Chimpancés curiosos

Sin apenas contacto con el ser humano, los chimpancés del Triángulo Goualougo, en el Congo, manifiestan una viva curiosidad hacia nosotros, y su cultura de fabricación de útiles es de una complejidad que no se ha observado en ningún otro lugar. Mira las fotos de Ian Nichols.

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Cae la lluvia en el Parque Nacional de Nouabalé-Ndoki, y un chimpancé se suma al coro de entusiastas vocalizaciones que resuena en todo el bosque.

Ian Nichols

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En busca de miel, una chimpancé intenta romper una colmena en el hueco de un árbol. Tarda casi 40 minutos, durante los cuales utiliza media docena de palos de diferentes tamaños. La práctica de aporrear árboles para conseguir miel es una conducta aprendida, que no se ha observado fuera de África central.

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Después de la comida de la mañana, una vez saciado el apetito, los chimpancés de la comunidad de Moto confraternizan en el dosel del bosque. Los grupos que se reúnen para comer cambian de tamaño y composición de hora en hora. Los árboles frutales pueden reunir a individuos que llevan varias semanas sin verse.  

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Para conseguir un tentempié rico en proteínas, un chimpancé macho se acerca a un termitero armado de una rama para «pescar» termitas y de un palo para perforar. Aunque la «pesca» de termitas se ha observado en poblaciones de chimpancés de toda África, los de Goualougo disponen de sus propios trucos transmitidos de generación en generación. El chimpancé ha arrancado de un árbol una rama recta y dura.

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En la boca sostiene un tallo más blando, la herramienta con la que pescará las termitas y que ha preparado pasándose la punta entre los dientes para deshilachar los últimos 15 centímetros.

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Con el palo más grande perfora el termitero. A continuación introduce el segundo útil en el agujero y, si ha ejecutado correctamente la operación.

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Cuando lo saque del montículo habrá termitas pegadas a la punta deshilachada del tallo.

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Los primatólogos Dave Morgan y Crickette Sanz examinan herramientas utilizadas por los chimpancés para conseguir comida. Los simios remueven los hormigueros subterráneos de las hormigas cazadoras con ramas largas como éstas, y después usan tallos para recolectar los insectos que se ven obligados a salir a la superficie.

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Con su cría aferrada al vientre, una hembra sube tranquilamente por la rama de una higuera situada a una altura de 40 metros desde el suelo. En este bosque, con su denso dosel, viven cientos de chimpancés, que en él encuentran comida, refugio y vida social, así como rutas elevadas para moverse libremente por todo el territorio.

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Un pequeño grupo de chimpancés pone en funcionamiento una videocámara controlada a distancia, que los investigadores utilizan para observar a estos animales sin influir en su comportamiento. Diez años de estudio en este hábitat intacto han proporcionado nuevas perspectivas sobre la complejidad de la cultura de los chimpancés.

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Un chimpancé adulto utiliza un palo para perforar un termitero subterráneo, mientras una cría juega con una rama. En este bosque remoto, casi totalmente libre de cualquier intervención humana, los investigadores han observado una utilización compleja de herramientas que se cree se transmite de generación en generación dentro del grupo de chimpancés.

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Una cámara que se activa con el movimiento captó a este gorila alimentándose en el suelo del bosque de Goualougo.

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Los leopardos depredan sobre los chimpancés y merodean cerca de los mismos nidos de insectos y áboles frutales que los científicos designan como lugares idóneos donde instalar sus cámaras con control remoto.

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Morgan recoge muestras de excrementos de gorila bajo la atenta mirada de sus guías congoleños. Gracias al análisis genético de las heces los investigadores pueden hacer un seguimiento de las relaciones familiares de los gorilas.

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Un chimpancé se instala en lo alto de un árbol para echarse una siesta. Los investigadores del Goualougo Triangle Ape Project estiman que más de 400 chimpancés ocupan los 380 kilómetros cuadrados del área de estudio.

Ian Nichols

Sin apenas contacto con el ser humano, los chimpancés del Triángulo Goualougo, en el Congo, manifiestan una viva curiosidad hacia nosotros, y su cultura de fabricación de útiles es de una complejidad que no se ha observado en ningún otro lugar. Mira las fotos de Ian Nichols.

Hace unos años, mientras establecían un campamento en el corazón del bosque lluvioso congoleño, Dave Mor­gan y Crickette Sanz oyeron a lo lejos las estridentes vo­­calizaciones de un grupo de chimpancés machos. Al advertir que los aullidos subían de volumen, se dieron cuenta de que los animales se estaban desplazando rápidamente por el dosel del bosque.

