Desafío K2: la montaña más difícil

Sea testigo de la belleza y el desafío extremo de la denominada "montaña salvaje" a través de las imágenes del fotógrafo Tommy Heinrich.

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Ascensión al K2

La luna llena ilumina la cara norte del K2.

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Foto: Tommy Heinrich

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Ascensión al K2

Una insólita imagen de la espectacular arista del lado chino del K2, tan inaccesible y difícil que la mayoría de los escaladores aborda este pico del Karakorum desde el lado paquistaní. En la foto, los integrantes de la expedición 2011 acarrean el material a la base de esta cima de 8.611 metros.

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Foto: Tommy Heinrich

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Ascensión al K2

Azotada por punzantes ráfagas de viento cargado de nieve, Gerlinde Kaltenbrunner comprueba las cuerdas que el equipo ha tardado semanas en fijar a lo largo de toda la ruta: un total de casi 2.750 metros.

 

 

Foto: Ralf Dujmovits

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Ascensión al K2

Se necesitaron decenas de camellos y ocho arrieros kirguiz para vadear el río Shaksgam con 2,2 toneladas de material rumbo al Campo Base Chino. Costes: 12.500 euros y ocho gafas de sol.

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Ascensión al K2

La fuerte corriente casi engulle un camello bactriano cuando cruza el gélido río que bebe de múltiples glaciares del valle Sarpo Laggo, en la cordillera del Karakorum. El canal era la última barrera acuática antes de llegar al Campo Base Chino, y también la más difícil.

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Ascensión al K2

Para alcanzar el Campo I, Kaltenbrunner dirige la expedición a través de esta grieta en la parte superior del Glaciar Norte del K2.

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Ascensión al K2

Kaltenbrunner y Dariusz Załuski clasifican el material en el lugar de almacenaje de la expedición, en el Glaciar Norte del K2.

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Ascensión al K2

Maxut Zhumayev asciende la arista de nieve entre los Campos I y II.

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Ascensión al K2

Kaltenbrunner (de rojo), Załuski (de naranja), Zhumayev y Vassili Pivtsov ascienden una pendiente de nieve por debajo del Campo II.

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Ascensión al K2

Enfundados en sus monos de plumas, Dujmovits y Kaltenbrunner estudian la ruta hacia el Campo IV y el principio de la «zona de la muerte», el punto por encima de los 8.000 metros en que los alpinistas que ascienden sin oxígeno se enfrentan a los límites del cuerpo humano. «La diferencia entre llevar o no oxígeno estriba en la capacidad de resistir el frío –explica Dujmovits–. Te congelas de dentro afuera, porque no consigues quemar grasa suficiente para conservar el calor.»

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Ascensión al K2

Sosteniéndose en las puntas delanteras de los crampones, Kaltenbrunner escala los empinados tramos de roca y nieve que conducen al Campo II. Como parte del exhaustivo entrenamiento previo a las expediciones, la alpinista perfecciona su equilibrio caminando sobre una cuerda tendida entre dos manzanos.

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Ascensión al K2

Dujmovits, Pivtsov, Zhumayev y Kaltenbrunner (de izquierda a derecha) estudian las fotografías de la arista norte del K2 en la tienda-comedor del Campo Base Avanzado.

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Ascensión al K2

Las nevadas estivales lo complicaron todo aún más, desde abrir huella hasta desenterrar las tiendas tras las ventiscas.

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Ascensión al K2

El autorretrato de Kaltenbrunner, con Dujmovits detrás, ilustra la dureza de las condiciones. Ni siquiera en el terreno plano que conduce al Campo I era fácil relajarse, porque el glaciar Norte del K2 está plagado de grietas ocultas.

 

 

Foto: Gerlinde Kaltenbrunner

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Ascensión al K2

Con crampones, piolets y cuerdas que fijaron previamente, los escaladores ascienden en diagonal hacia el oeste por el filo de la arista norte. La vía resultó ser más escarpada de lo previsto.

 

 

Foto: Ralf Dujmovits

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Ascensión al K2

Hoy hace viento pero el tiempo va mejorando. Con las cuerdas fijas enterradas bajo la nevada reciente, Kaltenbrunner persevera en avanzar hacia el Campo III entre sus colegas Vassili Pivtsov y Dariusz Załuski. «Muchas veces sentía como si una fuerza desconocida me empujase –dice–. Fue algo místico: recibía impulso desde algún lugar. Ya me había ocurrido un par de veces antes, pero la sensación nunca fue tan intensa como en el K2.»

 

 

Foto: Maxut Zhumayev

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Ascensión al K2

Por encima del Campo IV, Pivtsov (en cabeza), Zhumayev y Kaltenbrunner se aproximan al Corredor de los Japoneses.

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Foto: Tommy Heinrich

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Ascensión al K2

Después de que Kaltenbrunner hiciera cumbre, Zhumayev y Pivtsov avanzan exhaustos los últimos pasos codo con codo.

 

Foto: Gerlinde Kaltenbrunner

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Ascensión al K2

Los alpinistas celebran la llegada a la cumbre mientras Zaluski capta el momento.

Foto: Dariusz Załuski

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Ascensión al K2

Un minúsculo punto de luz emana de la tienda del equipo que ha logrado hacer cumbre (de los dos picos que hay en el centro, el de la izquierda), señalando su regreso al vivac, situado a 8.300 metros de altitud, tras 15 horas de ascensión. Tommy Heinrich tomó esta fotografía con una exposición de 14 minutos desde el Campo Base Avanzado, a más de tres kilómetros de distancia.

