En busca de Nemo: la vida del pez payaso

Unidos en una alianza de beneficio mutuo, los peces payaso y sus anémonas huésped son la joya de la corona de los arrecifes de coral. El pez payaso cautiva a los cineastas, a los científicos y a las anémonas. Mira las fotografías de David Doubilet.

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Amphiprion akallopisos (pez payaso mofeta); Heteractis magnifica (anémona magnífica); fotografiados en Seychelles.

David Doubilet

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Preparados para pasar la noche entre los tentáculos urticantes de su anémona, dos peces payaso de aletas anaranjadas (el macho a la izquierda y la hembra a la derecha) encuentran refugio frente a los depredadores, como los meros.

Amphiprion chrysopterus (pez payaso de aletas anaranjadas); Stichodactyla mertensii (anémona de Mertens); Papúa y Nueva Guinea.

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Al anochecer, una anémona magnífica se contrae, adoptando el aspecto de una maceta de barro. Pero deja suficientes tentáculos al descubierto como para que puedan esconderse en ellos sus peces payaso naranjas, de hasta siete centímetros. El cuerpo de esta anémona puede ser naranja, rosa, azul, verde, rojo o blanco.

Amphiprion percula (pez payaso naranja); Heteractis magnifica (anémona magnífica); Gran Barrera de arrecifes, Australia.

David Doubilet

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Blanqueada por la elevada temperatura del agua, esta anémona burbuja carece de la mayor parte de las algas que le darían color y energía a través de la fotosíntesis. Pese a estar sometida a una situación de estrés medioambiental, lo más probable es que sobreviva y siga proporcionando refugio a su pez payaso.
Premnas biaculeatus (pez payaso marrón); Entacmaea quadricolor (anémona burbuja); Papúa y Nueva Guinea.

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Un pez payaso tomate cuida su puesta de huevos en desarrollo como lo haría un hortelano, desechando los que contienen embriones muertos. Para oxigenarlos, los abanica con las aletas pectorales.

Amphiprion frenatus (pez payaso tomate); Filipinas.

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Cuando se siente atacado, el pez payaso negro se mete a veces en la boca de su anémona huésped buscando protección. Dado que esta especie de anémona vive en la arena, el pez tiene que buscar algo duro para desovar, como un fragmento de concha.

Amphiprion polymnus (pez payaso negro); Stichodactyla haddoni (anémona de Haddon); Papúa y Nueva Guinea.

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Unos ejemplares juveniles de peces payaso de las Maldivas mantienen la posición contra la corriente. Los dos más grandes se convertirán en la pareja reproductora.

Amphiprion nigripes (pez payaso de las Maldivas); Heteractis magnifica (anémona magnífica); Maldivas.

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Una hembra de pez payaso rosa afirma su posición dominante frente a un macho maduro (en primer término), que ahuyenta a un joven rival. Una anémona puede albergar muchos peces, pero sólo una pareja reproductora a la vez.

Amphiprion perideraion (pez payaso rosa); Heteractis magnifica (anémona magnífica); Papúa y Nueva Guinea.

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La anémona burbuja es la que hospeda más especies de peces payaso (14); en ésta, un pez payaso tomate flota entre tentáculos coloreados por las algas, un signo de buena salud.

Amphiprion frenatus (pez payaso tomate); Entacmaea quadricolor (anémona burbuja); Okinawa, Japón

David Doubilet

26 de febrero de 2010

Cuando Andrew Stanton decidió realizar una película infantil de animación ambientada en el océano y que fuese fiel a «las verdaderas reglas de la naturaleza», empezó a buscar al pez perfecto para convertirlo en su protagonista. Hojeando libros sobre la vida marina, se fijó por casualidad en la foto de dos peces que asomaban de una anémona. «¡Eran preciosos! –recuerda Stanton–. No tenía idea de qué clase de peces eran, pero no podía dejar de mirarlos.» La imagen de los peces en su escondite natural representaba a la perfección el misterio marino que pretendía transmitir. «Y como artista, me encantó el hecho de que se llamaran peces payaso; era perfecto.»

