El pequeño parque de las maravillas

En otro tiempo apeadero de un ferrocarril que atravesaba un territorio salvaje, el Parque Nacional Yoho, en Canadá, es hoy un hito de la ciencia y la naturaleza.

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05.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

A más de 2.000 metros de altitud en las Rocosas canadienses, el lago O’Hara yace abrigado «como una esmeralda en un cuenco de montañas», escribió el paleontólogo Charles Walcott en 1911. Varias generaciones de artistas han pintado este paraje, llamado All Souls Prospect («Perspectiva de Todas las Almas»).

Foto: Peter Essick

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01.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

Más de 20 picos del parque Yoho superan la cota de 3.050 metros, entre ellos los riscos nevados de la cordillera Ottertail. Erigidos por la colisión de placas tectónicas, estos bloques de piedra fueron en su día un primigenio lecho marino.

Foto: Peter Essick

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03.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

Las cabras blancas son las reinas absolutas de las vertiginosas elevaciones de Yoho, pero la vida en las alturas es peligrosa incluso para esta especie: aludes, caídas, depredadores y los rigores de un tiempo que matan a muchos ejemplares en su primer año de vida.

Foto: Peter Essick

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02.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

La cascada Takakkaw, una de las más altas de Canadá, cae medio congelada en una tarde de marzo.

Foto: Peter Essick

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04.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

En la falda del monte Stephen, los fósiles de trilobites –del tamaño de un puño– son parte integrante de la formación Burgess Shale, unas lutitas de más de 500 millones de años en las que abundan vestigios de la fauna marina del cámbrico.

Foto: Peter Essick

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08.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

El bosque alpino de la parte occidental de Yoho da paso a unos singulares tótems llamados hoodoos o chimeneas de hadas, formados cuando la lluvia y el viento erosionan una roca sedimentaria blanda situada debajo de un «sombrero» de piedra de mayor dureza.

Foto: Peter Essick

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07.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

Las montañas peladas que rodean el lago McArthur dejan al descubierto la historia de la Tierra en estratos de piedra, razón por la cual Charles Walcott consideraba Yoho «el paraíso de los geólogos».

Foto: Peter Essick

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06.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

Semioculto tras una valla de juncos, el lago Emerald refleja en sus aguas el azul del cielo y las nieves del pico Michael, una cima flanqueada por bosques.

Foto: Peter Essick

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09.  Parque Nacional Yoho

Parque Nacional Yoho

Los rayos vespertinos surcan el campo de hielo de Wapta, un rosario de glaciares a lo largo de la Divisoria Continental de América.

Foto: Peter Essick

24 de julio de 2015

Hace ya un siglo, en las laderas del monte Field, en el Parque Nacional Yoho de Canadá, Charles Doolittle Walcott, entonces secretario de la Smithsonian Institution y uno de los paleontólogos más famosos de su época, hizo dos descubrimientos que cambiarían su vida para siempre.
El primero fue lo que para muchos constituye el principal yacimiento fosilífero del mundo, una cantera que hoy lleva su nombre. El segundo fue su tercera esposa, Mary Vaux, a partir de cuyo apellido familiar pronto había de bautizar un género de esponjas fosilizadas: Vauxia.

Es natural que los visitantes actuales de este parque, uno de los más sublimes y menos frecuentados de las Montañas Rocosas canadienses, se centren en el primer hallazgo. La formación llamada Burgess Shale o lutitas de Burgess, que engloba la cantera Walcott, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980. Unos años más tarde, en su superventas La vida maravillosa, el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould definió Burgess Shale como «el más valioso e importante de todos los yacimientos fosilíferos que se conocen». Se trata de un tesoro de criaturas marinas del período cámbrico en perfecto estado de conservación: se han hallado más de 200.000 especímenes de aspecto extraño, y hay aún un número incalculable por desenterrar.

Sin embargo para Gould y otros estudiosos, la mayor parte de las formas de vida de Burgess Shale –desde Wiwaxia, con su armadura de placas y espinas, hasta Opabinia, animal de cuerpo blando que vivía en el fondo marino, con cinco ojos y una probóscide con una especie de uña– parecían ser un punto muerto en la evolución, sin descendientes actuales. Gould se apoyó en la explosión de formas de vida durante el cámbrico y la subsiguiente desaparición de la mayoría de los linajes evolutivos para argumentar que «la supervivencia de los mejor adaptados» tiene un notorio contrapunto: el factor suerte.

