y vivían sin agua corriente y sin luz. Una noche en que el viento se colaba por las rendijas, la mujer de Ryan, Cathy Wood, expresó su temor de que sus dos hijos murieran congelados.

Hoy la pareja puede adquirir –y calentar– cualquier vivienda en cualquier lugar del mundo. Al descubrir lo que resultó ser un tesoro enterrado por valor de miles de millones de dólares, Ryan reinoculó la fiebre del oro en el Yukón, que de nuevo atrae a buscadores de fortuna en cantidades inauditas desde la década de 1890. La fiebre de los minerales ha resucitado los bares y hostales de Dawson, cuyas fachadas in­­clinadas por el viento relucen en tonos pastel bajo el tardío crepúsculo de mediados del verano. La estampa bien podría ser decimonónica: un bullicio de hombres con barba por las pasarelas de madera y las calles embarradas, risotadas y rumores sobre los últimos hallazgos y picos de precios.

Durante la primera «estampida» de la fiebre del oro del Klondike, los buscadores se afanaban en los riachuelos de la zona armados de picos, palas y bateas. La minería actual implica mover cargas ingentes con un ejército mecanizado de bulldozers, equipos de perforación y obreros lle­gados en avión. El boom de los registros de concesiones se ha desinflado desde la estabilización del precio del oro, pero la alta demanda de minerales y la normativa en el Yukón, favorable al sector, siguen atrayendo empresas mineras procedentes de lugares tan lejanos como China.

Sobre las instalaciones de Shawn Ryan –un complejo en continua expansión ubicado en la periferia de la ciudad– atruenan sin cesar los he­­licópteros que trasladan prospectores pertrechados de GPS desde las remotas cordilleras a la base y viceversa. Ryan tiene 50 años, pero irradia el entusiasmo y el ímpetu de un hombre mucho más joven. «En este momento, este es el proyecto de prospección geoquímica más importante del mundo –dice–. Y quizá de todos los tiempos.»

Sobre una mesa de su despacho hay tres pantallas de ordenador rodeadas de radios y repelente para osos. Geólogo autodidacta, Ryan usa la pantalla de la izquierda para consultar los mapas que genera a partir de su propia base de datos de muestras de suelo, en busca de anomalías que pudieran delatar una masa oculta de mineral precioso. En la del centro, una cuadrícu­la azul superpuesta a un mapa del Yukón señala las concesiones que posee; desde 1996 sus equipos han registrado más de 55.000 concesiones, que en total suman una superficie mayor que Jamaica. En la pantalla de la derecha sigue la evolución de sus posiciones en el mercado del oro, que se revalorizan cada vez que un sobresalto económico induce a los inversores a refugiarse en los metales preciosos.

La carrera por explotar los riquísimos recursos del Yukón –oro, zinc y cobre, entre otros– ha llevado bonanza al que fuera un rincón olvidado del continente. Pero el boom ha sacado a la luz la creciente tensión entre los partidarios de mantener intacta una de las últimas zonas vírgenes de América del Norte y quienes cifran su prosperidad en la excavación de su subsuelo.

«Las concesiones están ocupando el territorio entero», indica Trish Hume, miembro de las na­­ciones indígenas champagne y aishihik. Aunque Hume realiza una labor cartográfica relacionada con la minería, le preocupa que el Yukón se esté acercando a un punto de inflexión a partir del cual el precio cultural y medioambiental de la minería pesará más que los beneficios. «Los que vienen a llevarse el mineral no preguntan qué será de los animales que cazamos, del pescado que comemos, del suelo que lo sostiene todo. Y cuando se acabe el boom, ¿cómo podrá una po­­blación tan pequeña como la nuestra costear la limpieza de toda esa basura tóxica?»