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Foto: Tommy Heinrich

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Ascensión al K2

Reunidos tras separarse en la montaña, Kaltenbrunner y Dujmovits se abrazan en el lugar de almacenaje por encima del Campo Base Avanzado. «La alegría y el alivio que sentí cuando Ralf me tomó en sus brazos son imposibles de describir», escribió Kaltenbrunner en su web, que recibió 17 millones de visitas el día del ataque a la cima. «Mi sueño se ha hecho realidad.»

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Foto: Tommy Heinrich

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Fotografías de Tommy Heinrich

Mañana es nuestro día. Por fin una mañana que los llenaba de esperanza: lunes, 22 de agosto, Campo IV, 7.950 metros de altitud. La ventisca había cesado, ya no nevaba, el cielo se extendía azul e impoluto hasta la oscuridad de los confines del espacio.

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Los seis integrantes de la Expedición Internacional 2011 al Pilar Norte del K2 llevaban casi todo el mes de julio y la mitad de agosto ascendiendo y descendiendo por la arista norte, cuya escalada es muy poco habitual debido a su peligrosidad, del segundo pico más alto del mundo. La suya era la única expedición en la remota cara china del K2, el gigante de la cordillera del Kara­korum, una sección del Himalaya que se eleva 8.611 metros en la frontera entre China y Pakistán. Los alpinistas ascendían la arista sin botellas de oxígeno ni porteadores de altura.

El equipo era tan reducido como experimentado. Los dos escaladores de Kazajstán (Maxut Zhumayev, de 34 años, y Vassili Pivtsov, de 36) intentaban coronar el K2 por sexta y séptima vez, respectivamente. El cámara polaco Dariusz Załuski, de 52 años, tenía en su haber tres tentativas. Tommy Heinrich, fotógrafo argentino de 49 años, había hecho dos expediciones al K2 pero tampoco había conseguido coronar.

La integrante estrella era Gerlinde Kaltenbrunner, una ex enfermera austríaca de cabello oscuro que a sus 40 años se enfrentaba al K2 por cuarta vez. Si por fin lo lograba, se convertiría en la primera mujer de la historia en subir sin oxígeno suplementario los 14 picos del mundo que superan los míticos 8.000 metros. Encabezaba la expedición junto con su marido, Ralf Dujmovits, de 49 años, que ya había ascendido todos los ochomiles (sin oxígeno excepto en un caso) y era el alpinista de gran altitud más respetado en Alemania. Había llegado a la cumbre del K2 por la cara paquistaní en su primer intento, en julio de 1994.

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Los seis alpinistas habían tardado 42 días en establecer varios campos conectados por miles de metros de cuerda fija a lo largo de una ruta que incluía desde paredes verticales de roca y hielo hasta laderas nevadas en las que se hundían hasta el pecho y donde el riesgo de sufrir un alud era constante. Se afanaban en abrir huella en la nieve profunda, acarrear material, espalar la nieve de los campamentos, plantar tiendas, derretir hielo. Muchas veces abandonaron lo que habían ganado a la montaña, descendiendo para hacer noche a menor altura en el Campo Base Avanzado, a 4.650 metros en el Glaciar Norte del K2.

El 16 de agosto se pusieron en marcha en la que sería la primera y única oportunidad verdadera de hacer cumbre. Volvía a nevar, como lo había hecho la mayor parte del verano. Ese mismo día llegaron al Campo I, al pie de la arista norte; fue una noche de aludes y cayeron más de 30 centímetros de nieve. Aguardaron un día, confiando en que dejase de nevar en las laderas superiores para poder retomar la ascensión.

El 18 de agosto, a las 5.10 de la madrugada, decidieron salir a despecho de todo hacia el Campo II. Cada kilo extra era una carga; para aligerar peso, Gerlinde dejó su diario en la tienda. Dos aludes habían barrido la ruta abierta por los montañeros a lo largo de una extensa garganta. Hacia las 6.30 Ralf se detuvo. El estado de la nieve era tan precario que no podía seguir hacien­­­do oídos sordos a lo que le decía el instinto.

«Gerlinde, yo me vuelvo», dijo. Desde que escalaban juntos, la pareja tenía el pacto de que ninguno de los dos se interpondría en el camino del otro si uno quería continuar y el otro no. Excepto en caso de lesión o de enfermedad, cada uno era responsable de sí mismo. Por ejemplo en 2006, en el Lhotse nepalí, Gerlinde siguió escalando en solitario 20 minutos después de que Ralf desistiese ante la presencia de nieve reciente sobre el hielo azul del corredor que llevaba a la cumbre. Al final también ella se volvió. En palabras de Ralf, ella seguía rebosando Wagnis («osadía» en alemán). Como aún no había coronado el K2, estaba dispuesta a correr unos riesgos que él, que ya había hecho cumbre, no quería asumir. Además, ella se enfrentaba al miedo de otro modo. Donde Ralf comprobaba con deleite que la sensación de temor en el estómago delataba los límites de su capacidad y lo obligaba a estar alerta, Gerlinde se empeñaba en apartar el miedo de su mente con la serenidad que se apoderaba de ella cuando mantenía una concentración absoluta en lo que estaba haciendo.

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Pero ahora, en la garganta que hay sobre el Campo I, pese a lo convenido y aun sabiendo que el retraso podría costar a su mujer la oportunidad de coronar, Ralf le suplicó que descendiese con él. «Ralf se puso a gritar que la ruta era muy, pero muy propensa a sufrir aludes. Se desgañitaba, desesperado –dijo Maxut posteriormente en un vídeo que colgó en su página web–, y Gerlin­­de le contestó, también a voces, “es la hora de la verdad. Si damos la vuelta hoy, día 18, perdemos la ventana de buen tiempo”.»

