El águila calva, símbolo nacional de Estados Unidos

El fotógrafo de vida salvaje Klaus Nigge viaja a las islas Aleutianas, en Alaska, para retratar al águila calva, símbolo nacional de Estados Unidos

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KN 070109 160042B. El águila calva

El águila calva

Varios días de fuertes aguaceros, un fenómeno común en las islas Aleutianas, han dejado empapada a esta águila calva. Las rapaces son menos activas cuando llueve.

Foto: Klaus Nigge

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KN 020218 133156B. El duelo

El duelo

Esquivando las garras de su rival, dos águilas calvas baten las alas y se enfrentan por tomar posesión de la percha en la que desean posarse. La que primero lo consiga ahuyentará a la perdedora.

Foto: Klaus Nigge

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KN 070118 151950. El resurgir del rey de los cielos

El resurgir del rey de los cielos

Un ejemplar examina el suelo en busca de alimento dejado por otras aves. La especie estuvo en peligro de extinción en la mayoría de los Estados Unidos contiguos, pero salió de la lista de especies amenazadas en 2007. Hoy se extiende por casi toda América del Norte.

Foto: Klaus Nigge

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KN 020123 214315B. Cazadora, oportunista y carroñera

Cazadora, oportunista y carroñera

«El águila calva es una oportunista –dice Nigge–. Y una carroñera. Aunque algo esté podrido, se lo come». Varias águilas esperan su comida gratuita ante la casa de una señora que les daba restos de pescado y de otros animales. 

Foto: Klaus Nigge

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KN 020218 150236A. Haliaeetus leucocephalus

Haliaeetus leucocephalus

Las águilas se congregan en un riachuelo cerca de Unalaska. Una de ellas se lanza sobre una presa que flota en el agua. «Los ojos, tan penetrantes –afirma Nigge–, no pierden de vista ni un segundo el objetivo.»

Foto: Klaus Nigge

21 de agosto de 2015

Para muchos pueblos y lugares del planeta el águila es un símbolo nacional. Lo es para los estadounidenses y también para los alemanes, como yo. A los fotógrafos nos gusta retratar a estas aves en toda su majestuosidad, planeando en el cielo azul y con un impoluto plumaje en perfecto estado de revista.

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Pero en las islas Aleutianas, en Alaska, me encontré con un águila infinitamente más salvaje y áspera, el águila calva (Haliaeetus leucocephalus). Sucias, mojadas y a menudo peleándose entre ellas, aquellas aves no eran precisamente lo que uno espera de un símbolo nacional. Sin embargo, su capacidad de enfrentarse a lluvias torrenciales y a unos congéneres antipáticos con los que las relaciones son difíciles tal vez sean valores mucho más inspiradores en la elaboración de un mito. En las inmediaciones de la población de Unalaska y el vecino Dutch Harbor, el puerto pesquero más grande de Estados Unidos, las águilas están más que acostumbradas a la gente. Como hay pescado por doquier, las águilas merodean por la zona a la caza y captura de restos. Vuelan hasta los barcos pesqueros que regresan a puerto y rebuscan en la cubierta. Vuelan hasta donde los marineros limpian las redes. Se posan en los tejados de las plantas de procesado y envasado.

Para tomar estas fotografías, fui a los parajes naturales alejados de la ciudad donde se congregaban aquellas aves tan habituadas a la especie humana. Allí podía verlas cara a cara, acercarme sin camuflajes. En todo momento ellas sabían que yo estaba allí. Para estudiarlas y aprender qué les gustaba y qué no, tenía que andarme con cuidado, permaneciendo largas horas entre ellas, tumbado boca abajo e inmóvil. He estado siete veces en las Aleutianas y pienso volver. Soy amante de las águilas. Me encantan. ¿Por qué? Quizá porque ellas vuelan y yo no.