Más grande que California, pero con solo 37.000 habitantes, el Yukón es una enorme cuña encajada entre Alaska y el grueso del territorio canadiense. Desde la costa norte, bañada por el mar de Beaufort, se ex­­tiende hacia el sur y sudeste, abarcando ingentes extensiones de tundra salpicada de lagos, bosques, montañas, humedales y sistemas fluviales. Aislado por algunos de los picos más altos y los glaciares más grandes de Canadá, este territorio apenas está habitado: su escasa población se reparte entre unas pocas comunidades pequeñas y la capital, Whitehorse. También es un tesoro de fauna, un Serengeti ártico cuyas extremas variaciones estacionales provocan la migración de enormes manadas de caribúes y otras especies. Entre las zonas más vírgenes se encuentra la cuenca del Peel, un inmenso espacio natural que recoge las aguas de un área mayor que Escocia. «La cuenca del Peel es uno de los pocos lugares en los que aún existen grandes ecosistemas in­­tactos donde todavía viven la mayoría de las especies originales de presas y sus depredadores –dice Karen Baltgailis, de la Sociedad de Conservación del Yukón–. Desde lobos, grizzlies y águilas hasta los niveles tróficos inferiores, es un hábitat de vida salvaje de importancia mundial.»

El Yukón también ha sido un hito migratorio para los humanos desde hace muchísimo tiempo. Durante la última glaciación, cuando la ma­­yor parte de Canadá estaba sepultada bajo un manto de hielo de kilómetro y medio de grosor, Alaska y el Yukón formaban parte de un reducto árido y libre de glaciares llamado Beringia, que conectaba Siberia y América del Norte. En la zona ártica del Yukón se han hallado huesos de animales de hace 25.000 años e incluso más antiguos, que a ojos de algunos arqueólogos habrían sido quebrados o cortados por manos humanas (aunque muchos expertos lo discuten). Sin embargo, lo que es seguro es que ya existían asentamientos humanos permanentes cuando hace unos 13.000 años los glaciares en retroceso abrieron corredores que hicieron posibles los movimientos migratorios entre el norte y el sur.

Los primeros habitantes del Yukón cazaban bisontes, uapitíes, caribúes, mamuts lanudos, aves acuáticas y peces, disputándose los recursos con carnívoros tales como lobos y leones de las cavernas. El calentamiento del clima y otros factores condujeron a la extinción de algunas de estas especies, pero otras, como el caribú americano boreal, se multiplicaron hasta tal punto que los nativos adaptaron sus desplazamientos y modos de vida a las migraciones de los animales.

«Dependemos del caribú desde hace por lo menos 10.000 años –dice Norma Kassi, exjefa de la nación indígena vuntut gwitchin–. Según nuestra tradición oral, un gwitchin selló un pacto de coexistencia con un caribú intercambiando con él un trozo de su corazón, vivo y latiente.»

La manada de caribúes del Porcupine recibe su nombre del caudaloso río de curso oeste que muchos de los caribúes de Grant –la subespecie que constituye esta manada– cruzan dos veces al año. Su viaje empieza 650 kilómetros más al noroeste, en Alaska, en el Refugio Nacional de Vida Salvaje del Ártico (ANWR). Al llegar la primavera más de 100.000 caribúes de Grant se congregan en esa llanura costera para darse un festín de hierbas algodoneras, ricas en proteínas, y las hembras paren casi simultáneamente.

Cuando las crías tienen unas pocas semanas, la manada parte hacia el sur, un estrépito de pisotones y mugidos. El caribú es una de las especies mejor adaptadas a los largos viajes, pues su anatomía es perfecta para atravesar cordilleras y ríos rumbo a las marismas ventosas que constituyen el cazadero tradicional de los vuntut gwitchin.

Vuela la nieve cuando mi avión se ladea sobre el río Porcupine para tomar tierra en Old Crown, la población más septentrional del Yukón. Sin carreteras que lo comuniquen con el resto del mundo, el pueblo es un desconcierto de casas de madera elevadas y adornadas con cornamentas de caribú y de alce.

Los gwitchin son uno de los últimos pueblos norteamericanos que satisfacen la mayor parte de sus necesidades nutricionales gracias a la caza y la pesca. A través de las rendijas de los listones de los ahumaderos puedo ver tiras de carne y pescado en proceso de curación. Los caribúes atravesarán la zona en cualquier momento y en el pueblo se respira energía y optimismo.