«Temía de verdad no volver a verla», explicó Ralf a posteriori.

En el que para ella fue el momento más angustioso de la ascensión hasta ese punto, Gerlinde observó cómo Ralf repartía el material colectivo entre el resto del equipo y se perdía en la niebla. Y entonces, en lo que quizá sea el ejemplo por excelencia de su tenacidad y fuerza de voluntad, Gerlinde reanudó la tarea que tenía entre manos. «No es que me diese igual el riesgo –diría después–, pero tenía un pálpito positivo.»

Tal y como Ralf había temido, la nieve acumulada en la ladera comenzó a resquebrajarse y a caer: tres pequeños deslizamientos sucesivos desencadenados por Maxut, Vassili y Gerlinde, que iban a la cabeza del grupo abriendo huella. El mayor alcanzó a Tommy, que se encontraba casi 60 metros más abajo; la avalancha lo volteó y le obturó de nieve la nariz y la boca. De no ser por la cuerda fija, tensa como la de un violonchelo, se habría visto arrastrado al vacío. Consiguió salir a la superficie, pero el deslizamiento había vuelto a rellenar el camino abierto, de modo que acabó por regresar él también.

Tras el abandono de Tommy, quedaban cuatro: Gerlinde, Vassili, Maxut y Dariusz. Abrir huella era un trabajo de Sísifo. Peor en realidad, porque ellos habían aceptado voluntariamente aquella tortura. Retira la nieve, rompe la costra de hielo con la rodilla, haz un escalón compactando nieve y hielo, súbete encima, deslízate hacia atrás. Y así una vez, y otra, y otra. Al cabo de 11 horas montaron un vivac en el Campo-Almacén del Hombro, por debajo del Campo II, y pasaron una noche infernal hacinados en una tienda biplaza. Al día siguiente salvaron los tramos más complicados de la arista y alcanzaron el Campo II, a 6.600 metros de altitud, donde se pusieron los monos de plumas. El sábado, 20 de agosto, avanzaron trabajosamente hacia el Campo III, al que llegaron por la tarde, exhaustos y helados hasta los huesos. Tomaron café con miel y se calentaron manos y pies sobre los hornillos de gas. Las lonas de la tienda llenas de escarcha restallaron toda la noche, azotadas por el viento.

Desde el Campo Base Avanzado Ralf les había transmitido por radio una halagüeña predicción meteorológica. El cambio de tiempo llegó por fin el domingo, 21 de agosto, levantando los ánimos de todo el equipo y ayudándoles a alcanzar el Campo IV. Estaban a casi 8.000 metros, en la llamada zona de la muerte, donde el cuerpo es incapaz de aclimatarse al aire enrarecido, se pierden facultades mentales, y ejecutar la tarea más simple puede llevar una eternidad. Pasaron la tarde afilando los crampones y fundiendo nieve. Hacia la noche salieron de las tiendas, plantadas en una peligrosa cornisa de roca sobre un vacío horripilante que terminaba en un glaciar tres kilómetros más abajo. Seiscientos metros por encima de ellos aguardaba el rutilante manto blanco de la cumbre, intacto desde 2008, cuando 11 alpinistas murieron en uno de los episodios más funestos de la historia del K2.

«En un momento dado empezamos a ponernos nerviosos, en el buen sentido de la palabra –relató Gerlinde con posterioridad–. Nos cogimos de las manos unos a otros, nos miramos a los ojos y dijimos: “OK, mañana es nuestro día”.»

Pasión por escalar. El K2 ocupa un lugar único en el montañismo de altura. Aun siendo 239 metros más baja que el Everest, en el mundo del alpinismo siempre se ha considerado la montaña por antonomasia. El afilado triángulo de su silueta y su elevación sobre el terreno circundante no solo definen la imagen arquetípica del K2, sino que, en el aspecto práctico, la convierten en la montaña más difícil y peligrosa de escalar. En 2010 el Everest había sido coronado 5.104 veces; el K2, solo 302. Por cada cuatro alpinistas que han hecho cima en el K2, aproximadamente uno ha muerto en el intento. Tras las primeras tentativas por parte de equipos británicos e italianos en los albores del siglo XX, grupos estadounidenses abordaron la empresa en 1938, 1939 y 1953. Charles Houston y Robert Bates relataron la expedición de 1953 en el libro que ha dado en traducirse K2: La montaña salvaje. Esta personificación de una montaña despiadada ha cuajado de tal manera desde entonces que refleja, más que su terrible climatología, una especie de antipatía personal del K2 hacia los alpinistas que quieren congraciarse con ella para escalarla. En 1954 el K2 fue «conquistado» al fin por una expedición italiana que puso a dos hombres en la cumbre por la vía de la vertiente paquistaní, hoy habitual.

En cuanto a Gerlinde Kaltenbrunner, esta montaña sin parangón le causó una impresión imborrable al vislumbrarla desde el cercano Broad Peak en 1994, cuando tenía 23 años: «Me fascinó su forma, pero no osaba imaginarme escalándola».

Gerlinde, la quinta de seis hermanos, se crió en una familia católica de Spital am Pyhrn, un pueblo de montaña del centro de Austria de unos 2.200 habitantes. Su padre, Manfred, trabajaba en las canteras de la zona; su madre, Rosamaria, era cocinera en un albergue juvenil. Gerlinde idolatraba a su hermana mayor, Brigitte, que le llevaba diez años. Le encantaba el deporte: nadaba, montaba en bici, esquiaba. En casa no sobraba el dinero; ella no fue al cine hasta los 17 años.