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Fue el nacimiento de una estrella. Buscando a Nemo, la película de la compañía Pixar que Stanton escribió y dirigió, ganó en el año 2003 el Oscar al mejor largometraje de animación. Nemo, un pez payaso de la especie Amphiprion percula, dio a conocer a millones de niños de todo el mundo un maravilloso ecosistema tropical: el de los arrecifes coralinos y sus habitantes.

El pez payaso debe su nombre a las manchas de vivos colores que adornan su cuerpo (desde intensos tonos marrones violáceos hasta brillantes rojos, amarillos y anaranjados), a menudo delimitadas por líneas negras o blancas, como en el maquillaje de los payasos. Ver a esos peces nadando como dardos entre los pliegues cubiertos de tentáculos de una anémona de mar es tan fascinante como observar a las mariposas revoloteando entre las flores de un prado.

Veintinueve especies de peces payaso habitan los arrecifes desde África oriental hasta la Polinesia Francesa y desde Japón hasta el este de Australia, y su mayor diversidad se concentra en la costa septentrional de Nueva Guinea, en el mar de Bismarck, donde con un poco de suerte y un guía experto es posible ver hasta siete especies en un solo arrecife. En una reciente campaña de inmersiones en Fidji, Gerald Allen (del Museo de Australia Occidental y principal autoridad mundial en peces payaso) descubrió la vigesimonovena especie, Amphiprion barberi. «Aún me emociono cuando descubro algo nuevo –dice Allen–. A. barberi es precioso: naranja y rojo, como una brasa encendida sobre el arrecife.»

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Entre científicos y acuariófilos, los peces payaso también se conocen como peces anémona porque no pueden sobrevivir sin una anémona anfitriona (denominada huésped), cuyos tentáculos urticantes los protegen a ellos y a sus huevos de los intrusos. Del millar de especies de anémonas existentes, sólo diez albergan peces payaso. Todavía es un misterio la inmunidad del pez payaso al veneno de su huésped, pero quizás el secreto sea una capa de moco secretada por el pez después de tocar los tentáculos de la anémona. «Es una sustancia densa que impide que las células urticantes de la anémona se disparen –explica Allen–. Si observamos a un pez joven que se acerca por primera vez a una anémona, veremos que la toca de manera vacilante varias veces. Primero tiene que establecer el contacto para poner en marcha el proceso químico.» Así protegido, se convierte en una extensión de la anémona y en una nueva línea de defensa contra los que depredan sobre ella, como el pez mariposa. Lo que es bueno para el pez payaso también lo es para la anémona, y viceversa.

El pez payaso pasa toda su vida con su anémona huésped, de la que rara vez se aleja más de un par de metros. Pone huevos unas dos veces al mes sobre la superficie sólida más cercana, debajo de la base carnosa de la anémona, y protege los embriones con agresiva determinación. Del huevo sale una diminuta larva transparente, que pasa una o dos semanas a la deriva cerca de la superficie. Después se transforma en un minúsculo pez payaso de menos de un centímetro de largo que desciende al arrecife. Si el joven pez no encuentra una anémona y se aclimata a su nueva vida en un día o dos, muere.

Una sola anémona puede albergar más de una docena de peces payaso de la misma especie, entre ejemplares jóvenes y adultos maduros de hasta 15 centímetros de largo. (Allen ha visto hasta 30 en ejemplares de Stichodactyla haddoni.) Nadando alrededor de su anémona, buscan plancton, algas y copépodos, y a menudo se es­­conden entre los pliegues de su huésped para comer los bocados más grandes. En la naturaleza, amenazados por meros y morenas, los peces payaso suelen vivir entre siete y diez años, pero en cautividad pueden durar muchísimo más.

