Bonobos: el primate de la orilla izquierda

Pese a ser primos hermanos, bonobos y chimpancés se comportan de un modo muy diferente. Una investigación reciente aporta nuevos datos sobre dichos primates.

1 / 13

1 / 13

02-mother-paula-carries-daughter-prisca. Bonobos

Bonobos

Una hembra joven de bonobo descansa en el bosque de Lui Kotale, en la República Democrática del Congo. Tiene los labios anaranjados por la arcilla que ha comido, probablemente para reducir los efectos de las toxinas vegetales de su dieta.

Foto: Christian Ziegler

2 / 13

01-young-female-bonobo-relaxes-lui-katale. Bonobos

Bonobos

Una madre conocida como Paula carga con su pequeña, Prisca. Cuando crezca, lo más probable es que Prisca se vaya a otra comunidad de bonobos. Los machos, en cambio, mantienen durante mucho tiempo el vínculo con sus madres.

www.naturphoto.de

Foto: Christian Ziegler

3 / 13

05-menu-sampling-lui-kotale. Bonobos

Bonobos

El bonobo, antes conocido como chimpancé pigmeo, es una especie diferenciada de simio antropomorfo que vive únicamente en los bosques de la orilla izquierda del río Congo. Estudios recientes arrojan nueva luz sobre su conducta sexual y otros aspecos de su comportamiento. 

Foto: Christian Ziegler

4 / 13

03-bonobo-aka-pygmy-chimpanzee. Bonobos

Bonobos

Gottfried Hohmann, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, lleva más de 20 años estudiando a los bonobos en el Congo. En Lui Kotale, su campamento de investigación situado justo fuera del Parque Nacional Salonga, él y otros investigadores llevan mascarillas para proteger a los bonobos de una posible transmisión de infecciones humanas. 

 

Foto: Christian Ziegler

5 / 13

04-gottried-hohmann-bonobos-expert. Bonobos

Bonobos

Una muestra del menú en Lui Kotale: la esfera grande y verde de la esquina superior izquierda es el fruto del árbol del pan; en la esquina superior derecha hay tallos de una planta herbácea terrestre de la familia de la maranta; abajo a la izquierda hay un racimo de cinco frutos booso, y abajo a la derecha, un fruto del anonidio de Mann, apreciado tanto por humanos como por bonobos. 

 

Foto: Christian Ziegler

6 / 13

07-adult-ben-grooms-wilma. Bonobos

Bonobos

Un macho apodado Camillo come una hoja tierna de un árbol llamado kfumo. Dos hechos han permitido que los bonobos disfruten de unos grupos sociales relativamente tranquilos y estables: la abundancia de vegetación herbácea en la orilla izquierda del río Congo y la ausencia de gorilas que compitan con ellos por el alimento. 

Foto: Christian Ziegler

7 / 13

06-camillo-eats-kfumo-tree-leaf. Bonobos

Bonobos

Ben, un macho adulto, acicala a Wilma, una hembra joven. El esfuerzo que invierte Ben en el acicalado seguramente lo beneficiará más adelante si ella lo elige para aparearse.

Foto: Christian Ziegler

8 / 13

08-congo-river. Bonobos

Bonobos

El vasto río Congo, que comprende numerosos canales grandes y pequeños, ha sido una barrera infranqueable para los bonobos y sus parientes más cercanos. Los chimpancés y los gorilas viven únicamente en la orilla derecha, y los bonobos, solo en la izquierda. 

Foto: Christian Ziegler

9 / 13

09-zoe-shares-junglesop-fruit-with-others. Bonobos

Bonobos

Zoe comparte un fruto del anonodio de Mann con su hijo Zizu y otro pequeño, mientras un macho adulto espera pacientemente que le den un poco. El reparto de la comida forma parte de la política social de los bonobos y refleja los matices de la jerarquía social y las alianzas.

Foto: Christian Ziegler

10 / 13

10-female-rests-kokolopori-bonobo-reserve. Bonobos

Bonobos

Una hembra descansa en un nido diurno en la Reserva de Bonobos de Kokolopori, establecida por la Bonobo Conservation Initiative en colaboración con la comunidad local y el Gobierno congoleño. La reserva trae consigo la esperanza de que llegue dinero del turismo.