Se matriculó en una escuela deportiva, donde entre otras disciplinas se entrenaba en esquí y donde descubrió que era una buena esquiadora, pero no excelente. Mayor desilusión sintió al averiguar que quienes creía eran sus amigos le hablaban con resentimiento si los vencía en una carrera. La experiencia de sus tempranas rivalidades escolares se tradujo en un rechazo de la competitividad y plantó la semilla de su posterior negativa a considerarse una concursante en pos de récords contra otras alpinistas.

Fue en la iglesia, no en el colegio, donde se despertó su pasión por el montañismo. En un país donde la mayoría de las montañas importantes tienen una cruz en la cima, no es de extrañar que Erich Tischler, el cura de la parroquia, vistiese pantalones alpinos debajo de la sotana y que, si hacía buen tiempo, abreviase la homilía del domingo para animar a su grey a que fuera a las colinas. Gerlinde, que ayudaba como monaguillo, oía la misa con las botas en la mochila. El padre Tischler la guió en su primera excursión, a los siete años, y en su primera ascensión técnica con cuerda, al monte Sturzhahn, a los 13.

Tras el divorcio de sus padres en 1985, la relación con su madre se resintió. Gerlinde, que en­­tonces tenía 14 años, se fue de casa. Vivió con su hermana Brigitte y acabó estudiando enfermería, como ella. A los 20 años trabajaba en un hospital de Rottenmann, una pequeña población a 24 kilómetros de Spital am Pyhrn. Vivía feliz, cerca de su familia, pero por su cuenta. Los fines de semana se escapaba a los picos de la zona para escalar. El hambre de aventura, que siempre la había distinguido de los suyos, la condujo al Karakorum en 1994. En el Broad Peak paquistaní renunció a coronar al ver que el tiempo em­­peoraba, luego cambió de opinión y finalmente alcanzó la base de la cumbre, unos 20 metros por debajo de la cima de 8.051, al final de una larga arista. (En 2007 regresaría para coronar la cima.) Estaba exultante, pero también perpleja por la visión del cadáver de un alpinista fallecido en la montaña. «No puede ser que la felicidad, la alegría y la muerte estén tan ligados», escribió en su diario.

De vuelta en casa, Gerlinde ahorró dinero y juntó días de vacaciones para practicar senderismo y alpinismo en Pakistán, China, Nepal, Perú. Después de su primera expedición, su padre le dijo: «Muy bien, con una basta. Ya no tienes que subir a más».

«Él quería verme casada y con hijos», recuerda Gerlinde, quien a sus veinte y muy pocos años ya había comprendido que los niños no eran para ella. Le mostró fotografías a su padre e intentó explicarle la energía y felicidad que sentía en las montañas. Había riesgos, pero la enfermería le había enseñado que la muerte era parte de la vida. Y si necesitaba perspectiva, solo tenía que mirar a su hermana Brigitte, que ya había enterrado a tres maridos. Las desgracias podían ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar.

En 1998 ascendió al Cho Oyu, cerca de la frontera de China con Nepal, su primer ochomil en toda regla. Cuatro años después, en 2002, coronó su tercer ochomil: el Manaslu nepalí, de 8.163 metros. En el Campo Base conoció a Ralf Dujmovits, que por entonces, a sus 40 años, vivía su momento de gloria tras protagonizar la ascensión televisada de la cara norte del Eiger, en los Alpes suizos, un programa que fue seguido por millones de telespectadores. Ambos congeniaron y decidieron unir sus caminos.

Desde hacía más de 20 años las mujeres estaban presentes en el mundo del montañismo de altura, un reino dominado por hombres, pero a menudo se las seguía tratando con condescendencia. En 2003, tras una tentativa frustrada de conquistar el Kanchenjunga, Gerlinde tomó un avión a Pakistán para medir sus fuerzas con la cara Diamir del Nanga Parbat, de 8.126 metros. Por encima del Campo II se encontró abriendo huella en fila india con seis montañeros kazakos y uno español. Su presencia no fue mencionada por el jefe de grupo cuando este comunicó por radio que siete alpinistas ascendían hacia el Campo III. Cuando le llegó el turno de estar a la cabeza de la fila dispuesta a abrir huella, la apartaron a un lado. ¿Galantería mal entendida? ¿Desprecio arrogante de sus capacidades? Gerlinde no lo tenía claro, pero volvió cortésmente al final de la fila. La segunda vez que llegó a la primera posición y uno de los montañeros trató de echarla de nuevo, ella se dijo que ya era suficiente. Se puso manos a la obra y se ventiló la ladera virgen como un bulldozer sin parar ni una vez. Se trabajó la ruta entera hasta el mismo Campo III. Los escaladores que la seguían con un palmo de narices la apodaron «Cenicienta Caterpillar»; había demostrado ser una auténtica máquina abrecaminos.

Fue la primera austríaca en coronar el Nanga Parbat, cuya primera ascensión realizó el legendario alpinista austríaco Hermann Buhl en 1953. El éxito de Gerlinde en el 50 aniversario de la audaz hazaña de Buhl le granjeó la atención de las revistas de escalada y le dio el espaldarazo que necesitaba para convertir su pasión en una profesión. En los dos años siguientes añadió a su currículo el Annapurna I, el Gasherbrum I, el Gasherbrum II y el Xixabangma Feng. Al cabo del bienio había coronado ocho de los 14 picos más altos. En enero de 2006 la revista alemana Der Spiegel la llamó «la reina de la zona de la muerte». La imagen de una monarca altiva reinando sobre la vida y la muerte poco tenía que ver con el personaje real de una mujer sensible y generosa, pero obró maravillas a la hora de llenar de gente sus conferencias, por las que se pa­­gaba entrada, impresionar a los patrocinadores y afianzar su carrera como alpinista profesional.

