Aves del paraíso

El paraíso recobrado

Hace nueve años, dos hombres iniciaron una aventura extraordinaria: ser los primeros en encontrar y documentar todas las especies de aves del paraíso.

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El paraíso recobrado

Un ave del paraíso esmeralda chica despliega las plumas de los flancos para atraer a las hembras.

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Foto: Tim Laman

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El paraíso recobrado

El explorador del siglo XIX Alfred Russel Wallace fue uno de los primeros en estudiar las aves del paraíso en la naturaleza. 

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Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos, Universidad de Columbia

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El paraíso recobrado

Desde la rama de un árbol en Nueva Guinea, Laman apunta la cámara a un ave del paraíso real. Durante los ocho años de búsqueda para documentar todas las especies de aves del paraíso, el fotógrafo se encaramó a más de 140 árboles.

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Foto: Tim Laman

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El paraíso recobrado

Para fotografiar el ave del paraíso esmeralda grande en la isla Wokam, Laman utilizó unas hojas cosidas entre sí con tallos de rota para camuflar una cámara instalada en lo alto de un árbol.

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Foto: Tim Laman

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El paraíso recobrado

Desde un escondite fotográfico en un árbol adyacente, Laman monitorizaba su «cámara hoja» con un ordenador portátil, disparando el obturador por control remoto.

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Foto: Tim Laman

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El ornitólogo de la Universidad Cornell Edwin Scholes cruza el río Koko-o en la región del monte Cráter, en Papúa y Nueva Guinea. Scholes hizo el doctorado sobre las cinco especies que componen el género Parotia, unas aves que viven en algunas de las montañas más remotas de Nueva Guinea. 

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Foto: Tim Laman

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Los primeros rayos del sol iluminan la exhibición de cortejo de un ave del paraíso esmeralda grande en la isla Wokam, al sur de Nueva Guinea. Los machos de esta especie arrancan las hojas de las ramas más altas de los árboles para despejar el escenario donde realizarán sus rituales de apareamiento.

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Un ave del paraíso de Pennant despliega sus encantos. Conocidos por las seis plumas filiformes que adornan su cabeza y por su "tutú" de bailarina compuesto por plumas rígidas, los machos de estas aves muestran su pechera iridiscente cuando se exhiben para las hembras. Cada macho limpia un trozo de tierra para crear el escenario donde realizará su extraña danza de saltitos, reverencias y movimientos de cabeza.

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Foto: Tim Laman

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Un macho de ave del paraíso goliazul utiliza lo que Scholes denomina un «cambio de forma» para impresionar a una posible pareja.

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Foto: Tim Laman

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El rápido balanceo de la cabeza transforma la pechera iridiscente del ave en un resplandeciente anuncio de aptitud y buena salud sexual. 

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Foto: Tim Laman

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Con sus curiosos «platillos volantes» permanentemente a la zaga, un ave del paraíso real se agarra a una planta trepadora en el bosque lluvioso de Nueva Guinea. Los colores brillantes y las extrañas plumas de la cola evolucionaron a lo largo de milenios de competencia por el favor de las hembras. 

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Foto: Tim Laman

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Unos músculos especiales permiten al ave del paraíso de Alberto que durante el cortejo haga oscilar en un arco de 180 grados las plumas semejantes a antenas que tiene en la cabeza. Hileras de diminutos estandartes adornan esas plumas, que pueden medir hasta 50 centímetros de longitud.

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Foto: Tim Laman

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Tim Laman y Edwin Scholes hallaron esta ave del paraíso republicana, semejante a una joya, en la isla indonesia de Waigeo.

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Foto: Tim Laman

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Durante el cortejo, el macho del ave del paraíso filamentosa acaricia repetidamente el rostro de la hembra con la docena de plumas rígidas que tiene en la parte inferior del torso. A la hembra, obviamente, le gusta esta sensación, pues a menudo se aproxima al macho por detrás para colocar la cabeza entre esa especie de alambres.