Foto: Christian Ziegler

11 / 13

11-bonobo-youngster-zizu. Bonobos

Bonobos

Las crías de bonobo (como Zizu, aquí jugando con un hermano) nacen con la cara negra, a diferencia de los chimpancés, que es rosa y se les va oscureciendo poco a poco. Sus extremidades siguen siendo largas y delgadas cuando crecen, y no fornidas como las de los chimpancés. 

Foto: Christian Ziegler

12 / 13

12-zoe-cuddles-zizu. Bonobos

Bonobos

Serena y protectora, Zoe acuna a Zizu después de amamantarlo. Los bonobos machos, a diferencia de los chimpancés, no forman coaliciones con individuos del mismo sexo para adquirir poder. Desde la infancia hasta la madurez, el mejor amigo de un bonobo macho es su madre. 

Foto: Christian Ziegler

13 / 13

13-ulrich-rides-mothers-back. Bonobos

Bonobos

El pequeño Ulrich cabalga a lomos de su madre, Uma, hasta el siguiente lugar de forrajeo. Los bonobos pasan mucho tiempo en el suelo, disfrutando de un acceso exclusivo a ciertas plantas que en la ribera derecha del río Congo son el alimento de los gorilas.

Foto: Christian Ziegler

23 de marzo de 2013

En un remoto bosque de la República Democrática del Congo que se extiende a lo largo de la orilla septentrional del río Luo se encuentra el campamento de investigación Wamba, un centro que goza de gran prestigio en el ámbito de la primatología. Se accede a él por un camino de tierra que está a 80 kilómetros de una precaria pista de aterrizaje. Wamba fue fundado en 1974 por el primatólogo japonés Takayoshi Kano para el estudio del bonobo, Pan paniscus, una especie de simio diferente de todas las demás.

El bonobo, por si el lector no lo sabe, tiene fama de ser el miembro «hippie» de la familia de los monos antropomorfos, mucho más proclive a hacer el amor y no la guerra que su primo hermano, el chimpancé. Los estudios modernos de poblaciones en cautividad realizados por el biólogo estadounidense de origen neerlandés Frans de Waal y por otros investigadores han do­­cumentado el papel preponderante de su sexualidad y su propensión a los vínculos amistosos (sobre todo entre hembras), en contraste con las luchas por el dominio (sobre todo entre machos) y las guerras intergrupales de los chimpancés. Pero la conducta de los bonobos en la naturaleza no era fácil de estudiar, y Takayoshi Kano, del Instituto de Investigación de Primates de la Universidad de Kyoto, fue uno de los primeros científicos en proponérselo. Con la excepción de algunas interrupciones, entre ellas la impuesta por las guerras del Congo entre 1996 y 2002, las campañas de investigación en Wamba han seguido adelante desde que Kano las inició.

Una mañana me adentré en el bosque tras los pasos de Tetsuya Sakamaki, otro investigador de la Universidad de Kyoto. Enseguida vi cosas inesperadas, habida cuenta de la imagen más extendida de la especie. Los bonobos se peleaban. Cazaban para comer. Pasaban horas enteras sin tener sexo. ¿Era ese el animal tan famoso por su vida social libidinosa y pacífica?

Mientras observábamos un grupo de bonobos que se estaba comiendo los frutos de un dialio de Zenker, Sakamaki identificó a todos los individuos por su nombre. Aquella hembra, en pe­­ríodo estral, es Nova, me dijo. Parió por última vez en 2008. La inflamación de sus genitales, que parece un cojín rosa adherido al trasero, anuncia que está lista para volver a procrear. Esta es Nao, prosiguió, muy vieja y muy dominante. Tiene dos hijas, la mayor de las cuales se ha quedado en este grupo. Y esa otra es Kiku, también muy mayor, con tres hijos en el grupo. Uno de ellos es Nobita, fácil de reconocer por su gran tamaño, porque le faltan dedos en la mano derecha y en los dos pies y porque tiene los testículos negros. La falta de dedos sugiere que sufrió un accidente con una trampa de cazadores. Nobita parece ser el macho alfa, en la medida en que los grupos de bonobos reconocen un macho alfa.