Robert Bruce, un jovial sesentón, se acerca en un todoterreno con una sonrisa de oreja a oreja. «¡Los caribúes! –exclama–. ¡Ya están aquí!»

Al cabo de unos minutos estamos en su casa comiendo filete de caribú, hablando de la tan esperada llegada de la manada y compartiendo la historia familiar. Bruce se crió en esta tierra, que recorría al compás de las estaciones en busca de caza, pescado y bayas. Aunque sigue cazando o pescando casi a diario, como la mayoría de los gwitchin varones, en Old Crow no se lleva una existencia primitiva. Una tienda surte a la gente de los caros alimentos envasados que llegan en avión desde Whitehorse, y tanto la televisión por satélite como Internet han permitido a los gwitchin ubicarse a sí mismos en el contexto general del mundo. El alcohol está prohibido, pero las toxicomanías y los problemas identitarios han hecho mella en la comunidad, sobre todo entre los jóvenes.

Mientras conversamos, el nieto adolescente de Bruce, Tyrel, está despatarrado en el sofá. «Mañana nos lo llevamos de caza», dice Bruce, guiñando el ojo.

En su día el Gobierno declaró prácticamente la totalidad del Yukón territorio de la Corona británica. Un disputado proceso de restitución ha devuelto el dominio de parte de esas tierras a sus habitantes nativos, permitiéndoles ser de nuevo amos de los lugares en los que se mueven, cazan y pescan. Pero existen amenazas, como el cambio climático, que escapan al control de la comunidad. «¿Ve cómo se están desmoronando esas riberas? –pregunta Bruce mientras gobierna la motora de aluminio río arriba–. Es porque se derrite el permafrost. Hace diez años ya teníamos hielo en el río en esta época. Y ahora tenemos animales de fuera que vienen aquí, como los pumas, y plantas que desplazan nuestros arándanos y escaramujos, que han sido nuestra fuente de vitaminas de toda la vida.»

Al igual que otros ancianos gwitchin, Bruce ha estado en Washington y otras partes de Estados Unidos para pedir la protección de los territorios de cría de la manada de caribúes del Porcupine. Los políticos han intentado una y otra vez autorizar la explotación de petróleo y gas en la llanura costera del ANWR. Perforándola se podría acceder a un depósito de miles de millones de barriles de crudo. Y, advierten los biólogos, también se expulsaría a los caribúes de sus principales territorios de cría. «Para nosotros es el vadzaih googii vi dehk’it gwanlii –me dice Bruce–, el lugar sagrado donde comienza la vida. Es una cuestión de derechos humanos. Si desa­parece el caribú, desaparece nuestra cultura.»

Al cabo de unos minutos Bruce escudriña a lo lejos y acelera. «¡Caribúes!», grita, y echa mano del rifle. Instantes después se detiene ante seis astados que nadan en el río, elige un macho del centro («Nunca abatimos a los líderes», dice) y lo despacha de un tiro en el pescuezo. No es el tipo de caza que se consideraría un deporte de caballeros algo más al sur. Para un gwitchin la caza no es un hobby, sino un modo de obtener proteínas y grasas en un lugar donde la eficiencia va ligada a la supervivencia.

Acostumbrados a moverse de continuo y ligeros de equipaje, los nativos del Yukón no atribuían mucho valor a aquel pesado metal que veían brillar desde el fondo de los ríos. Los buscadores de oro empezaron a husmear por este territorio en la década de 1870, pero no fue hasta 1896 que tres mineros sumergieron la batea en un riachuelo próximo a la con­fluencia de los ríos Yukón y Klondike. La noticia del hallazgo llegó a la civilización 11 meses más tarde, cuando los primeros mineros enriquecidos desembarcaron en San Francisco y Seattle tan cargados de oro que apenas podían dar un paso. En cuestión de días la prensa internacional anunciaba en primera plana: «¡Oro! ¡Oro! ¡Oro! […] ¡El metal amarillo, a espuertas!».

Así empezaba uno de los accesos de histeria colectiva más extraordinarios de la historia mo­­derna. El término «estampida» ofrecía una descripción adecuada y harto literal, pues decenas de miles de personas asaltaron las oficinas de venta de pasajes de las compañías de vapores que publicitaban a bombo y platillo la posibilidad de hacerse rico al instante en el río Klondike y se dirigieron a una naturaleza agreste para la que pocos estaban preparados.