¿Es la evolución, hasta cierto punto, una lotería? ¿Está la historia natural gobernada por el azar? Desde entonces se ha desarrollado un intenso debate científico, aunque casi siempre fuera de los límites del parque nacional. A fin de comprender el poder de atracción del mismo Yoho, es preferible remitirse a la mujer excepcional que exploró también aquellas laderas, Mary Vaux, cuya familia tiene su propia historia sobre cómo un en­cuentro fortuito puede parecer obra del destino.

Un soleado aunque frío día de agosto partí en coche desde Field, la población de 150 habitantes de la Columbia Británica que alberga la oficina central del parque Yoho, al cercano valle del Yoho. Hacia 1900, Mary, la primogénita de una destacada familia cuáquera de Filadelfia, fue la primera mujer blanca que visitó el valle. «Para mí es el paraje más espléndido que uno podría encontrar, y la circulación de la sangre siempre se me acelera cuando hablo u oigo comentarios acerca de él –escribió en una carta a Walcott–. No imagino un placer mayor que el de acampar aquí, lejos de los turistas y del fragor del caballo de hierro», decía, refiriéndose al ferrocarril.

De camino hacia allí pasé por delante del todoterreno del sobrino nieto de Mary, Henry Vaux Jr., que estaba aparcado delante de una pensión, luego crucé las vías de tren que habían llevado hasta allí a los pioneros de la estirpe de los Vaux hace 128 años y me incorporé a la carretera Transcanadiense, que atraviesa el centro del parque nacional. Con una superficie de unos 1.300 kilómetros cuadrados, Yoho es un parque pequeño: una quinta parte del adyacente Parque Nacional Banff, y una octava parte del parque Jasper, situado al norte. Pero su nombre, una expresión de sobrecogimiento en la lengua cree, indica que alberga una maravilla tras otra: como mínimo 25 picos de más de 3.000 metros con nombre propio, dos refugios de montaña históricos junto a sendos lagos glaciares cuyas aguas presentan unas tonalidades turquesa extraordinarias, y centenares de cascadas, en particular la de Takakkaw, una de las más altas de Canadá y que tuve la oportunidad de ver al final de mi trayecto en coche por el valle del Yoho.

Aquí la afluencia de gente es escasa en comparación con los 3,5 millones de visitantes anuales que recibe Banff, y los senderistas, cuando se cruzan, se saludan entre ellos. Advertí que a veces en lugar de «hola», exclaman «¡yoho!».
La reacción de los Vaux en el primer viaje que hicieron a la Columbia Británica en 1887, poco después de que se inaugurara el ferrocarril, ex­­presaba ese mismo sentimiento de entusiasmo y excitación. El hermano mediano de Mary, George hijo, calificó las montañas de «gélidas, severas, bellísimas, grandiosas, inaccesiblemente mayestáticas». El benjamín, William, se concentró en el «aire impregnado de los deliciosos aromas del bosque… y la magnífica armonía de luz y sombra». Cerca de Yoho, en lo que hoy es el Parque Nacional Glacier, caminaron hasta el frente del glaciar Illecillewaet.

Mary, que tenía 27 años, llevaba un vestido negro de estilo victoriano. Las grietas y los imponentes seracs no se parecían a nada de lo que habían visto jamás, así que los Vaux hicieron lo mismo que haría un turista actual frente a semejante belleza: la fotografiaron. La diferencia estribaba en que en los albores del siglo XX una cámara fotográfica era una voluminosa caja de madera y la «película» consistía en una placa de vidrio que había que transportar con sumo cuidado. Así captaron algunas de las primeras imágenes de una región de naturaleza en estado salvaje que hasta entonces había permanecido indocumentada. «Ha sido tan nimia la exploración llevada a cabo, que cada visitante es prácticamente un nuevo descubridor», escribió George Jr. Aquel fue el comienzo de su transformación en científicos aficionados.

Cuando la familia regresó al lugar en 1894, en uno de los casi 40 veranos que pasaría Mary en los «Alpes» canadienses, todos se sorprendieron al comprobar que el Illecillewaet se había reducido. Sus fotografías dieron testimonio del su­ceso. De repente, comprendieron que la cámara podía ser un instrumento científico. A William, que era ingeniero, le intrigaba especialmente el retroceso de los glaciares, y los Vaux empezaron a documentar el cambiante paisaje con lo que ellos llamaban «pruebas fotográficas»: la misma toma efectuada en el mismo lugar, año tras año, durante cerca de dos décadas. También cartografiaron minuciosamente los glaciares y las morrenas con un equipo de topografía.