Después seguimos a los bonobos hasta un bosquecillo de musangas donde empezaron a llenarse la boca de sus frutos, verdes y carnosos. De pronto estalló un ruidoso altercado entre Nobita y otro macho, Jiro. La madre de Nobita intervino para defender a su hijo. Intimidado por la madre y el hijo, Jiro se rindió y se retiró enfadado a un árbol cercano. «Es interesante observar que Nobita es el macho más grande del grupo –comentó Sakamaki–, y que aun así su madre lo ayuda cuando pelea con otros.»

Cuarenta minutos después, cuando el griterío estalló de nuevo, Sakamaki me señaló el motivo de la agitación: una falsa ardilla voladora que intentaba escabullirse por un tronco para salvar la vida mientras varios bonobos se apiñaban a su alrededor. Cuando los simios se le acercaron, el roedor se lanzó al vacío y se alejó planeando. Entonces descubrimos una segunda falsa ardilla voladora aferrada a un tronco grande mientras un bonobo llamado Jeudi permanecía a solo cinco metros de distancia, al otro lado del tronco, sin percibir su presencia. La falsa ardilla voladora, de ojos claros y orejas rosadas, seguía inmóvil, agarrada a la corteza para no ser vista. Pero al cabo de un momento otros bonobos la descubrieron y el grupo se cerró a su alrededor, lanzando gritos amenazadores. Uno de los bonobos trepó por el tronco, buscando desesperadamente salientes donde agarrarse. El pequeño roedor se desplazó unos seis metros más arriba, ascendiendo con tanta facilidad como un gecko por una pared. Cuando estuvo completamente rodeado de simios sedientos de sangre, se arrojó al vacío y se alejó planeando entre las ramas hasta la seguridad del sotobosque.

«La conducta de caza no es frecuente –me dijo Sakamaki–. Ha tenido suerte de ver esto.»

No había terminado la mañana de mi primer día en Wamba y mis ideas acerca de los bonobos ya se habían visto sacudidas por realidades contrapuestas y complejas.

Los bonobos han desconcertado a la gente desde que la ciencia les prestó atención por primera vez. En 1927 el zoólogo belga Henri Schouteden examinó el cráneo y la piel de un peculiar ejemplar que supuestamente era una hembra adulta de chimpancé procedente del Congo Belga. Su impresión fue que el cráneo era «curiosamente pequeño para una bestia de dimensiones similares». Al año siguiente el zoólogo alemán Ernst Schwarz visitó el museo que dirigía Schouteden y midió aquel cráneo y otros dos, y llegó a la conclusión de que tenían que representar una forma diferenciada de chimpancé que solo se encontraba en la ribera meridional (la orilla izquierda) del río Congo. Schwarz anunció su hallazgo en un artículo titulado «Le chimpanzé de la rive gauche du Congo». Así pues, ya desde el comienzo hubo una asociación subliminal entre el famoso barrio bohemio del corazón del mundo francófono (la rive gauche del Sena parisino de los artistas y escritores) y el simio antropomorfo congoleño que la ciencia acababa de identificar. Poco después, el primate de la rive gauche fue reconocido como una especie indepen­diente y se le asignó el nombre de Pan paniscus.

Otra etiqueta que le pusieron fue la de «chimpancé pigmeo», pese al hecho de que no es mucho más pequeño que el chimpancé común, Pan troglodytes. La cabeza del bonobo es más pequeña en relación al cuerpo que la del chimpancé; además, es más esbelto y tiene las patas más largas que este. Pero en cuanto a dimensiones generales, los bonobos adultos, tanto los machos como las hembras, están dentro de la misma gama de pesos que las chimpancés hembras.

