Socotora: Donde viven las rarezas

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A 350 kilómetros del Yemen continental se yergue, solitaria, la isla de Socotora, que alberga una curiosa colección de animales y plantas adaptados a esta tierra abrasadora, inclemente y ventosa.

Fotografías de Michael Melford

Casi es medianoche en Firmihin, un amplio cerro tapizado por un bosque de dragos sangre de dragón. La luna, anoche llena, inunda el escarpado paisaje con una fría luz plateada.

Tras el muro de piedra de un caserío de pastores, las llamas iluminan los rostros de cuatro personas que, descalzas, están sentadas en torno al fuego y comparten un pote de té caliente mezclado con leche fresca de cabra. Neehah Maalha se cubre con una especie de sarong llamado fouta; su mujer, Metagal, lleva un vestido largo de color violeta y tocado a juego. Charlan en un idioma muy antiguo, intacto durante siglos y que hoy tiene menos de 50.000 hablantes.

Son analfabetos, pero saben que colina abajo han puesto un cartel que dice que Firmihin ha sido declarada reserva natural protegida. Cuentan que a su aldea llegan extranjeros para fotografiar árboles como el drago sangre de dragón, plantas como la rosa del desierto y flores como la mishhahir. Llegan científicos que levantan rocas para recoger insectos y lagartos. ¿Qué estarán buscando en realidad?

Separada del resto del turbulento Yemen por 350 kilómetros de mar de Arabia, Socotora fue en su día un lugar de leyenda en el confín del mundo conocido. Los marineros la temían por sus bajíos peligrosos, por sus tempestades violentas y por sus isleños, que se creía dominaban los vientos y empujaban los barcos hacia la costa para saquearlos. Hoy la rica biodiversidad de la isla atrae a nuevos exploradores, deseosos de descubrir sus secretos antes de que el mundo moderno la cambie para siempre.

De pronto la preocupación dibujada en el rostro de Metagal deja paso a una sonrisa divertida. Desaparece en la oscuridad y regresa para ofrecerme un pequeño paquete. ¿Querría comprar un poco de incienso? Neehah toma una piz­ca y la posa sobre una brasa. El humo asciende, y aspiramos el voluptuoso aroma que perfumaba los ritos funerarios de los faraones egipcios y los templos de los dioses griegos.

Egipcios, griegos y romanos explotaron los tesoros de la naturaleza socotorí: resinas aromáticas como el incienso, extracto medicinal de áloe y la savia bermellona del drago, usada como remedio medicinal y como pigmento pictórico. Los aventureros llegaban a la isla decididos a cosechar sus riquezas, a despecho de las leyendas según las cuales estaba custodiada por las serpientes gigantes de sus cuevas. La reina de Saba, Alejandro Magno y Marco Polo se cuentan entre quienes codiciaron las riquezas de Socotora.

El incienso y el drago sangre de dragón se cotizaban al alza en la época del Imperio romano. Después, la isla quedó prácticamente reducida a mera escala comercial, y pasó siglos en relativo aislamiento cultural. Los socotoríes vi­­vieron generación tras generación como habían hecho sus antepasados: los beduinos de las montañas pastoreando cabras, los habitantes de la costa dedicados a la pesca, y unos y otros cultivando dátiles. La historia de la isla se transmitía en poemas recitados en la lengua vernácula.

Aparte de su ubicación estratégica, Socotora simplemente carecía de interés para el resto del mundo. Pero eso ha cambiado.

En los albores del siglo XX los investigadores demostraron que, pese a medir apenas 135 por 45 kilómetros, la isla tropical se cuenta entre los centros de biodiversidad más importantes del mundo, ya que presenta unas combinaciones de elementos de África, Asia y Europa que todavía hoy intrigan a los biólogos. El número de especies de plantas endémicas (que no se encuentran en ningún otro lugar) por kilómetro cuadrado en Socotora y tres islas menores ocupa el cuarto puesto en la lista de archipiélagos de la Tierra, después de las Seychelles, Nueva Caledonia y Hawai. Las montañas de Haggeher, los picos gra­níticos que se yerguen casi 1.500 metros en el centro de la isla, probablemente alberguen la mayor densidad de flora endémica del Sudoeste Asiático. Hasta el último paisaje socotorí, desde las tórridas y secas tierras bajas hasta los montes envueltos en brumas, revela maravillas únicas.