«Mi padre decía que vinieron como moscas –recuerda Percy Henry, de 86 años, un anciano de la nación indígena tr’ondëk hwëch’in–. Isaac, nuestro jefe, dijo que destruirían nuestras tierras y que nada podíamos hacer para impedírselo.»

Los recién llegados convergían en una húmeda llanura aluvial que hasta entonces había sido cazadero y pesquería de los tr’ondëk hwëch’in. En cuestión de meses los bosques circundantes estaban talados y decenas de miles de forasteros excavaban febrilmente en los riachuelos de la zona. Al llegar el verano de 1898, Dawson City era una improvisada metrópoli de 30.000 habitantes, con teléfono, agua corriente y luz eléctrica.

Y entonces, incluso más rápido de lo que había surgido, se acabó todo. En 1899, un año después de que Dawson fuera declarada capital del recién creado Territorio del Yukón, muchos mineros marcharon río Yukón abajo en dirección a Nome, en Alaska, donde se había localizado otro depósito. Otros, debilitados por el escorbuto y deprimidos al constatar que sus sueños no se harían realidad, vendieron lo que pudieron y volvieron a casa. A lo largo de las décadas si­­guientes unos cuantos hombres trabajaron en las dragas que comenzaron a peinar los ríos y arroyos represados, origen de las serpenteantes es­­combreras que hoy definen el paisaje de Dawson.
Gran parte del territorio estaba ya abandonado cuando en 1953 la capital se trasladó a White­horse, más al sur. Pero la naturaleza agreste y montañosa del Yukón nunca ha dejado de seducir a los espíritus aventureros.

«Podría decirse que oí la llamada de la selva», dice en su habitual tono suave Scott Fleming, un carpintero de 42 años oriundo de Ontario que llegó a Dawson en 1992 tras la promesa de una existencia sacrificada, pero plena.

Conozco a Fleming en un viaje de 13 días en canoa por el río Snake, que culebrea por la sierra Bonnet Plume para desembocar en el Peel. La cuenca del Peel es uno de los mayores sistemas fluviales todavía prístinos del planeta. Aislada del desarrollo durante siglos por lo remoto de su ubicación, en los últimos años el sector minero ha puesto sus miras en ella. Mientras tribus indígenas y colectivos conservacionistas instan a protegerlo, el Peel protagoniza campañas de recogida de firmas, debates electorales y duelos entre propuestas proteccionistas y desarrollistas.

Al poco tiempo de instalarse en Dawson, Fleming conoció a Shawn Ryan, también de Ontario, que había viajado al Yukón a los veintipocos años con la idea de cazar piezas para el comercio peletero, pero pronto se pasó a la recolección de setas para abastecer al lucrativo sector de la restauración internacional. Luego cayó en el hechizo de la prospección de oro.

En el Yukón, un territorio que en gran parte estuvo libre de glaciares, el oro se presenta de dos maneras: el oro de filón (vetas de mena incrustadas en el terreno allí donde el metal ha ascendido a través de la corteza terrestre) y el oro presente en depósitos de tipo placer (fragmentos de oro de filón arrancados de la veta madre por la erosión, desplazados por la gravedad o por las aguas y finalmente concentrados en forma de partículas o pepitas en los lechos fluviales, donde aguardan bajo la gravilla y la arena).

«Shawn estaba convencido de que la veta ma­­dre seguía allí –me cuenta Fleming una noche, mientras preparamos la cena bajo los últimos rayos de sol–. Decía que la gente llevaba un siglo viendo las huellas, pero no la bestia.»