Las principales diferencias entre bonobos y chimpancés tienen que ver con la conducta, y las más obvias, con el sexo. Tanto en cautividad como en la naturaleza, los bonobos practican una notable diversidad de interacciones sexuales. Según De Waal: «Mientras que el chimpancé presenta escasa variación en el acto sexual, los bonobos se comportan como si hubieran leído el Kama Sutra y adoptan todas las posturas y variaciones imaginables». Por ejemplo, se aparean en la posición del misionero, algo prácticamente desconocido entre chimpancés. Pero su sexualidad no se limita al apareamiento. La mayoría de esas variaciones son sociosexuales, lo que significa que no consisten en una cópula entre un macho adulto y una hembra adulta durante el período fértil de esta. Las posibles parejas sexuales incluyen adultos del mismo sexo, adultos con ejemplares juveniles de cualquiera de los dos sexos, o dos ejemplares juveniles. El abanico de actividades incluye besos en la boca, sexo oral, manipulación genital, entrecruzamiento de penes entre dos machos, un macho montado por otro macho y frotamiento genital entre hembras en celo. Por lo general ninguna de esas actividades culmina en orgasmo. Su propósito social parece ser la comunicación de diversos tipos de mensaje: expresión de buena voluntad, recuperación de la calma en un momento de nerviosismo, bienvenida, liberación de tensiones, fortalecimiento de los lazos de amistad, petición de comida o reconciliación. A esa lista de funciones podríamos añadir el mero placer y, para los jóvenes, el juego instructivo. La práctica frecuente, variada y a menudo despreocupada del sexo es un lubricante social ampliamente utilizado por los bonobos que ayuda a mantener sus relaciones en un plano amistoso. Según De Waal: «Los chimpancés recurren al poder para resolver los problemas sexuales; los bonobos recurren al sexo para resolver los problemas de poder».

Pero la sexualidad no es la única gran diferencia entre bonobos y chimpancés, aunque probablemente está relacionada con otras diferencias, ya sea como causa o como efecto. Las hembras, y no los machos, ocupan los puestos más altos de la escala social, que al parecer alcanzan cultivando sus relaciones sociales (por ejemplo, mediante el frotamiento genital) en lugar de recurrir a las luchas y las alianzas temporales, como hacen los machos de chimpancé. Las co­­munidades de bonobos no entran en guerra con otras comunidades vecinas. Durante el día forrajean en grupos más estables y a menudo más numerosos, de hasta 15 o 20 individuos, que se mueven de una fuente de alimento a otra, y por la noche concentran sus nidos en un mismo lugar, probablemente por seguridad. Su dieta, similar en casi todo a la de los chimpancés (frutos, hojas y un poco de proteína animal cuando pueden conseguirla), tiene una particularidad importante: los bonobos comen gran cantidad de vegetación herbácea que abunda en todas las estaciones (grandes juncos parecidos a los tallos de maíz y rizomas ricos en fécula como los de la maranta), con brotes, hojas tiernas y tallos cuya médula es rica en proteínas y azúcares. Así, los bonobos disponen de una reserva casi inagotable de comida, lo que significa que no pasan por épocas de escasez ni de hambre y que la competencia por el alimento no es tan despiadada como entre los chimpancés. Este hecho podría haber tenido importantes consecuencias evolutivas.

Pero los bonobos tienen algo en común con los chimpancés: son los dos parientes vivos más próximos de Homo sapiens. Hace unos siete mi­­llones de años, en algún lugar de los bosques del África ecuatorial, vivió un protosimio que fue antepasado directo nuestro y también de los bo­­nobos y los chimpancés. Entonces nuestro linaje se separó del suyo, y hace unos 900.000 años se produjo la divergencia entre estas dos especies de simios antropomorfos. Se desconoce si su último antepasado común se parecía más a un chimpancé o a un bonobo, en cuanto a anatomía y comportamiento, pero la respuesta a esta pregunta también podría arrojar algo de luz sobre los orígenes de la humanidad. ¿Procedemos de una larga línea de simios antropomorfos pacíficos y aficionados al sexo en la que dominan las hembras, o de un linaje de primates belicosos e infanticidas de machos dominantes?

Por otro lado, ¿qué sucedió en la historia evolutiva para que Pan paniscus sea tan singular?

Richard Wrangham tiene una hipótesis. Este prestigioso antropólogo biológico, profesor del Departamento de Biología Evolutiva Humana de Harvard, tiene una experiencia de más de cuatro décadas en el estudio de primates en libertad. Su trabajo con chimpancés se remonta a la investigación realizada para su doctorado en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, a principios de la década de 1970, y continúa en el Parque Nacional Kibale de Uganda. Abordó el tema del origen de los bonobos en un artículo publicado en 1993 y en un libro de gran éxito, Demonic Males, de 1996, que escribió con Dale Peterson. El aspecto clave de su hipótesis es la ausencia de gorilas, desde hace uno o dos millones de años, en la orilla izquierda del río Congo.