De nuevo en Filadelfia los hermanos Vaux utilizaron la linterna mágica para ofrecer pases de diapositivas a un público entregado y curioso, bajo la dirección de William, y escribieron textos científicos que fueron muy bien acogidos. En Canadá, el suyo fue el primer estudio continuado de glaciares, y algunos científicos todavía hoy hacen referencia a él. Con al menos 80 años de antelación a la preocupación actual por el calentamiento global, «un importante subgrupo de los glaciares del continente norteamericano empezaba a retirarse –apunta el sobrino nieto Henry Jr., profesor emérito de economía de recursos en la Universidad de California–.

Esto sería un descubrimiento significativo aun ahora, y lo hicieron unos profanos en la materia».
Incluso después de la muerte prematura de William en 1908 a causa de tuberculosis, y del retorno gradual de su hermano George al ejercicio de la abogacía en Filadelfia, Mary continuó yendo a Yoho. Recorrió muchos kilómetros por los senderos de las Montañas Rocosas antes de su fallecimiento en 1940. Fue la primera mujer que escaló el monte Stephen, de 3.200 metros de altitud, y por lo tanto la primera que coronaba un gran pico canadiense. Acampó en tiendas de lona junto al majestuoso lago O’Hara mientras «los puercoespines probaban nuestro tocino y la mullida cama de los guías». Publicó los relatos de sus aventuras, «contribuyendo a promocionar las Rocosas canadienses más que ningún otro autor vivo», según se decía en la prensa de Banff de la época. Se aficionó a la pintura botánica y publicó una colección de ilustraciones en cinco volúmenes que le valió elogios como la «Audubon de la botánica».

Aunque los esquemas de la época victoriana no contemplaban la posibilidad de que un cuáquero se dedicara a frivolidades tales como el arte por el arte, en las fotografías en blanco y negro que tomaron los Vaux –cascadas, glaciares, bosques, nubes– se aprecia una innegable vocación estética. «Eran unos cuáqueros liberales», comenta Henry Jr., así que tal vez «hicieron arte disfra­zado de ciencia». Fue este aspecto de sus fotos lo que le indujo a imbuirse de la obsesión de sus antepasados por el Yoho un siglo después. Desde 1997 Henry ha acudido al lugar casi cada verano, en un perseverante intento de recrear con su cámara de medio formato 50 de las imágenes más hermosas de los Vaux, es decir, de realizar sus propias «pruebas fotográficas». A la vista del resultado, uno puede constatar cuánto ha cambiado Yoho en el último siglo: increíblemente poco. El bosque cercano al paso de Kicking Horse, víctima de frecuentes incendios a raíz de la construcción de la línea férrea, ha vuelto a crecer. Los glaciares han retrocedido. Pero «lo que más me asombra son las escasas alteraciones que ha sufrido todo lo demás», dice Henry, y menciona la foto que sacó recientemente de la cascada Laughing, a unos kilómetros de la de Takakkaw: «Podría ponerla al lado de la que hicieron ellos y nadie diría cuál es cuál».

Aquella mañana de agosto en el valle del Yoho quedé con un guía –su presencia es obligatoria en la excursión que lleva a la protegida cantera Walcott– cerca del pie de la cascada Takakkaw. Mientras cruzábamos los empinados pedregales que conforman las laderas del monte Wapta, se desplegaba ante nuestros ojos una inmensa cuenca, enmarcada por glaciares colgados y por las elevadas cumbres de la cordillera President. El fabuloso lago Emerald –el nombre ilustra realmente su color esmeralda– estaba en el fondo de la hondonada. La cantera y el campamento de Walcott, donde Mary y él pasaron meses enteros, quedaban enfrente mismo.

«Desde los alrededores del campamento del paso de Burgess las vistas eran preciosas y variadas», escribió Walcott en esta revista en el número de junio de 1911. El insigne paleontólogo no fue inmune a la estética de Yoho. Aquí realizó una de las primeras fotografías panorámicas aparecidas en National Geographic. «La panorámica del señor Walcott es la visión más portento­sa de un paisaje de montaña que se ha publicado nunca», declararon los editores. En privado, Walcott admitió que Mary era mejor fotógrafa.

Cuando se puso el sol seguíamos en el yacimiento de fósiles. Me gustaría decir que pasamos las horas rastreando trilobites y reflexionando sobre el papel que el azar desempeña en la evolución. Pero básicamente estuvimos sentados en silencio, observando cómo envolvía la cuenca una luz dorada. Luego sacamos los teléfonos móviles y las cámaras digitales y, en nombre de la ciencia, hicimos lo que suelen hacer de forma espontánea los visitantes de estas montañas.