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Foto: Tim Laman

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Un ave del paraíso filamentosa lanza su reclamo en un pantano de Nueva Guinea. Los machos tienen una docena de plumas rígidas en la parte inferior del torso que pasan por la cara de las hembras antes del apareamiento. Los científicos no saben muy bien por qué. Quizá para hacerles cosquillas. 

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Foto: Tim Laman

4 de enero de 2013

 En Nueva Guinea los canguros trepan a los árboles, y mariposas del tamaño de un frisbee surcan bosques lluviosos donde mamíferos ovíparos se escabullen por el fango. Las ranas lucen unas narices que recuerdan la de Cyrano, y los ríos rebosan de peces irisados.

Sin embargo, ninguna maravilla natural de esta isla ha fascinado a los científicos tan profun­damente como las criaturas aladas a las que el naturalista del siglo XIX Alfred Russel Wallace describió como «los más extraordinarios y bellos habitantes emplumados de la Tierra»: las aves del paraíso.

Las 39 especies se encuentran únicamente en Nueva Guinea y unas pocas áreas cercanas, y pese a muchos decenios de exploración e investigación, nadie había conseguido nunca verlas a todas… hasta ahora.

En 2003 el ornitólogo de la Universidad Cornell Edward Scholes y el biólogo y fotógrafo Tim Laman empezaron a planear una búsqueda para documentar todas las especies de aves del paraíso. Necesitaron ocho años y 18 expediciones a algunos de los paisajes más exóticos del planeta. Mediante fotografías, vídeos y grabaciones de audio (además de los lápices y libretas de toda la vida), captaron exhibiciones y conductas de cortejo antes desconocidas para la ciencia.

El mundo natural ofrece pocos espectáculos tan curiosos como los rituales de apareamiento de los machos de la familia de los paradiseidos. Las explosiones de plumas doradas, las danzas tan estilizadas que hasta pueden parecer cómicas, los filamentos táctiles que recuerdan las antenas de un robot, los collares iridiscentes y los colores más brillantes que las gemas… toda esa extrava­gancia tiene un único propósito: atraer la atención de tantas hembras como sea posible.

Las aves del paraíso representan un ejemplo extremo de la teoría de la selección sexual de Charles Darwin, según la cual las hembras eligen pareja atendiendo a ciertos rasgos que les resultan atractivos, aumentando así la probabilidad de que esos rasgos se transmitan a la siguiente generación. La abundancia de comida y la escasez de depredadores en Nueva Guinea han hecho posible la difusión de estas aves, y también la exageración de sus rasgos más atractivos.

Laman y Scholes se propusieron documentar estas aves de un modo insólito hasta entonces: desde el punto de vista de las hembras. En la isla Batanta, al oeste de Nueva Guinea, Laman trepó 50 metros hasta el dosel del bosque lluvioso para fotografiar el ritual de apareamiento del ave del paraíso roja. En la península de Huon, unos 2.000 kilómetros al este, montó una cámara en la rama de un árbol y la orientó hacia abajo para obtener la visión que una hembra tiene de las coloridas plumas pectorales y el «tutú» de bailarina de un ave del paraíso de Wahnes macho.

Aunque los dos tenían experiencia en los trópicos antes de emprender esta aventura, ninguno podía imaginar lo que les esperaba. Soportaron angustiosos viajes en helicóptero y largas caminatas por caminos inundados, y en dos ocasiones quedaron a la deriva en el mar cuando fallaron los motores de su embarcación. Pasaron más de 2.000 horas sentados en un pequeño escondite fotográfico, observando y esperando, a cam­­bio de breves momentos en los que hicieron emocionantes descubrimientos, como cuando obtuvieron la primera imagen de un ave del paraíso de las Arfak en su postura invertida de cortejo.

El avistamiento de un ave del paraíso de la Jobi, negra y azul, marcó el final de la búsqueda en junio de 2011. Scholes y Laman esperan que su trabajo sea un acicate para la conservación en Nueva Guinea, donde hasta ahora el hábitat de esas aves solo ha estado protegido por su ubicación remota. Como escribió Wallace: «La natura­leza parece haber tomado todas las precauciones para que este, su tesoro más preciado, no pierda su valor por ser demasiado fácil de conseguir».