Las razones de esa ausencia no se conocen con certeza, pero sus consecuencias evolutivas parecen bastante claras. En la orilla derecha del río, donde los chimpancés compartían el bosque con los gorilas, los gorilas comían lo que todavía comen: principalmente, vegetación herbácea. Y los chimpancés, por su parte, seguían la dieta que les es propia: básicamente frutos y hojas de los árboles, y un poco de carne de vez en cuando. En la orilla izquierda vivía ese otro animal semejante al chimpancé, favorecido por la circunstan­cia de no tener la competencia del gorila. «Y esa es la fórmula que produce al bonobo», me explicó Wrangham por teléfono desde su despacho de Harvard. Los animales de la orilla izquierda seguían la dieta típica de los chimpancés cuando podían y se pasaban a la del gorila cuando la primera escaseaba, lo que les aseguraba una existencia sin altibajos. No se veían obligados a dividirse en grupos pequeños e inestables para forrajear, ni a dispersarse y volver a reunirse, ni a pelear por un alimento escaso y concentrado solamente en determinados sitios, como hacen los chimpancés de la orilla derecha. Esa diferencia crucial en la estrategia de búsqueda de alimen­tos tuvo, según Wrangham, consecuencias en la conducta social. La relativa estabilidad de los grupos de forrajeo en las comunidades de bonobos determina que los individuos más débiles puedan tener aliados presentes en todo momento. Esta circunstancia tiende a atenuar las luchas por el dominio y los combates entre individuos.

Otro resultado de la estabilidad de los grupos de forrajeo, apunta el investigador de Harvard, guarda relación con los ritmos sexuales de las hembras. Las hembras de bonobo, a diferencia de las chimpancés, no se ven obligadas por las circunstancias a presentarse extremadamente atractivas y disponibles para el apareamiento con todos los machos posibles durante períodos relativamente breves. Una hembra de bonobo puede permitirse un largo período de receptividad sexual por el hecho de formar parte de un grupo de forrajeo numeroso y estable. Siempre está atractiva, siempre dispuesta. «Eso reduce en gran medida la importancia que tiene para los machos competir por el dominio y acosar a las hembras.» Así pues, el famoso carácter sexual y amable de la vida social de los bonobos tiene, según la hipótesis de Wrangham, un origen inesperado: la disponibilidad de alimentos para gorilas, sin gorilas que se los coman.

¿Y a qué se debe la ausencia de gorilas en la orilla izquierda? Wrangham ha sugerido una explicación que, según él mismo ha dicho, es especulativa pero posible. Parece ser que hace unos 2,5 millones de años una grave sequía afectó el centro de África. En las llanuras ecuatoriales a ambos lados del Congo, la vegetación herbácea propia del hábitat de los gorilas se marchitó. Los chimpancés sobrevivieron gracias a la fruta de los bosques ribereños, pero los gorilas de la orilla derecha se vieron obligados a emigrar a las tierras altas, a los volcanes Virunga en la región nororiental de la cuenca de drenaje y a los montes de Cristal al oeste. En la orilla izquierda, sin embargo, no había tierras altas en las que pudieran refugiarse. El terreno es llano. Por lo tanto, si alguna vez hubo gorilas en esa margen del río, es muy posible que la sequía del pleistoceno los matara a todos.

La conducta de los bonobos es excepcional entre los monos antropomorfos, pero dentro de su propia excepción hay excepciones. Su retrato no se puede pintar sin matices. Pocos investigadores han sido tan pulcros en este sentido como Gottfried Hohmann y Barbara Fruth, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, quienes llevan más de 20 años estudiando al bonobo en su medio natural. El trabajo de este matrimonio empezó en 1990 en Lomako, en el norte de la región del Congo, y se prolongó hasta que en 1998 estalló la guerra e interrumpieron su actividad durante cuatro años. Entonces establecieron un nuevo campamento más al sur, en un lugar llamado Lui Kotale, en un bosque excelente situado justo fuera del Parque Nacional Salonga. Llegaron a un acuerdo con la comunidad local de ese territorio: a cambio de unos pagos, la población se comprometía a no cazar ni talar árboles en Lui Kotale.