Ryan contrató a Fleming como su primer empleado, y ambos dedicaron los seis años siguientes a explorar en bicicleta, en un viejo y maltrecho bote de madera y sobre todo a pie los parajes remotos que les parecían más prometedores. Refinando su sistema rigurosamente científico de compilación y análisis de datos, los dos hombres comenzaron a seguir la pista de lo que resultarían ser millones y millones de onzas de oro. Pero justo cuando Ryan consiguió convencer a los primeros grandes inversores para que financiasen el proyecto, Fleming se despidió para dedicarse a la carpintería.
El quinto día de la expedición por el río Snake pregunto a Fleming por qué se retiró cuando el proyecto estaba a punto de caramelo. Los ocho expedicionarios que formamos el grupo nos he­­mos alejado del río un día para hacer senderismo por el monte MacDonald, un paisaje onírico de paredes de roca, glaciares y cañones ciegos.

«Shawn es un gran tipo y tiene más sensibilidad ecológica que la mayoría –me dice Fleming cuando hacemos un alto para comer en un prado de montaña salpicado de amapolas árticas–, pero salir al campo todos los días del año y ver parajes como este… Supongo que me afectó.» Pierde la mirada por encima del río, allende el macizo violáceo que se extiende hacia el horizonte, y añade: «Comprendí que no quería participar en su destripamiento».

Seguimos un riachuelo blanquecino valle arriba, saltando sobre mullidos lechos de musgo. Dejamos atrás rastros de alces y lobos y hacemos una pausa para contemplar los indolentes vuelos en picado de un águila real hacia una cría de carnero de Dall que se acurruca bajo su madre en una cornisa. Es ya casi medianoche cuando regresamos al campamento a orillas del río, donde un oso grizzly nos ha dejado un regalo más bien escatológico. A la mañana siguiente el tiempo ha cambiado y las montañas circundantes amanecen espolvoreadas de nieve.

Durante dos días llueve y ventea con fuerza. Hasta el momento no hemos hallado una sola señal de que un ser humano haya pisado estos parajes. Por eso nos parece tan fuera de lugar el bidón de petróleo volcado sobre un bajío de roca roja, que vemos el noveno día.

En un afluente del Snake, unos kilómetros río arriba, se descubrió en 1961 uno de los depósitos de hierro más grandes de toda América del Norte. Se hicieron catas, pero no se llegó a abrir mina. Desde entonces, la demanda de acero de las economías emergentes de Asia ha renovado el interés en el depósito de Crest, y los partidarios del sector minero están hablando de comunicarlo por ferrocarril con la costa.

«El acceso por tierra es siempre el talón de Aquiles de las zonas vírgenes –dice Dave Loeks, presidente de la Comisión de Ordenación Territorial de la Cuenca del Peel–. Ahora esta cuenca es pura naturaleza virgen. Ya podemos tener buenos motivos para explotarla, porque no hay vuelta atrás. El sector minero siempre hace grandes promesas, pero en el Yukón hay minas clausuradas que filtran arsénico, cianuro y plomo. Para no hacerse cargo de los costes de limpieza, las empresas se declaran en bancarrota y listo.»
Según Bob Holmes, director de Recursos Minerales del Gobierno del Yukón, la industria minera ha cambiado. Holmes, que fue uno de los directivos de la mina de zinc-plomo de Faro (donde hoy se lleva a cabo una limpieza que costará al erario público más de 500 millones de euros y tardará un siglo en completarse), explica que las nuevas políticas de depósito de fianzas y restauración del suelo reducen el riesgo de que se produzcan grandes desastres. «Hoy no puedes coger una pala sin tener un plan de clausura.»

Los ecologistas alegan que la obsoleta legislación minera del Yukón necesita actualizarse con urgencia. «La minería es parte de nuestra historia y nadie quiere que desaparezca –dice Lewis Rifkind, de la Sociedad de Conservación del Yukón–, pero la tecnología actual puede causar daños terribles y nosotros seguimos regulándola con unas leyes redactadas cuando el tipo con barba que hoy llevamos dibujado en la ma­­trícula de nuestros coches estaba acuclillado en un arroyo agitando una batea.»
El llamado sistema de libre entrada vigente en el Yukón estipula que cualquier adulto puede registrar una concesión en la mayor parte del territorio (incluidas algunas tierras nativas y propiedades privadas) y tomar prácticamente cualquier medida que sea necesaria para acceder a los recursos minerales que esconda el terreno, dentro de la normativa legal y medioambiental. No obstante, un reciente fallo judicial ha cuestionado el derecho de las autoridades del Yukón a permitir que cualquier prospector explore y registre concesiones en territorios tradicionales sin antes consultar a las poblaciones nativas afectadas y tener en cuenta sus derechos.