Aquella primavera del año 2006, tras desistir también ella de coronar el Lhotse, encontró a Ralf esperándola en el campamento que habían le­­vantado a 7.250 metros. Era una noche inusualmente cálida; tumbados al raso en los sacos de dormir, bajo las estrellas, con un lecho de nubes cubriendo la tierra a sus pies y el resplandor de lejanos relámpagos iluminando la cara del Eve­rest, Ralf le propuso matrimonio.

«No fue una luna de miel típica», cuenta Gerlinde. Los recién casados pasaron el verano intentando varias ascensiones, tanto juntos como por separado. En mayo de 2007, mientras Ralf guiaba una expedición al Manaslu, Gerlinde planeó la escalada de los 8.167 metros del Dhaulagiri I. Montó la tienda bien a la izquierda de la zona en la que un alud había desnucado a la famosa alpinista francesa Chantal Mauduit en 1998. Cerca de ella había un par de tiendas ocupadas por tres montañeros españoles, que habían invitado a Gerlinde a un café. A las 9 de la mañana del 13 de mayo, mientras esperaba que amainase el viento para dirigirse al Campo III, Gerlinde estaba tumbada en su tienda, vestida por completo a falta de las botas. Se oyó un estruendo, y acto seguido una enorme marea de nieve engulló el campamento y arrastró la tienda 30 metros ladera abajo hasta el borde de un precipicio.

«No sabía si estaba cabeza arriba o cabeza abajo –relata–. Tenía los pies completamente enterrados, pero podía mover un poco los brazos. Intenté coger la navajita que llevo en el arnés. Temía que la nieve me asfixiara. Logré atravesar la pared de la tienda con la navaja. Encima había unos 30 centímetros de nieve suelta, y saqué la mano de un golpe. Al cabo de una hora, o algo así, conseguí salir de la tienda. Sin calzado ni gafas de sol.»

Buscó las tiendas de sus amigos españoles.

La monoplaza de uno de ellos seguía intacta; la otra tienda, ocupada por dos montañeros, había desaparecido. Se puso a cavar frenéticamente. Al cabo de una hora, dio con ella a dos metros de profundidad: dentro estaban Santiago Sagaste y Ricardo Valencia, sin vida. El único deseo que le inspiraba entonces el Dhaulagiri era descender.

A pesar de ese encontronazo con la muerte, volvió al Dhaulagiri al año siguiente e hizo cima.

Hacia la montaña salvaje.

Solo el acceso a la base del K2 ya es de por sí un viaje difícil. Me había organizado para acompañar a la expedición 2011 hasta el Campo Base Avanzado. Nos encontramos en Kashi (o Kashgar), ciudad de la antigua Ruta de la Seda, en el extremo occidental de China, y el 19 de junio nos dirigimos al sur en tres Toyota Land Cruiser seguidos de un camión cargado hasta los topes con más de dos toneladas de material en bidones de plástico azul: tiendas, sacos de dormir, hornillos, parkas, tornillos de hielo, placas solares, pilas, ordenadores, 2.750 metros de cuerda, 525 huevos, bolsas de pasta primavera liofilizada, una botella de Chivas Regal y un DVD de la película Carta blanca.

La carretera bordeaba el límite occidental del desierto de Takla-makan y atravesaba pueblos agrícolas flanqueados por álamos blancos y huertos regados por los ríos caudalosos que descienden de los montes Kunlun al sur y el Pamir al oeste. Cruzamos el paso de Chiragsaldi y avanzamos a 15 kilómetros por hora en medio de nubes de polvo hasta alcanzar una desolada área de descanso llamada Mazar. Por la mañana giramos al oeste por la carretera que sigue el río Yarkant hasta Ilik, una aldea nómada kirguiz de 250 habitantes. Tendimos los sacos de dormir sobre el suelo alfombrado de la sala de una casa de adobe propiedad del mulá del pueblo. A la mañana siguiente casi toda la aldea se presentó para ayudar a cargar el material de la expedición en una recua de camellos, y hacia el mediodía la caravana se dirigía al valle del río Surukwat: 40 camellos, ocho burros, seis vacas, un pequeño rebaño de ovejas destinado a las cacerolas kirguiz, un enlace uigur y seis alpinistas con ropa técnica y gafas de sol.

Gerlinde y Ralf estaban muy ilusionados de acceder al K2 desde el norte por primera vez. La primera noche que pasaron en el campamento Ralf les mostró una imagen de la montaña confeccionada con datos cartográficos y fotografías de satélite. Maxut estudió los escalofriantes detalles de la arista norte, escalada por primera vez en 1982 por un grupo japonés; Vassili y él habían pasado muchas semanas en aquella arista en 2007, hasta que el mal tiempo y la escasez de comida y de agua los obligaron a abandonar.

«Muy pronto para enseñarnos esto –dijo Maxut, bromeando a medias–. Ahora dormir difícil. ¿Dónde está vodka?»