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Los chimpancés iban directos a su campamento. Entonces, cuando debían de estar a unos 40 o 50 metros, se hizo el silencio. Pasaron unos segundos antes de que Sanz y Morgan oyeran un ligero «¡uh!» procedente de un árbol situado justo encima de ellos. Levantaron la vista y vieron un chimpancé adulto que los miraba perplejo.

Cuando los chimpancés salvajes encuentran humanos, suelen huir despavoridos. Es normal, dado que la relación entre las dos especies siempre ha sido de presa y depredador. Esa desconfianza hacia los humanos es uno de los motivos por los que resulta tan difícil estudiar a los chimpancés en libertad. Antes de empezar a estudiarlos, hay que acostumbrarlos a no salir huyendo cada vez que ven a una persona, un proceso de habituación que requiere muchos años de seguirlos pacientemente por el bosque.

Una cosa que nadie espera que un chimpancé no habituado haga cuando se encuentra con un humano es llamar a todos sus compañeros. Pero eso fue exactamente lo que sucedió. Al cabo de un momento apareció otro chimpancé. Después, un tercero, y al instante, un cuarto. Poco a poco, las copas de los árboles se fueron llenando de gritos frenéticos. Puede que Morgan y Sanz fueran los científicos, pero eran los chimpancés los que se comportaban como si hubieran hecho un gran descubrimiento. El grupo se quedó toda la noche en las ramas, sobre el campamento, observando con gran interés cómo los investigadores encendían el fuego, montaban las tiendas y preparaban la cena.

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«Pensé que eso mismo debían de haber visto los madereros en toda el África central, y que los furtivos los habían matado a todos», dice Morgan, conservacionista colaborador del Parque Zoológico Lincoln y de la Wildlife Conservation Society (WCS). Este hombre de 40 años ha pasado la mayor parte del último decenio viviendo con Sanz en el área de estudio del Triángulo Goualougo, una extensión intacta de bosque de llanura de unos 380 kilómetros cuadrados situada entre los ríos Ndoki y Goualougo, en el norte de la República del Congo. Ambos estaban fascinados con el encuentro, pero estaba oscureciendo. ¿Dónde anidarían los chimpancés?

«Como era de esperar, construyeron los nidos directamente sobre nuestras tiendas –explica Morgan–. Yo, entusiasmado, decía: “¡Qué bien!”. Pero nuestros rastreadores insistían: “No, no, muy mal”. Durante toda la noche, los chimpancés chillaron en los árboles, agitaron las ramas, orinaron y defecaron sobre nuestras tiendas y arrojaron palos a nuestra gente. Nadie pudo pegar ojo. Al amanecer, los chimpancés bajaron de las ramas y, desde el suelo del bosque, estuvieron observando cómo encendíamos el fuego y preparábamos el desayuno. Después, en silencio, uno a uno, nos dieron la espalda y desaparecieron entre los matorrales.»

Cuando en 1995 aparecieron en esta revista las primeras historias sobre los chimpancés «curiosos» (todavía no vi­­ciados por encuentros desagradables con seres humanos y aparentemente ignorantes de nuestra existencia) del norte del Congo, más de un primatólogo se burló. «Decían: “¿Curiosidad? ¿Cómo definen ese concepto?” –recuerda Crickette Sanz, de 34 años, actualmente profesora de la Universidad de Washington en Saint Louis–. ¡Pobre Dave! La primera vez que me habló de esos chimpancés, ni siquiera yo le creí.» Aunque hacía tiempo que circulaban anécdotas sobre simios de África central que no temían a los exploradores, que los seguían por la selva y se comportaban como si nunca hubieran visto a un ser humano, era difícil creer que pudiera haber todo un bosque lleno de chimpancés como ésos.

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Sin embargo, el Triángulo Goualougo y el vasto y deshabitado Parque Nacional de Nouabalé-Ndoki, del que Goualougo forma parte, son tan remotos e inaccesibles que han permanecido prácticamente al margen de toda intervención humana. El poblado más cercano, una aldea llamada Bomassa, habitada por 400 pigmeos bantú-bangombé, está a 50 kilómetros de distancia a pie. Aquí no hay furtivos, ni explotadores forestales, ni nadie de paso. Las únicas personas que los chimpancés pueden encontrarse alguna vez son Morgan, Sanz y los miembros de su equipo.