Una tarde abrasadora di un paseo cerca de la ciudad de Hadiboh con la botánica Lisa Banfield, especialista en Socotora y a la sazón empleada en los Reales Jardines Botánicos de Edimburgo. Ascendimos por una ladera pedregosa y nos detuvimos junto a una planta que no habría de­­sentonado en una pintura de Dalí: una cosa achaparrada que parecía un árbol derretido por el calor. Sus flores fucsia inspiraban el nombre común de rosa del desierto, aunque tiene tanto de rosa como yo de mariposa.

«Este es un famoso ejemplo de la estrategia que han desarrollado las plantas de Socotora para resistir la extrema sequedad de la isla –dijo Lisa–. Es Adenium obesum sokotranum. También crece en Arabia y África continentales, pero allí es de menor tamaño. El tronco almacena agua y adopta estas formas tan curiosas y fantásticas para aferrarse a las rocas. Hay quien dice que es grotesco, pero la verdad es que a mí me parece un árbol bonito.» Científica tenía que ser. Un visitante del siglo XIX dijo que la rosa del desierto era «el árbol más feo de la creación».

Caminamos unos metros más hasta una planta que en cualquier otro lugar habría ganado todos los concursos de rarezas, y cuya especie también merecería llevar el nombre de obesum. El tronco hinchado, coronado por una mata lacia de ramas frondosas que despuntaban sin orden ni concierto, nos superaba en altura.

«En cuanto a porte se parece mucho a Adenium –apuntó la botánica–, pero en realidad es un Dendrosicyos socotrana, el árbol pepino.»

¿Pepino?

«Sí, la única especie arbórea de las cucurbitáceas, una familia que en principio imaginamos en forma de trepadoras o enredaderas. Pero aquí las hay realmente grandes, con troncos inmensos. Parecen salidas de otro mundo.»

Sin embargo, es otro árbol endémico el que ha acabado simbolizando Socotora: el drago de la especie sangre de dragón, cuya forma inconfundible aparece incluso en la moneda yemení de 20 riales. Emparentado con las populares plantas de interior del género Dracaena, crece en las mesetas y montañas de buena parte de la isla. Los bosques más extensos de sangre de dragón están en Firmihin, donde pasé la noche con Neehah y Metagal. Al día siguiente, bajo un sol de justicia, Lisa Banfield y su colega socotorí Ahmed Adeeb me llevaron a conocer Firmihin a pie.

El paisaje era una aglomeración de rocas calizas convertidas en cuchillas por la erosión. Aquí y allá interrumpían la dureza de ese panorama requemado las vivas flores escarlatas de la suculenta mishhahir. Y a nuestro alrededor los dragos sangre de dragón erguían las ramas al cielo cual paraguas desarmados por el viento.

Hasta donde alcanzaba la vista había cientos y cientos de dragos sangre de dragón, pero Lisa puso de relieve un dato preocupante: apenas se veían especímenes jóvenes asomando entre las rocas al pie de los maduros.

Aquí muchas plantas dependen de las nieblas para obtener agua. Algunos de los endemismos más raros crecen en riscos del interior y en acantilados de la costa, donde absorben la humedad que se acumula cuando la niebla se condensa en la piedra. Las ramas viradas hacia arriba del san­gre de dragón son de hecho una adaptación evo­lutiva para obtener la preciada humedad de la bruma aérea, solo que esta es cada vez más escasa. Si el cambio climático es el responsable de que el drago y otras especies no se regeneren, quizá no exista una solución a corto plazo. Mientras tanto, Lisa y otros conservacionistas se preocupan en igual medida de otras amenazas causadas por los humanos a la biodiversidad socotorí.

Hasta 1999 no había en Socotora aeropuerto en condiciones, ni tampoco una carretera asfaltada. Pero desde entonces el ritmo de desarrollo urbanístico ha ido a todo gas. Cambios que en otros lugares llevaron decenios se han hecho aquí en pocos años. Cada vez son más los vehículos que recorren la isla a través de una red de autopistas que constantemente se está ampliando.