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No todos los peces payaso llegan a ser adultos sexualmente maduros. Hay una jerarquía estricta entre los ocupantes de cada anémona, que sólo alberga una pareja dominante a la vez. La hembra es la más grande de la «familia», seguida del macho y los adolescentes. La pareja adulta mantiene su dominio ahuyentando a los jóvenes, lo que produce estrés y consume una energía que de otro modo se utilizaría para buscar alimento. «Sobre todo durante el cortejo, hay muchas persecuciones entre la pareja dominante», dice Allen. De vez en cuando la hembra muerde las aletas del macho para recordarle quién manda.

Muchos peces arrecifales tienen la capacidad de cambiar de sexo. La mayoría, como los lábridos y los peces loro, pasan de hembra a macho; pero el pez payaso es uno de los pocos que cambia de macho a hembra: si una hembra dominante muere, el macho dominante ocupará su lugar, y el juvenil de mayor tamaño asumirá el papel de macho dominante. Aún no se han identificado las hormonas responsables de esa plasticidad sexual. «Es una estrategia de adaptación excelente para asegurar la perpetuación de la especie –apunta Allen–. De ese modo siempre hay una pareja reproductora en todas las anémonas.»

La relación del pez payaso y la anémona ha fascinado a los acuariófilos desde la década de 1970, cuando las mejoras en el transporte de peces y en el diseño de acuarios determinaron un auge de las ventas. Pero nunca un pez se había hecho tan famoso como el pez payaso tras el estreno de Buscando a Nemo. Al principio, el sector de la acuariofilia temió que el argumento de la película le fuera adverso, ya que a Nemo lo capturan y lo meten en la pecera de la consulta de un dentista, y su padre se pasa el resto de la película tratando de rescatarlo. «Le aseguro que fue justo lo contrario», declara Vince Rado, de la empresa mayorista Oceans, Reefs and Aquariums (ORA), ubicada en Fort Pierce, Florida, cuyas ventas de A. ocellaris, una especie muy parecida a Nemo, aumentaron un 25%.

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El estrellato ha sido un arma de doble filo para los propios peces payaso. Durante años ha resultado mucho más económico capturarlos en la naturaleza que criarlos en cautividad. La cría en tanques plantea ciertos problemas (por ejemplo, conseguir que las larvas coman) y se requiere al menos ocho meses para que alcancen el tamaño necesario para venderlos. Pero los aspectos económicos de la captura de estos peces en su medio natural están cambiando. La subida del precio del combustible ha encarecido el transporte, y las poblaciones son cada vez más reducidas. La sobrepesca y los métodos de recolección destructivos, como el uso de cianuro para atontar a los peces, están acabando con los arrecifes y sus ha­­bitantes. En Filipinas e Indonesia, por ejemplo, el declive del pez payaso es drástico, lo que deja a las anémonas más expuestas al ataque de los depredadores. Cuando los arrecifes sufren, una de las primeras especies en desaparecer son las anémonas, y con ellas, los peces payaso.

Además de estimular la demanda de peces payaso, Buscando a Nemo contribuyó al florecimiento de webs y de foros dedicados a la cría en cautividad de peces de arrecife. ORA cría 13 es­­pecies de peces payaso, además de la variedad Picasso, exótico fruto de la selección en cautividad. Rado afirma que vende unos 300.000 peces payaso al año. «Son varios cientos de miles que no serán capturados en la naturaleza.»

Pese a la degradación de los arrecifes de la que Allen ha sido testigo en los últimos 40 años, la situación en algunas zonas es, en su opinión, «in­­creíblemente esperanzadora. Muchos están casi intactos y gozan de buena salud». Actualmente, su principal interés como asesor de Conservation International es «localizar esas zonas y ayudar a su conservación antes de que sea tarde».

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Aunque la película haya podido ser perjudicial para algunas poblaciones, Nemo también ha creado un nuevo grupo de amantes de la naturaleza, deseosos de preservar el pez payaso y su hogar. «Espero que haya sensibilizado un poco más a la gente –dice Stanton–. El hábitat de los arrecifes es muy frágil, y su futuro, incierto.»