Para llegar a Lui Kotale hay que aterrizar en otra precaria pista de hierba, caminar una hora hasta una aldea, saludar a los ancianos del lugar y seguir andando cinco horas más. Después hay que atravesar el río Lokoro en canoa, vadear un arroyo de aguas negras y subir por una ribera hasta un campamento de tiendas de campaña y cobertizos con techo de paja, con dos paneles solares para alimentar los ordenadores.

Hohmann volvió a ese lugar en junio del año pasado, feliz de regresar al bosque después de pasar demasiados meses metido en la oficina de Leipzig. Si no me hubiera esforzado por seguir el ritmo de este hombre robusto de 60 años y ojos azules, habría tardado siete horas en cubrir el trayecto que hicimos en seis.

Una mañana me levanté con el grupo más madrugador, dos voluntarios jóvenes llamados Tim Lewis-Bale y Sonja Trautmann. Llegamos a los nidos de bonobo a las 5.20 horas, antes de que los somnolientos animales empezaran a moverse. Su primer acto de la mañana: un buen pis. Lewis-Bale y Trautmann se colocaron debajo de uno de los árboles con nidos y atraparon la orina en una hoja. Luego la trasvasaron con una pipeta a unos frascos pequeños, a los que pusieron etiquetas identificativas, y continuamos nuestro recorrido matinal.

Esa tarde me senté con Hohmann en uno de los cobertizos para hablar de la conducta de los bonobos. Aparte de él, muy pocos investigadores han visto bonobos cazando, y en general se trata de presas pequeñas, como falsas ardillas voladoras (solo en Wamba) o crías de duiquero. El aporte de proteína animal, en caso de que lo haya, parece proceder de insectos y ciempiés. Pero Fruth y Hohmann documentaron nueve episodios de caza en Lomako, y en siete ocasiones las presas fueron duiqueros de un tamaño considerable, atrapados por lo general por un solo bonobo, que les desgarraba el vientre cuando aún estaban vivos, comía primero las entrañas y compartía la carne con el grupo. Más recientemente, en Lui Kotale, vieron otros 21 casos de depredación con éxito. Entre las presas había ocho duiqueros adultos, un gálago y tres monos. Así pues, los bonobos cazan otros primates. «Son una parte habitual de su dieta», dijo Hohmann.

Por otra parte, la actividad sexual parece menos manifiesta de lo que otros investigadores, entre ellos De Waal, han señalado. Sí, existe una gran diversidad de actos sexuales en el repertorio de los bonobos, pero, según Hohmann, «una vida en cautividad amplifica todas esas conductas. El comportamiento de los bonobos en la naturaleza es diferente (debe serlo), porque los bonobos en libertad están ocupados buscando comida y tratando de sobrevivir».

Hohmann mencionó otros aspectos generalmente aceptados por los expertos con los que Fruth y él disienten, como son el concepto de que la sociedad de los bonobos se mantiene unida gracias a los vínculos entre las hembras (ellos también consideran igual de importantes los vínculos madre-hijo) y la idea de que los bonobos no son agresivos entre ellos. Según Hohmann las agresiones pueden ser poco frecuentes y sutiles, pero eso no les resta importancia. Pensemos que las agresiones humanas pueden ser muy sutiles, y que un solo acto de violencia, o simplemente un acto mezquino, puede permanecer durante años en la memoria de una persona. «Creo que lo mismo pasa con los bonobos», dijo. Es posible que la vida de estos antropomorfos sea más estresante de lo que parece. En un estudio hormonal realizado por Martin Surbeck, uno de sus investigadores postdoctorales, han empezado a aparecer indicios de ansiedades ocultas.

Analizando muestras de heces y de orina, Surbeck ha observado un hecho sorprendente: niveles elevados de cortisol (una hormona relacionada con el estrés) en algunos machos. Los niveles de cortisol aparecen particularmente elevados en machos de alto rango en presencia de hembras en celo. ¿Qué significa esto? Que un bonobo macho de alto rango, obligado a mantener el equilibrio entre no ser excesivamente blando (y arriesgar su estatus entre los machos) ni excesivamente duro (lo que le haría perder oportunidades de aparearse con las hembras dominantes), se siente estresado por la complejidad de su situación. Los bonobos evitan la violencia y las agresiones más crudas, pero no viven una existencia tranquila y sin preocupaciones. Se valen de conductas sociosexuales, diversificadas y relativamente frecuentes, como un medio para gestionar los conflictos del grupo. «Esto es lo que los diferencia de los demás –dijo Hohmann–, y no que todo sea pacífico.»