Aunque las recientes turbulencias políticas han limitado la llegada de extranjeros, en la década pasada las hermosas playas, las montañas escarpadas, la biodiversidad sin parangón y la cultura ancestral de la isla atrajeron a un número creciente de viajeros, desde los 140 visitantes internacionales en el año 2000 hasta los casi 4.000 en 2010. Hay quien teme que las prisas del Gobierno yemení por conducir a Socotora al siglo XXI hayan dañado irreversiblemente todo aquello que precisamente buscaban los turistas, además de poner fin a un modo de vida secular.

El biólogo belga Kay van Damme conoció Socotora en 1999 como integrante de una expedición científica. Este especialista en crustáceos de agua dulce recuerda que sus colegas y él descubrían nuevas especies con solo seguir un sendero o vadear un riachuelo en busca de lagartos, caracoles, insectos, plantas y otras formas de vida. A veces se topaban con varias especies desconocidas en un mismo día.

A medida que regresaba a Socotora año tras año, el interés de Van Damme dejó de ser meramente científico y devino en una preocupación más general por la isla y su cultura. «La gente nos invitaba a su casa, y fue así como descubrí que los socotoríes viven en una conexión muy íntima con su entorno –dice–. Comprendí que si todas esas especies han logrado sobrevivir tanto tiempo, es gracias a la protección que los isleños han brindado tradicionalmente a su hogar.»

Más de 600 poblados, en la mayoría de los casos una simple concentración de viviendas de una familia extensa, salpican Socotora, cada uno con su muqaddam, o anciano venerable. Con el paso de los siglos los lugareños han desarrollado métodos prácticos de pastoreo, recogida de leña y resolución de conflictos territoriales entre clanes, utilización de los recursos hídricos y asuntos similares. A diferencia de sus compatriotas del Yemen continental, donde las enemistades violentas y las disputas tribales están desde siempre a la orden del día y muchos hombres llevan pistola y jambiya (la daga ceremonial) como si fuese lo más normal del mundo, los socotoríes tienen a sus espaldas una historia de conflictos resueltos pacíficamente en asambleas con poblados vecinos. Preservar los recursos era la única manera de sobrevivir en un medio insular y des­piadado, y tuvo el efecto secundario de proteger la extraordinaria biodiversidad de Socotora.

Van Damme ha estudiado los efectos del desarrollo en otras islas, y lo que ha visto le preocupa. «Hay pérdida y fragmentación de hábitats, especies invasoras, pérdida de biodiversidad

–advierte el biólogo–. El 86 % de todas las extinciones de reptiles han ocurrido en islas.»

Las amenazas al medio ambiente de Socotora son abundantes, aunque muchas de ellas se han evitado, al menos temporalmente, por cuestiones de seguridad. Se decidió que una preciosa playa se convertiría en un gran puerto, pese a que nadie era capaz de argumentar para qué se necesitaba tal infraestructura. (Cuando visité la zona, los residentes habían echado abajo un cartel que anunciaba la obra.) Había rumores de todo tipo: algunos aparentemente bien fundados (un yemení con contactos políticos había adquirido terrenos para levantar un complejo turístico) y otros cogidos con pinzas (el ejército de Estados Unidos iba a abrir una base).

Un día Lisa Banfield y yo escalamos los riscos próximos a la aldea de Qalansiyah, en el noroeste de Socotora. En aquellas rocas rojizas me mostró la estrambótica Dorstenia gigas, una higuera de forma bulbosa, raros áloes y árboles de la mi­­rra, y toda una gama de endemismos de la isla. Los riscos de Maalah y la meseta adyacente albergan la segunda biodiversidad más alta de Socotora, después de las montañas de Haggeher: no solo plantas e invertebrados sino también reptiles, un 90 % de los cuales son endémicos.