El tercer día cruzamos el paso de Aghil, a 4.780 metros de altitud, y descendimos al valle del río Shaksgam, que surge de los glaciares que hay bajo los picos Gasherbrum. Enormes terrazas de roca embarrada enmarcaban una amplia llanura de piedra gris recorrida por al menos una docena de canales de agua cargada de limo. Cruzarlos parecía sencillo, hasta que veías que uno de los burros perdía pie por completo y era arrastrado corriente abajo como una botella de plástico. Cruzamos a lomo de los camellos.

La mañana del quinto día, después de una hora de ca­­minata, todo el mundo se detuvo en seco y clavó la vista hacia el sur, en el límpido cielo sin una nube, como pasmados ante la visión de un ovni. Allí estaba el K2, un coloso surgido de la tierra, sus caras cubiertas de hielo cintilando bajo el sol matutino como un espejismo. Se palpaba su poder. Era fácil entender la seducción que ejercía sobre los alpinistas, por más que su belleza estuviese imbuida de muerte y sus laderas con­geladas estuviesen llenas de cuerpos enterrados.

Gerlinde, que había visto el K2 innumerables veces desde el sur, se sentó en una roca y contempló la montaña con lo que parecía una mezcla de emociones en la mirada. En ese momento no quise importunarla, pero al cabo de unas semanas le pregunté qué estaba pensando.

«Me preguntaba: “¿Qué debo esperar esta vez? ¿Cómo será?”», me dijo.

Su historia con el K2 estaba ensombrecida por recuerdos desagradables. Había estado en tres expediciones por la cara sur, la última de ellas en 2010. En aquella ocasión, un desprendimiento de rocas por encima del Campo III indujo a Ralf a abandonar, pero Gerlinde unió fuerzas con un buen amigo del matrimonio, Fredrik Ericsson, que practicaba el esquí extremo y se proponía descender de este modo los picos más altos del mundo. Con los esquís en la mochila, Fredrik salió hacia la cumbre con Gerlinde desde el Campo IV. En la base del abrupto corredor co­­nocido como el Cuello de Botella se detuvo para colocar un pitón, y cuando lo estaba martillando, perdió pie. Se precipitó por delante de Gerlinde en una décima de segundo y desapareció.

En estado de shock, Gerlinde descendió cuanto pudo pero solamente encontró un esquí antes de que la ladera se desvaneciese en el vacío. El cadáver de Fredrik fue localizado en la nieve, 900 metros por debajo del Cuello de Botella. Tenía 35 años.

Como le había ocurrido después de la tragedia del Dhaulagiri, Gerlinde no quería saber nada del K2 tras la muerte de Fredrik. Aturdida, triste, desilusionada por el precio de la vida que había escogido, volvió a casa. A finales de ese año Ralf y ella se fueron de vacaciones a Thailandia. Vivieron en la costa cuatro semanas. Comían pescado fresco. Escalaban acantilados en los que una caída significaba sumergirse en aguas cálidas y de un verde turquesa.

La gente siempre le había preguntado por qué seguía volviendo al K2. Durante mucho tiempo no tuvo una respuesta. Pero poco a poco empezó a pensar que la muerte de Fredrik no era culpa de la montaña. Lo despiadado era su pérdida, no la montaña. «La montaña es la montaña, y somos nosotros quienes vamos a ella», dice. Unos amigos hicieron una foto de un corazón dibujado con piedras de la playa alrededor de un mensaje que habían escrito con guijarros:

Gerlinde + Ralf

K2 2011

Y la puso como portada de la lista de material.

En comunión con el universo.

A eso de las 7 de la mañana del lunes, 22 de agosto, Gerlinde, Vassili, Maxut y Dariusz partieron del Campo IV hacia un lugar que era tanto la culminación de un sueño común como la cima de la Tierra.

Era un día totalmente despejado, como un regalo de la meteorología. Ascendían por un es­­carpado canal de hielo conocido como el Corredor de los Japoneses, el elemento predominante a esa cota de la cara norte de la montaña. Mas con solo un tercio del oxígeno disponible a nivel del mar, con zonas donde la nieve les llegaba hasta el pecho y rachas de viento cargado de punzantes cristales de hielo que los obligaba a detenerse y girar la cara, la progresión era lentísima. A la una del mediodía habían avanzado menos de 180 metros.

Aunque Vassili y Maxut ya habían estado por encima del Campo IV en 2007, no conocían el Corredor de los Japoneses, y no era fácil ver por dónde debían seguir. Gerlinde se comunicó por radio con Ralf, que seguía en el Campo Base Avanzado. Desde que había vuelto sobre sus pasos por encima del Campo I, Ralf se había concentrado en apoyar al grupo que intentaba hacer cumbre, retransmitiéndoles predicciones meteorológicas, consejos y ánimo. Pese a hallarse a kilómetros de distancia, podía ver que el mejor punto para cruzar el corredor era por debajo del reborde de una grieta larga y fina que recorría la ladera a lo ancho; allí la nieve solía ser menos profunda y la fractura natural de la vertiente disminuiría la probabilidad de que los escaladores provocasen un alud. Ayudó a guiarlos hacia la grieta y observó cómo sus figuras comenzaban a salvar el corredor por debajo de una serie de seracs, bloques de hielo proyectados respecto de la pendiente, de 45 grados, como las buhardillas de un tejado. Los seracs podrían protegerlos en caso de avalancha desde lo alto.

Al acercarse al rocoso borde izquierdo, giraron para ascender directamente la pared hasta que llegaron a un último serac alrededor de los 8.300 metros de altitud. Llevaban 12 horas escalando; estaban a 300 metros de la cima.