En un principio, la WCS, que gestiona dos de los parques nacionales del Congo en colaboración con el gobierno congoleño, tenía la esperanza de mantener el Triángulo Goualougo completamente intacto, como una especie de reserva dentro de la reserva, inaccesible a todos los humanos, incluso a los científicos. Pero la situación cambió durante la guerra civil del Congo de 1997, cuando la compañía maderera Congolaise Industrielle des Bois (CIB), con derechos de explotación sobre la vecina concesión de Kabo, levantó un dique para transportar la madera a través del río Ndoki, unos kilómetros al sur de su confluencia con el Goualougo. Como muy pronto la CIB estaría rozando los límites naturales del Triángulo, la WCS consideró que era importante desplegar algunos de sus efectivos sobre el terreno. «Teníamos que llegar antes que las compañías madereras», asegura Morgan. Así, en 1999 partió hacia Goualougo acompañado de un solo ayudante congoleño y estableció uno de los más lejanos y retirados centros de investigación de grandes simios del mundo.

Si el primatólogo pudo resistir en medio de la nada, en condiciones espartanas y con un apoyo logístico mínimo, fue en gran parte gracias a Crickette Sanz, quien llegó a Goualougo en 2001 y es desde entonces su compañera, en la investigación y en la vida.

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Cuando visité el Triángulo en 2008, quería ver qué había sido de aquel edén y de sus habitantes supuestamente inocentes. Goualougo continúa siendo un paraíso para los primates, con una densidad asombrosa de gorilas y chimpancés. Cosas que no se han observado en ningún otro lugar de África suceden allí. Morgan y Sanz han visto chimpancés y gorilas comiendo frutos en el mismo árbol; han visto chimpancés que ahuecan las manos y se golpean el pecho, como si imitaran a sus vecinos los gorilas. Pero el hallazgo más espectacular de los últimos años de estudio en Goualougo es un visión más amplia de lo que se denomina cultura de los chimpancés: la tradición de usar «utensilios complejos». Tras una década de estudio, lo que verdaderamente importa en Goualou­go ya no es lo poco que los chimpancés saben de nosotros, sino cuánto sabemos nosotros de ellos.

Una agobiante mañana de septiembre, al principio de la estación lluviosa del Congo, Morgan, Sanz y yo salimos del campamento base del Triángulo Goualougo acompañados de nuestro rastreador, Bosco Man­goussou, y nos adentramos por una de las sendas que los elefantes han abierto en el bosque.

Los rayos del sol atraviesan con fuerza el dosel del bosque y ya hay enjambres de abejas meliponinas pegadas a cada centímetro de piel que no haya sido untada con repelente. Avanzamos en zigzag para evitar las plastas de elefante y los montones de fruta podrida. La inmensa variedad de frutos (más de 20 especies comestibles, desde Treculia africana, grande como una calabaza, hasta la gomosa Chrysophyllum lacourtiana, del tamaño de una mandarina) es lo que hace de Goualougo un lugar tan apetecible para los chimpancés. Nuestro destino es el territorio original de la comunidad de Moto, uno de los 14 grupos de chimpancés que viven en el Triángulo.

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Periódicamente, el lejano sonido de un jadeo-aullido resuena en el bosque. Cuando eso sucede, Morgan marca el rumbo en su brújula y nos ponemos en marcha a toda prisa entre zarzas espinosas y bejucos nudosos. Encabeza el grupo Mangoussou, un pigmeo babenzélé de metro y medio de estatura y dientes tallados en punta. Tras una carrera de cinco minutos, localizamos media docena de chimpancés aposentados en un árbol Entandrophragma, a 40 metros del suelo.

A través de los prismáticos observamos a una hembra subadulta que acaba de unirse a la comunidad de Moto. Está jugando con Owen, un joven huérfano cuya madre murió recientemente por el ataque de un leopardo. Con una ramita entre los dientes, la hembra (a la que Morgan y Sanz tendrán la amabilidad de llamar Dinah, por mi mujer) persigue a Owen y lo derriba sobre una rama cercana. Entonces, sucede algo asombroso.

Dinah ve una nube de abejas meliponinas que salen de una oquedad del tronco principal del árbol. Se pone en pie de un salto, dejando atrás a Owen, y parte una rama del tamaño aproximado de un brazo humano. Con el lado romo del palo empieza a golpear el tronco para arrancar la corteza. Sabe que en algún lugar, dentro de alguna grieta de difícil acceso, hay una colmena con un pequeño tesoro de miel.

