El retorno del caimán

El yacaré de Brasil fue en el pasado objeto de caza intensiva por su valiosa piel. Su población se recupera hoy de manera espectacular.

16 de agosto de 2013

A simple vista parecen poco más que diminutas semillas esparcidas por el viento, flotando entre los juncos en el borde de cualquier laguna del remoto interior de Brasil. Hay que esperar al anochecer, cuando la extrema quietud de los pantanos da paso a un coro de gorjeos y susurros, y esos minúsculos puntos empiezan a desaparecer en la oscuridad.

En realidad son los ojos vigilantes de las crías de caimán yacaré, miembros de la familia de los crocodilios, de apenas dos semanas de vida y solo un poco más largas que un lápiz. De día se esconden entre las plantas acuáticas para ocultarse de las garzas o las cigüeñas, que pueden abalanzarse sobre ellas en busca de un bocado. De noche salen para alimentarse de insectos y caracoles, y conforme crecen, de presas mayores. Con el tiempo pueden alcanzar dos metros y medio de longitud y tener la fuerza suficiente como para apresar una capibara, uno de los roedores gigantes de la zona. Pero de momento, esas crías se encuentran en la base de la cadena alimentaria, tratando de pasar desapercibidas.

Cientos, quizá miles, de estos caimanes recién nacidos merodean por esta laguna. Y hay muchas más como esta en el Pantanal. Este enorme hu­­medal del sudoeste de Brasil no solo alberga la que probablemente sea la mayor población de crocodilios del mundo, sino que además es el escenario de uno de los episodios de recuperación de una especie de mayor éxito.

Hace 30 años parecía que el caimán yacaré estaba abocado a la extinción, ya que era objeto de una caza despiadada para abastecer el lucrativo mercado de piel de cocodrilo. Su población disminuyó de manera alarmante.

«Nadie sabe con seguridad cuántos yacarés fueron masacrados, pero podrían ser millones», afirma Cleber Alho, biólogo conservacionista de la Universidad Anhanguera-Uniderp, en Mato Grosso do Sul, quien realizó gran parte de su trabajo de campo en el Pantanal durante la década de 1980, la época álgida de la caza furtiva.

Bandas armadas invadían la zona durante la estación seca y disparaban a los yacarés que se congregaban alrededor de las pocas charcas que aún quedan en esos meses. «Los desollaban allí mismo y dejaban los restos para los buitres –dice Alho–. Me encontraba pilas de yacarés muertos pudriéndose en los diques. El trabajo de campo en aquella época era deprimente, y peligroso, pues los coureiros (los hombres del cuero) po­­dían ser extremadamente agresivos.» Las severas medidas adoptadas por el Gobierno brasileño contra la caza furtiva y la prohibición mundial de 1992 sobre el comercio de piel de crocodilios salvajes aliviaron la presión sobre la acosada población de yacarés. Los propios reptiles hicieron el resto de la labor de recuperación. Tras una serie de intensas estaciones lluviosas –idóneas para la reproducción– el número de caimanes ha repuntado radicalmente. Se calcula que hoy viven en los humedales hasta diez millones de yacarés.

Así y todo, el caimán yacaré todavía no puede cantar victoria, advierte Alho. «La floreciente población del Pantanal no debe hacernos olvidar que la especie tiene problemas en otros lugares de América del Sur, donde la caza furtiva persiste y muchas de sus poblaciones están desaparecien­do.» Incluso en el Pantanal se ciernen amenazas: deforestación, presas, turismo, minería, desarro­llo portuario. Pero de momento, tras otra generosa temporada de lluvias, el rey del Pantanal parece seguro en su trono.

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