Sin embargo, a nuestros pies, y más arriba aun­­que fuera de nuestra vista, discurrían las curvas abiertas a fuerza de bulldozer de una carretera a medio hacer que, pese a las protestas de los conservacionistas, atravesaría aquel tesoro biológico. Si los riscos seguían indemnes, era solo porque los obreros carecían de competencia técnica para atravesarlos. De haberse hecho mejor el proyecto, la biodiversidad habría quedado protegida y las obras serían más sencillas. En Iryosh, otra zona de las tierras bajas, una serie de petroglifos grabados en lajas ofrece pistas sobre los primeros pobladores de Socotora, pero en 2003 el Gobierno destruyó al menos el 10% de esos símbolos grabados en la roca por los antepasados al abrir una carretera que atravesaba el área.

Semejantes obras abren nuevas zonas al desarrollo, y si el turismo recupera impulso, aumentarán las presiones para que se vendan terrenos a inversores extranjeros. En una isla donde la propiedad comunal es tradición, las disputas por la propiedad de la tierra y la posibilidad de enriquecerse con rapidez siembran discordias en los poblados y en el seno de las familias, además de minar el ancestral respeto por los recursos naturales. Nuevas carreteras culebrean ya por la costa socotorí, y en Hadiboh se están construyendo hoteles y comercios, cuyos propietarios, en su mayoría, no residen en la isla.

A pesar de todo, en las montañas de Haggeher las antiguas usanzas parecen tan imperecederas como los picos de granito. Los muqaddam se le­­vantan al alba y cantan a sus cabras, y los aldeanos siguen yendo a curanderos tradicionales que ahuyentan las enfermedades practicándoles quemaduras en la piel. La niebla nocturna se disipa con el sol, los estorninos de Socotora aletean entre las ramas de los dragos sangre de dragón, y en colinas que jamás pisa el hombre se abren flores misteriosas.

Hacia el fin de mi estancia visité con Kay van Damme, Lisa Banfield y nuestros guías la meseta de Momi, una zona de ondulantes crestas calizas y arbustos desperdigados bajo los cuales hay unas cuevas enormes llenas de extraños camarones de agua dulce y otros invertebrados endémicos. Al principio de la caminata se nos acercó un viejo, corriendo y gritando. ¿Qué estábamos haciendo en esa tierra? ¡Debíamos irnos! Nos dijo que si permitía que nos quedásemos, automáticamente llegarían más turistas para envenenar a los escorpiones. Cuando acordamos pagarle diez dólares, se ofreció a guiarnos monte arriba hasta la escarpadura del otro lado. Caminaba descalzo sobre las piedras afiladas, portando un cayado que usaba para enfatizar sus argumentos. Caminamos hasta llegar a unos acantilados que se alzaban casi 600 metros sobre el resplandeciente azul del mar de Arabia.

De vuelta en el poblado nos dijo que tenía algo que mostrarnos: un objeto extraño y misterioso que había encontrado en las cercanías. Pensaba que tal vez perteneciese a las serpientes mágicas que guardan las cuevas, pero quería la opinión de unos extranjeros. De entre los pliegues de su fouta sacó un trapo blanco. Dentro había una canica, una bola de vidrio con volutas marrones como la que podría tener cualquier niño, pero en su mundo era un objeto maravilloso.

«Socotora sigue siendo relativamente virgen –dice Van Damme–, pero eso también significa que el período que vive ahora mismo, esta nueva marea de civilización y desarrollo, es la mayor amenaza que jamás ha afrontado la biodiversidad socotorí. Los isleños han ejercido el conservacionismo en virtud de sus tradiciones, pero ahora depende de todos nosotros que esa actitud persista y resista los embates. Socotora es uno de los últimos lugares del mundo en los que aún tenemos la oportunidad de proteger un entorno insular único, donde todavía podemos hacer algo positivo antes de que sea tarde.»

Cuando Yemen recupere la estabilidad y Socotora se llene de carreteras, complejos hoteleros y turistas, ¿seguirán los lugareños resolviendo sus conflictos con métodos pacíficos? ¿Seguirán reuniéndose en los poblados de montaña para recitar sus poemas en una lengua común a todos ellos? ¿Resistirán las seculares tradiciones conservacionistas? Si es así, tal vez quienes asciendan a lo alto de las colinas podrán oír todavía el canto del escribano de Socotora, parte de la maravillosa y extraña vida que puebla la isla.