Por radio Ralf instó a Gerlinde a regresar al Campo IV para hacer noche, puesto que ya ha­­bían abierto la vía y se sabían el camino.

«Ahí no podéis dormir», le dijo.

«Ralf –contestó Gerlinde–, estamos aquí. No queremos volver.»

Cuando esa mañana se pusieron en marcha, todos sabían que la única oportunidad de hacer cumbre podía pasar por tener que montar un vivac. Con esa posibilidad en mente, Gerlinde había añadido a la mochila los 1,3 kilos extra de una tienda biplaza, además de un cazo y un hornillo. La misma idea había movido a Dariusz, Maxut y Vassili a cargar las suyas con más alimentos y cartuchos de gas. Días después Maxut trataba de explicar a Tommy el estado mental en el que se encontraban. «Aquí estaba el límite –dijo, trazando una raya en el suelo con la bota–, y hasta aquí lo sobrepasamos. –Puso el pie medio metro más allá de la línea–. Lo traspasamos por completo. Lo arriesgué todo, incluso a mi familia, mi mujer, mi hijo, mi hija, todo.»

Con el sol poniéndose al oeste, se detuvieron al abrigo del último serac para preparar el lugar donde plantarían la diminuta tienda. Durante una hora y 20 minutos cortaron el hielo hasta formar una plataforma plana de un metro de ancho y metro y medio de largo. Anclaron la tienda con dos tornillos de hielo y un par de piolets. A las 20.15 horas ya estaban todos dentro, sentados en las mochilas, con un hornillo colgado del techo en el que fundían la nieve en un cazo. Gerlinde preparó sopa de tomate. Estaban a 25 °C bajo cero. El plan era descansar hasta me­­dianoche, y luego dar el empujón final hacia el trofeo, ya tan cercano.

A la una de la mañana Vassili, Maxut y Gerlinde se calzaron los crampones y, a la luz de las linternas frontales, empezaron a subir la pendiente desde la tienda. Dariusz seguía dentro, preparándose. Gerlinde giraba los brazos en grandes círculos, pero no sentía los dedos, y tenía problemas para desengancharse de la cuerda. Maxut notaba los pies como bloques de hielo. Volvieron a la tienda para intentar entrar en calor y aguardar al amanecer. Gerlinde no podía dejar de temblar.

Se pusieron de nuevo en marcha alrededor de las 7 de la mañana, justo cuando despuntaba otro amanecer inmaculado. Era ahora o nunca. En la mochila Gerlinde llevaba pilas de repuesto, guantes extra, papel higiénico, otras gafas de sol, vendas, colirio para la fotoqueratitis, cortisona y una jeringuilla. Pensando en su principal patrocinador, también llevaba una bandera con el nombre de una petrolera austríaca.

Y llevaba también una cajita de cobre con una figura de Buda que quería enterrar en la cumbre. Se metió bajo la ropa el medio litro de agua que había logrado fundir; en la mochila se congelaría.

Avanzaban ladera arriba hacia una rampa de nieve de 130 metros de largo que acababa en la arista de la cima. Seguían padeciendo el frío, pero a las 11 de la mañana se percataron de que pronto entrarían en la zona iluminada por el sol. A las 3 de la tarde alcanzaron la base de la rampa. En los primeros 20 metros constataron con euforia que se hundían solamente hasta debajo de la rodilla, pero pronto la nieve empezó a llegarles al pecho. Hasta ese momento se turnaban cada 50 pasos para abrir huella, pero entonces tuvieron que empezar a cambiar cada 10, con Maxut y Vassili haciendo turno doble. ¡Ay, Dios mío!, pensó Gerlinde, no puede ser que hayamos llegado tan lejos y ahora tengamos que volver.

Desesperados por encontrar una ruta menos dura, en un momento dado dejaron de ascender en fila india. Desde abajo, Ralf vio con asombro que la ruta se dividía en tres cuando Gerlinde, Vassili y Maxut se propusieron buscar un terreno más agradecido. Delante tenían una franja de rocas salpicadas de nieve, con una inclinación de 60 grados. Por empinada que fuese, resultó más fácil que la vía anterior. Avanzando de nuevo en fila india, Gerlinde intercambió el puesto con Vassili y se hundió solo hasta las rodillas. Embargada por una ola de energía y esperanza, salió de la rampa y se encaramó a la arista, donde la nieve compactada por el viento era dura como el pavimento de la calle. Eran las 4.35 de la tarde. Ya veía la cumbre.

«¡Puedes hacerlo! –exclamó Ralf por la radio–. ¡Pero vas con retraso! ¡Ten cuidado!»

Bebió agua. Tenía la garganta seca; le dolía al tragar. Hacía demasiado frío para sudar, pero se estaban deshidratando con solo jadear.

Cuando Vassili le dio alcance, le dijo que siguiese ella hacia la cumbre mientras él esperaba a Maxut. Al igual que Gerlinde, él y Maxut estaban a punto de conquistar el único ochomil que no habían coronado. Vassili deseaba hacer cumbre al lado de su compañero, pero no quería que la gente pensase que no había sido capaz de llegar al mismo tiempo que Gerlinde. «Pero luego tienes que explicar que esperé a Maxut», le dijo.

«Por supuesto que sí», contestó ella.

Y acto seguido recorrió los últimos pasos que la separaban de la cima del K2.

Eran las 6.18 de la tarde. Quiso compartir aquel momento con Ralf, pero cuando abrió la radio, no le salía la voz. Había montañas en todas direcciones. Montañas que ella había escalado. Montañas que habían robado la vida de sus amigos y por poco la suya propia. Pero nunca había invertido tanto en una montaña como en aquella cuya cumbre pisaba al fin. Sola, con el mundo a sus pies, giró de un punto cardinal a otro.