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El eco de los golpes rítmicos de Dinah resuena en los árboles vecinos. La chimpancé se pasa el garrote de la mano al pie y se balancea hasta el otro lado del tronco para tener mejor ángulo. Luego arranca un palito de una rama cercana, lo introduce en la colmena y lo mueve en redondo como un cuchillo en el fondo de un tarro de mermelada. Lo saca, lo huele, ve que no tiene nada de miel, lo tira y aporrea un poco más el tronco. Luego repite el proceso, utilizando siete palitos distintos. Después de casi 12 minutos de apalear la colmena, hunde un dedo en una grieta y parece conseguir una partícula de miel. Pero justo cuando está empezando a saborear el fruto de su esfuerzo, Finn, el macho alfa de la comunidad de Moto y el más matón del grupo, baja de una rama con el pelo erizado, aparentemente indignado de que una joven recién llegada se atreva a disfrutar de un manjar en su presencia. Carga contra Dinah, que deja caer el palo y huye a otra rama. «¡Ha sido una de las mejores observaciones de golpes para conseguir miel que se han hecho hasta ahora!», exclama Sanz.

El hecho de que los golpes para conseguir miel no hayan sido observados en ningún otro lugar de estudio de chimpancés fuera de África central sugiere que esa conducta no forma parte del repertorio innato de la especie, sino que es una habilidad aprendida que se transmite culturalmente. Parte del interés por la conducta de Dinah reside en que para lograr su objetivo utiliza dos herramientas diferentes (un garrote grande y un palo pequeño), y lo hace de forma consecutiva.

Ésta no es la única forma de uso consecutivo de herramientas habitual en Goualougo. En el preciso instante en que estamos observando a Dinah mientras ataca la colmena, una cámara-trampa montada junto a un termitero, a un kilómetro de distancia, graba a otra chimpancé llamada Maya, matrona de la comunidad de Moto, practicando lo que probablemente sea la forma más compleja de uso consecutivo de útiles por parte de un animal no humano.

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Maya llega al termitero, una estructura bulbosa y dura, tres veces más alta que ella, llevando entre los dientes varios tallos de plantas que utilizará para atrapar a las ocupantes del termitero, ricas en calorías. Primero introduce un palo grueso en un agujero y, sacudiéndolo vigorosamente, lo ensancha. Después elige un tallo fino y flexible de un Sarcophrynium y lo arranca. Es sabido que los chimpancés de otras partes de África «pescan» termitas con herramientas así, pero Maya va más allá y modifica el utensilio. Arrastra los últimos 15 centímetros del tallo entre los dientes para que la punta quede mojada y deshilachada, como un pincel, y después la pasa por el puño cerrado para alisar las cerdas. Con la destreza de un ladrón experto en forzar cerraduras, introduce el tallo por el mismo orificio, lo retira y se lleva a la boca las dos termitas que han quedado pegadas en los bordes deshilachados.

Lo más notable de esta «caña de pescar» termitas es que representa un perfeccionamiento. No sólo ha habido un chimpancé inteligente que ha descubierto que puede arrancar el tallo de una planta y usarlo para atrapar termitas, sino que otro chimpancé ha encontrado la manera de hacerlo todavía mejor. Morgan y Sanz han probado a extraer termitas con tallos sin modificar y modificados, y han observado que atrapaban diez veces más termitas cuando el instrumento tenía la punta deshilachada. Nunca sabremos cómo empezó la cultura humana, pero es probable que se pareciera a esto, donde un descubrimiento sencillo se suma a otro anterior.

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«Goualougo es probablemente el único lugar de la Tierra donde los humanos tendrán en algún momento la oportunidad de ver cómo es en realidad la cultura de los chimpancés –dice J. Michael Fay, el conservacionista de la WCS que contribuyó a crear el Parque de Nouabalé-Ndoki–. El 95 % de los chimpancés del planeta viven de otro modo, a causa de los humanos.» En el Parque Nacional Kibale y la Reserva Forestal Budongo, dos de los lugares de estudio de chimpancés más importantes de Uganda, alrededor de la cuarta parte de los simios presentan heridas causadas por trampas de lazo. En Gombe, Tanzania, donde Jane Goodall llevó a cabo sus pioneros estudios, quedan solamente unos cien chimpancés, y están rodeados de humanos.

La idea es inquietante. ¿Y si en todos los lugares donde los científicos creían haber observado a los chimpancés en estado natural, en realidad habían estudiado comportamientos distorsionados por la presencia humana?