La tasa de derechos abonables por explotar un yacimiento de tipo placer (0,375 dólares ca­­nadienses por onza extraída) se fijó en 1906, cuando el oro se cotizaba a 15 dólares la onza. Entre abril de 2012 y marzo de 2013 los mineros del Yukón extrajeron de los placeres oro por valor de unos 51 millones de euros y abonaron 14.646 euros (en total) en concepto de derechos.

El presidente del Yukón, Darrell Pasloski, declara que reformar el sistema de pago de derechos y de libre entrada no figura entre sus prioridades. «Aquí los placeres son como las granjas familiares –dice Pasloski, cuya campaña de reelección de 2011 recibió importantes apoyos de los intereses mineros–. Y el sistema de libre entrada crea oportunidades para el hombre de la calle. Si se modificase, no habría historias como la de Shawn Ryan.»

Hacia el final de mi estancia en el Yukón regreso a Dawson. El oro acaba de alcanzar los 1.700 dólares la onza y se rumorea que podría superar la barrera de los 2.000.

Me subo a un helicóptero para visitar un en­­clave prometedor que está explorando Ryan cerca de las montañas Ogilvie. El despegue me ofrece una buena perspectiva de los legendarios ríos de la fiebre del oro –Bonanza, Hunker, Eldorado–, donde en vez del famoso barbudo de la batea ahora trabajan los bulldozers.

En pocos minutos sobrevuelo unas montañas tapizadas de bosque y rebosantes de fauna salvaje. Aterrizo en medio de la llovizna en el campamento de la cumbre, donde me espera Morgan Fraughton, a la sazón uno de los jefes de proyec­tos de Ryan. Guiados por su GPS, Fraughton y yo nos dirigimos a una cresta cercana y dedicamos el día a avanzar y retroceder en línea; cada 50 metros más o menos nos detenemos para perforar el suelo con una barrena hueca. La ladera, cubierta por una alfombra de musgo y liquen, es un paraíso cromático y nutritivo. Bajo la vegetación, la tierra es también multicolor y diversa. La barrena extrae muestras de arena amarilla, marga azulada, grava verde y arcilla roja. «Si obtenemos datos prometedores, es crucial registrar la concesión cuanto antes –dice Fraughton mientras fotografía y embolsa la tierra–. En Dawson los rumores vuelan como en el Lejano Oeste. Hace 15 días fuimos a registrar la concesión de una zona y ya se nos habían adelantado.»

A media tarde, de regreso al campamento, cede la lluvia. Mientras descendemos por una ladera escarpada y salpicada de rocas, saco a colación unas palabras de Ryan: «Digo a todo el mundo que no se encariñe demasiado con esta belleza. Puede que queramos minarla».

Fraughton suspira. «Sí, entiendo que esas cosas pongan nerviosa a la gente –dice–, pero no es seguro que aquí vaya a abrirse una mina. Si se abre, espero que sea con responsabilidad. Yo solo hago labor de prospección. Si no viniese yo, vendría otro a embolsarse 300 dólares al día.»

Cuando nos acercamos al campamento las nubes comienzan a abrirse y los rayos del sol se posan en algunos de los cientos de montes que se disputan el espacio hasta más allá del horizonte. Media docena de cúspides, bañadas de pronto por una etérea luz dorada, empiezan a despedir destellos y neblinas. Es un espectáculo natural a tan enorme escala que parece imposible que pronto pueda tener un final.
Fraughton y yo nos sentamos un minuto para coger un puñado de arándanos y empaparnos de las vistas. «¿Sabes qué es lo más asombroso? –dice–. He recorrido este territorio de punta a punta, y parece difícil de creer, pero es igual de espectacular en todas partes. Adonde quiera que vayas, hay montañas y más montañas, tantas que no tienen nombre ni cifra. Entonces pienso: ¿y si desapareciese una? ¿De verdad se notaría?»