«Fue una de las experiencias más intensas de mi vida –relataría después–. Me sentí en comunión con el universo. Era muy extraño estar totalmente agotada por un lado, pero por otro llenarme de energía ante aquellas vistas.»

Un cuarto de hora más tarde llegaron Maxut y Vassili, codo con codo. Se abrazaron los tres. Al cabo de media hora llegó Dariusz con paso agotado y las manos afectadas por el frío al haberse quitado los guantes para cambiar la batería de la videocámara. Eran las 7 de la tarde. Sus sombras se proyectaban mucho más allá del pico del K2, al tiempo que la sombra piramidal de la propia montaña recorría kilómetros y kilómetros en dirección este y una hermosa luz do­­rada comenzaba a bruñir el mundo. Dariusz grabó a Gerlinde tratando de expresar lo que para ella significaba estar allí en aquel momento: «Me siento totalmente colmada de estar aquí ahora después de intentarlo tantas veces, durante tantos años». Rompió a llorar; luego recobró la compostura. «Ha sido difícil, muy difícil, tantos días… y ahora es simplemente asombroso. No tengo palabras –señaló con la mano el océano de cumbres que se extendía de un confín al otro–. ¿Veis todo esto? Pienso que cualquiera podrá entender por qué escalamos.»

Quédate con nosotros.

Ralf pasó prácticamente toda la noche en vela, vigilando el descenso. Más de una tercera parte de las vidas que se ha cobrado el K2 se han perdido en el camino de regreso. Hacia las 8.30 de la tarde vislumbró cuatro puntitos luminosos de tamaño microscópico que bajaban por la rampa y se internaban en el Corredor de los Japoneses. Mientras, exhausta, descendía en la oscuridad, Gerlinde se descubrió a sí misma repitiendo una frase guardada en su mente: Steh uns bei und beschütze uns. «Quédate con nosotros y ampáranos», las palabras en alemán de una plegaria.

«En el descenso hablamos mucho –explicó Gerlinde–. Nos preguntábamos una y otra vez: “¿Todo bien?”. Era una escalada muy seria, muy exigente. Al frío se sumaban la pendiente, la altitud, el viento de noche y de día, y los efectos psicológicos: no nos quedaba cuerda para asegurar la ruta, y el terreno era muy escarpado y desnudo. Teníamos que ir muy despacio y mo­­vernos con muchísimo cuidado.»

Dos días después, cuando Gerlinde descendió del Campo I, Ralf se reunió con ella en el glaciar. Se fundieron en un abrazo largo. Gerlinde había encontrado en el Campo I la carta que él le había dejado con la esperanza de que retornase sana y salva: una misiva de más de metro y medio (estaba escrita en papel higiénico) en la que le profesaba su amor y le explicaba su decisión de dar media vuelta. «No quiero ser siempre la persona que te retiene…»

En el Campo Base Gerlinde se comunicó por teléfono vía satélite con el padre de Fredrik, Jan Olaf Ericsson, deseoso de saber todo lo que había visto desde la cumbre de la montaña en la que yacía sepultado su hijo. Recibió la llamada del presidente de Austria para felicitarla. El primer ministro kazako felicitó a Maxut y Vassili por Twitter. En la tienda-comedor, Gerlinde se quedó dormida frente a un plato de sandía.

Su familia al completo se presentó en el aeropuerto de Munich para recibirla. Su padre lloró al abrazarla, y por primera vez no le dijo que ya había escalado suficientes montañas y que era hora de dejarlo.

Gerlinde emprendió la expedición con apenas un kilo de grasa en el cuerpo, y a la vuelta había adelgazado siete. En una ceremonia celebrada en la ciudad alemana de Bühl recibió ramos de flores y regalos, entre ellos una botella gigante de vino tinto del Rin etiquetada con una fotografía suya en la cima del K2 con los brazos en alto. «Normalmente no voy por la vida con los brazos así –explica–. No es que me sintiese la reina del mundo, sino que quería abrazarlo.»

Su amigo y colega David Göttler había viajado a Bühl desde Munich para ayudar en la edición del vídeo de la ascensión que se utilizaría en las conferencias que impartiría Gerlinde. Probó distintos temas musicales para la escena de la llegada a la cumbre, pero ninguna canción funcionó tan bien como Ára bátur, del grupo islandés Sigur Rós. Sincronizó las imágenes y el vídeo de manera que el coro de voces y las cuerdas y vientos sinfónicos llegasen a un crescendo simultáneo justo cuando Gerlinde alzaba los brazos en la cima. Se la mostró a Ralf, a quien encantó la in­­tensidad con que la escena plasmaba la gloria del triunfo de su mujer.

Pero cuando se lo enseñaron a ella, la escaladora torció el gesto y negó con la cabeza.

«No, Ralf, es un exceso. Lo siento, David, pero me parece un exceso.»

Ellos protestaron en vano. Entonces David, quien en 2009 había intentado subir al K2 con Gerlinde y la conocía bien, se puso a reformar la escena. Dejó las mismas imágenes. Y la misma música. Pero el efecto era radicalmente distinto. La serie de fotografías que culminaba con el clímax visual de Gerlinde con los brazos en alto se había modificado de tal modo que el crescendo musical no proclamaba la gloria de una alpinista en la cumbre del K2, sino el grandioso mundo que veía a su alrededor, transfigurado bajo una luz dorada.

Ella sonrió al verlo.