Los chimpancés son criaturas sumamente adaptables. Se las arreglan igual de bien en los bosques del Congo como en los áridos límites de la sabana de Senegal. Pero según la hipótesis de las culturas frágiles, propuesta por el primatólogo holandés Carel van Schaik, quizás estemos subestimando la fragilidad de la cultura de los chimpancés. No hace falta que talemos los bosques para que nuestra presencia distorsione el comportamiento de los primates. Incluso la tala selectiva y la caza esporádica pueden desorganizar una sociedad de chimpancés.

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Morgan y Sanz han formulado una interesante hipótesis: con menos termiteros y, por tanto, menos oportunidades para que los chimpancés jóvenes aprendan de sus mayores la fabricación de útiles, la cultura de los chimpancés podría debilitarse, y algunas conductas complejas aprendidas podrían desaparecer. La pareja tendrá ocasión de comprobar pronto si su hipótesis es válida. En los próximos años, la CIB iniciará probablemente sus operaciones de explotación maderera en la Zona C, un sector del bosque situado justo al este del río Goualougo. El equipo de investigación ya está realizando desde 2002 rigurosos estudios transversales de la Zona C para disponer de una imagen clara, antes y después, de los efectos de la actividad maderera sobre el comportamiento de los chimpancés.

La Zona D, un área al oeste del Triángulo que la CIB comenzó a explotar hace cinco años, ofrece un adelanto de lo que podría suceder en la Zona C. «Esto era un bosque precioso en 2004», dice Morgan con tristeza, mientras desembarcamos de las piraguas para pisar tierra seca en la Zona D. Está claro que hemos entrado en un ambiente completamente distinto. Atravesamos una sucesión de embarradas sendas madereras, algunas tan anchas como una autovía, flanqueadas por raíces arrancadas y troncos podridos.

Las explotaciones de la CIB cumplen las normas más rigurosas del sector en cuanto a sostenibilidad y responsabilidad medioambiental. «Es la mejor compañía maderera de África central –afirma Paul Telfer, director del programa de la WCS para el Congo–. Preferiría que nadie talara nada, pero si alguien tiene que talar cerca de un parque, lo mejor es que sea la CIB

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Aun así, el paisaje ha sido arrasado selectivamente y no hay chimpancés por ningún sitio. Hace sólo seis años, la mayoría de los simios que Morgan y Sanz encontraron en la Zona D no temían a los humanos. Ahora, en cuanto nos detectan, huyen o se esconden. Han aprendido a temernos.

La mayoría de los 400 chimpancés que Morgan y Sanz observan en Goualougo ya no manifiestan la misma curiosidad que antes. Cuanto más tiempo pasan allí los investigadores, y cuanto más desmitifican las maravillas de este bosque primigenio, más raros son los encuentros con chimpancés inocentes, esos que conservan toda la ingenuidad y no temen a los humanos. Estudiarlos y conservarlos significa inevitablemente cambiarlos.

Aun así, el Triángulo es sólo un pequeño rincón de un extenso bosque prácticamente inexplorado. Antes de abandonar Goualougo, hago una excursión con Morgan y Sanz hasta el extremo meridional para pasar dos noches en el territorio de la comunidad de Mayele, cerca de la confluencia de los ríos Goualougo y Ndoki. Allí encontramos un chimpancé inocente. En cuanto nos ve, empieza a gritar histéricamente y se esconde detrás de las ramas para vernos mejor. Morgan saca una mira telescópica. «Ese chimpancé nunca ha visto a un humano», me dice.

El joven macho sacude violentamente una liana en un despliegue de bravuconería juvenil; luego nos arroja unos palos para ver cómo reaccionamos. Al poco, sus gritos atraen a otros, y siete chimpancés se reúnen con él en las ramas para observar a los simios erguidos y sin pelo que han aparecido en el suelo del bosque. Con cautela y sin apartar la mirada, se nos acercan cada vez más hasta que el más joven se sienta en una rama a menos de diez metros de distancia. Sanz nos da una mascarilla a cada uno, para proteger a los chimpancés, no a nosotros.

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Retrocedemos un poco y pasamos las horas siguientes mirándolos a los ojos. Nosotros los miramos a ellos, y ellos, a nosotros. Al final, te­­nemos que irnos. Hay más bosque que explorar y más chimpancés que encontrar. Nuestra curiosidad se acaba mucho antes que la suya.