El bonobo es una especie en peligro, y pese a la protección que le otorgan las leyes congoleñas, sigue amenazado por una serie de problemas que ya nos resultan demasiado conocidos, en particular la pérdida de hábitat y la caza para la venta y consumo de su carne. En la naturaleza quedan entre 15.000 y 20.000 bonobos, algunos de ellos en parques nacionales y reservas, como el Parque Nacional Salonga y la Reserva de Fauna Lomako-Yokokala. Estas áreas «protegidas» no siempre proporcionan una seguridad real para los bonobos y otras especies, según las circunstancias que se vivan sobre el terreno, por ejemplo, que haya guardabosques contratados y entrenados, que esos guardabosques cobren sus salarios y que dispongan de armas adecuadas para hacer frente a los furtivos. Las siete décadas de colonialismo belga, seguidas de las tres décadas de cleptocracia de Mobutu y de la guerra, han dejado profundas heridas en el país, por lo que cualquier esfuerzo conservacionista se enmarca en un contexto de disfunción institucional. Entre los rehenes de esta situación está el bonobo, una especie nativa que no vive en ningún otro país del mundo. Si no sobrevive en el medio natural de la República Democrática del Congo, no habrá bonobos en libertad en ningún lugar del planeta.

Dos personas que confían en su supervivencia son John y Terese Hart, un matrimonio de conservacionistas que llegó a la cuenca del Congo a comienzos de la década de 1970. Actualmen­te los Hart trabajan con un equipo de jóvenes congoleños y de socios del país en un gran proyecto llamado Paisaje de Conservación TL2, una región que abarca tres ríos en el este de la República Democrática del Congo y alberga no solo bonobos sino también elefantes de selva, okapis y un curioso mono recién descubierto llamado cercopiteco del Lomami. Según me contó John, los furtivos aún cazan bonobos en el TL2. En su opinión, si parte de la región fuera declarada parque nacional, con una regulación contra la caza, el apoyo de la población local y guardias en unos pocos puestos de control, ese tráfico se podría detener. El TL2 tiene un potencial enorme, pero los obstáculos son formidables, incluso para un hombre experimentado e incansable como John Hart.

En Kinshasa me reuní con John y Terese, y juntos volamos a Kindu, una capital de provincia del este del país (punto de partida para visitar el TL2), en la orilla occidental del río Lualaba, que delimita por el este el área de distribución de los bonobos. En Kindu conseguimos autorización para una pequeña expedición de cinco días a través del TL2. Hacia las cuatro de la tarde em­­barcamos en una gran canoa. Se nos sumaron dos de los colegas congoleños de confianza de los Hart, un biólogo visitante y un coronel y un soldado (ambos con fusiles Kaláshnikov) como escolta militar. También venía un funcionario de la oficina de inmigración, asignado en el último momento para que no nos dejara solos ni a sol ni a sombra. John bromeó con él diciéndole que estaríamos fuera 30 días y que tendría que ayudarnos a cazar cocodrilos para comer mientras la fueraborda se alejaba de Kindu e iniciaba su curso en el medio de la corriente del Lualaba.

El río era una extensión marrón, plana, de 900 metros de ancho. El sol, que se hundía bajo la calima de la estación seca, parecía una gran yema de huevo sanguinolenta. Una pareja de buitres palmeros pasó sobre nosotros y después, al este, vi un grupo de murciélagos frugívoros que volaban en círculos alrededor de su dormidero. El crepúsculo no tardó en convertirse en noche, y el río adquirió un fulgor sepia con reflejos de la luna creciente. El aire se volvió mas fresco y nos pusimos las chaquetas. Horas más tarde atracamos en una aldea de la orilla izquierda del río, marcada como el inicio de nuestra expedición hacia la tierra de los bonobos. ¡Tenía que ser la orilla izquierda! En la orilla derecha no había ningún bonobo.